Mostrando entradas con la etiqueta Inéditos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inéditos. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de octubre de 2012

Reseña de una novela que ustedes nunca leerán



Dejen que les cuente una historia.

El 24 de septiembre, Margaret, la sargento de “Patrulla de Salvación”, publica un post en el que trata dos asuntos. Por un lado critica un artículo bastante gilipollas de El Cultural, en el que un grupo de jóvenes promesas hablan de su condición de ni-nis. Hasta aquí todo bastante asqueroso, en la línea habitual del articulario cultureta de El Mundo. La segunda parte del post (que pueden leer aquí o seguir con este resumen) cuenta una vieja historia, supuestamente real, de un joven y anónimo escritor que escribe por necesidad de escribir y no por afán de notoriedad, que es lo habitual en estos casos. La cosa está regada con amores no correspondidos, traumas infantiles y madres abnegadas. Resumo: chico deja chica, chica pide explicaciones, chico dona a chica novela explicativa, chica se deprime, ex suegra metomentodo filtra manuscrito a Mary Margaret que lo flipa en colores con la prosa del chaval. El chico no quiere publicidad pero esto a Maggie le da un poco igual y otro poco no, por eso utiliza un pseudónimo para hablar de él. Le llamará Claudio, que es una forma como cualquier otra de llamar a un ser humano. Hay un misterio añadido en la poesía que el chaval escribió a los veintipocos: titula cada poema con una letra del alfabeto, saltándose la M (de mamada) vete tú a saber porqué. ¿Habremus trauma

La cosa acaba aquí. Mary Margaret llora amargamente el destino cruel del traumófilo, la niñosa abandonada y el mundillo de las letras en general, que se pierde un Salinger o no sabemos qué. Confieso que me lo creí sólo en parte aún siendo de natural crédulo aunque tampoco parecía el asunto tan descabellado como para negarse en rotundo a aceptarlo. 

Pero he aquí que pasa algo que da al traste con mi vena conspiranoica: el 27 de septiembre alguien entra en este blog y deja el siguiente comentario (en el post anterior): 

No se llama “Claudio”. Y su historia no es tan buena como dice el sargento. Bueno, a lo mejor sí lo es y resulta que a mí me hizo tanto daño leerla que no soy capaz de emitir un juicio limpio. Claro que también podríamos estar hablando de diferentes historias. No lo he vuelto a ver ni quiero, ya es tarde. Solo espero que no vuelva a romper con más chicas utilizando como única explicación una novela inventada. Lo del trauma de cuando era pequeño uno de sus protagonistas me dijo que le había ocurrido a un amigo y nunca me contó que fue a un sicólogo. Puede que también en eso me mintiera. Ojalá madure y aprenda a dar la cara. Las poesías si eran bonitas pero compruebo que me regaló las mismas que a la otra chica. ¿Lo ves? Un inmaduro. A pesar de todo no entiendo cómo me enamoré de él. Que soy una tonta. Nunca más. 

Atención, pregunta: ¿debemos entender que tenemos a un Salinger español abandonando a sus novias a ritmo de novela? Pillar cacho y dejarse las pestañas en el Word es todo uno, se ve. Para salir de dudas respondo al mensaje pidiéndole a la susodicha que me mande un email. Poca esperanza, tenía yo, pero (¡sorpresa!) me escribe. Le pido la novela, alguna explicación, un avance editorial de cualquier tamaño. Una prueba. Tiene una letra tan bonita (es un decir) que le pido hasta el teléfono. Es tierna, la niña, y tan dulce… Cruzamos correos como locos, mas por mi insistencia que por su interés. Tememos enamorarnos. (Bromeo, ella lo sabe.) Ahora en serio: me adelanta un intenso poema que empieza por la letra T. Finalmente consigo convencerla -¡el viernes a las tres de la mañana!- tras jurarle y perjurarle que no diré su nombre, ni el nombre del maromo y que nunca jamás reenviaré el manuscrito dichoso a ser humano alguno. Nunca-Jamás. Que no hablaré de él con nadie, absolutamente con nadie. 

Hoy he venido aquí a faltar a mi palabra. 

Acabada la novela le suplico que me deje hacerle una reseña. Me dice que no, que no ha de hacerse público lo que se cuenta en ella. Es personal -me dice- habla de mí. Y no le falta razón, pero tampoco la tiene toda. Trato de explicárselo. Ella: no entiendo a qué viene tanto alboroto. Mientes, le digo, tu mensaje de ayer no se entiende si no es con cierta intención. El hijo de puta me abandonó, sentencia haciendo de esto una vendetta. Consiente finalmente, la malherida: pero habla de la novela sin hablar de la novela, me dice; me pertenece. Imposible. Tú hazlo. 


* * * * * * * * * 


Y he aquí el hecho: 

La novela se llama “M”, como el poema nunca escrito por el pseudópata Claudio. Una ausencia en el alfabeto de su poemario que tiene un parecido más que razonable con la también ausencia del capítulo 13 en esta novela. Aquello del Claudio supersticioso se me viene abajo cuando compruebo que la M es la decimotercera letra del abecedario. Saber a Claudio poeta me hace temer lo peor siendo lo peor un ejercicio intimista de prosa poética de marujas, quinceañeras y pálidos mequetrefes. Me da nauseas pensar en ello; nauseas que me duran exactamente cinco minutos, que es más o menos lo que tardo en caer en la cuenta de que menos poética la prosa de Claudito tiene de todo. De todo, he dicho. Cien páginas antes de terminar ya no tengo dudas: “M” es una Puta Obra Maestra y mi temor a un final complaciente cae por su propio peso en el último capítulo que es (no me cuesta reconocerlo) absolutamente perfecto. Me recuerda vagamente al también genial broche final de una película menor del coreano Park Chan Wook, llamada JSA pero entrar en más detalles sería entrar en demasiados detalles. Quien la conozca sabrá de qué hablo. La sensación es la misma: creer que es imposible acabar mejor algo tan bueno. 

Filomena, la ex de Claudio, miente cuando dice que la novela habla de ella. A ver, SÍ, habla de ella, claro, pero NO habla de ella. Habla de mí, en realidad. Las mejores novelas son aquellas que hablan de nosotros mismos, escribo sobre “El desierto de los tártaros” hace dos días en la reseña que tenía que haber visto la luz este lunes. La novela de Claudio, el amante escriba, es la demostración palpable de que algo tan manido puede ser perfectamente una verdad como un templo. Claudio no escribe prosa poética, líbrelo dios; escribe directamente de morirte de sencillo, de clarito, de conciso, de no decir más que lo justo, de interrumpirse en ese momento exacto en que va a tener lugar lo superfluo. No hace falta presumir de nada para tener de qué presumir o quizá es que cuando uno tiene algo que contar, el embellecimiento y las florituras son como piedras en el camino, obstáculos insalvables. Lamento profundamente no poder incluir cita alguna, pero en cualquier caso daría un poco igual, porque no es una frase, la magia, ni un párrafo, ni una página; es, ante todo, una idea tras otra, un encadenamiento de ellas. Es, al fin, la voz de una generación (Claudio ronda los treinta cuando escribe esto, me dicen) que por una vez parece haber encontrado la forma de hacerse entender sin tener que recurrir a artefactos metanarrativos o jerga tribal exclusivista. 

Habla, Claudio, de cosas como la contradicción (y la contrición); como el malditismo de los recuerdos malinterpretados; como aquello que escuchamos un día, por error, por estar dónde no debíamos y que cambia completamente nuestra vida y la de aquellos que nos rodean hasta que tiempo después descubrimos que la madurez significa ser capaz de reinterpretar aquello que dimos por tan obvio y, sin quererlo ni beberlo, entenderlo todo cual epifanía. Claudio (si acaso hay algo de él en el protagonista) no es un joven traumatizado sino extremadamente lúcido, que de tanta lucidez no puede aspirar a otra cosa que a morirse de soledad. Habla también, esta novela, tangencialmente al menos (lo cual le da un valor añadido) de enamorarse de la mujer equivocada demasiadas veces en demasiado poco tiempo y darse cuenta de que uno lo que ama realmente es aquello que se refleja en los ojos del sujeto amado. Amar a los demás no por lo que son sino por aquello en que nos convierte es una condena para todo aquel que no somos nosotros. No habla de la muerte, Claudio, ni de sexo, ni de sus paseos por un centro comercial, ni de la experiencia de escribir (no le interesa al Claudio narrador, parece, el acto de escribir, sino las consecuencias que tiene ello en los demás). 

Esta novela, M, y lo digo completamente en serio, es la mejor novela en castellano que he leído en años, y la ha escrito un joven tan joven que resulta ofensivo. “M” es la novela que, no creo que me equivoque, ustedes nunca leerán. Me extrañaría que algo en apariencia tan íntimo (me cuesta creer que todo esto no tenga su origen en la propia experiencia) llegue a ver nunca la luz. La escritura que nace como acto expiatorio no necesita publicidad. Le doy la razón a Claudio en su tozudez (quizá porque ya la he leído y me gusta pensar que nadie más lo hará) y me pregunto de qué será capaz este chico dentro de veinte años. "M", y por extensión Claudio, es la enésima razón por la que nunca seré escritor.