Es algo más que nostalgia.
Me refiero a la emoción que acompaña la lectura de esta novela. Es algo más que nostalgia.
Debe serlo.
Cierto es que retrotrae a las sobremesas de los fines de semana de hace, qué sé yo, treinta o treinta y tantos años, cuando unos cuantos, los más listos, alimentábamos las fantasías más salvajes gracias a los ciclos de películas “de indios y vaqueros” que pasaban por La Primera cuando sólo eran dos (las cadenas); fantasías que a lo largo de la semana, antes de que llegase el sábado siguiente, reproducíamos a pequeña escala en los sillones y muebles del salón con los playmobils o con ese tambor reciclado de Ariel que teníamos repleto de caballos, tipis y soldados no articulados. Y eso, quieras que no, se queda ahí, madurando, haciendo de nosotros lo que ahora somos.
Pero aunque fuese así, es decir, aunque la emoción de la que hablaba al comienzo fuese nada más que nostalgia de aquello, ya sería mucho, ya valdría cada página su peso en oro.
Pero Warlock es algo más que una de vaqueros (o así se siente) por lo que cualquier cosa que diga a partir de ahora, será únicamente vulgar simplificación.
La historia es la siguiente: Warlock es un pueblo minero que todavía no tiene condición de tal. Por más que los comerciantes insisten no encuentran el modo de conseguir la legalidad por lo que aquello se mantiene como un reducto de cuatreros: un pequeño infierno de peleas nocturnas, disparos no siempre al aire y en general una apuesta por la no prosperidad. Para hacer de Warlock un lugar habitable los empresarios se constituyen en Asociación y entre las medidas que toman hay una que será determinante: contratan un segurata. Eligen uno de reconocido prestigio: un pistolero que ha dado siempre mucho que hablar y no precisamente por su carácter conciliador.
Pero esta es sólo la premisa. Resulta del todo imposible resumir el argumento de esta novela que, para más inri, se estructura en tres partes bien diferenciadas pero en modo alguno independientes. Hablamos de setecientas páginas de bandoleros, cuatreros, sheriffs, bellas y santas damas, putillas celosas, jugadores profesionales, hombres cobardes y hombres de honor… En esta novela, que perfectamente podría ser la novela del oeste definitiva, podemos encontrar, y de hecho encontramos, TODO. Y cuando digo todo quiero decir todo, incluso apaches, por más que sean de mentira. Encontraremos ataques a diligencia; mujeres que llegan, odian y se enamoran del hombre equivocado; batidas para capturar asesinos; juicios, jueces, abogados, corrupción, doble moral, reglas medievales; ladrones de ganado, hombres de ley sin ley; duelos legendarios y pistolas de oro. Y además: una mina, mineros, regulación laboral, sindicalistas, manifestaciones… Hasta el ejército aparece por sus páginas.
Lo dicho: TODO. Gozoso exceso donde los haya.
Pero claro, estamos en lo de siempre: novelita de oeste.
Yo entiendo que no es fácil. Ya en cine no lo es −y eso que sólo roba hora y media a nuestras vidas− como para dedicarle semana y pico a saber si al final el ayudante del sheriff se enamorará o no de la linda putilla.
Y esto es así: este género (menor donde los haya) no acaba de llamar la atención, seguramente porque en nuestro imaginario tienen demasiada fuerza aquellas noveluchas de bolsillo que se cambiaban por cinco pesetas en quioscos de barrio (sin querer en modo alguno desmerecerlas). No tenemos problema, previa garantía del mínimo exigible de calidad (y esto, me temo, no siempre), en leer terror, misterio, fantasía o demás zarandajas, pero nos resistimos a los hombres de cartucheras por alguna razón que desconozco pero que seguro tiene mucho que ver con entender el western como un género casi exclusivamente visual además de directamente “cosa de tíos”. No lo sé, insisto. Yo mismo soy reacio a ello y lo soy por las razones expuestas pero sobre todo lo soy por prejuicio: ¿una buena novela el oeste? Imposible. Y por más que te digan: imposible. Y por más que te insistan: imposible. Mejor leer sobre vampiros, mejor leer sobre zombies, mejor leer sobre hobbits, por ejemplo. Paparruchas. Mejor leer a Oakley Hall, siempre. Mejor leer Warlock.
Muchas de las mejores películas son westerns sin forma de tal. Muchas de las mejores novelas, también. Y nosotros dale que dale a evitarlas, dale que dale a poner excusas que nadie se cree, nosotros los primeros. Que si tengo mucho pendiente, que si no es mi estilo... bah. Y nos lo estamos perdiendo. Lo mejor del mundo, digo: nos los estamos perdiendo. Porque esto es así: el western es lo puto mejor del mundo. Y Warlock, la demostración palpable. Y quien diga lo contrario o bien miente o bien no tiene ni puta idea.
