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viernes, 24 de marzo de 2017

“Gaspar Ruiz” de Joseph Conrad (Trad. Juan Gorostidi)

Uno se pregunta varias cosas cuando tiene este libro en las manos. 

La primera sería qué demonios se le pasa a uno por la cabeza para montar una editorial en un mercado saturado de editoriales sin público. Eterna pregunta.

La segunda tiene que ver con el formato que, como pueden deducir por la fotografía, difiere bastante de aquello a lo que estamos acostumbrados quienes acostumbramos a leer. Yo no sé si es mejor o peor, desde luego sí es más incómodo, pero también más interesante en el sentido de “menos encorsetado”. La elección de este formato probablemente tenga más que ver con la búsqueda de un hecho diferencial que aporte un valor añadido al producto final que con una cuestión estética o meramente práctica que busque ajustarse a los parámetros establecidos por esa otra marca de la casa que son las ilustraciones. Si funciona o no funciona, si gusta o no gusta, es una cuestión personal, ya ahí no me meto; a mí me ha gustado, y mucho, además, pero también es verdad que si ha sido así es gracias a que se trata de un relato y no una novela, que entonces la iba a leer su padre. Todavía no me he recuperado del todo de los esguinces varios resultado de la lectura de la edición de Pretextos de El hombre que ríe, como para repetir la experiencia. Ahora bien, mejor papel y mejor acabado, difícil.

La tercera es muy sencilla: ¿por qué Gaspar Ruiz? Quiero decir… de todas las novelas y relatos de Conrad llama la atención que los editores hayan elegido precisamente uno que es prácticamente desconocido y que además forma parte de una colección de seis (ninguno de los cuales recuerdo con especial cariño) que fueron publicados juntos en algún momento, por más que el propio Conrad hubiese desmentido entonces que tuviesen otra cosa en común que no fuese la de contener hechos intrínsecamente fidedignos («con lo cual me refiero no sólo a que son verosímiles sino a que sucedieron realmente») y en modo alguno ligados a experiencias personales suyas. A no ser… a no ser que la intención sea publicar los seis en este formato, lo cual estaría genial si no fuese algo al alcance de pocos bolsillos, lo cual parece en extremo arriesgado para una editorial que comienza.

Que, oye, si es así, ole sus huevos. Ahora, si no es así, bueno, nos queda el consuelo de saber que el peor relato de Conrad (no es el caso, eh) es mejor que cualquiera que puedas escribir tú.

La cuarta y última tiene poco que ver con la obra y sí mucho con algo a lo que un servidor de ustedes da mucha (cada vez mas) importancia aunque no hable demasiado del tema, un poco para no aburrirles y otro poco porque no le da la gana. Se trata de lo siguiente: resulta que los señores editores no han contemplado, y si lo han hecho se lo han pasado por el forro, la posibilidad de incluir el nombre del traductor en la portada (omisión que han trasladado a la web, que ya tiene delito). Esta práctica, por lo general tan habitual, no llamaría la atención si no fuese porque sí han incluido el nombre de la ilustradora, dando a entender con esto, no se su voluntaria o involuntariamente, que es más importante lo uno que lo otro. Yo sé que da igual, que al final el reclamo es el reclamo, esto es, la cuestión estética y que al final la traducción es una cosa que miran cuatro y la mitad de las veces, como en este caso y una vez que descubres al culpable, tampoco sabes bien qué pensar. Con todo, no estaría de más incluirlo, entre otras cosas porque la prosa de Conrad no es una prosa fácil, ya lo dice Gorostidi citando a Javier Marías en el prólogo y no es lo mismo que lo reseñe uno que otro que el google translator. Por lo que he podido ver y desde la ignorancia más supina, el resultado de esta nueva traducción es más que correcto. He aquí un ejemplo de las diferentes traducciones que se pueden encontrar actualmente (se incluye original):


Joseph Conrad
«A revolutionary war raises many strange characters out of the obscurity which is the common lot of humble lives in an undisturbed state of society.
Certain individualities grow into fame through their vices and their virtues, or simply by their actions, which may have a temporary importance; and then they become forgotten. The names of a few leaders alone survive the end of armed strife and are further preserved in history; so that, vanishing from men’s active memories, they still exist in books».

Traducción de Juan Gorostidi para Yacaré
«Una guerra revolucionaria hace surgir muchas extrañas personalidades de entre la oscuridad que es el destino común de las vidas humildes en una sociedad apacible.
Ciertas individualidades alcanzan la fama a través de sus vicios o de sus virtudes, o simplemente por medio de sus actos, que pueden poseer una importancia efímera y después caen en el olvido. Al término de una lucha armada solo sobreviven los nombres de unos pocos líderes, más tarde preservados en los anales de la historia, de modo que, cuando desaparecen de la memoria de los hombres, permanecen aún en los libros».


Traducción de Fernando Jadraque para Valdemar
«Una guerra independentista rescata a muchos personajes extraños del anonimato que es la suerte común de las vidas humildes en las fases pacíficas de la civilización.
Ciertas individualidades saltan a la fama por sus vicios y sus virtudes, o simplemente por sus acciones, que pueden adquirir una repercusión transitoria… y luego caen en el olvido. Al término de una sublevación armada, sólo los nombres de algunos caudillos perviven y son consagrados en la Historia; de tal guisa que, una vez desvanecidos del recuerdo activo de los hombres, subsisten en los libros».


Traducción de Andrés Barba para Sexto piso
«Una guerra revolucionaria suele sacar de la oscuridad a muchos curiosos personajes, un puñado de vidas humildes que vive en los estratos más tranquilos de la sociedad.
Hay ciertos individuos que acaban logrando la fama gracias a sus virtudes o a sus vicios, o sencillamente por acciones que a veces llegan a adquirir una importancia transitoria antes de caer de nuevo en el olvido. Cuando por fin acaba la lucha, apenas sobreviven los nombres de algunos caudillos que se consignan en la Historia, y cuando muere también el recuerdo vivo de los hombres, éstos perviven calladamente en los libros».



¿El relato? 

Vamos, por favor, a quién demonios le importa semejante cosa. Es decir: es Conrad. Conrad, eh, ojo. Cuidado con esto que es importante: Conrad es incuestionable. Y punto. Y si no te gusta lo que tienes que hacer es clavarte una daga el corazón y dejarnos a los demás seguir con lo nuestro. 

Gaspar Ruiz no es un su mejor relato, en eso estamos de acuerdo, pero es una buena historia de aventuras que va desde el drama carcelario hasta el amor interesado pasando por todo aquello que quepa en una historia de traiciones, valor, orgullo, monarquías derrocadas y suicidios de amor o desolación. 

Y encima está perfectamente embalado. Sobre todo eso. El libro como objeto y Conrad como excusa y garantía.

No es un mal comienzo.



martes, 24 de mayo de 2016

‘Cuentos completos’ de Joseph Conrad (II)

Hoy, un bloque también llamado ‘Juventud: una narración; y otras dos historias’ que incluye lo siguiente: 


‘Juventud’

Hubo un tiempo en el que a los escritores les pasaban cosas. Se hacían guerrilleros o marineros o buscaban oro en Alaska. Ahora lo más boicotear Mercadona. Juventud es un buen ejemplo.

En Juventud, un narrador nos cuenta que, en una reunión de viejos amigos, uno de ellos, Marlow (personaje recurrente y alter ego de Conrad, a quien más adelante podremos encontrar también en El corazón de las tinieblas, Lord Jim y Azar), cuenta una historia. 

«Estábamos sentados en torno a una mesa de caoba en la cual se reflejaban una botella de clares, unas copas, y nuestros semblantes al acordarnos en ella. Éramos un director de empresas, un contable, un abogado, Marlow y yo. El directos había sido grumete en el barco de instrucción Conway; el contable había prestado servicio cuatro años en alta mar; el abogado —venerable conservador, anglicano a machamartillo, el mejor de los compadres, la esencia del honor— había sido oficial mayor en la Compañía Naviera Peninsular y Oriental en los buenos tiempos en que los barcos-correo llevaban aparejos de cruzamen en al menos dos mástiles y atravesaban el Mar de la China durante un buen monzón con alas arriba y rastreras abajo. Todos iniciamos nuestras singladuras en la marina mercante. A los cinco nos vinculaban los fuertes lazos de la mar, así como la camaradería de los navíos, ésa que jamás brotará de ningún entusiasmo por yates y cruceros y similares, pues éstos son meras distracciones de la vida en tanto que aquellos son la vida misma». (*)(1)(2)

Juventud, inspirada en pasado del propio Conrad, cuenta la historia de un joven marinero que se embarca en un viaje en el que perderá la inocencia: el Palestine, llamado Judea en la novela. Bien, el Palestine parte de Inglaterra con destino Bangkok el 21 de septiembre de 1881 con una carga de carbón pero tras sufrir incidentes varios (fuertes vientos, inundaciones, averías y más vientos y más averías y más inundaciones, esto es, el desastre completo) termina hundiéndose cerca de Sumatra año y medio después, tras varios días tratando de apagar un incendio de la carga de carbón (que ya es mala suerte, también) que amenazaba con hacer con sus tripulantes una fenomenal barbacoa estilo tejano.

Se dice se cuenta se rumorea que Conrad se arranca a escribir Juventud más o menos cuando nace su hijo, y que la escritura del mismo tiene también mucho que ver con ese antes y ese después que tiene la paternidad. El fin de una era, en cualquier caso, porque quién sabe qué se echa de menos, verdad, si la juventud, la navegación, la soltería o la ausencia total de responsabilidades. Marlow: 

«Por lo que más queráis, ¿acaso no es el mar, el mar mismo, o quizá la juventud, lo único que…¿ ¿Quién sabe? Vosotros, todos vosotros, le habéis sacado algo a la vida: dinero, amor, esas cosillas de tierra firma, pero, decidme, ¿no fue la mejor de las épocas aquella en que éramos jóvenes en el mar, jóvenes sin nada… en el mar que nada nos obsequia excepto unos buenos coscorrones, así como algún que otro momento de eses que nos ponen a prueba? ¿Acaso no es esto lo único que añoráis?» (*)(3)(4)

Un tal George Gissing, crítico de la época experto en Dickens a la vez que mediocre escritor, dijo, entusiasmado, a raíz de la lectura de Juventud, que Conrad «era el escritor más poderoso —en todos los sentidos de la palabra— que estaba publicando entonces en lengua inglesa. ¡Una escritura maravillosa! Los demás son escritorzuelos en comparación».

En cualquier caso y honduras, dobles interpretación o retratos psicológicos aparte, Juventud es una fenomenal novela de aventuras que me ha sorprendido no ver adaptada a la gran pantalla.



‘El corazón de las tinieblas’

Relectura (y van…). El corazón de las tinieblas ya fue algo así como comentado en este mismo blog no hace tanto tiempo, con motivo de la reedición que Sexto Piso llevó a cabo dentro de su cabecera de ilustrados (6). Aquí el link. En su momento se me acusó de vago por no entrar un poco más en detalle, por quedarme en la superficie, por hablar más y mejor de los libros que no me gustan, lo de siempre, vaya (supongo que eran visitantes ocasionales o de otro modo no se entiende). Puede que yo prometiese hacerlo en el futuro (también soy mucho de eso). En cualquier caso esta parece una buena ocasión de recuperar las mejores intenciones.

En El corazón de las tinieblas, como decíamos, repite Marlow, el alter ego de Conrad y lo hace del mismo modo que en Juventud: un tercer par de ojos nos cuenta lo que nos cuenta Marlow que es a la vez narrador casual y protagonista.

«El corazón de las tinieblas es una experiencia personal mía; pero es una experiencia exagerada una pizca (aunque sólo una pizquita) respecto a los hechos reales, con el propósito, perfectamente legítimo a mi entender, de afectar a los lectores en cuerpo y alma. Aquí no era cuestión de dotar a nada de sinceridad. Se trataba de otro arte bien distinto. Ese tema sombrío exigía ser investido de una resonancia siniestra, de una tonalidad propia, de una sostenida vibración que, confié, reverberaría en el aire y perduraría en el oído tras haber sonado la última de sus notas». (*)

(Hay que decir que «aunque la experiencia de Conrad no fue una pesadilla como la que describe El corazón de las tinieblas, sí fue testigo directo e indirecto de algunas atrocidades, causadas sobre todo por la incompetencia y la estupidez. El jardín decorado con cabezas humanas de Léon Rom, capitán de la Force Publique, el brazo de seguridad del proyecto del rey Leopoldo, es posterior al período que Conrad pasó en el Congo, pero es una prueba de hasta qué punto había llegado la degeneración de algunas personas en aquel lugar». (Las vidas de Joseph Conrad, John Stape, Lumen))

Y es precisamente esa resonancia siniestra y ese tema sombrío del que hablábamos más arriba lo que prevalece y lo que hace tan especial esta pequeña gran novela que ya desde los primeros compases anuncia un estilo que busca sumergir al lector en una suerte de fantasmagórico viaje con espectro incluido.

«El estuario del Támesis se prolongaba ante nosotros como el comienzo de una infinita vía marina. En lontananza el mar y el cielo se soldaban sin fisuras, y en el luminoso espacio las curtidas velas de la falúas empujadas río arriba por la corriente parecían agruparse, aquietadas en racimos picudos de lona rojiza, con destellos del barniz de las botavaras. Flotaba bruma sobre las orillas bajas que se deslizaban hacia el mar a modo de llanura que se deshiciera. El aire era sombrío sobre Gravesend, y más a lo lejos parecía adensarse en una lúgubre oscuridad, aciagamente inmóvil sobre la mayor, y más grandiosa, capital de la tierra».(*)

Y es que la obrita, además de relato de aventuras y una crítica demoledora al colonialismo del que fue víctima el Congo («¡El horror! ¡El horror!») (lejos está de ser relato autobiográfico, pese a todo, y mucho menos una obra de realismo social), es una novela de terror en toda regla en la que un hombre, un aventurero sin oficio ni beneficio se adentra en un río con forma de serpiente en un viaje que página tras página adentra a su vez al lector en un infierno del que curiosamente sólo sale marfil: como decía su editor «es un poderoso retrato pintado con palabras, capaz de mantener en todo momento una extraña sensación de pesadilla africana».

«Hicimos escala en más sitios con nombre grotescos, donde la alegre danza de la muerte y el comercio se celebra en una atmósfera enrarecida y telúrica como la de una asfixiante caverna; proseguimos nuestro cabotaje de aquella costa amorfa, tan bordeada por traicioneros rompiente como si la propia Naturaleza se hubiera propuesto mantener a raya a los intrusos, remontamos y descendimos algunos ríos, corrientes de muerte en vida, cuyas riberas se pudrían en fango, cuyas aguas, espesadas en limo, invadían los retorcidos manglares que parecían contorsionarse ante nosotros en el último extremo de la desesperación impotente. En ningún punto nos detuvimos suficiente tiempo para formarnos una opinión detallada, pero creció mi sentimiento general de estupor vago y opresivo. Parecía un peregrinaje agotador entre visiones pesadillescas». (*)
«Los trechos se abrían imponentes ante nosotros y se cerraban a nuestras espaldas, como si la selva trabajara morosamente río abajo para cerrarnos el camino de regreso. Nos adentrábamos más y más en el corazón de las tinieblas». (**)

Y al fondo del río, un hombre, una presencia descomunal que tiene un protagonismo absoluto a lo largo y ancho de la novela, pese a que, como todo buen fantasma que se precie, sus apariciones no pueden estar más limitadas, algo por lo que sin embargo Henry James no dudó en restarle «valor al método narrativo de El corazón de las tinieblas, con la objeción de que Kurtz seguía siendo un personaje elusivo a pesar de tanto hablar de él».

«—Es un hombre excepcional —dijo al fin—. Es un adalid de la piedad, y de la ciencia, y del progreso, y del diablo sabe cuántas otras cosas. Necesitamos —adoptó inesperadamente un tono oratorio—, para encauzar la causa que nos ha confiado Europa, como quien dice, inteligencia superior, solidaridad generosa, unidad de sentido.
—¿Quién dice eso?— pregunté.
—Muchos —contestó. Algunos hasta lo escriben; y por ello coge y se presenta aquí él, un ser especial, como debe usted saberlo». (*)(6)(7)

En definitiva, un relato asombroso (pese a la lectura crítica de Chinua Achebe que no duda en acusar a Conrad de racista al proyectar «la imagen de África como “el otro mundo”, la antítesis de Europa y, por tanto, de la civilización, un lugar donde la cacareada inteligencia y refinamiento del hombre son finalmente burlados por la bestialidad triunfante» (Planeta Kurtz, Mondadori)), un relato asombroso, decía, que habla de la muerte de un hombre y de un país, de la degradación y las cotas de horror que puede alcanzar el ser humano.

«Estábamos incapacitados para comprender todo cuanto nos rodeaba. Pasábamos como espectros, perplejos y secretamente afligidos como lo estaría cualquier hombre cuerdo frente a una sublevación de locos en un manicomio. No podíamos comprenderlo porque estábamos demasiado lejos y ya no recordábamos nada, porque viajábamos a través de la noche de los primeros tiempos, por una era perdida de la que a duras penas sí quedaban señales, pero ya ningún recuerdo. La tierra parecía otro mundo». (*)

«Todo es repugnante por aquí» escribía Conrad a su amiga Poradowska. Y sí, es cierto, todo era repugnante allí, pero qué bien contado.



‘La soga al cuello’

Estas reseñas se me están yendo de las manos. Aprovechando que este relato no se cuenta entre mis favoritos, seré especialmente breve.

El protagonista de este relato es un hombre, un capitán de barco, que intenta ocultar su ceguera y acaba hundiendo un barco en un intento suicida por recobrar su honor perdido. El tema es más o menos el siguiente: un hombre se ve obligado a vender su barco, único medio de vida, para sacar de apuros a una hija que vive al otro lado del mundo, en Melbourne. Después de eso y puesto que él necesita seguir viviendo y la nena toda la ayuda posible, se asocia con un perfecto inútil que tuvo en su momento la mala fortuna de ganar la lotería invirtiendo el dinero en un barco que es incapaz de gestionar adecuadamente. Con la entrada de nuestro capitán en el negocio (y como hombre que es tomado en serio y respetado en la profesión) la cosa remonta. Más tarde hará un amigo, río arriba, en el quinto pinto, un hombre «exigente, capacitado, algo cínico, habituado a la mejor sociedad poseía una latente calidez de sentimientos y un don de simpatía que ocultaba bajo modales de indiferencia altanera y arbitraria, fruto de su educación juvenil, y también bajo algo que un enemigo podría haber calificado de afectación en su aspecto, como un eco distorsionado de pretéritas elegancias». Qué bueno es Conrad en las descripciones.

En fin, sin entrar en más detalle, el relato, demasiado largo en mi humilde opinión, tiene mucho que ver con el fin de una era y otros fines que ya anticipamos más arriba, temática habitual, como se ha visto, en este bloque. Interesante, correcto y siempre superior a la media es, de los tres que se incluyen en el recopilatorio, el que me nos me ha gustado, tal vez por ese encaminarse sereno hacía el previsible e inevitable final.



Total, que no puede gustarme más.






(*) Traducción edición Valdemar, 2016

(**) Traducción edición Sexto Piso, 2015




(1) Trad. Sexto Piso: «Nos encontrábamos sentados con los codos apoyados en una mesa de caoba en la que se reflejaban nuestros rostros, la botella y las copas. Éramos un director de empresa, un contable, un abogado, Marlow y yo. El director había trabajado como grumete en el Conway, el contable había estado cuatro años en alta mar y el abogado –que pertenecía al partido conservador, a la Alta Iglesia y era el mejor amigo del mundo, el honor en persona– había sido oficial al servicio de P&O en aquella buena época en la que los barcos correo solían navegar por los mares de China con las velas desplegadas porque el monzón era apacible. Todos nos habíamos iniciado en la marina mercante y a todos nos unía ese sólido vínculo del mar y el compañerismo en un oficio que se refiere a la vida misma, y, por tanto, suele mantenerse al margen de los yates, los cruceros y otras cosas parecidas, que pertenecen al puro terreno de la diversión». **
(2) Versión original: «We were sitting round a mahogany table that reflected the bottle, the claret-glasses, and our faces as we leaned on our elbows. There was a director of companies, an accountant, a lawyer, Marlow, and myself. The director had been a Conway boy, the accountant had served four years at sea, the lawyer — a fine crusted Tory, High Churchman, the best of old fellows, the soul of honour — had been chief officer in the P. & O. service in the good old days when mail-boats were square-rigged at least on two masts, and used to come down the China Sea before a fair monsoon with stun’-sails set alow and aloft. We all began life in the merchant service. Between the five of us there was the strong bond of the sea, and also the fellowship of the craft, which no amount of enthusiasm for yachting, cruising, and so on can give, since one is only the amusement of life and the other is life itself.»
(3) Sexto Piso: «Dios, es maravilloso, el mar. ¿El mar o la juventud? ¿Quién puede saberlo? Vosotros, todos los que estáis aquí presentes, habéis conseguido algo en la vida: dinero, amor –todo cuanto se puede conseguir en este mundo–, pero quiero que me respondáis a esto: ¿no os parece que eran mejores aquellos tiempos en los que éramos jóvenes en el mar, en los que éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que nada da, nada excepto golpes –y en ocasiones la oportunidad de comprobar nuestra fuerza, poco más–; no es eso lo que más echáis de menos». **
(4) Versión original: «By all that’s wonderful, it is the sea, I believe, the sea itself — or is it youth alone? Who can tell? But you here — you all had something out of life: money, love — whatever one gets on shore — and, tell me, wasn’t that the best time, that time when we were young at sea; young and had nothing, on the sea that gives nothing, except hard knocks — and sometimes a chance to feel your strength — that only — what you all regret?».
(5) Sexto Piso: «La desembocadura del Támesis se extendía ante nosotros como el comienzo de un camino interminable. A lo lejos, el mar y el cielo se amalgamaban sin pespuntes y en el espacio luminoso las velas bruñidas de las barcazas, arrastradas río arriba por la corriente, parecían manojos inmóviles de lienzos rojos agudamente recortados entre las pincela­das de barniz de las botavaras. La neblina se asentaba en las orillas bajas que se extendían hacia el mar, donde finalmente se desvanecían. El aire que se alzaba sobre Gravesend ya estaba oscuro y, algo más atrás, parecía condensarse en una penumbra luctuosa que, inmóvil, rumiaba sobre la ciudad más portentosa en la faz de la tierra». (**)
(6) Motivo por el cual esta versión, que se incluye en el recopilatorio de SP, tiene una traducción diferente (en este caso a cargo de Juan Sebastián Cárdenas, mucho más respetuosa en las formas que la que ofrece Valdemar, que fuerza las líneas de diálogo deformando con ello el estilo original de Conrad (ver 7 y 8).
(7) Sexto Piso: «“Kurtz es un prodigio”, dijo por fin. “Es un emisario de la piedad, de la ciencia, del progreso y el diablo sabrá de qué más. Lo necesitamos”, y en este punto adoptó de repente un tono declamatorio, “para que nos guíe en esta causa que Europa nos ha encomendado, por así decirlo; necesitamos inteligencias superiores, necesitamos toda la simpatía posible y un objetivo común”. “¿Y quién dice eso?”, pregunté. “Mucha gente”, respondió. “Algunos incluso han escrito sobre el asunto. Y entonces él vino aquí, un ser especial, como ha de saber”».
(8) Versión original: «‘He is a prodigy,’ he said at last. ‘He is an emissary of pity, and science, and progress, and devil knows what else. We want,’ he began to declaim suddenly, ‘for the guidance of the cause intrusted to us by Europe, so to speak, higher intelligence, wide sympathies, a singleness of purpose.’ ‘Who says that?’ I asked. ‘Lots of them,’ he replied. ‘Some even write that; and so he comes here, a special being, as you ought to know.’»

jueves, 19 de mayo de 2016

‘Cuentos completos’ de Joseph Conrad (I)

Mi plan era leer este ladrillo (1500 páginas, más o menos), poco a poco, pero no puede ser. El libro me llama, tiene el demonio dentro, y yo me estoy dejando poseer. Podría esperar a terminarlo para dar mi parecer, pero no me da la gana; me apetece hacerlo así, como hoy, poquito a poco, aprovechando que la cosa viene ya distribuida en prácticas y reseñables secciones.

Hoy, la prime.

Los primeros cinco relatos incluidos en este... recopilatorio fueron recogidos anteriormente en el volumen ‘Cuentos de inquietud’, publicado también por Valdemar.

‘Karain’ es la historia de un hombre que cuenta la historia de otro hombre, concretamente el jefe guerrero de un pequeño pueblo malayo que vive atemorizado por la sombra del su pasado y que busca, llegado el momento y pese a ser famoso por su arrojo, un refugio en la incredulidad ajena. «Mi miedo sólo se disipa cuando me encuentro junto a vosotros, vuestra incredulidad os protege y mi miedo desaparece como la neblina frente al sol (**)». Pronto se hará evidente que la incredulidad ni existe ni nos protege de nada sino todo lo contario. La única diferencia, parece decirnos Conrad, entre los hombres de ciencia y los salvajes es que los primeros se han demostrado mucho más hábiles a la hora de ocultar sus talismanes: «Alrededor de la figura de aquel Hollis inclinado sobre la caja surgieron de pronto todos los espectros concentrados del descreído Occidente, y, abandonados por hombres que estaban convencidos de ser sabios y de poder vivir sus vidas a solas y en paz, todos aquellos fantasmas dejados por un mundo incrédulo, todas las sombras erráticas y maravillosas de mujeres que fueron amadas, los hermosos espectros de los ideales asumidos, olvidados, rechazados y defendidos, todos los desamparados fantasmas cargados de reproches de los amigos olvidados, los calumniados, los traicionados, los que habían muerto en el transcurso del camino (**)».


‘Los idiotas’ es, según el propio narrador, «una historia terrible a la par que sencilla como siempre lo son las crónicas de secretas aflicciones soportadas por almas simples (*)». En este cuento un hombre y una mujer sólo tienen hijos idiotas, lo que lleva al hombre a odiarse y lamentar con ferocidad que no podrá evitar la extinción de su apellido. Es un relato que va justo de moraleja, pero muy interesante en cualquier caso, y deliciosamente ameno. Citando a John Stape, Los idiotas está «ambientado en el campo de la Bretaña donde se encontraban entonces Conrad y su esposa, ensaya una exploración de las costumbres campesinas al estilo de Poradowska en el marco del relato trágico de una mujer obligada a mantener relaciones sexuales —y a tener hijos disminuidos psíquicos— con un brutal esposo. Para escapar a este infierno la mujer apuñala al marido y luego se suicida. Se trata probablemente de la historia más sombría jamás escrita durante una luna de miel, y tal como aventuró un biógrafo, ofrecería «gran diversión a los futuros críticos psicoanalíticos de Conrad» (Las vidas de Joseph Conrad, John Stape, Lumen, 2011).


‘Una avanzadilla del progreso’ está ambienta en el mismo Congo terrible de El corazón de las tinieblas pero en este es caso es mucho más ligero. Habla de dos hombres, tres en realidad, que deben prestar servicio en semejante infierno en una gran compañía exportadora de marfil. Ninguno está capacitado, no ya para la tarea, sino simplemente para pasar allí más de dos semanas y sin embargo ya llevan meses. «Tanto el uno como el otro eran dos personas totalmente incapaces e inútiles y no concebían una existencia fuera de la civilización. Son pocos los hombres que se dan cuenta de que sus vidas, la esencia de su carácter y hasta sus virtudes y capacidades son poco más que la expresión de su confianza en la seguridad de su ambiente. El valor, la prestancia, la confianza en uno mismo, los sentimientos y los principios, todos los pensamientos grandes y pequeños no son de los individuos sino de las masas, de las masas que creen ciegamente en que sus instituciones son legítimas, que su moral es justa y su policía, poderosa. Pero cuando entran en contacto con el salvajismo en estado puro y sin paliativos, con la naturaleza y el hombre primitivos, su corazón por lo general se sumerge de inmediato en profundas inquietudes (**)». El Congo, las condiciones pueden con ellos: se desata la locura cuando se dan cuenta «por primera vez de que vivían en unas circunstancias en las que lo extraordinario muy bien podía ser también peligroso (**)». Un relato curioso cuyo interés reside más en su condición de hecho real que en la historia en sí. Es, también, un complemento perfecto a esa otra gran obra ya mencionada del escritor.


‘El regreso’ ha sido una gran sorpresa. Un relato (acusado de excesiva prolijidad en su momento y rechazado en varias ocasiones) que por temática tiene un estilo mucho más con Henry James que del Conrad que yo conocía hasta la fecha. En él un hombre es abandonado por su mujer, que le deja una nota que lee estupefacto minutos antes de que ella, arrepentida, vuelva al hogar con intención de hacerla desaparecer antes de que su marido la lea y sea ya demasiado tarde. Más allá de la historia, simple, como se ve, hay unos personajes absolutamente modernos (tan modernos, de hecho, que podríamos perfectamente confundirlos con los protagonistas de House of Cards) «Se entendían sagazmente, tácitamente, lo mismo que una parecja de circunspectos maquilladores en una productiva conjura; pues eran incapaces de contemplar un acontecimiento, un sentimiento, un principio o una creencia a otra luz que la de su propia reputación, su propia vanagloria o su propio provecho. Se deslizaban cogidos de la mano sobre la superficie de la vida, en una atmósfera pura y glacial, como dos hábiles patinadores que describiesen movimientos sobre la firme capa de hielo para admiración de los espectadores, haciendo desdeñosamente caso omiso de la corriente subterránea, la corriente tumultuosa y oscura, la corriente de la vida, profunda y desbocada (*)». Todo el relato es una puesta en escena muy teatral (por aquello de ser fundamentalmente silencioso diálogo unas veces y otras grito pelado y desarrollarse casi por completo en una habitación), sobre todo la segunda parte, pero si por algo llama la atención es por esfuerzo que Conrad pone en no dejar sin analizar todos y cada uno de los pensamientos del personaje masculino un poco, supongo, con ánimo de poner en evidencia el estrecho pensamiento de la época que tendía, desde el machismo, al inmovilismo moral: «Nada que atente contra las creencias comunes puede ser bueno. Te lo dicta tu propia conciencia. Son las creencias comunes porque son las mejores, las más nobles, las únicas posibles. Son las que perduran… […] Hemos de respetar los cimientos morales de una sociedad que ha hecho de nosotros lo que somos. Guardémosle fidelidad. Eso es el deber, eso es el honor, eso es la decencia» (*).


‘La laguna’, un relato de traición y muerte ambientado en Borneo es, en palabras del propio Conrad, “el primer relato que escribí en mi carrera y sella, valga la expresión, el final de mi primera etapa: la etapa malaya”. De parecido razonable con Karain, trata sobre un hombre que cuenta a otro una vieja historia de cómo rescató a una mujer de la manos de un rajá y como perdió, el mismo día y por la misma causa, a su hermano. Ligero tirando a decepcionante, diría incluso prescindible en comparación.



Resumiendo: una más que interesante y variada selección de relatos tempranos de un Conrad que en apenas doscientas páginas demuestra estar tan, pero tan por encima de tantos escritores que da vértigo sólo pensarlo. Personalmente no recuerdo haber disfrutado nunca tanto de una colección de relatos. Es tal la pasión, fíjense, que ahora mismo como lector sólo me interesa CONRAD y todo aquello que tenga que ver con él. (Lo mejor de todo es que todavía me quedan 1.300 páginas de placer; 1.000, si descontamos lo que he leído estos días). 

Sí, exacto, ya sólo queremos Conrad.







(*) Traducción edición Valdemar, 2016
(**) Traducción edición Sexto Piso, 2015 (y esto pese a que estoy leyendo la edición de Valdemar. La razón es que, al disponer de una versión digital de esta edición me resulta mucho más fácil incluir las citas de Sexto Piso. Ruego disculpen esta licencia que, en la medida de lo posible, intentaré subsanar a lo largo de los próximos días, y a la que he recurrido única y exclusivamente para evitar tediosas transcripciones para las que no tengo tiempo).


martes, 8 de julio de 2014

“El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad

Para los despistados: esta es la novela en la que se basa la película “Apocalypse Now” (la Redux también). No adaptación, ojo, inspiración. Dicho esto, dicho todo. Y a partir de aquí, la decoración.

Hablábamos, no hace mucho, de ballenas. De ballenas blancas. Recuerden: Moby Dick. 

Melville, el autor, había sido cazador de ballenas. Una vez retirado, le dio por escribir, adivinen, un libro sobre la caza de una ballena. Esa ballena. La Gran Ballena Blanca. El viaje narrado en esa novela se las prometía muy felices pero era en realidad una trampa mortal de proporciones bíblicas organizada por un obsesivo capitán con un pasaporte al infierno de la locura propia y ajena. 

A la pregunta: esto qué tiene que ver con “El corazón de las tinieblas”, la respuesta es Todo. O casi.

Conrad, el autor, había sido marinero de agua dulce. Concretamente del agua dulce del Congo. Trabajaba para una gran compañía inglesa que operaba en la selva. Conrad subía y bajaba el marfil y era testigo de la negrura del alma humana que tomaba forma en aquello llamado Imperialismo.

Pues bien, adivinen que hizo Conrad cuando se hartó de llevar el timón. Exacto: escribir esta novela. Y ahora adivinen de qué va.

Premio.

Marlow es un joven obsesionado con la idea de viajar a la selva del Congo y recorrer, aunque fuese por cuenta ajena, el curso del río. Lo contrata una industria del marfil británica para que llegue hasta un puesto lejano, oculto en lo más profundo de ese bosque infinito. Misión: traer de vuelta Kurtz, el mejor empleado de la compañía, un hombre de carisma incomparable que se resiste a hacer partícipes a los demás del secreto de su éxito, hecho este que provoca ciertas, digamos, tiranteces.

“El corazón de las tinielbas” es Marlow contando esta historia, recorriendo la selva, obsesionándose con la figura de El Gran Empleado Kurtz y siendo testigo de la atrocidad que fue la dominación del Congo. No hace tanto de esto. 

Pero mejores o peores intenciones al margen, “El corazón de las tinieblas” es una novela de aventuras apasionante —aunque a ratos excesivamente descriptiva (especialmente al comienzo)—, que mantiene la tensión casi desde el primer momento. En ella somos testigos de la caza, no de una ballena, sino de un hombre fascinante capaz de dominar y volver locos a los demás. Al igual que en Moby Dick, esa gran ballena de color marfil, el viaje arranca cargado de ilusión y termina rebosante de temor, decepción y locura. De oscuridad. Sí, vale, de tinieblas, reales y figuradas.

La edición leída es la que acaba de publicar Sexto Piso en su colección de ilustrados. En esta ocasión el artista invitado es Abraham Cruzvillegas que ha tirado de collage para, más que ilustrar, acompañar la narración con imágenes que insinúan ríos, barcazas, esclavos, arbolitos y algo de marfil, obteniendo los siguientes resultados:



Nueva traducción a cargo de Juan Sebastián Cárdenas, por cierto.