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jueves, 20 de noviembre de 2014

[Reseña] “Presencia humana nº 2” de Aristas Martínez

En cien páginas y a todo color (no como otras), Presencia Humana vende relatos, vende artículos, vende dibujitos. Y lo vende bien. De hecho yo compré dos.

En el apartado gráfico, Ana Galvañ, (más ibérica no se puede) ofrece dos minicomics que a mí personalmente me han servido para saber que no me puede interesar menos el trabajo de Ana Galvañ. Que mira, por lo que en proporción cuestan, está muy bien. Si algún día esta chica ilustra un libro, ya sabré en qué no me tengo que gastar el dinero. 

También hay un par de artículos. Uno de Layla Martínez, que es una joven poeta que hace algo en Culturamas, que directamente echa mano de un fragmento de La insólita historia de los nueve Ricardo Zacarías del Colectivo Juan de Madre (editado también por Presencia Humana, para que así quede todo en casa) para montar un artículo sobre el tiempo, el espacio y la teoría de cuerdas con una fotografía de True Detective, para que se vea modernete (este número salió hace ya unos meses). Bueno, tiene su gracia si, tal como me ocurrió a mí, inmediatamente después te lees el librito de marras y, al llegar a esa parte, se te levanta una ceja. Es un hermoso momento autopromoción.

El segundo artículo es una patada en toda boca a (entre otros) los protagonistas de la primera parte de este post, por ejemplo. No se dan nombres, claro, o de lo contrario habría que declarar una guerra, pero se entiende. En ese artículo, Ana Ramos (escritora de libros infantiles, traductora y cosas varias que tienen que ver con la edición), nos cuenta que, un buen día, recomendó a su médica de cabecera un libro traducido por ella misma (hablando de autopromoción…): El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnet, ocasión que aprovecha para contarnos su historia: La señora Hodgson fue mayúsculamente pobre y miserable durante su más tierna infancia y adolescencia, pero tenía orgullo —alimento habitual de ciertos articulistas—. La buena de la mujer creía, como le decía a su hermanita cada noche antes de irse a la cama, que las historias dignas de ser escritas, impresas y leídas, merecían también ser pagadas. Y lo mismo a la inversa: lo que no merece ser pagado, no merece ser leído o impreso no digamos ya escrito. La señora Hodgson murió con un cheque en la mano. El artículo vienen en realidad a cuento de la piratería, que es esa cosa que todos conocemos y ninguno practicamos, pero ¿acaso hay mayor pirata que aquel que te roba mirándote a los ojos? 

Pues eso. 

* * * * *

Me gusta la idea, lo confieso, de un panorama con revistas literarias de tendencias diferentes enfrentadas, como en los felices sesenta de la era Dostoievski (y miren luego qué libros salían, qué maravilla, qué bien sienta el odio a la literatura). ¿Qué mierda es esa de la amistad por encima de todo, del objetivo común y demás zarandajas? 

Queremos sangre. Es lo que más alimenta.

Pero allá ellos, que se lo pierden.

El resto de la revista son relatos que ya no recuerdo, a excepción de alguno que leí dos veces para tener algo que decir hoy: el de Sara Mesa, por ejemplo, que es un ser humano que también escribe novelas. En su relato hay una misteriosa organización de seres extraños y niños (los niños siempre tan resultones) engordados con mantequilla. Todo esto lo cogen ustedes con pinzas, que mi fuerte no es resumir. Se desarrolla en un ambiente malsano y desagradable en la que los personajes han de soportar con cierta resignación situaciones que carecen de explicación. Muy triste y futurista, todo.

En la página 32 (y ya me voy dando prisa o no terminaré nunca) Aixa de la Cruz, joven promesa desde que tiene uso de razón (no vean qué de elogios cuando aquello de Bajo treinta o Última temporada —si no saben de qué hablo, mejor no pregunten—), escribe un relato en el que una mujer encuentra un brazo. Profundizaría más en el asunto si el asunto tuviese profundidad. No es el caso. De todos modos queremos pensar que lo de joven promesa no caduca ni hacía referencia a un futuro cercano. Seguiremos esperando y poniendo, como es costumbre, todas nuestras esperanzas en ella.

Siguiente: María Womack. Escritora, traductora, co-editora de Nevsky Prospects. Mujer de letras, en definitiva. Su relato está ambientado en un futuro apocalíptico, como todos los futuros posibles imaginados, en el que un hombre hace mermelada y caza mariposas. Bueno, pues… eso. Seguro que pasan más cosas, que el relato es genial, pero es pasan los días y te olvidas completamente de los detalles. Es lo que tienen los grandes relatos.

Esther García Llovet, escritora de la que inexplicablemente habla todo el mundo maravillas y que desmonta mi teoría de que este número 2 de Presencia Humana recoge trabajos de “jóvenes promesas”, se lleva el premio al peor relato de todos. Es incluso peor que el del brazo de Aixa de la Cruz. Que ya es difícil. Por fin es viernes es, utilizando términos más propios de la crítica comparada que de un blog de ensayo-error como este, una chorrada como un piano. Donde hay un como, hay una comparación y donde hay un relato de Esther García Llovet hay una razón para no leer. Puedo estar equivocado, pero sería la primera vez.

Laura Fernández (relatista habitual en toda antología que se precie) escribe un relato llamado El redactor estrella de Rocketbok Amazing Times, que es un título muy davidfosterwallaciano. Trata sobre un periodista o presentador que vuelve de la muerte o que está muerto y quiere seguir escribiendo. Lo siento, hace ya tanto… Sé que esto no es serio, pero precisamente por eso estamos aquí. Gracioso, la primera vez. Recuerdo que volví a intentarlo semanas después y ya no lo fue tanto. Lo dejé y nunca más. Total para qué.

El último relato —y, todo hay que decirlo, el mejor— es Las dos cárceles de Isidro Guzmán de Colectivo Juan de Madre, escritor del que hablé no hace mucho. Busquen, si sienten curiosidad. La historia es la de un preso, condenado a cadena perpetua, que no se acaba de morir y va a ser entrevistado. Argumento sencillo, argumento efectivo. El relato de la vida de ese hombre en apariencia no es gran cosa pero se lee con interés creciente. Y ya basta de elogios, que nos salen granos.

Acabo.

Los números de Presencia Humana terminan con una entrevista. En esta ocasión: Fata Libelli, joven editorial digital de ciencia ficción, terror, fantástico (y tal) de la que dijimos lo poco que había que decir cuando reseñamos, no hace tanto, Ominosus, un breve recopilatorio de relatos homenaje a Lovecraft. Hay poco que añadir. Nada, en realidad. Que nada, que les deseamos suerte.

Y esto es to… to… todo. 

Conclusión: Presencia humana es una revista literaria mejor editada de lo que viene siendo habitual, que no encontraran en los quioscos junto a la Qué leer (aunque sí debería estar, sobre todo para mi comodidad) y que cuesta más que otras tipo Quimera porque la gente que colabora ella no es insultada no cobrando por su trabajo. Pero yo creo que este punto ha quedado suficientemente claro.

Admito que no me vuelven (no me han vuelto) loco ni los artículos ni los relatos incluidos en este número, pero la revista me interesa lo suficiente para matar el cerdito cada dos o tres meses (o cuando sea que se publiquen), probablemente por esa mirada a la actualidad nacional y esa apuesta por ofrecer un producto a un público menos genérico de lo habitual.

Ahora les dejo; debo comprar el quinto número, un Especial Valdemar que recién sale del horno. Seguiremos informando.


martes, 18 de noviembre de 2014

[Prólogo a la reseña de] “Presencia humana nº 2” de Aristas Martínez

1

Tengo un amigo pintor. Este amigo dibuja, entre otras muchas cosas, unos pequeños peces de colores realmente fantásticos. Hará cosa de un mes me invitó a su taller para enseñarme la última hornada. No lo digo porque sea mi amigo, pero cada vez son mejores. Volví a preguntarle por qué razón no exponía (hace tiempo que no lo hace) y me contestó que no era tan fácil. Me ofrecí a ayudarle. Verás, le dije, conozco a un tipo, un amigo de un amigo de un cuñado de un socio, que a su vez es socio de un pequeño pub en… que suele colaborar con artistas de la zona; le puedo pedir que te haga un hueco. Nada perdemos con intentarlo. Contando con su bendición conseguí colocarle un par de dibujos que acabaron colgados, no en un hueco, sino directamente en una de las columnas centrales del local. Antes de acabar el día ya se habían vendido. En cuanto me enteré se lo dije personalmente a mi amigo, el pintor. Se pueden imaginar qué alegría. Parecíamos tontas colegialas. ¿Y el dinero?, me preguntó. ¿Qué dinero?, respondí. El de la venta. ¿La vent…?, ¡ah, la venta!,.. bueno…, verás…, te explico: quitando la comisión del expositor, el resto me lo quedo yo, ya sabes, por las molestias y eso. 

En la vida real mi amigo me partiría la cara (merecidamente) por cabrón y por ladrón y por mal amigo. Pero esto no es la vida real, esto es un cuento de hadas y ahora mismo voy a agitar mi varita mágica para modificar el rumbo de la conversación y evitar malentendidos.

¿Y cuánto te llevas por las molestias, si se puede saber? Más o menos un x%. Fenómeno, me alegro por ti; por esa oportunidad que me brindas merecías mucho, pero muchísimo más. ¡Yo sí que me alegro por ti, coño!, pronto serás un pintor famoso o cuando menos, (re)conocido y, además, ¡te vendrá de fábula para el currículum! Después de estos cumplidos nos abrazamos, nos palmeamos la espalda como muchachotes que somos y esa misma noche fuimos a celebrar nuestra buena suerte y prometedor futuro. Pagó él, por supuesto. Por las molestias.

Yo sé que esta fabulita no resulta creíble con semejante final pero lo es. Mucho. De hecho, así funciona, por ejemplo (ahí vamos), Quimera, la revista de literatura famosa por no pagar a sus colaboradores por un producto que después, en el mercado, cobra a precio de oro: siete euros el ejemplar veraniego, cinco el resto del año. Siete euros, por si no lo recuerdan, son unas mil doscientas de las antiguas pesetas.

No es ya una cuestión de dinero, es una cuestión de respeto. El respeto que uno demuestra hacía los demás y el respeto que uno que merece. Parece haber muy poco, en Quimera o cualquier otra revista que viva de la generosidad ajena, de todo esto. Una cosa es ayudar a un amigo y otra muy diferente aprovecharte de él con promesas de prosperidad. Robarle, para que nos entendamos, por más que el infeliz crea ver en ello la oportunidad de su vida, como parece ser el caso, en vista de la ingente cantidad de almas cándidas que colaboran con este tipo de publicaciones. Y eso es, lo que en mi opinión, está llevando a cabo, desde hace años, esta revista que, a diferencia de otras como Granite & Rainbow (ese catálogo de buenos sentimientos que se alimenta del aire que respira y que hace tiempo ya que ha superado la barrera del despropósito), se hace valer a golpe de monedero. 

Si un proyecto no es viable, por la razón que sea, por ejemplo si el problema es que no dan las cuentas, a lo mejor lo que hay que hacer es cerrarlo y después llorar amargamente o llorar amargamente y después cerrarlo o directamente irse de putas. Lo que no me parece decente, por decirlo suavemente, es que la recompensa del esfuerzo de escribir un artículo (porque una cosa no quita la otra y es de ley reconocer que los artículos requieren cierto esfuerzo para ser escritos) sea colocarte en los créditos con otros veinte tíos más.

Es una vergüenza para unos y un insulto para los demás. Para todos, una cuestión de respeto. Para Quimera, ese refugio para la falta de talento, una costumbre. Para los que observamos, sin embargo, puro divertimento.



2

Todo esto viene a cuento de algo, claro.

Viene a cuento de que, por lo que me han dicho los propios afectados, Aristas Martínez —los editores de esta revista de la que hoy he venido a hablar— SÍ paga a sus colaboradores/invitados. Cuándo, cómo y dónde me da igual, honestamente; no es de mi incumbencia (tampoco lo anterior, si me apuran). Ya sólo por esto tienen, de entrada, todo mi RESPETO. Otra cantar es que me guste el contenido, que ya veremos, pero así, de entrada, yo vengo con el sombrero en una mano y en la otra una cañita. Y ahora vayamos a lo que veníamos. O casi mejor vamos mañana, que se me ha hecho tarde.


martes, 25 de junio de 2013

Fernando Valls o "la muerte nos sienta tan bien"

Recordarán que la revista Quimera sufrió, hace apenas un par de meses, un cambio en su organigrama; un cambio que se cepillaba a todos los que estaban y ponía en su lugar a otros nuevos y relucientes, a saber, Fernando Clemot & Co. Hasta aquí todo normal. Suponíamos entonces que detrás de Clemot estaba su amigo Fernando Valls, que en su momento había sufrido también destitución fulminante del puesto de director de la mencionada revista. Es más fácil seguir Juego de Tronos. 

El caso es que Javier Tomeo, el escritor, murió el sábado. Vaya, sí. Una pena. Yo me enteré por Facebook, que últimamente está de lo más necrófilo (la última es que Matheson ya es leyenda). Apenas un día después ya había un sentido homenaje en El País firmado por Fernando Valls titulado “Javier Tomeo o la fuerza del absurdo”. Temazo.

A Valls –un hombre al que suponemos de naturaleza sensible- también le da mucha pena que se haya muerto Tomeo. Muchísima. Pero la ocasión la pintan calva y tras hacer un breve resumen de su vida, obra y milagros, hace gala de sus dotes para el microrrelato aplicado a la publicidad en el siguiente párrafo:

“En la que seguramente debió de ser la postrera entrevista que concediera, publicada en el último número de la felizmente renacida revista Quimera, comentaba la aparición de una nueva novela: Constructores de monstruos (Alpha Decay), a la que habría que añadir El amante bicolor (1), que en otoño publicará Anagrama, su editor por antonomasia, aunque me consta que sentía mucha simpatía por el joven editor Enric Cucurella. Parece que ha logrado terminar asimismo un libro de microrrelatos, encargo de Menoscuarto, que iba a llevar un prólogo de Irene Andres-Suárez, quizá junto a Ramón Acín, quienes más profundizaron en el conocimiento de su obra.”

Aquí cabe de todo. Pasado presente y futuro. Que si Alpha Decay ha sacado esto, que si Anagrama sacará lo otro, que si él, Valls, como director de la colección de narrativa breve de Menoscuarto, sacará, en breve, lo siguiente: una colección de microrrelatos, un subgénero en el que, sólo unas líneas antes, hace experto a Tomeo: “[Historias mínimas], un extraordinario volumen de singulares microrrelatos, pues se alejan de lo estrictamente narrativo para acercarse al teatro.” Y todo esto a pesar de que el mismo Tomeo, en la entrevista que le hacen en Quimera, reconoce una notable falta de interés en el tema. “No me gusta tampoco demasiado lo que llaman minirelato, la literatura, de minificción, que son seis o siete líneas […] y punto, nada más, todo lo demás lo tiene que poner la imaginación del lector”. Pero, con todo, concluye: “Aunque yo tengo un volumen de minirelatos, a ver si encuentro editor”, una frase que se da de bruces con la de Valls, cuando asegura que Tomeo “ha logrado terminar asimismo un libro de microrrelatos, encargo de Menoscuarto”. A ver en qué quedamos: o es un encargo, o busca editor o qué.

Personalmente me quedo con ese momento publicidad que, como sin querer, se cuela en el obituario del escritor. Ese momento en el que la revista Quimera, que toma aquí conciencia de su muerte y resurrección —feliz, qué duda cabe, toda vez que está siendo capitaneada Clemot, el mejor amigo de los Valls—, tuvo la buena suerte de entrevistar, poco antes de morir, al escritor. O lo que es lo mismo: ahora que se han marchado los paquetes, ya pueden ustedes volver a comprar la revista de más rabiosa actualidad del panorama literario actual. 

Todo esto está muy bien. Tan bien, que no sé cómo no se nos ha ocurrido antes. Me refiero al asunto de publicitarse uno mismo y a sus amigos en los grandes acontecimientos tipo muertes, bautizos, comuniones y saraos erótico-festivos de eventos literarios. Habría bien en plantearse, El País, por ejemplo, la posibilidad de generar ingresos adicionales promoviendo el patrocinio de estos espacios. Así las revistas literarias podrían adelantarse y comprar los derechos de, por ejemplo, la muerte de Javier Marías, y de ese modo, cuando éste falleciese, disponer de banners y menciones a discreción, así como infinidad de links a la revista. O bien pueden ir en plan Valls y hacerlo de gratis total.







(1) “Tengo una novela acabada, sin editor todavía (a), que me parece la mejor de las que he escrito, sobre un recaudador de contribuciones, siempre muy kafkiano el tema. Llega a una ciudad a cobrar impuestos de la gente y se encuentra con que ha desaparecido todo el mundo; a partir de ahí construyo una novela muy enloquecida. Ya está lista.” Entrevista en el Quimera de Junio de 2013.
a. Novela póstuma de Javier Tomeo. El fundador y director de Anagrama, Jorge Herralde, recibió hace tan sólo unos días la última novela de Javier Tomeo, El amante bicolor, convertida ya en la obra póstuma del escritor, que el editor prevé publicar a principios del próximo año. (22/06/2013. Última hora. El País).

jueves, 25 de abril de 2013

De Quimeras, Nocillas y otras plantas trepadoras

Hace aproximadamente un año -concretamente el seis de mayo de 2012- Iván Humanes publicó en su blog una entrevista a Juan Vico con motivo de la publicación de su primera novela, Hobo. Anunciaba también que el día 10 de ese mismo mes, el libro sería presentado en La Central del Raval por Fernando Clemot y Ginés S. Cutillas. Hasta aquí todo bastante mediocre, toda vez que los mencionados son unos seres humanos tirando a  desconocidos. Pero, he aquí que Fernando Clemot, Gines S. Cutillas, Juan Vico e Iván Humanes son, ahora, ya, en este momento, cuatro de los seis colaboradores de la nueva etapa de la revista QUIMERA que arranca en el mes de mayo. Haberemus (si no las habemus ya) amiguismos y mamadas a cascoporro, ya verán. 

Pero -¡orjanisasión!- vayamos por orden.  


La Nocilla herida por el rayo 

Pues resulta que a Jaime Rodríguez Z, que hasta ayer había sido director de la revista Quimera, le han dado dos señoras patadas: una en el culo (de patitas a la calle, lo han dejado) y otra en los huevos (fruto inmediato de una traición). Esto de ahora es un relato de los haceres y quereres de un par de seres humanos, a la sazón editores o escritores o arribistas culturales, pero en cualquier caso amigos y colaboradores, en las 24 horas siguientes al primero de los dos acontecimientos literarios del semestre: 

El miércoles 17, Jaime Rodriguez Z. anuncia en Facebook que ha sido fulminantemente destituido como director de Quimera. Dice que no sabía nada, angelito, aunque la cosa iba fatal; que el editor, Miguel Riera, le contó que estaba pensando cerrar la revista porque trabajaba a pérdida. Esto hace semanas. Hace días, Clemot, Fernando Clemot, anuncia que toma las riendas de la revista y hace pública la composición del nuevo equipo. (Ya llegaremos a eso.) Jaime, estupefacto, habla con Clemot pero Clemot no habla con Jaime y la cosa acaba en monólogo. Conclusión: todo el mundo pasa de Jaime, por lo que Jaime, herido, mete entre las piernas el rabo y se lanza al Facebook en busca consuelo, que para sentirse querido es un sitio ideal de la muerte. 

La respuesta es inmediata. Y masiva. ¡Todos quieren a Jaime! ¡Jordi Carrión (excodirector) quiere a Jaime, y Juan Trejo (excodirector) también, y Ernesto Castro y Luis Gámez y Vicente Luis Mora y Marc García (éste, muchísimo) y Manuel Vilas y…! bueno, en fin, media España quiere a Jaime. La media España de siempre, se entiende. Es una lástima que siendo tan majo, Jaime, no haya sido también mejor profesional. Me explico: hay en todo esto, un algo muy curioso: todos sus amigos, esos que lo apoyan incondicionalmente y le recuerdan lo grande que es, lo mucho que ha hecho, la increíble labor de estos últimos siete años (siete años, ya) no será olvidada, parecen no tener en cuenta que la revista pasa (o eso dicen, que habría que verlo) por una complicada situación económica. (Que ya tiene cojones, que una revista literaria que no paga por las colaboraciones no sea capaz de generar ingresos.) Si eso es así -vamos a suponer que sí- será porque hay alguien aquí que últimamente lo habrá estado haciendo como el culo, y el editor (un cobarde, un canalla y un impresentable, sí), que ha sido capaz de tener trabajando gratis durante años a un montón de gente con el cuento de hacerles el currículum, no puede ser el único culpable. 

Luego está Espigado, que es como un caso aparte. 


Espigado como caso aparte

Lo de Miguel Espigado no es normal. Ya lloró lo suyo cuando le dijeron no podía jugar en Diario Kafka y ahora vuelve a las andadas. Por el amor de Dios, que alguien abrace a este chico. 

Pero no hagamos sangre -bastante tiene con lo suyo-. Ahora bien, tampoco dejemos pasar un par de cosas interesantes que dice en un post de su blog. 

Lo primero es felicitarlo. Se ha hecho un hombre. Ha descubierto (un poco porque se lo han soplado, no se crean) que no se debe trabajar sin cobrar para un empresario, sobre todo si éste ha demostrado ser un canalla y un ladrón tanto en el pasado como en el presente. Aplauso. Cuesta creer que hubiese gente que todavía no lo sabía, pero así es. Lo bueno es que los tenemos localizados: trabaja(ba)n casi todos en Quimera. A Espigado, como a los demás, les hacía ilusión verse cada mes en la revista. “Qué coño, nos hacía ilusión ver nuestros textos en letra impresa; buscábamos méritos para el currículum profesional; queríamos visibilidad y promoción como escritores o críticos; sentíamos que el prestigio heredado de Quimera nos daba cierta pertenencia a la familia literaria española.” Ahora, si me perdonan un segundo, me voy a partir el culo de risa en la intimidad. 

Tiene gracia que todos estos se quejen ahora que ya no están ahí para seguir haciendo el memo, con perdón. Durante años el prestigio, la visibilidad, la promoción, los méritos y sobre todo el halo de estupidez consustancial que acompaña siempre al crítico literario y al colaborador ocasional, eran suficiente recompensa. Ahora que están en la calle, no. Ahora resulta que han sido engañados, como si fuesen críos durante una pataleta. Niños, niñas, colaboradores de Quimera, es mejor que lo sepáis: el Ratoncito Pérez no existe. 

La otra cosa interesante (y ya vamos llegando al fondo de la cuestión) que dice Espigado no la dice Espigado (esto es lo mejor) sino Clemot. Es un fragmento de la respuesta que da el segundo a las preguntas que le formula el primero: “[...] ¿qué hicieron los antiguos directores de la revista con los colaboradores de la otra etapa, la anterior a la anterior? ¿Les escribieron? ¿Les dijeron algo? Tengo testimonios si quieres y muchos. Te pueden interesar ya que buscas contrastar. Porque buscas eso, ¿no?” 

A Espigado esto le da igual, al fin y al cabo no le falta razón cuando dice que él no tiene la culpa de aquello, pero no hubiese estado de más, al ver las barbas de tus vecinos cortar y aun habiendo pasado más de seis años, poner las tuyas a remojar o haberlas puestos ya en su momento. Decía que a Espigado le da igual, pero a mí, no. 


Y a partir de aquí, todo suposiciones. 

Por el comentario anterior Clemot parece estar muy bien informado. Sí, ya sabemos que en este mundillo no hay secreto que valga, pero hay en su forma de hablar un deje, un asomo de rencor solidario que no parece encajar con la imagen de independencia que debería dar el gran jefe indio de la nueva directiva de Quimera. 

Hagamos un poco de historia. Antes de que Jordi Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodriguez Z. se hiciesen con las riendas de Quimera, la revista estaba dirigida por Fernando Valls (en la foto). A mí todo esto me pilla de oídas, pero piensa mal y acertarás. Pues bien, aquello, dicen, fue un golpe de estado muy similar a este: se cortó (Miguel Riera, cortó) la cabeza de quien decían que había hecho grande la revista (Valls), se arrancó la raíz seca (colaboradores) e inmediatamente después se plantó el combinado de leche, cacao, avellanas y azúcar por todos conocido y se dejó al aire para que le diese el sol. Se quemó, claro. 

Y es más o menos por aquí cuando se me enciende la lucecita (que es como un diablillo que descansa sobre mi hombro y que me sopla indecencias al oído) y, bendito Google, voy haciendo sumas y restas y doy con lo que parece una buena relación entre Valls y Clemot que me da que pensar o cuando menos explica este silencio con pinta de Acto de Venganza Tardío. Un ejemplo: seguramente Valls anuncia en su blog el nuevo libro de Clemot porque le parece un joven prometedor y no porque lo conozca personalmente, trabaje con él y/o sea su amigo. He aquí un fragmento de una entrevista que Juan Luis Tapia le hace para el diario Ideal de Granada: “Nocilla fue una mera operación de medro a cargo de vendedores de humo disfrazados de vanguardistas... Sí hay, en cambio, otros narradores españoles nuevos de gran interés, como Andrés Neuman, Berta Vias Mahou, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Pilar Adón, Elvira Navarro, Fernando Clemot o Ignacio Ferrando, por solo citar unos pocos nombres.” Estamos en lo de siempre: qué bueno es este chico y qué suerte que sea mi amigo. 

Respecto a la banda de Clemot, ¿qué decir? Los amigos están para las ocasiones. No parece el modo más profesional de trabajar pero la impresión es que, tal como decía cierto cuentista, esto va por manadas. Lo que aquí ha ocurrido es lo que ocurre siempre: la manada C ha expulsado a la manada Z de la charca del señor R, que es un señor que debe estar encantado con este permanente ir y venir de manadas y mamadas. 

Y es de esperar, Clemot querido, que a tu manada se la coma, de aquí a equis años, otra, quizá un grupúsculo literario a día de hoy demasiado joven y estúpido pero en vías de formación y posicionamiento. Y no miro para nadie. Yo, si fuese tú, iría preparando, ya, el discurso de despedida para cuando toque buscar consuelo en la red social de turno. En cualquier caso, mi más sincera enhorabuena.


martes, 11 de diciembre de 2012

De la inconveniente LEGITIMIDAD

UNO

30 de noviembre. Llueve. Ignacio Echevarría: “Basta de monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas, sobre su ignorancia, sobre su mansedumbre y sus anteojeras”. A ver, un momentito, orden en la sala: las monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas son la sal de vida. Como exreseñista Ignacio debería saber que no podemos renunciar a ellas, porque si renunciamos a ellas corremos el riesgo de dormirnos en los laureles y entonces puede llegar el lobo y comernos todito todito lo que no nos tiene que comer. Que los reseñistas son unos vendidos hay que decirlo siempre y dudar de ellos o directamente no creerse ni una palabra, también, siempre. Hemos llegado a un punto en que es una obviedad decir que los malos críticos son los culpables del bajísimo nivel de la crítica de los suplementos culturales de este país y que ya todos sabemos poco menos que, en el mejor de los casos y salvo honrosas excepciones, la crítica es decepcionante.

Pero no nos equivoquemos, esa crítica vaga, perezosa, poco o nada profesional; esa crítica que se prostituye por cuatro euros o que sólo atiende a intereses comerciales, esa crítica, digo, no es la peor crítica ni su perpetrador el peor de los críticos ya que, al fin y al cabo, es consciente de las “limitaciones” (entre comillas esto) de un público que sólo busca orientación y estar un poco al corriente de las novedades. Somos corderitos asustados. Pero hay otra crítica (otras, en realidad) que resulta mucho más despreciable que esa que, al fin y al cabo, hace lo que hace porque tiene una familia que mantener. Estoy hablando de la crítica que hacen los AMIGOS, esa banda de impresentables mentirosos y oportunistas, vagos y maleantes la mitad de las veces. Hoy hablaremos de un grupo de amigos muy concreto, porque en la concreción está el gusto. Pónganse cómodos; nos llevará un rato.


DOS

Miguel Espigado es escritor y, hasta donde yo sé (que tampoco es que sea mucho) ejerce de crítico literario en revistas como Quimera. Pues bien, Miguel Espigado publicó hace unos meses un artículo en su blog llamado ‘10 Consejos para ser un buen crítico literario’ en el que se incluía el siguiente punto: “No te hagas amigo de los escritores. Acabarás apoyando sus carreras con laslaudatio más bochornosas, pelotas y cursis. Luego, cuando tu amistad no sea justamente correspondida, pondrás sus libros a caer de un burro en justo desagravio”.

Exacto. Aunque Miguel Espigado tenga algunos días malos, de vez en cuando también tiene momentos de extrema sensatez, es capaz de ver más allá de sí mismo y entender que la amistad está bien para según qué cosas pero fatal para según qué otras.

Además de estos arrebatos de sentido común, Espigado tiene un blog o dos o tres. El actual se llama “elespigado”. Antes de eso, mucho antes, abrió uno al que llamó Generación Nocilla cuya primera entrada, escrita en julio de 2007, servía para definir qué es y quién integraba La Generación Nocilla. [1] Sin querer hacer demasiada historia de un hecho sobradamente conocido, la generación Nocilla surge a raíz de la repercusión que tiene la novela de Agustín Fernández Mallo [2], Nocilla Dream, de la que no hablaré si no es en presencia de mi abogado. Vicente Luis Mora [3] prefería llamar a esta generación “La luz nueva”, porque Vicente tiene estas cosas de buscarle nombres raros a todo. En cambio a Eloy Fernández Porta [4], socio de Spoken Words con Agustín Fernández Mallo, le gustaba mucho más la etiqueta de “Afterpop”, que por algo escribió un libro con ese nombre. Los Fernández siempre en la vanguardia.

Nota de interés: el tercer blog de Espigado al que hacía referencia más arriba se llamaba “Afterpost” y prestaba especial atención a la obra de los integrantes de la Generación Nocilla. Qué cosas, ¿eh? Esto no ayuda a entender a qué viene incluir en el segundo punto de los ‘10 consejos para ser buen crítico literario’ lo inconveniente o sospechoso de criticar libros de tus amigos si luego vas y casi no haces otra cosa en tu vida.






viernes, 2 de marzo de 2012

“La Fábrica del Lenguaje, S.A.”, de Pablo Raphael

“La Fábrica del Lenguaje” parece el quiero y no puedo del Quienes Somos, A Dónde Vamos, De Dónde Venimos de la narrativa actual; pero no una narrativa actual cualquiera sino la de nuestros ya-no-tan-jóvenes escritores, aquellos que parecen más dispuestos a utilizar todas la armas que la tecnología pone a su (nuestra) disposición. Es por ello que todo el ensayo está plagado -pero plagado no se imaginan cuánto- de citas de esos mismos escritores a los que a estas alturas creo que ya deberíamos ir pensando en marcar igual que a las ovejas. Estoy hablando de (VL) Mora, Carrión, Zambra, Herbert, (AF) Mallo, y el habitual largo etcétera que incluye una cantidad ingente de completos desconocidos. Exacto: hay mucho, sí, de la Generación Quimera (aka Nocilleros Mutantes Sin Fronteras). Esta “limitación” autoimpuesta por Raphael no es en absoluto gratuita. El autor aunque mexicano es (o ha sido) colaborador de la mencionada revista y es de suponerle X relación, mejor o peor (probablemente esto último), con otros colaboracionistas. Esto es una suposición no especialmente malintencionada; si me pongo cabrón se me ocurren maldades que pudieran tener que ver con el amor y el sexo oral fuera del matrimonio. No es el caso, como verán a continuación, porque en realidad Pablo Raphael es un cordero reconvertido en lobo que se los quiere comer a toditos todos a dentelladas. 

Voy a serles sincero: no estoy seguro de cuál es exactamente el centro de este libro. Sé que tiene que ver con la literatura, con el pasado y con el futuro pero sobre todo con el presente y especialmente con México, lo cual me desubica párrafo sí párrafo también. En principio parece que el objetivo es explicar las razones por las que en España se escribe actualmente tan mala literatura mientras que al otro lado del charco es tan rematadamente buena (o viceversa). Si es eso, ha fracasado; si no, también. Dice la sinopsis en Anagrama que “éste es un ensayo sobre el lenguaje, la idea de generaciones y las estéticas de la literatura contemporánea; pero también es una denuncia que señala los mecanismos que han provocado el distanciamiento entre la creación y la acción, la ética y la estética, la literatura y el espacio público.” Pues será. 

Mi gran problema con este ensayo no está tanto en una temática que no me interesa la mitad de las veces sino en la sensación de no pisar nunca en firme de lo que puede tener parte de culpa la construcción a modo de extensos artículos que han sido preparados del siguiente modo: 

La forma dialogada de este ensayo se debe a una serie de entrevistas, tuits, posteos en Facebook, correos electrónicos con preguntas de ida y vuelta, libros de contraste, conversaciones distendidas y algunas lecturas de las primeras versiones que muchos de ustedes tuvieron la gentileza de soportar. 

Sin querer pecar de xenófobo debo confesar que lo más pesado del ensayo es la excesiva “mexicanización” del discurso. Lo menos, las patadas en la boca a nuestros notables fabricantes del lenguaje. Raphael no escribe un ensayo, en realidad declara una guerra, ¿a quién?: a los nocillos (o aproximaciones), a quienes acusa de ser en el fondo demasiado individualistas, de negarse a aceptar su condición generacional, de escribir basura que no incide en el cambio social, de darle más importancia al escritor que al texto... Para muestra un botón: 

En Nocilla Lab hay una breve escena donde al personaje le ocurre algo muy importante: alguien le anuncia que su gata ha muerto. Asunto impostergable, existencial y demoledor, muy lejos de los cuarenta mil muertos caídos por el narco mexicano, de la pobreza en ruinas del país que fue Haití, de la desolación palestina. Lo publicado por Nocilla es un reflejo de su preocupación más primordial: la identidad. Ya será la crisis económica la encargada de obligar a esta generación a poner los ojos en cosas más necesarias que los productos que se venden en Carrefour y los fenómenos que suceden en YouTube, la crítica a los centros vacacionales, el elogio de la ignorancia, los juegos electrónicos como material literario o los zombis del pulp; ya deshonrarán el nombre de una generación tipo yogur que en el apellido lleva una fecha de caducidad; ya abandonarán el elogio del exhibicionismo y la imitación de cosas como el spoken word (verlo en España es como estar ante la presencia de un cantaor de flamenco que intenta rapear) o las jam sessions de escritura que por la incapacidad cuadrada de improvisar acaban convirtiéndose en lentísimas tormentas de tormento. Ya llegará el momento de abandonar la silla que los escritores de esta estirpe ocupan en la habitación de un hotel con vistas a la televisión. Cuando eso suceda, quedará atrás la sociología mínima que confunde la condición humana con el estado del grupo y a Benidorm con el mundo. Si Nocilla abandona los ecualizadores y las pantallas con que mediatiza su relación con el espacio público y se reconoce como la versión ibérica de los punks de boutique, la literatura española habrá logrado pasar de la picaresca quijotesca al idealismo polifónico, esa segunda vena del Quijote que la literatura española decidió no transitar desde el principio de los tiempos. 

No se engañen; que disfrutemos zurrando a los mismos o que estemos puntualmente de acuerdo en ciertas obviedades no quiere decir que apruebe el conjunto de la obra, por llamarla de alguna manera. Porque Raphael, en un intento de abarcar demasiado no aprieta nada y la sensación que va dejando la lectura es que en el fondo del enrevesado discurso laten unas ideas bastante... bobas: “La diferencia entre literatura y videojuegos está en la cantidad de esfuerzo que puede requerir la primera contra la satisfacción inmediata que proporcionan los segundos. Compárese lo que se necesita para leer las 1.500 páginas de El señor de los anillos, mientras que el videojuego permite ser Aragorn y atravesar orcos con su espada de inmediato.” Que no le falta razón, pero, ¿a dónde quiere llegar con este encadenamiento de chorradas? Cuando parece que quiere criticar la excesiva “digitalización” de los escritores españoles nos sorprende con una sucesión ininterrumpida de twittitonterías que lo sitúan al mismo o peor nivel: 

“1. Se puede abrir cuenta en Twitter y escribir sin seguir a nadie ni tener seguidores. Antes que red social esto es un espacio de escritura. 2. Se puede estar en Twitter sin escribir, leyendo a otros, o escribiendo, sin leer a otros. En cualquier caso debe haber escritura, 3. Toda escritura supone un lector: el autor u otro. Pero no es lo mismo dar a leer a otro que publicar. El público debe ser desconocido. 4. Publicar es poner un texto a disposición de otros, más allá del espacio privado. Las ediciones limitadas no son del todo publicaciones. 5. Salvo que mantenga uno su cuenta privada, y acepte y siga sólo a amigos y conocidos, quien escribe en Twitter publica. 6. Publicar es dar a leer. No es esperar diálogo, ni interacción. Quien publica aquí, como en cualquier otro lado, no tiene por qué leerte.” 

Y así hasta 59. Sí, 59. “59. Ya hablar de «los tuiteros» crea la ilusión de homogeneidad: lo que hay es un cruce de múltiples comunidades en metamorfosis incesante.” Vale, ¿y? 


Por otro lado -abriendo un punto y aparte para la anécdota del día- es la primera persona que conozco que elogia la obra de Andrés Neuman del modo que él lo hace. Que conste que no tengo nada contra Neuman, no busco criticarlo; no he leído nada suyo ni cruzado en la vida una palabra con él, pero me extraña lo salvaje del cumplido que pueden juzgar ustedes mismos: “[…] frente a los detractores editoriales del género que funda toda la literatura, habrá que decir que en el cuento hay un maestro indiscutible. Con libros como Alumbramiento, la brevedad alcanza niveles de concentración capaces de inventar algo parecido a lo que sucedió al universo unos segundos antes del big bang.” Ahí es nada y que se joda el dinosaurio de Monterroso. El caso es que esto me extraña tanto, tanto, tanto, que dedico cinco minutos a investigar en google cuál puede ser el origen del aparente despropósito, si acaso lo hay. Encuentro una página que me da la respuesta. Tiene cosillas escritas por Pablo Raphael que pueden darnos la clave de su apasionamiento. Lean: “Un fantasma recorre la isla. A la orilla de la playa llega una botella; parece vacía. Adentro, un barco fantasma se estrella invisible.” No se vayan todavía, aún hay más. “Al entrar en el velatorio, ahí estaban los ataúdes del chelo, las flautas, los violines, el arpa. Desnudos, los músicos se aprestaban a tocarse.” Maravilloso. Como amante del microrrelato no es de extrañar que Andres Neuman le parezca el genio que le parece (para los que no lo sepan Neuman tiene un blog especializado en microrrelatos.) 

En definitiva, “La fábrica del lenguaje” es algo así como un inmenso especial mexicano de Quimera que trata los temas de siempre: la obsesión del quiénes somos, qué hacemos y qué buenos estamos. Con todos ustedes, el futuro.


lunes, 3 de octubre de 2011

Sobre el artículo de Qué Leer “Internet, la crítica y la mujer del César”


Este mes de septiembre en la sección “El tema del mes” de la revista Qué leer se trata es espinoso asunto de la “crítica literaria”. El artículo, firmado por Milo Krmpotic, lleva el titular “Internet, la crítica y la mujer de César” en clara referencia a la famosa frase que Plutarco dice que Cesar la espetó a su mujer después de que un patricio hubiese tratado infructuosamente de seducirla: "No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo". La pobre infeliz no había hecho nada digno de reprobación pero la frase de César se refiere precisamente a eso: ser fiel no es suficiente por más que la sumisión sea ejemplar. No me quiero imaginar la tesitura en que de la noche a la mañana se encontró la buena de la mujer. Ya supongo que nada de salir sola, adiós a las cenas con amigas en los bares del puerto y “si vas de compras que te acompañe mi madre”. 

Pues la crítica igual. De un tiempo a esta parte -y siendo el comprador el único exento de culpa- la crítica literaria de revistas y suplementos culturales varios (amén de ciertas bitácoras literarias) es sospechosa de -por decirlo de un modo que todo el mundo lo entienda- mentir, adornar, embellecer. Extraigo de ese artículo una primera cita que habla por sí misma: 

“Por un lado, ante al tono académico de algunas voces "oficiales", blogs como el citado Tongoy reaccionan clamando contra el elitismo y reivindicando las opiniones del sujeto a pie de calle. Y, por otro, uno de los grandes caballos de batalla es el ya clásico apartado de la endogamia, donde las relaciones de conocimiento o amistad que con toda lógica tienden a establecer los miembros de un mismo gremio son interpretadas como una prueba flagrante del amiguismo o nepotismo que preside el ámbito de la reseña (de forma inversa, curiosamente, la industria suele adjudicar los juicios negativos a una supuesta antipatía del crítico hacia el autor o el sello que han sido objeto de su diatriba).” 

Puntualizo: “las relaciones de conocimiento o amistad que con toda lógica tienden a establecer los miembros de un mismo gremio” no “son interpretadas” [por quien esto escribe] “como una prueba flagrante del amiguismo o nepotismo que preside el ámbito de la reseña” sino como un motivo más que suficiente para sospechar de que dicho amiguismo tenga las consecuencias que todos estamos pensando. 

El artículo continúa haciendo referencia a las reseñas ofrecidas por Vicente Luis Mora en su blog que suelen culminar especificando la relación personal de éste con los escritores o editoriales protagonistas. Milo, consciente de que su revista (y no sólo ella, cómo veremos después) es también sospechosa por motivos harto evidentes propone a sus críticos hacer lo propio “a modo de post mensual en la bitácora de la revista”. La respuesta es NO. Las razones esgrimidas fueron las siguientes: 

[Razón número 1] "Es inevitable que el crítico mantenga relaciones de algún tipo con autores, editores o jefas de prensa, pero la simpatía personal no tiene por qué traducirse en un aumento del número de tinteros: los futbolistas de distintos equipos también salen de copas juntos y luego cada uno defiende sus intereses" 

A Milo debe gustarle mucho el fútbol porque este símil ya se lo había escuchado alguna que otra vez. Le digo lo mismo que le dije o debí decirle entonces: los intereses que defiende un futbolista no me parece que sean los mismos “intereses” que defiende un crítico por la sencilla razón de que no estamos hablando de contrincantes sino de "jugadores vs. árbitro". El error está en considerar al crítico un jugador más. Es más: cuando eso ocurre -cuando el árbitro se cansa a mitad del partido de ser un simple “espectador” y se quita el traje negro y se pone el de luces y se echa al campo a jugar del bando que sea- es cuando yo me quejo de que los propios escritores ejerzan también de críticos y reseñen novelas de compañeros de profesión, especialmente cuando éstos puedan ser habituales de saraos y firmas en casetas varias. Quiero decir con esto que lo que Vicente Luis Mora -por seguir con la referencia de Milo- pueda decir de Pynchon o Roth me parecerá siempre de agradecer, no así cuando reseñe a Muñoz Molina (por ejemplo) si sé (no es el caso) que han estado firmado libros juntos y luego se han ido de copas y a cenar. Que sólo se reseñen buenas novelas puede ser verdad, el pago de un favor o una simple caricia. 

[Razón número 2] "Aun así, pase lo que pase, siempre habrá quien dude del buen hacer del crítico." 

Claro. De esto el refranero y lo que tiene de cultura popular es en parte culpable: lo de piensa mal y acertarás. Pero esto no justifica nada. Yo también he recibido libros de los denominados "promocionales". En ocasiones me llegan desde la propia editorial y en otras es un ejercicio de insensatez por parte de los escritores que piden mi opinión y corren con los gastos a título personal. Siempre hago la misma advertencia que tiene que ver con la fea costumbre que tengo de poner a parir lo que sea pero algunos no se acojonan a tiempo y me lo envían igualmente. Mi compromiso de honestidad (así como el sentimiento de culpa) es sincero -por más que no me haya traído más que disgustos- fundamentalmente porque no es imposible leer los mismos libros que me han enviado de un modo completamente gratuito a través de bibliotecas estatales. Porque mi posición como usuario de lo público no debe ser en modo alguno diferente a la de los demás reseñistas es por lo que creo que todo aquel que caiga en el ejercicio de "cumplido por compensación" no merece demasiado respeto. Quiero decir con esto que entiendo que no se escriban ciertas reseñas de ciertos libros pero que de hacerlo, si realmente va a hacerse, ha de hacerse bien; ha de hacerse con sinceridad. Y las editoriales han de saberlo y aceptar las consecuencias.

[Razón número 3] "En cualquier caso, es responsabilidad del crítico en particular, y no de Qué Leer en general, asegurar la honorabilidad de cada reseña. […] Asimismo, contribución a contribución, fueron surgiendo una serie de posicionamientos éticos quizá evidentes (no incurrir en posibles conflictos de intereses reseñando títulos de una editorial que por ejemplo esté evaluando la posibilidad de editar uno de tus libros) pero también destinados a facilitar la conclusión final: un pacto entre coordinador y colaboradores para evitar situaciones que puedan ser percibidas como corruptas. Uno y otros deseamos ser la mejor mujer del César posible." 

En definitiva, básicamente me alegra haber sido en parte culpable de la reflexión que ha hecho la Qué Leer pero también me da un poco de pena que al final todo quede como estaba y vayamos a seguir viendo más de lo mismo donde sea que miremos. Allá cada cual. Si ellos no cambian de actitud, yo tampoco cambiaré de opinión. Sí es verdad que haber perdido esta batalla invita al desánimo y está por ver si no será mejor perder el tiempo leyendo cosas que valgan realmente la pena y no escribiendo sobre otras que no sirven ni para regalar al enemigo y que a la larga, tienen razón algunos, acaban por hacer la misma publicidad.


Y TERMINO CON UN EJEMPLO 

Este mes de septiembre la revista Quimera dedica cinco columnas a la reseña del libro de Ernesto Castro llamado “Contra la posmodernidad” que Alpha Decay publica en formato Alpha-mini por aquello de no tener nada más que cien páginas. Aclaro antes de seguir que todavía no he leído el ensayo y no puedo opinar sobre él. Lo mismo con Castro, a quién no tengo el placer. La nota discordante es la siguiente: ¿cuál puede ser la razón para una reseña elogiosa de cinco columnas sobre un mini-libro? Espero que sea porque es cojonudo porque la otra opción (en la que yo pienso porque soy malo por naturaleza y veo conspiraciones por todas partes) sería sospechar que las cinco columnas y el elogio desmedido tienen algo que ver con el hecho de que el escritor (Ernesto Castro) sea también colaborador habitual de la revista Quimera. “Nosotros nos lo guisamos, nosotros nos los comemos”: no somos grandes porque estemos juntos sino que estamos juntos porque somos inmensos. Quimera va camino de convertirse en la revista de unos pocos para sí mismos. 

Mención aparte merece la crítica en sí. No sólo por querer colocar a Castro como el Zizek español sino porque adolece de lo mismo por lo que yo he sido criticado tantas y tantas veces lo cual debo confesar que viniendo de Quimera y más concretamente de esta crítica supone un triste consuelo. Dejo una cita para que juzguen ustedes mismos: 

"El ejercicio de la crítica literaria obliga a eludir la presencia del hermeneuta para simular que la crítica emerge de una observación desapasionada, sin implicación personal por parte de quien la escribe. Así es en muchos casos, y así debería ser en la mayoría. Pero hay otros en que hacerse presente en la crítica, más que un acto de arrogancia, pasa a ser un acto de honestidad. Contra la postmodernidad entra dentro de esos casos. Quizás porque los argumentos para explicar la importancia de este libro no se entenderían si no explicara porque es importante para mí. En contadas ocasiones, vivimos experiencias colectivas, actos que nos transforman íntimamente en la misma dirección. Leyendo este libro, siento la misma empatía que con las manifestaciones de miles de personas que estos días desempolvan o se inventan su conciencia política, y la proclaman por todos los medios que tienen a su alcance; la misma complicidad que ha encendido las calles de medio mundo durante los últimos meses, llevándose por delante décadas de pasividad política por parte de los jóvenes."

martes, 1 de marzo de 2011

El Wikilit de Quimera (o la perversión de la verdad)



Que Quimera es el suplemento mensual de cierto sector de la blogosfera literaria es algo que ya sabíamos. Que sus listas son las listas más listas del mercado, también. Que es una revista que se pasa de cultureta se ve a la legua. Pero lo del WIKILIT es de nota. Yo creía haberlo visto todo, pero se ve que no. [ESTO ES ASQUEROSAMENTE CIERTO] Veréis. 
(Un apunte aclaratorio para no iniciados en artes oscuras: Quimera es una revista literaria de corte partidista –como todas, sí- que presume de lo que carece –idem- y que no contenta con ello saca una encuesta haciendo las dos preguntas objeto de esta entrada a algunos colaboradores habituales, quizá temiendo que si se lo preguntan a otros vayan a decir lo que piensan). 
El día que conseguí hacerme con la edición de febrero (a saber: el 26 del mismo mes) fue casualmente el día que logré resolver todos mis problemas con el Outlook –que eran muchos y variados- y por extensión el mismo que recibí y pude leer el correo de Jaime Rodríguez Z., director de la susodicha, solicitando mi colaboración en la encuesta. [ESTO NO (ES ASQUEROSAMENTE CIERTO)]. Puesto que no pude contestar cuando debía por los ya mencionados problemas técnicos me voy a dar el gusto de hacerlo ahora, a toro pasado. Porque mirad: me lo he pasado tan bien, me he reído tanto con el artículo, que me parece de ley compartirlo con el resto de los seres vivos para que todos lean y gocen en la medida que yo lo hice. Que gocemos todos, incluso Quimera. Y a ver si tiene tanto sentido del humor como el que nos presupone a nosotros, sufridos compradores. [5 EURAZOS DE REVISTA, PARA QUIEN NO LO SEPA] 



[LA PRIMERA PREGUNTA] ¿Qué crees que pasaría si por un día todos los que formamos parte del mundo literario español nos dijéramos públicamente toda la verdad?

Voy a NO HACER dos cosas. Primero: voy a pasar por alto el "formamos" y el "nos dijéramos" (luego dirán que la revista no la hacen para ellos) y haré como que no he leído que la propuesta es decir la verdad: ojo; no es "decir lo que pensamos" sino "la verdad"; es decir: que no es que callen, es que mienten. Habitualmente, vaya; tampoco digo que lo hagan de forma permanente. La segunda cosa que NO voy a hacer es ponerme en plan estadístico pero sí tengo que decir que la respuesta más leída fue algo tipo: no pasaría nada, porque todos sabemos cómo va esto. ¿Lo sabemos? ¿Quiénes lo sabemos? ¿Los editores? ¿Los escritores? ¿Los periodistas? ¿Los becarios? ¿Sus mascotas? ¿Quiénes? Porque yo no. Ya sé que sólo soy un lector, pero ojo: soy el lector de la revista que publica un artículo con dos preguntas que supone que me importan y que (siento ser tan pesado con el tema) me cuestan un buen dinerito que me gano trabajando. El caso es que da igual porque seguimos sin-enterarnos-de-nada. No al menos mientras la encuesta la respondan los amigos de los que formulan las preguntas, que a su vez son amigos de otros que parecen no tener nada que ver con Quimera pero que estarían encantados, llegado el momento, de salir en todo lo que tenga letras y se venda en quioscos. Lo que yo sí creo que pasaría es que se iba a montar un dios de cuidado. Si los unos (críticos) tuviesen que decir lo que realmente piensan de los libros de otros (escritores) lo más probable es que los segundos se vengasen cuando llegase el momento de invertir los papeles (que se invertirán; seguro: todos invertidos de aquí a cinco años) y entonces nadie sería amigo de nadie y el único que saldría ganando es el lector, que vería por todas partes criticas geniales de puro sádicas. Eso durante los seis primeros meses. Luego supongo que los escritores pondrían en marcha la máquina de pensar en escribir libros de verdad; libros que mereciesen ser leídos; libros en los que valiese la pena gastarse el dinero; libros que demostrasen que detrás de esta fachada artística hay algo más que intereses de egos y dineros; libros que demuestren que hay realmente una generación que valdrá la pena incluir en las enciclopedias dentro de veinte o treinta años y que no se verá condenada a ser objeto de burla de los escritores daneses (otra panda de listos) que es exactamente lo que está ocurriendo ahora. Yo no digo que tengan que ser todos Franzens , Pynchons o FosterWallaces, pero no estaría mal que de una vez dejásemos de ser los herederos de Cervantes y nos hiciésemos nuestro propio hueco en este mundillo tan rastrero. 

En definitiva, que yo sí creo que pasarían cosas y que el movimiento se demuestra andando y que si los que responden “no pasaría nada” creyesen realmente en ello no lo dejarían ahí. Contestarían. Dirían la verdad y así veríamos todos cuán llenos de razón están. Pero no lo hacen. Se callan (cobardes, cobardicas) por muchos motivos tras los cuales se esconde siempre lo mismo: E-G-O. Y así, haciéndose los tontos, pasan a la siguiente pregunta. 

(Esta entrada me está quedando un poco larga pero eso es porque la verdad ocupa espacio y como esto es gratis escribiré hasta que me aburra. Si costase cinco euros no; entonces mediría mis palabras. A ver si va a ser por eso… 

El caso es que mientras escribo voy llegando a mis propias conclusiones y me pregunto si es realmente interesante (que no legítimo) que los escritores sean también críticos literarios. Si no es eso lo que al fin y al cabo lo pervierte todo). 


[LA SEGUNDA PREGUNTA] "Haz un esfuerzo de honestidad y revela un dato concerniente a la industria que nunca te hayas atrevido a revelar". 

Uhhhh, que miedo. A estas alturas del correo debían estar todos entrando en pánico total. Voy a obviar el insulto que me parece que un alguien le pida a otro alguien un esfuerzo a la hora de ser honesto (tela!) y me voy a centrar en lo que me importa aquí. A saber: sólo se pide un dato. (1, para los que sean de ciencias). Un simple dato. Ni veinte ni treinta. Una sola cosa que se suponga que nadie sabe. (Un “nadie” que podría perfectamente ser, por ejemplo, yo (aprovechando mi insignificancia y mi ignorancia supina en casi todo)). Un dato que yo no sepa. Respuesta mayoritaria en el Wikilit; atentos: "bueeeeeno -con voz de escritor que se hace de rogar- que los premios están amañados". Joooder, qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte. Así, sin  anestesia. Directo como un puñetazo e igual de efectivo. ¡Quién lo iba a decir! Y yo pensando que Boris Izaguirre era uno de los mejores escritores de este pedazo de península! En fin. Corramos un tupido velo. Otros hablan de sexo, lo cual es genial pero también terrible. Genial porque en mi fuero interno temía que los escritores no hiciesen otra cosa que leer y escribir, algo que vería bien si esto fuera Corea del Norte, pero no esta España, con tantas libertades y tantos bares por habitante; y terrible porque significa que los mismos escritores (que ya hemos visto que no trabajan todo lo que debieran porque están siempre de copas y follando) pueden reproducirse. Como lo oyen. Y nosotros no queremos que eso ocurra, verdad? Noooo!! Lo que nosotros queremos es que alguno de ellos ponga orden; que se suba a un pedestal (si no estaba subido ya, que seguramente) y diga bien alto y bien claro: “Bien, chicos. Dejemos ya de chuparnos las pollas y pongámonos a escribir obras maestras”. Y luego lo que salga, claro. La intención es lo que importa y la inteligencia no nos trata a todos por igual. Yo, por ejemplo: soy menos imbécil de lo que aparento, lo que pasa es que hay que conocerme un poco para notarlo. 

Pero no hay como los ejemplos. Veamos algunas de las respuestas que dan los entrevistados a esta segunda pregunta: 
  • Luna Miguel, que es poeta, nos cuenta una que ríete tú de Inception. Si creías que no habías entendido el argumento de la película verás cuando leas esto: “[…] me parece muy feo ese mal rollo que se ha creado entre autores y personajes literarios como P, A y E por culpa de la entrevista que I hizo a P para una revista digital”. Cágate lorito. Luego lo desarrolla, pero no mejora. Al contrario. También es mala suerte que a LM (mira, como el tabaco con el que me hacía los porretes de chaval) le parezca feo precisamente lo único que podría salvar este artículo. 
  • Marc Caellas, es gestor cultural (que debe ser el mejor trabajo del mundo) y nos descubre el por qué los venezolanos no tienen mucho más éxito en nuestro país: por orgullo. ¿A que no lo sabían? Pues sí. Y lo justifica de la siguiente manera: una chica escritora quería conquistar a un chico escritor (de Venezuela) prometiéndole orgasmos y premios literarios (aunque no necesariamente por ese orden) y éste le dijo que no. Y de ahí la conclusión. Por eso cerraron CNN+: no estaba a la altura. Yo me siento fatal conmigo mismo porque hasta que Marc dijo lo del orgullo pensé que, una de dos, o la muchacha era fea como un erizo y no había por donde “cogerla” o el muchacho era un poco bastante gay. Gracias Marc por tu valiosa aportación.
  • Cristina Fallarás (un apellido de los que condicionan) es la que ve a todos los “artistas” (se lo vamos conceder) siempre con los pantalones bajados, o borrachos o arrimados al váter de algún bar o todo al mismo tiempo: borrachos, desnudos y en el váter de un bar. Ella no habla de mear, porque ya sabemos todos como están los aseos de los bares y que hay que ir meadito de casa. Follar tampoco los ve, Fallarás, a nuestros genios de las letras (segunda concesión). Se ve que se le escapan. No me extraña, tanto acoso y tanta leche. Luego dice que no sabe cotilleos. Ja! ¿Acaso se quedan mudos los escritores borrachos? ¿Y qué hacen todos desnudos? ¿Es Cristina Fallarás uno de los personajes de la última novela de Orejudo? ¿Aquella que coleccionaba fotografías del glande de los escritores que se encontraba? (¿A que ya tiene mejor pinta la novela de Orejudo? Si es que lo que venda un buen glande...) 
  • La Fiera Literaria es un fanzine que necesita vender para sobrevivir –como todos los fanzines- y por eso va a su rollo. Empieza citando Orwell (cómo no podía ser de otra manera, porque Orwell en todo esto tiene mucho que ver) y luego a tropecientos escritores más como forma de quejarse de lo partidista de las listas que sacan los periódicos. Vale, muy bien. Cualquier momento es bueno para darse a conocer. Viva la revolución! A ver cuándo empiezan a pegar carteles es las estanterías de El Corte Inglés. 
  • Oscar Gual pasa de todo. No miente pero tampoco cuenta. Se inventa una película. Cómo es escritor… Una pena. Este tiene pinta de listo y seguro que sabe cosas. Se lo vamos a perdonar porque está de promoción, pero la próxima, Gual, te toca mojarte. Correrte no, Gual; mo-jar-te. (Es que los dejas solos y…) 
  • Alberto Olmos dice que tampoco sabe nada. Aquí nadie sabe nada. Si Olmos no sabe nada es que nadie sabe nada. Anda que tengo que leer cada cosa... 
  • Y acabo. Este último me gusta mucho porque creo que es el único que no miente. Será porque me siento muy identificado. Dice Antonio Jiménez Morato, a la sazón escritor, tallerista y crítico literario, que nunca puede leer un artículo completo de Quimera. ¡Lo mismito que me pasa a mí! Excepto éste del Wikilit, que me hizo mucha gracia hasta que me cansé, que vino a coincidir con el punto final. 

Y nada más. Acabé. Yo lo siento en el alma, de verdad. Ya sé que esta entrada además de larga puede parecer un poco borde pero nada más lejos de la realidad. Se trata de divertirse. Quimera se ríe (no sabemos si es con o de nosotros) de esta situación tan surrealista que ella misma provoca, exigiendo tácitamente nuestra complicidad, algo con lo que personalmente no tengo ningún problema. Del mismo modo el texto inmediatamente anterior también quiere reírse (no sabrán si es con o de ellos) de la misma surrealista situación, también con un tácito acuerdo de complicidad. Todos cómplices, todos amigos y sin dejar de reír. La crítica literaria como terapia humorística. ¿No es maravilloso? De todos modos confieso que estoy poco o nada preocupado con los sentimientos que pueda herir con esta entrada que ya supongo más bien pocos, porque independientemente de lo que diga y el tono que use, a los escritores lo que les gusta es que se hable de ellos. Si no se habla de ellos se ponen tristes, se bajan los pantalones y se encierrarn en los váteres públicos de los bares para llorar, quizá esperando que venga algún alma caritativa a hacerles una mamadita. Yo mamadas no hago, ya lo digo ahora. Dar por culo sí, todo lo que quieran, pero mamadas no, ni una.




Mi relación con los escritores, editores o gestores culturales mencionados: regularcitas, la verdad, ya se pueden imaginar. Por lo menos desde hoy.