jueves, 6 de mayo de 2021

“El jardín de Reinhardt” de Mark Haber

«Madrid es lo que pasa cuando millones de idiotas procrean, y sus hijos, que son todavía más idiotas, procrean también, que follar es lo único que puede que se os dé bien a vosotros, los españoles, y, cuando estuve en Madrid, me dolía el alma, y el tiempo simplemente se detuvo, como si me hubieran mandado al infierno, porque Madrid es el arquetipo del infierno, Madrid es el simulacro del infierno: se parecen los dos hasta en el último detalle, hasta en la más mínima arista imaginable, y, si estuviera en mi mano, ni siquiera te mataría, sino que valdría con que te mandara de vuelta a esa tierra maldita, que es, en realidad, lo que te mereces […]».

Esto no lo digo por nada, eh. O sí.

Bueno, al lío. Hoy, menos que reseña: mero apunte de lectura. Dejar constancia de y poco más, esto es, recopilar citas. Con ellas la reseña se hará sola. Lo entenderán cuando las lean.

El argumento:

Jacov Reinhdard es un hombre obsesionado con la melancolía y, por extensión con otro hombre, Emiliano Gómez Carrasquilla, a quien se supone, o supone Jacov, una autoridad en la cuestión. Siguiendo el rastro de Carrasquilla, Jacov “huye” de su país de origen (Croacia) y cruza medio mundo hasta llegara la selva sudamericana, su jardín particular, donde se supone que se oculta esa suerte de profeta de la melancolía. Todo esto, claro, cargado de matices: sus compañeros de viaje, inolvidables a su manera, como Ulrich, verborreico narrador y admirador confeso del hombre al que sirve, o Sonja, «prostituta retirada que solo tenía una pierna, examante de Jacov e inestimable ama de llaves» de su señor castillo.

¿El problema? El de siempre: las putas expectativas.

Hay dos razones por las que he leído esta novela: uno, que el tema girara en torno a la melancolía, que de todos los estados es mi preferido y dos, el estilo, que parece sacado directa e impúdicamente de la pluma de Thomas Bernhard. Es decir: Bernhard y la melancolía. Como para no leerlo.

Pero.

Ese es, básicamente, el problema. La alargada sombra de Thomas Bernhard cubre y empeña la novela de una forma que roza lo indecente. Es decir, que aquello que atrae es lo mismo que repele.

«Maldigo esta repugnante tierra croata, despotricaba, esta tierra me da urticaria, bramaba, esta tierra, que es más endeble y descompuesta y cruel que otras tierras. Deseando estoy cruzar la frontera, porque no hay país que tenga una tierra tan fea, tan remisa ni tan despiadada; solo con mirar al suelo ya se ve su repelencia, murmuró, y, en cuanto entremos en Austria, me bajaré del carruaje y besaré la tierra austriaca, no porque sea tierra austriaca, que no es diferente de la serbia, la húngara o la eslovena, ¡sino solo porque no es tierra croata! […]»

Lo cual no quiere decir que sea una mala novela. No lo es. Mala, quiero decir. Es solo que bebe demasiado de algo de lo que no se debería abusar en tanto que particular, etcétera. Croacias que parecen Austrias y lugareños que parecen austríacos o, si hacemos caso de la primera cita de este post, madrileños:

«Los lugareños eran unos catetos de andar por casa, dijo Jacov, con creciente apasionamiento, unos catetos atrapados en un pueblo atrapado por una geografía atrapada en la mediocridad de su propia existencia».

De esta novela, sin llegar a recomendarla, me quedo con todos aquellos momentos dedicados a la aventura (divertidísima escena en Yasnaia Poliana) o aquellas partes en la que se hace referencia al que debería ser el tema de la novela (sin acabar de conseguirlo, en tanto que solo se teoriza sobre ello, llegando a resultar cansino): la melancolía.

«Todos y cada uno de nosotros somos unos melancólicos, de tal manera estamos construidos en lo más íntimo; sin embargo, nos pasamos la vida negándolo, intentamos esquivar el estado natural que más propio nos es; aun así, con que estemos un rato solos, aflora la melancolía; siempre está ahí, inagotable, incólume. Los filósofos han tildado la melancolía de enfermedad, aseguran que es una tristeza sin razón, pero yo estaba convencido de que era la tristeza de la razón. Cuando uno está melancólico, ve la realidad con total lucidez. Bienaventurados son los melancólicos en este mundo, los videntes y visionarios, y, según hablaba de su melancolía, Jacov se tornaba menos melancólico, porque, para estudiar esta emoción, comprendí, había que dejarla atrás, ya que la melancolía nos chupa la fuerza, debilita nuestro espíritu, erosiona el talento, y una de las ironías más crueles de la melancolía es la fuerza que hay que tener para estudiarla».

O bien:

«[…] la melancolía, en su forma más pura, era solo un darse cuenta de lo insignificante que uno era, y darse cuenta de esta insignificancia era, de suyo, significativa, y era un sentimiento plácido la melancolía, un sentimiento de la más honda alegría, escondida, incrustada quizá, en el caos del corazón humano, y cuando uno comprendía su propia tristeza inherente y no intentaba derrotarla ni ahogarla o convertirla en su enemigo, cuando no entablaba con ella una batalla constante y sin sentido, podría llegar a ser, con todas las letras, civilizado […]»

Resumiendo: que sí, pero NO. 

jueves, 29 de abril de 2021

“Desde la línea” de Joseph Ponthus

Hay cosas que me da mucha rabia. Una de ellas es esta: Que un señor escriba un libro. Que sea un libro de marcado carácter social. Que se venda bien. Que reciba buenas críticas. Que el autor se muera. Que se venda muuucho mejor. Que tenga que venir yo a ponerlo en su sitio.

No lo soporto. Esto último. No lo soporto.

No, no es verdad. Sí lo soporto. Es solo que rentabilizar la muerte de un escritor me parece más propio de una editorial que de un blog. Lo que quiero decir con esto es que me jode un poco que me puedan acusar de intrusismo cuando yo solo quiero hacer ruido.

Bromas aparte, dejen que les cuente el argumento y luego ya procedemos con el desollamiento:

Desde la línea” es autobiográfico ergo el autor hace de sí mismo. Ponthus era un joven alto y fuerte que tenía un buen trabajo hasta que, por motivos que tenían que ver con el amor, tuvo que mudarse no sé si a pastos más verdes pero desde luego sí menos fértiles. Como de lo suyo no había, acabó en una ETT. Pero como en la ETT tampoco se vio obligado a aceptar lo que le ofrecían, que no era otra cosa que un trabajo (tras otro) en una línea de producción (tras otra) de una fábrica. Tras otra. Que si tofu, que si gambas, que si carne.

Ya está. Es eso.

El libro, digo (casi digo “novela”). Va de eso y nada más. 

Y nada menos.

Porque, claro, una cosa es hablar de líneas de producción y otra muy diferente un señor golpeando un martillo cada doce segundos durante ocho horas al día con dos pausas: una para fumar y otra para el Sandwich Club. Que no era el caso de Ponthus, tampoco, ojo. Lo suyo era más de fuerza bruta, condiciones de mierda y un tipo inespecífico de malestar general. Por poner un ejemplo: en Chile, en 2007, unas cajeras de supermercado “denunciaron” a la patronal porque su contrato laboral no incluía pausas para mear, motivo por el cual optaron primero por ponerse pañales y luego quejarse amargamente a la prensa local. Pues bien, este no era tampoco el malestar general de Ponthus. Lo suyo era más bien una mezcla de incertidumbre (por depender de la tiranía de la ETT), monotonía (propia de la línea de producción) y precariedad (consecuencia directa de).

Que sí, que fatal. Las ETTs mal, las condiciones laborales mal y no tener para un coche fatal, también. Las jornadas leoninas, las horas extras mal pagadas (en el mejor de los casos), el olor a pescado, tofu o vaca vieja pegado en el paladar veinticuatro horas al día. Los fines de semana que no llegan a nada, la incertidumbre de no saber si el mes que viene seguirás ahí. Un poco lo de ser camarero pero en cachas y con los fines de semana prácticamente libres, vaya.

No seré yo quien defienda esa aberración llamada ETT, ni seré yo quien justifique la precariedad en tanto que “diferencia de clase” y tal, pero tampoco voy a romper una lanza en defensa de este libro solo porque en su trabajo hiciese frío, oliese a pescado o las vacas sangrasen en exceso al ser rebanadas. 

Pero dejémonos de lugares comunes.

* * * *

Todo libro-denuncia, en tanto que ésta sea social y legítima, merece mi respeto y hasta mi voto, ahora bien, no dejo de preguntarme dónde reside el valor de esta novela toda vez que lo denunciado tiene un carácter excesivamente local e íntimo. Quiero decir con esto que, en Desde la línea, no percibo realmente una denuncia a algo en concreto sino algo de una generalidad asociada a un sentimiento que lo mismo se puede tener en una cadena de montaje de coches, que en un matadero, que en una piscifactoría, que en la caja de un supermercado, que vendiendo seguros de puerta en puerta, que rellenando canutillos con patatas fritas. 

O como diría Joseph Ponthus:

un sentimiento
que lo mismo se puede tener
en una cadena de montaje de coches
que en un matadero
que en una piscifactoría
que en la caja de un supermercado
que vendiendo seguros de puerta en puerta
que rellenando canutillos con patatas fritas

No sé si lo pillan.

Por si no es así, se lo aclaro:

El mérito de Joseph Ponthus no reside en hacer un libro-denuncia de la cuestión laboral y sino en hacer un libro-denuncia de la cuestión laboral en verso. Y cuando digo en verso no estoy hablando de poesía, aunque podría (qué más da, si total se han dinamitado los márgenes y ya todo el campo es orégano) sino de algo que tiene más que ver con tener el salto de página averiado en Word.

Brevemente: un ejemplo: 

Cuando entré en la fábrica
Naturalmente me imaginaba
El olor
El frío
El transporte de cargas pesadas
La rigurosidad
Las condiciones de trabajo
La cadena
La esclavitud moderna

No iba para hacer un reportaje
Menos aún para preparar la revolución
No
La fábrica es por la pasta
Un curro alimenticio
Como se suele decir
Porque mi esposa está harta de verme tirado en el sofá esperando un contrato de lo mío
Así que entro
En el sector agroalimentario
El agro
Como dicen ellos
Una factoría bretona de producción y transformación y cocción y todo eso de pescado y gambas
No voy para escribir
Sino por la pasta


Y yo, con esto, cero problema. Las primeras cien páginas, al menos. Luego ya no tanto. Luego ya bastantes. Concretamente, aquí, TODOS:

 

Hay que leer el Diario de un obrero de Thierry Metz
Es una obra maestra
Publicada en la colección L’Arpenteur de Gallimard en los años noventa
El libro
Me lo recomendó Isabelle Bertin por Facebook
Lo encargué inmediatamente como cualquier libro obrero que encuentro ahora mismo
Lo recibí ese mismo día
Un bofetón

Búsqueda en Google
El tal Thierry se internó voluntariamente bebía se suicidó uno de sus hijos había muerto atropellado
Un poeta comentan en las webs
Más que eso
Encargué ipso facto el resto de su obra

Apenas un esbozo
Esa lengua
Eso hacia lo que yo quisiera aspirar
Esas palabras
Ese silencio del trabajo
Cito
«Es sábado. Las manos no hacen nada. Se oye a los chavales que juegan en la arena y los coches que pasan... En la casa las sillas hablan. No se sabe de qué. Lo que se dice carece de importancia. Solo es una palabra que se desgrana, un murmullo de viejas... Entre dos comidas, dos fregados de platos».

Esto es:

Dicen que cuando William Gaddis descubrió a Thomas Bernhard, tuvo claro cómo debía escribir el libro en el que llevaba toda la vida trabajando (el más breve y último de su carrera: Agape se paga). Cualquiera que haya leído ambos habrá visto el parecido razonable, pero solo eso, un parecido razonable. Pues bien, yo creo que cuando Joseph Ponthus leyó el libro de Metz tuvo claro cómo debía escribir el suyo: exactamente igual sustituyendo la puntuación por saltos de página. Básicamente. Y parecidos razonables, los justos. Es por esto por lo que Desde la línea parece el libro que Metz hubiese escrito de haber tenido folios suficientes.

La pregunta que tendríamos que hacernos es si el estilo utilizado por Ponthus en este libro le otorga el valor que justifica la etiqueta de obra maestra que le han colgado o si se trata nada más que una forma digamos que curiosa de llamar la atención sobre un problema. 

O si es uno que ha plagiado un estilo para hablar de sí mismo Y YA. 

No sé si yo puedo votar.


viernes, 23 de abril de 2021

“La anomalía” de Hervé Le Tellier

Me pregunta A. que qué hago leyendo Seix Barral; que cuándo fue la última vez que esos señores publicaron algo decente. Yo intento, sin éxito, justificarlos, no porque lo merezcan sino para evitar quedar como el clásico imbécil que se gasta veinte euros en un libro que se ve a leguas que no los vale. Frente al reto de su mirada apelo a la inocencia desde una sonrisa, le digo no sé qué del Goncourt y es probable que nombre a Rushdie en algún momento, sin demasiada convicción, pero con la vaga esperanza de que eso sirva para refrendar mi argumento de que hasta la peor editorial puede publicar un buen libro por casualidad (me cuido bastante de no dar títulos, eso también es verdad, o a esta hora seguiría escuchando su risa). 

Más tarde, en la soledad de mi celda, comprobaré que, efectivamente, la última vez que leí alguna “novedad” de Seix Barral que valiese realmente la pena fue hace demasiado tiempo. Jesús Carrasco, Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Javier Calvo, Laura Fernández, Rosa Montero, Vicente Luis Mora… Las cosas como son: fácil no lo ponen, por mucho que sea yo quien acostumbra a jugar con fuego. Que sí, es verdad, no hace falta que griten, les escucho perfectamente: también Peter Matthiessen, Don Delillo, Jonathan Franzen, Lydia Davis… Pero hablamos de un “ahora” relativamente amplio: pongamos diez años. Y siendo así, no hay salida: MAL. 

Pero estoy divagando. 

A ver si por una vez soy capaz de centra el debate en la cuestión: Premio Goncourt. No, perdón: La anomalía

Arranquemos con un chiste fácil: aquí la única anomalía digna de mención es que le hayan dado este premio a este libro. Claro que, por otro lado, tampoco tenemos porqué volvernos locos con esto, al fin y al cabo el historial del Goncourt deja lo suyo que desear:  echando la vista atrás no encuentra uno demasiados motivos para el alboroto al que supongo nos conduce la desesperación propia de quien vive rodeado de escritores incapaces de crear una obra que marque alguna diferencia respecto del encefalograma plano habitual. Con esto no pretendo insultar a nadie (aunque si alguien quiere sentirse insultado por mí no hay problema), simplemente recomendarles que, si en algún momento se les ha pasa por la imaginación leer este libro, convendría que lo hiciesen desde la perspectiva de quien se sabe frente a una obra de características similares a las que Pierre Lemaitre nos ofreció hace unos años en su también Premio Goncourt, “Nos vemos allá arriba”, esto es, una novela de corte clásico que apuesta por el entretenimiento desde una técnica bastante conservadora, tanto en la forma como por el fondo.

Esta novela —que podría haber escrito Stephen King en una mala tarde haciendo la mitad de ruido— tiene un argumento bastante sencillo: un avión que sobrevuela no sé qué cielo, atraviesa una tormenta de la que sale dos veces: la primera cuando corresponde, la segunda tres meses después. Y ya está. El gobierno del país, liderado por un presidente que roza la discapacidad, entra en pánico y aplica protocolos imposibles desarrollados tras el 11S por una pareja de frikis venidos a más. Esto supone derroche presupuestario: científicos a paladas, reuniones, gabinetes de crisis éticas y técnicas y hasta un favor personal a líderes confesionales, como si ahora esta gente fuese de fiar. 

Quisiera poder decir que la novela aporta alguna reflexión interesante al campo de la filosofía, la mística o la física pero me temo que no es así. Le Tellier, que así es como se llama el padre de la criatura, prefiere entregarse sin asomo de rubor a la novela de acción porque mucho Oulipo mucha hostia pero al final lo que da pasta es Expediente X. 

Personalmente he pasado un rato la mar de entretenido (al menos durante la primera mitad de la novela, luego ya no tanto) pero hubiese preferido que el seguimiento a los once personajes protagonistas (once, eh), a cual menos interesante, hubiese sido menos exhaustivo, apenas una pincelada, por lo innecesario, básicamente, y porque de ese modo no hubiese tenido que aguantar como sí he tenido que aguantar (y como tendrán que hacerlo ustedes si no detienen esta locura) las previsibles confrontaciones (llámenlos careos si les place) entre personajes duplicados, ni las lacrimógenas despedidas en forma de carta dejada sobre la mesilla de noche. No, en serio: no me jodas, Hervé.

Lo mejor de esta novela, aparte del ritmo endiablo que hace posible terminarla en dos sentadas, es la tranquilidad que tiene haberse quitado de encima para siempre la presión del Goncourt y las ocho cervezas anuales que disfrutaré gracias al ahorro que supondrá  no volver a gastarme un euro en Seix Barral.





Editorial: Seix Barral
Colección: Biblioteca Formentor
Traductor: Pablo Martín Sánchez
Número de páginas: 368