Thomas Bernhard
murió en 1989, un año después de haber escrito esta obra de teatro. Fue lo
último que escribió. Conocer lo que ocurría por entonces en Austria es de vital
importancia para entender que Bernhard no escribió una obra de ciencia ficción.
No soy ni remotamente un experto en la materia pero todo está en la red. Dejen
que les cuente un relato de terror basado en hechos reales:
Jörg Haider (en la foto) era la clase de hijo de puta que creía que las SS habían sido una parte del ejército alemán merecedora de los más altos honores; que el holocausto había sido un atentado equivalente a la expulsión de los alemanes de Checoslovaquia durante la segunda guerra mundial o que… bueno, en fin, el tipo de cosas que a uno le hacen retroceder lo mismo 75 años que… dos días, por ejemplo. El caso es que se ve que Haider tenía carisma y el discurso adecuado ya que en 1986 alcanzó el liderazgo del Partido de la Libertad de Austria con el apoyo del 57% de los militantes de un partido que, para que nos entendamos, era fiel reflejo del popularmente conocido como Partido Nazi de la era Hitler. De ahí al cielo. En 1989, el año de la muerte de Bernhard, el partido de Haider logró más o menos el 30% de los votos en las elecciones parciales austríacas, arrebatando a los democristianos la provincia de Carintia (uno de los nueve estados federales de Austria). Tras las elecciones Haider se convirtió en gobernador de esa provincia.
Supongo que no
hará falta entrar en detalles. Si les interesa saber cómo acaba la película se
van a quedar con las ganas porque todavía la están filmando pero para no
dejarles con la intriga les diré que en las elecciones de 2005 el porcentaje
del partido de Haider rozaba el 43%. (En 2008 Haider murió en un
accidente de tráfico pero eso, y lo que ocurrió después, es otra historia.) Esto da mucho miedo. Al protagonista de la obra también y por eso se
suicida. No les estropeo nada: empieza así y de hecho la acción tiene lugar el día del entierro. Diversos personajes (sirvientes,
familia y amigos) recuerdan al fallecido -reconocido enemigo del nacionalismo
liberal- lo que le sirve a Bernhard para atacar, como sólo sabe atacar
Bernhard, a su Austria del alma querida, ese pozo infecto, ese nido de ratas
antisemitas.
Me juré no
incluir ninguna cita en esta reseña, pero yo soy mucho de engañarme a mí mismo.
hay más nazis ahora en Viena
que en el treinta y ocho
ya verás
todo acabará mal
para eso no hace falta siquiera
una inteligencia aguda
ahora vuelven a salir
de todos los agujeros
que han estado tapados durante cuarenta años
sólo hace falta que hables con cualquiera
al cabo de poco tiempo resulta ya
que es un nazi
da igual que vayas al panadero
o a la tintorería a la farmacia
o al mercado
en la Biblioteca Nacional creo
estar entre puros nazis
sólo esperan la señal
para poder actuar abiertamente contra
nosotros
En Austria debes ser católico
o nacionalsocialista
todo lo demás no se tolera
todo lo demás se aniquila
Leo con cierto asombro que esta obra no está entre las mejores de Bernhard. Ya sé que no lo he leído todo (sigo trabajando en ello, como pueden ver) pero no deja de sorprenderme porque –y esto no es una exageración ni yo estoy bajo el efecto de las drogas- no pude evitar durante la lectura tener la certeza de estar frente a una -sí- OBRA MAESTRA. Esto lo digo con la boca grande, nada de medias tintas. Otras veces dudo cuando debo calificar o puntuar una lectura pero hoy no y ayer tampoco, por lo que entiendo que de esta ya no me apeo.
No voy a contarles ahora lo de la prosa hipnótica de Bernhard o la demencial y peculiar manera de tratar los temas que más que le preocupaban o lo irrisorio de la premisa con que arrancaban sus novelas. Y no voy a hacerlo porque se ha hecho mucho y no quiero aburrirme escribiendo esto. Si tienen la necesidad pongan ustedes “Thomas Bernhard estilo” en google y déjense llevar por la marea. Tampoco voy a a hablarles de los motivos que originan la relación amor/odio de Bernhard con Austria o que su casa es ahora un museo lleno de zapatos italianos. Todo eso da igual porque lo que importa de Heldenplatz es algo completamente diferente y tan de actualidad que duele sólo pensarlo.
Heldenplatz nace a petición del director teatral Claus Peymann para conmemorar el centenario del gran teatro vienés Burgtheater pero también para recordar que había transcurrido medio siglo desde la anexión de Austria a la Alemania de Hitler, una anexión que se oficializó en la Heldenplatz (o Plaza de los Héroes) con un discurso del líder germano. Esto sólo hay una forma de interpretarlo: fue la aceptación, por parte de los austríacos, de la ideología nazi. Para que nos entendamos: supongan que un país europeo cualquiera entrega, con sus votos, el control absoluto (absoluto, insisto) de su gobierno a un partido de ideología conservadora, que incluye a moderados pero también a la extrema derecha, fascistas incluidos. Supónganlo. Supongan después la evolución de cosas tan tontas como puedan ser la educación, la sanidad, la información, las prestaciones sociales o la inmigración. Pues bien, esta obra de teatro es la última de una vida dedicada a luchar contra este nacionalismo tan repugnante. Es lo que ocurre cuando un hombre de la talla y el genio de Thomas Bernhard decide que no se va a llevar nada a la tumba. Se pueden imaginar el resultado: Bernhard considerado un traidor a la patria y el texto una ofensa imperdonable al pueblo austríaco. Yo me puedo imaginar perfectamente la carcajada amarga de Bernhard oyéndolos gritar y recordando los que fueron también los gritos de sus padres y sus abuelos en la Plaza de los Héroes en el 38; la arenga de Hitler, prometiendo, quien sabe, un oportuno giro, un enderezamiento, un próspero futuro tras la adversidad. Me lo imagino perfectamente (a Hitler) prometiendo acabar con el desempleo, por ejemplo. Y no son los únicos; los austríacos y los alemanes, no son los únicos. Nos rodean; son tantos, tantos y tan, tan nazis.



