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miércoles, 11 de febrero de 2015

‘Matate, amor’ de Ariana Harwicz

Hoy hablaremos de una novela de Lengua de Trapo, a ver si no se me enfada nadie, que sé que anda alguna gente muy sensible con esta editorial, supongo que por ese permanente estar siempre a punto de echar el cierre —y acabar así con las ilusiones de tantos y tantos como son, que se cuentan por miles— y poner fin a una era. Que es una mina, una cantera, Lengua de Trapo. Dicen, eh. 

Así nos va, que no damos ni una. Yo es que me parto.

Matate, amor no tenía que haberse publicado nunca.

No, que va, estoy exagerando. Allá cada uno con su capital que haga lo que le plazca. Lo que sí recomiendo es, no sé, leer cualquier otra cosa. Casi cualquier otra cosa. Por aquello de no perder el tiempo, más que nada. He aquí la función social de esta Medicina.

Apurando mucho el vaso, Matate, amor es, o debería ser (o debería haberse quedado en) un relato. Un relato corto. No digo un micro, no soy tan nazi, pero sí corto, cortito, de algunas páginas, no muchas, diez, doce, no más. Dos si eres Lydia Davis. Qué bien le hubiera ido en manos más hábiles.

La historia es una chica loca de remate que vive con su marido y su hijo en una casita humilde. La chica loca no es una loca feliz, angelito, sino que siempre está enfadada —con su marido, con su hijo, con el mundo— si no por una cosa, por la otra. Será por razones.

«ACABÁBAMOS DE DESPERTARNOS del fin de semana y ya estábamos peleando. A las ocho y media pegué el primer grito, a las nueve y veinte amenacé con irme, a las nueve y cincuenta dije que haría un infierno de su vida. A las diez y diez estaba detenida como un carnero en el medio de la autopista, valija en mano, sombrero de paja, moscas en las orejas».

150 páginas de enfado y dependencia y deseo incumplido de salir corriendo y de ganas de amargar la existencia ajena. Y de palabras.

Me gustaría desarrollar el argumento pero no veo cómo. 

Déjenme que piense. 

Venga, va: hay un tercero que se la quiere tirar y seguramente lo haga pero uno tiende, en según qué casos, a la desconexión y cualquiera sabe si dice la verdad o se limita a fantasear, porque ella, la protagonista, es también la narradora y ya saben que a este tipo de narradores hay que hacerles un caso relativo. Igual ni siquiera tiene un hijo; tal vez sea una esponja de baño con un agujerito en forma de ombligo en el centro.

Mujeres locas de atar narrando su propio desequilibrio desde la ignorancia de que tal cosa sea posible como género literario en sí mismo. Mujeres enfermas que hablan, no callan, piensan en alto, imaginan en alto, a gritos, fantasean con la idea de ser escuchadas, con su imagen de mujeres interesantes, de seres humanos con algo que decir que no sea la nada más absoluta, las ganas de emborronar folios. Pero, sobre todo, esa obsesión por aparentar que tienen algo que aportar que las lleva a decir lo que sea, ¿qué más da? Si total es por dar contenido, para justificar 150 páginas, para ser novelista, no una vulgar cuentista, microrrelatista, ideóloga o poeta, esa subespecie. 

«Y ENTONCES VI EL AIRE SATURADO de una tensión sexual invisible. Rembrandt. Las bellotas caían y caían y caían tan lentamente, tan pesadamente, entre la copa del árbol y la tierra, que parece que dormían en el aire. Que lo cortaban con rayos dorados. Caravaggio. Ese soponcio, ese aire soñoliento de ver las hojas dar una y dos y todavía más vueltas antes de llegar, una hoja que cae, y la otra y la otra. Ese clima que entreabre la boca. Que vuelve agua dulce la saliva. Adiós al moho y a la negrura. La muerte del verano convertía el bosque en silencio y suspiros. Me tiré a un costado con el cochecito y dormí. Y soñé que lloviznaba. Pero no, era el ruido de las alas de las mariposas que se chocan entre sí. Esa sensualidad ligera de las mariposas nocturnas. Mi corazón latió en mis orejas. Me incliné para ver a mi bebé y olvidé que salió de mí. Buen día, niño del bosque. El miró dos carpinchos apareándose e imitó veloz los gestos con su pelvis chiquita. Mi bebé ya cogía, tosco como ellos».

Ese soponcio, sí. 

No me hagan caso. Desbarro un poco siempre que me aburro y me aburro tanto reseñando novelas aburridas... Qué gracia, eh. 

«Yo no entro porque soy una marginal, no sé hablar sin insultar, espío mi propia casa y hace días que no me baño. Lo veo venir contra mí, contra el vidrio, resoplando por la nariz, y sé que cuando abra el ventanal voy a ser un cisne negro, y cuando empiece a gritarme voy a ser un pato castrado. Voy a entrar. Voy a dejar de pedirle peras al olmo. Voy a contener mi demencia, a usar el cuarto de baño. Voy a acostar al niño, masturbar al hombre y dejar la insurrección para mejor vida».

Blablabla, pobre mujer voluntariamente sometida.

Ya estoy harto. Hablemos claro: Matame, amor es la excusa que tiene de Ariana Harwicz para lucir estilo, creyendo que su estilo es digno de lucir y suponiendo que el contenido es lo menos, cuando hace ya tiempo que el bocadillo de calamares demostró que esto no era para nada así. 

Matate, amor es, mejor que un título, una magnífica idea que presume de la siguiente estructura: principio, caos y fin. Defina caos: querer contar, pero no saber qué; querer decir, pero no tener ni idea de por dónde tirar. Ir a lo fácil, jugar al despiste, pajaritos preñados y versitos encadenados. Fingirse moderno hablando de pollas, mujeres salidas, armarios empotrados o abusos varios. No haber superado todavía el cacaculopedopis y vivir para contarlo.

Una novela, a ver si nos enteramos, es algo más que las ganas de escribir. O debería. Ya no sabe, uno, con tanto conformismo.





jueves, 17 de octubre de 2013

Una aproximación a "Última temporada" (una antología)

Bueno, pues nada. Juguemos.

LA INTRODUCCIÓN
(o el inconveniente de intentar meterla doblada)

El 25 de septiembre de 2013 Alberto Olmos reinicia actividad en Hikikomori (su blog personal) que venía arrastrando un silencio administrativo largo tiempo lamentado por incondicionales y amigos, por lo que cabe esperar que pronto saque novela nueva. Desde entonces la ha ido llenando de entradas pequeñas como mocos que llamaremos #raudos. 

El #raudo del 11 de octubre es una foto con la portada del libro que nos ocupa y un pie de página: "seguimos intentándolo, amigos" (lo de "amigos" no es nada personal, simplemente es una coletilla que se le ha pegado) con el que arranca, rauda y veloz, la campaña de promoción de Última temporada a la que hoy se suma este blog. 

En el #raudo 18 publicado el día 12 de octubre se habla de un parásito. El parásito ya tiene el libro, dice, se lo han pasado. Alb no lo intuye, no lo sospecha. Alb LO SABE. Ha visto señales que no dejan lugar a dudas. Los enchufes de su casa le susurran: el parásito malo quiere acabar con tu libro, leerlo y difamarlo, regalarlo, hundir el negocio de trapo. Se quiere comer tu tesoro. Porque al parásito feo no le gustan los libros de Alberto Olmos, dice. Porque al parásito horrible no le gustan los libros de Lengua del Trapo, dice. Porque el parásito ODIA la literatura y quiere acabar con ella. Qué mal bicho, el parásito. Quisiera Alb ser insecticida.

Por si se lo preguntaban, el parásito al que se hace referencia soy yo.

Cuestión número uno: Alb me acusa, veladamente y basándose en ridículas suposiciones, de estar distribuyendo una copia digital por la red con ánimo de hundir las ventas de un libro: «enviando alegremente el documento, por ver si en lugar de 500 vendemos 450 y así, con suerte, no estamos aquí el año que viene». Ya tengo que tener buen carácter para no enfadarme por esta chiquillada. No sospecha, no cree, SABE que una mano negra me ha hecho llegar el libro en formado pdf. Sólo así, argumenta, puedo conocer el orden exacto de los nombres del índice (que subí a los comentarios de esta medicina hace algún tiempo). Debe creer que soy una loca furiosa que vive de lanzar pdfs a las redes de intercambio, que este es el primero que me llega, que me quema en las manos. Que lo busque, Alb, a ver si lo encuentra y que se asegure, Alb, de paso, que no es el suyo.

Por dejarlo claro: nunca he recibido un pdf de este libro. Ni ganas. Sí una foto; concretamente un pantallazo de unas páginas del índice. Una puta foto. Todo lo demás es una paja mental del bueno de Alb. Todo lo demás es algo que Alb podía haber preguntado, claro que entonces no tendría maldita la gracia. Por otro lado, ¿por qué iba nadie a molestarse por una acusación vertida en blog, por un desahogo infantil, por una pataleta?

Puesto que todo va de suponer; supongan ustedes la respuesta. 


Cuestión número dos (y atentos, que ya vamos entrando en materia): le dice Lengua de Trapo a Alb que no saben dónde estarán el año que viene. Alb se indigna ante tamañan injusticia y tiene una rabieta que se traduce en el mencionado #raudo 18. Ahora, lean y lloren, que para eso lo ha escrito: 

«[…] será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable.»

Para empezar, y sin ánimo de ofender, el parásito aquí presente no lamentará nunca que los jóvenes autores dejen de publicar. Tiene, el parásito, mejores cosas que lamentar. El parásito lloró la muerte de Libros del Silencio porque al parásito le gustaba el papel que utilizaba y la narrativa extranjera que publicaba, no así la nacional que, salvo puntual excepción, detestó con enfermiza pasión juvenil desde que tuvo uso de razón. Guarda en cambio, este parásito, un recuerdo nada agradable de (casi) todas cuantas lecturas recuerda de Lengua de Trapo, editorial de la que, por cierto, recibió no hace mucho un libro a pesar de ser, el mencionado parásito, el mayor mal conocido. Quién sabe, tal vez no seamos ni los unos tan feos ni los otros tan dignos. Y ninguno tan tonto, por descontado. Resumiendo: que al parásito aquí presente lo que le jode es que la crisis económica o la crítica feroz o un fichero que alguien ha visto volar sin alas, vayan a ser ahora la excusa para justificar el fin de los tiempos de según quienes, como si éstos no tuvieran culpa de nada, como si fuera algo nuevo engordar las cifras de la traición. Por eso, el parásito aquí presente, que se ha levantado hoy un poco hijo de puta, promete no llorar la muerte de ninguna pequeña editorial, especialmente de aquellas que presuman de experimentación, iniciativa y buena voluntad. Que a ver si ahora va a resultar que ha sido caridad haber publicado los libros de, por ejemplo, Alberto Olmos. Ya sería casualidad también. 

Y ahora veamos qué pasa con ese puto libro, no vaya a caer en saco roto tanta desinformación, tanta mala intención, tanta promoción y tanta provocación. Tanto lamento.



LA APROXIMACIÓN 
(o cómo evitar leer un libro)

A Alberto Olmos le encarga, Lengua de Trapo, una antología de jóvenes nacidos entre 1980 y 1989 que pueden o puedan tener cierta importancia en el mundo de las letras. Lo hará gratis, Alb, porque Alb ama a Lengua de Trapo. Su recompensa será el cariño del editor y de Aixa de la cruz, Matias Candeira, Roberto de Paz, Guillermo Aguirre, María Zaragoza, Salvador Galán, Jimina Sabadú, María Folguera, Pablo Fidalgo, Aloma Rodríguez, Daniel Gascón, Jenn Díaz, Paula Cifuentes, Victor Balcells, Juan Gómez Bárcena, Rebeca Le Rumeur, Juan Soto Ivars y Cristina Morales. También de Miqui Otero y Laura Fernández, sí.

Todos quieren a Alb a pesar de que Alb antologa sin interés, sin muchas ganas y, recuerden, SIN recompensa económica. A Alb lo joven le aburre, le entristece, le da una pereza terrible. Los niños huelen a meados. ¿Será por eso que el PROLOGO parece un acto de venganza? Pues será. 

«En ningún caso se ha buscado aquí la predicción, ni tan siquiera la prescripción, sino solamente el zarandeo de nombres al objeto de reavivar el anquilosado censo de creadores de nuestro país, necesitado, no ya de voces nuevas, sino de una promesa de continuidad.»

Para Alb los escritores jóvenes del calibre que nos ocupa son víctimas de las redes (sociales, fundamentalmente) y las becas; son feladores experimentados. No son de raza. Las nuevas generaciones son espontáneas; no se han hecho a sí mismas; no son como él, que a los veintipocos ya era finalista del Herralde. El Herralde, joder. A un lado él, al otro Bolaño. Bolaño, joder. Qué gran momento inmortalizado. Qué suerte de inmortalización. Tal vez todavía guarde la foto, Alb, en su carterita; tal vez cada día la quite, de la carterita, y cada día la mire, la acaricie y le quite una doblez y si no supiera que ya la has visto mil veces, mil veces la volvería a sacar, la fotito, de la carterita, para hacerle otra caricia, para quitarle otra doblez. Para hacértela tragar. 

“Promesa de continuidad”, amigos o amigas, es posar en una foto con Roberto Bolaño; lo demás son hostias.

«[…] ¿qué tiene reservado el futuro para la generación de los 80 […]? Quizá la respuesta aquí podría condensarse en una sola palabra: becas. […] una generación cuya herencia modal son las becas y esos «padrinos» que se exigen para conseguirlas no podrá nunca irrumpir en la escena cultural, pues los años previos a su estreno como escritores han constituido una suerte de amaestramiento, de doma, de aclimatación a la normativa literaria dominante. Por ello, nunca irrumpirán, sino que, muy exactamente, serán «presentados en sociedad».

Nos advierte, Alb, en el prólogo, que tengamos cuidado con los falsos artistas. Que no nos fiemos porque se hayan arreglado para la foto. Putos niños-bien. Seis de ellos han pasado por la Fundación Gala y varios más han solicitado su ingreso en algún momento en esa y otras casas. Dice Alb: «Determinados autores jóvenes cuentan con el beneplácito de jerifaltes (la errata es suya) culturales incluso mucho antes de que su primera obra vea la luz.» Como ejemplo de autores que han visto publicada su obra en grandes sellos (sabrán ellos las razones) pone a Antonio J. Rodriguez y a Laura Fernández — a pesar de que el primero rechazó participar en la antología y no venía mucho a cuento traerlo a colación—. El resto, dice Alb, son carne de «vida literaria» y lo suyo es dejarse «ver por saraos y presentaciones de libros (¿suponemos que las de Olmos también?), estableciendo contacto directo con autores consolidados (supusimos bien) y con editores.» 

Y todo esto bajo la atenta mirada del editor de Lengua de Trapo, la editorial que no sabe si estará aquí (en este mundo editorial, se entiende) el año que viene. No sé qué clase de editor es ese que no se deja la piel del escroto por sus autores, aunque no sean más que casuales, aunque no sean más que proyectos de futuro, aunque no sean más que gusanos. 


* * * * * * *


Soy el menos indicado para defender a esta generación de escritores a la que, por norma, ataco un día sí y otro también. Lo cierto es que me da igual. A mí lo que me alucina es ser testigo del menosprecio por su trabajo que demuestra un editor permitiendo un prólogo como este mientras lamenta su inevitable caída, no entendiéndola o echándole la culpa de todo al parásito de turno o a la piratería, ese lugar común que permite cuantificar pérdidas exorbitantes en la cuenta de resultados así como aliviar el peso de la conciencia por haber hundido tu propio barco con apuestas injustificables (premios incluidos). Pero lo que realmente me tiene alucinado, el motivo primero de este post (entiéndase el dramatismo, no vayan a creer que en el fondo todo esto tiene maldita importancia) es que quien fue el crítico más rudo de la blogosfera hasta que salió del armario y hubo de enfrentarse a las miradas reprobatorias de otros críticos y escritores y, sobre todo, editores, y hasta que metió su piececito en una gran editorial, por mor de una bitácora malherida, no lo olvidemos, de una «vida literaria» cultivada y regada durante años en la red… me alucina, decía, que venga ahora, ese crítico voraz a dar cachetes a los niños, a reprenderles por el Twitter, el Facebook, el Formspring, el blog, el otro blog o la fotito con Bolaño, que venga a dar lecciones, nada menos que Juan Malherido, de lo que se puede o no decir para evitar el desastre, para que no se hundan las editoriales, para que no explote la enésima burbuja, para que así todos tengan oportunidad de publicar en sellos experimentales con apuestas rupturistas e innovadoras como debió ser la suya, hace ya tanto tiempo.

Pero no hay que descartar nada; también puede ser que yo esté equivocado y que Alb esté haciendo todo esto porque, tal como dice en el #raudo de hoy (casualidades de la vida), «lo mejor que se puede decir de los amigos, lo más elogioso, es que no son los mejores escritores del mundo».

Alb es amor.


viernes, 26 de julio de 2013

“Leonardo” de Guillermo Aguirre

Me aburro. La madrugada no es lo mismo sin un blog en la retina. Total, que se acabaron las vacaciones blogueras.

Me llevo este libro, Leonardo, a la playa. Me lo llevo a la piscina. Me lo llevo al campo, nos sentamos debajo de una higuera un día y de un limonero, otro. Abrimos juntos siete cervezas. Lo llevo conmigo en el coche. Nos hacemos inseparables. Nos falta meternos mano, nada más. Pero no hay modo. La cosa no avanza. Todo es sangre, sudor y lágrimas y cada párrafo es un dolor de muelas. Sus 186 páginas semejan peores que un parto, con perdón. Leonardo, de Guillermo Aguirre, es un libro que yo suponía interesante, se fue haciendo pesado y acabo siendo directamente insoportable. 

Llegué a la página 52, que ya no está mal. Lo honroso es llegar al final, pero se ve que yo no soy tan hombre como los demás. Me refiero a todos esos críticos que van de maravillamiento en maravillamiento y que ven en esto de Aguirre algo que yo no. Mateo de Paz, por ejemplo, escribe una crítica en tres partes de esta novela para Factor Crítico en la que dice lo siguiente: “Guillermo Aguirre construye un artefacto literario muy inteligente; indispensable y efectivo. En un tiempo en el que los editores solicitan libros fáciles, sencillos, líquidos o digeribles, se hacen necesarios libros así, formalmente complejos, discursivos y profundos.” Como tontería ya no está mal. Para calificar este libro de indispensable hay que tenerlos muy bien puestos (a esto me refería cuando decía que hay mucho macho suelto reseñando esta novela). Pase el elogio que en su momento le dedicó Rafael Reig (una gran novela, dijo) porque al fin y al cabo es amigo y le presentó el libro nosédónde pero el resto podía morderse un poquito la lengua, que se juegan el prestigio, leches.

El caso es que yo no pude con esto de Aguirre porque como prosa tiene un pase si a uno le pirran los excesos pero como trama la cosa cojea de puro insufrible. La cosa va un pollo llamado Leonardo (“Llamadme Leonardo”, dice) persiguiendo una Teta Blanca, del mismo modo que otro, llamado Ismael, perseguía una ballena de idéntico color. Igual esto es lo que Mateo de Paz entiende por “inteligente” y “profundo”, sin saber exactamente cuánto hay que cavar para dar con la puta trufa, pero meter a Moby Dick en una novela para darle una pátina de prestigio al relato es una moda que empieza a resultar vomitiva.

Yo, lo siento, no puedo con tanta dispersión y tanta reflexión de bote. Dedicar una cuarta parte del libro a contarme en primera persona que un imbécil (que Reig, con otro par, comparó con el protagonista de Memorias del Subsuelo y con Oblomov) se va a vivir con una mujer que un poco más tarde lo abandona por infiel es esperar demasiado de mi tiempo libre toda vez que se va demostrando, página a página, que la cosa está otra vez en exagerar el cómo y ver si así, con el ruido, cuela. Bueno, pues no. O sí, vaya, pero no siempre. 

Con diferencia, una de las novelas más aburridas que me he echado a la cara en mucho tiempo.

Puedo escuchar cómo se tensan las jarcias, cómo la nave quiebra su espinazo cuando un cambio de mar atiza su rumbo. Puedo escuchar las tablas que parecen querer quebrarse bajo mis pensamientos, llenas de gorgojos y polillas.
Como ya he dicho, todo amor tiene en su inicio una etapa de florecimiento y, así, nuestro amor se abrió, floreció y creció a la sombra de mi falsedad de un modo tan lustroso y arrogante que incluso aquellos que nos rodeaban —ya no nosotros, que vivíamos en medio de aquella selva demasiado espesa para ver más allá— se sintieron engañados y, para mi absoluto regocijo, compartieron aquel excéntrico paraíso con nosotros. Y tan alto, tan alto estábamos, tan en el cénit de nuestro cielo sentimental vivíamos —o al menos así me sentía yo por entonces, tan feliz como pueda serlo el más infeliz de los mortales— que no supe prever la tragedia que se había gestado bajo mis respuestas engañosas y mis complicadas bravatas.

martes, 18 de junio de 2013

“Polvo en los labios” de Montero Glez

Hoy toca cortarse las venas. 

La mascota es el quinto relato de este recopilatorio. Permitan que me salte los cuatro primeros; volveré a ellos (a uno, al menos) más tarde, por aquello de volver, no porque realmente lo merezca. Atentos: la cosa va de un preso que le ofrece a otro secuestrar al perro de una niñabien, algo que, es de suponer, está generosamente recompensado. Cuando sale de prisión localiza a la niña y roba el chucho, el móvil y algunos anillos que vende al mejor postor. Con el dinero fresco y en espera del rescate prometido visita a la mujer del otro preso y se la beneficia. Todo muy profesional. El chucho resulta ser un salido de padre muy señor nuestro al que hay que masturbar continuamente para tenerlo tranquilo. Y así es que, rozando, se cogen cariño preso y can. Pagado el rescate, se completa la transacción pero al chucho le puede la nostalgia y corre tras el ladrón, motivo por el cual lo pillan y lo entronan otra vez. Pues bien, esta soplapollez está contada en este plan: 

Se trataba de un secuestro nada complicado. Un trabajito de esos en los que se las podía apañar una persona sin ayuda de nadie. Según lo pintaba Joselito, la fulana era una de esas que van alicatadas hasta el merengue. 
—Si la ves cuando sale —decía Joselito—, si la ves, siempre luciendo mucho colorao y con unos sortijones como garbanzos. 
—¿En el mismo Sotogrande? 
—Sí, es fácil, te maqueas para no dar el cante. 
—Olvídate del atrezzo, suelta prenda. 
La conversación transcurrió así durante un rato. 

“Durante un rato”, dice. Ojalá. Durante un rato no, todo el puto libro, que son sus diálogos dignos de ver para ser creídos. Es todo tan castizo, tan poco natural, tan de arroyo y tan de estereotipo marginal de chonis maqueadas o chulos de casa de putas que si hay que reconocerle algún mérito a Montero será el de haber llegado hasta aquí. 

Más ejemplos. Hoy va de eso y poco más; hay reseñas que se escriben solas a golpe de cita. En El secreto de la Garbo se cuenta cómo la Garbo tenía un mastín, regalo de un amante, que cada noche se subía a su cama, "donde el calor de su hocico le incendiaba la mata del pubis. Los lametones eran intensos, de abajo arriba, alterando la carne con el salvaje perfume de la fiebre animal; deteniéndose en la perla escandinava cuya dureza deshacía su lengua perruna." Y bueno, poco más, el perro se muere (lo matan), lo entierran… ese tipo de cosas. APASIONANTE. 

Y ahora, atentos a la jugada: Sin mierda en la tripas trata sobre dos sintecho que quieren drogar a un tercero para beberse los restos del Don Simón o algo así. Discuten y como buenos liantes se matan a navajazos. Cuando llega el que faltaba, ya levantados los cadáveres por el juez, se acuesta en el cartón, todito ahora para él, y recostado da con las pastillas, como la princesa dio con el guisante, se las traga y, feliz, se duerme. Fin. Pues bien, esto es otro relato. De cagarse, el Montero, no me digan. 

Lulú (otro) es exactamente lo que el título sugiere: trata de una mujer fatal y un poco puta que se beneficia a un narco mexicano para robarle un maletón, para lo cual echa mano de un mindundi que de puro amor traga con todo. Que digo yo si no habrá mejores cuentos que contar que los mismos de hace setenta años pero en versión siglo XXI y España profunda. Tristeza, de verdad. 

En lo relatos de Montero los hombres, machos alfa algunos y otros no tanto, roban y matan a placer, incluso policías, malviven dignamente más chulos que ochos y son tan follables que no hay mujer que resista no bajarse la falda al verlos pasar. Las pollas, todas, ejemplares, qué duda cabe. Las hembras, también, pero éstas de puro sumisas y complacientes. Chonis haciendo realidad fantasías sexuales con batas guateadas. 

“Joselito era chispero de los de bigote y mosca, andares aflamencados y pelo brillante de aceite. Y decir de ella, de la puta, que era mujer de tronío, pellejo tostado, pongamos que moreno verdoso, como de campana antigua, y que llevaba la sexualidad cosida al trasero.” Claro, esto, así, tiene gracia un rato, como el Reverte y su Alatriste, pero luego cansa, y si además lo acompañas de tanta chorrada, enfada o, cuando menos, irrita. Y yo, que voy justo de paciencia, lo dejo aquí y prometo no volver así me muera yo o se muera él. Quizá la cosa mejore a partir de entonces pero tenía que haberlo pensado antes el recopilador, que no es menester hacer sufrir al lector sin recompensarle el esfuerzo de alguna manera. Si hasta en un vía crucis se hacen descansos, por el amor de Dios. 

Los USOS Y COSTUMBRES GENITALES DEL MADRID de hace cien años no se distinguían mucho de los de hoy en día. En lo tocante al desahogo de los varones, lo que primaba era ejercitar el pulso seguido del restregón tranviario. Esto último resultaba labor harto compleja pues la dama de principios del siglo XX, entre el paño de la falda y la costura de las bragas, anteponía un sinfín de ropa íntima. Llegada la hora del parcheo el varón lo tenía difícil. Según cronistas de entonces, había que estar dotado de cierto empuje para sortear enaguas, refajo y otras entretelas. Sin embargo, ahí no acababa todo. 

Y así todo rato, sin parar. Que bien, las formas, no digo que no, pero se hubiera agradecido tener algo que contar antes de haberlo contado, que luego todo es frustración y pena de tiempo perdido. 

Pasando de largo el resto de my life. Lo juro por estas.


lunes, 29 de abril de 2013

“Todo como antes” de Kjell Askildsen

Esta colección de relatos está llena de viejos y de gilipollas. Y de viejos gilipollas. De gilipollas siempre, y de viejos, casi. Trata mucho de lo que debe saltar a la vista justito antes de morir, (“…se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir”) así como de aquello que tiene que ver con saber que tu vida es una mierda y que tú no serás nunca nada más que un imbécil y un indeseable. Los protagonistas de estas historias son seres tristes, cínicos, desencantados de la vida. Hartos de la vida. Unos tipos geniales, en definitiva.
“Mientras estaba allí sentado, pensando en cómo librarme de él –pensé incluso en prenderle fuego, siempre llevo conmigo un encendedor con llama alta-, ocurrió una de esas casualidades que favorecen a uno: tuvo lugar un accidente.” 
* * * * * * * * * * 

Un tipo interesante, Askildsen. En una entrevista rescatada de El País en 2008 aseguraba llevar once años sin publicar nada simplemente porque llevaba once años sin escribir nada que le gustase le suficiente para sacarlo a la luz. Y hablamos de un hombre que escribe -o escribía, por entonces- un poco cada día. Empieza cuentos que no termina, dice, porque no sabe qué hacer con ellos. “He escrito algunos principios, pero llego a un punto desde donde ya no puedo continuar. […] Quiero, pero no puedo.” ¡Chapó! Supongo que a sus 80 años Askildsen podría simplemente dejar de escribir o pasarse al microrrelato del mismo modo que Transtromer se pasó al haiku quizá viendo que aquello no daba para mucho más después del ictus, pero no lo hace. Askildsen, digo; no lo deja. Escribe, fracasa y vuelve a intentarlo y vuelve a fracasar y si no sale, no sale, pero no publica cualquier chorrada ni se junta con cuatro amiguetes para publicar una antología de memeces en la editorial de alguno de ellos.  

Entrando en materia: Askildsen, en la misma entrevista: “El cometido del autor es hacer leer al lector. No se tiene el derecho a esperar algo del lector. Si consigues que él muerda el anzuelo, también hay que subir el pez del agua. Y entonces mi intención es que el lector en cierta manera sea sinónimo del pez que llega a tierra y se queda coleando y que no necesariamente se lo pase muy bien. Yo deseo crear desasosiego. No me gusta un relato que no crea desasosiego.” Y sí, es cierto. Yo, sufrido lector de relatos –género con el que trato de reconciliarme con notable éxito– doy fe: salvo contadas excepciones, todos estos cuentos pueden presumir de tener un anzuelo cojonudo. Y sí, otra cosa no, pero desasosiego hay para dar y tomar. 

* * * * * * * * 

Este recopilatorio relativamente pequeño agrupa tres libros de relatos: Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, Un vasto y desierto paisaje y Los perros de Tesalónica. En ellos todos los protagonistas son hombres adultos cuando no directamente viejos que parecen tener algún problema con el mundo. Pero ojo, no esperen vejetess encantadores, reflexivos, serenos, sabios, dulces y gentiles como papás noeles, sino ásperos como papel de lija, duros como piedras, no se sabe si inmaduros o podridos, agresivos, egoístas, solitarios, enfermos. Son personas que han llegado un punto en el que la proximidad de la muerte ha terminado por alejarlos definitivamente de los demás; para quienes una simple barandilla en las escaleras es el factor determinante en sus relaciones sociales.

“Todo podía suceder. Y allí estaba, en la acera de enfrente, el viejo profesor Storm, del instituto. «Felix», grité, pero estaba tan poco acostumbrado a usar la voz que no me salió gran cosa. Nos separaba un denso tráfico, y ni él ni yo nos atrevíamos a cruzar la calle, habría sido estúpido perder la vida de pura alegría, cuando me había aguantado sin ella durante tanto tiempo.”

Hombres que no aman a sus mujeres, que no siente cariño por sus hijos. Hijos que no aman a su parejas, que no sienten afecto por su padres. Hermanos que se desprecian, se temen, se odian, se desean. La familia como un infierno inevitable; esa grupo de gente con la que hay que sentarse en los entierros cuando lo que uno realmente quiere es masturbarse pensando en la compañera de clase de su hija adolescente. Hombres que salen a pasear cuando la tensión se vuelve insostenible pero que vuelven cada noche a casa para terminar de emborracharse y meterse en la cama de espaldas a su mujeres fantaseando con que se mueran de una puta vez y los dejen vivir en paz, vaciar los cajones, ganar espacio en su propia casa. ¡Tener un poquito de libertad, por el amor de dios! No es tanto pedir, lo de estos hombres. 
“Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos, dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión. O contra la vida”. (Últimas notas de Thomas F. para la humanidad) 
Unos capullos, vaya; pero unos capullos encantadoramente cabrones, si acaso tal cosa es posible. Pues de esos perfectos imbéciles lúcidos e inadaptados a la vez que repugnantes y comunes, esta plagadito, pero plagadito de verdad, este pequeño recopilatorio de un más que interesante escritor injustamente ignorado en nuestro país; que es enterarme de que sólo se ha publicado una pequeña parte del total de su obra y me entran unas ganas de cagarme en todo… 
“Aunque siento cierta predilección por las catástrofes, no me gusta nada convertirme en el centro de atención ajena.” 

martes, 31 de julio de 2012

“El público” de Bruno Galindo

Al grano. Creo que El público es una novela interesante no por su argumento ni porque el narrador sea un nosotros omnisciente (bueno, esto un poco sí) sino por lo que tiene de hipnótico. Resulta sorprendente que a mí, que me interesa muy poco la decoración de los interiores de las casas o pisos o buhardillas de los personajes más o menos importantes, haya caído en el embrujo de su prosa, que cuenta con detalle lo más nimio entre lo nimio. También porque en “El público” los actores somos, en cierto modo, los lectores; unos lectores a quienes se nos identifica más por nuestros hábitos de consumo que por lo arrollador de nuestra personalidad.

El de la agencia, que sabía a qué clase de conclusiones debía irse acercando, indicó que combinamos pósters baratos (Klimt, Van Gogh, el beso de Doisneau, la foto de los obreros en la viga en Nueva York, el retrato warholizado de Audrey Hepburn) con algún objeto de arte más exclusivo (una serigrafía numerada, una reproducción barata de algún fotógrafo premiado). Nos gustan las tallas y máscaras africanas, los kilims marroquíes, los muebles balineses, los fulares con mandalas indios. Tenemos bien a la vista libros de arquitectura y grandes tomos de Taschen (Warhol, Bauhaus, Robert Capa, carteles del rock, grandes del jazz, pin-ups americanas). Algunos hemos recogido algún mueble de un contenedor de la calle alguna vez. Los modelos más o menos actuales de aparatos tecnológicos también marcan la diferencia. 

No tiene maldita la importancia que compartamos o no esto que se indica en la cita. No es el tema. Tampoco importa, por ejemplo, en esta novela, el acto de enamorarse sino el modo en que generalmente lo hacemos; ese cómo suceden las cosas, siempre tan parecido. Es decir: importa aquello que tenemos en común cuando nos sacan la foto de grupo; aquello con lo que, más que menos, podamos identificarnos o identificar a nuestros vecinos si acaso nos creemos tan especiales como para pensar que lo nuestro es diferente. Lo raro, lo excepcional, no tiene cabida en esta novela y eso, creo, es precisamente lo que le da ese algo distintivo. 

En sus primeras visitas ella trajo flores, incienso, velas y servilletas estampadas. Pegó unas estrellas de papel tornasolado y colocó en una estantería dos pequeñas acuarelas (según anunció a Nuestro Hombre, le había dado por volver a pintar). Puso en un vaso con agua un hueso de aguacate del que pronto brotó un vigoroso tallo. Organizó el frigorífico con economía y eficacia: se deshizo de las bolsitas de ketchup y las reemplazó por mostaza francesa, salsas chinas y refinados aceites. Tiró todo lo florecido. Pronto hubo rúcula, tomates cherry, tofu, jengibre fresco y cilantro. Trajo la plancha de su casa y —lo hizo cuando él no estaba, para darle una sorpresa— dobló toda su ropa como si fuera un regalo; arregló el cuartito y encontró, donde no cabía un alfiler, un hueco donde acomodarla. 

Dejo el párrafo anterior no para provocar a las feministas sino como otro ejemplo del estilo. Insisto en la poca importancia que tiene en la novela lo individual. Se trata más bien de describir, de enumerar, de explicarnos a nosotros mismos que somos lo que consumimos; se trata de dar relevancia a todo aquello que marcará la tendencia del grupo que acaba de llegar. Importa lo anodino, lo vulgar, lo aburrido, aquello que en grupo nos difumina y por separado nos hace sentir bien, estar en la onda, aunque obligue a dejarlo todo perdido de tópicos como el anterior, que tiene de real lo que una comedia romántica al uso. En El Público, por ir cerrando algún tema, lo que realmente importa, a lo que se presta más atención, es a todo aquello que hacemos que tiene valor estadístico. El trabajo de Bruno Galindo, lo que mejor hace y por lo que esta novela, vale, en mi opinión, la pena, es convertir los diagramas de flujo en literatura. 

El problema de “El público”, en mi humilde opinión y por no hacer una entrada demasiado babosa, es que se estropea (es un decir) cuando trata de salvar una situación que no pedía ser salvada; cuando obliga al protagonista a convertirse en lo que no hacía falta: un hombre, Nuestro Hombre, metido hasta las orejas en una trama de intriga un poco demasiado hitchckoniana. Voy a decir algo que nunca creí que llegaría a decir, que me horroriza admitir y de lo que espero no tener que retractarme en el futuro: creo que esta novela falla desde el momento en que cae en las redes de la TRAMA. A mí me gustaba mucho leer todo aquello que Galindo me contaba tan bien, incluso esa larga secuencia de enamoramiento tan Up (la película de Pixar) y no veía maldita necesidad de enredarlo todo tanto como se enreda al final, que sin ser para volverse loco, requiere un nivel de interés que yo había perdido en el momento en que había entrado en escena una joven y atractiva millonaria rusa que quería ser puta de barrio madrileña por un día y que tampoco acabé de entender a qué cuernos venía tanta paliza con la muchacha total para lo que acaba pasando, que no es casi nada.

Total, que por aquello de no entrar mucho en detalles y matar la gracia de la novela lo voy a dejar aquí. A los acaban de llegar, bienvenidos al párrafo resumen; al resto: acabo en medio minuto. Que sí, que está bien, que vale; que "El público" arranca estupendamente y progresa adecuadamente hasta que luego, hacia el final, cae en el enredo difícil, quizá buscando ese golpe de efecto que es de esperar llene de elogios desmedidos las fajas de una segunda edición que no llegará nunca. Lo más gracioso es que por lo que yo, personalmente, recordaré esta novela no será por ese final de quedarse boquiabierto (exagero) sino por esa otra primera mitad (algo menos, quizá) tan interesante, adictiva y diferente. Una lectura interesante, en cualquier caso.