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jueves, 21 de agosto de 2014

“Rascacielos” de J.G.Ballard

Póngase un edificio de, no sé, no recuerdo, digamos 40 plantas. Llénese de gente. Aíslese. Agítese. Déjese explotar. 

El resultado: “Rascacielos” de J.G Ballard.


“El edificio de apartamentos estaba creando un nuevo tipo social, una personalidad fría y cerebral impermeable a las presiones psicológicas de la vida en un rascacielos, con necesidades mínimas de intimidad, y que proliferaba como una avanzada especie mecánica en esa atmósfera neutra. Era el tipo de gente que se contentaba con no hacer otra cosa que estar sentada en el costoso apartamento, mirar la televisión con el sonido apagado, y esperar a que los vecinos cometieran algún error.”


Argumentemos

En un gran edificio, equipado con todas las comodidades habidas y por haber (“era un modelo de todo lo que la tecnología había desarrollado, haciendo posible de este modo la expresión de una psicopatología auténticamente «libre»”), tantas que han llegado a favorecer el (re)nacimiento de las diferencias de clase (a mayor altura, mayor estatus), se produce un incidente equis en la piscina de la décima planta. Algo insignificante, creo, pero hablo de memoria. Este incidente será la chispa que inicie un incendio que prometerá arrasar con la acomodada situación de los habitantes del monstruo de cemento al movilizar a quienes, hasta el momento, habían sentido una inclinación natural a la inacción. O sea, todos.

“Para Helen, por supuesto, era una cuestión de nivel social, mudarse a una «vecindad mejor», lejos de este suburbio de clase baja, a un piso alto en elegantes distritos residenciales entre los pisos quince y veinte, de corredores limpios, donde los niños no tenían que jugar fuera, y la tolerancia y la sofisticación civilizaban el aire.”

La novela tiene tres protagonistas: el representante de la clase “baja”, el de la “media” y el de la “alta”. El segundo es la sumisa observación; es un hombre que se adapta a las circunstancias y que incluso las disfruta ya que eso le permite librarse de las ataduras de las convenciones sociales más estrictas. Es realmente entre las clases baja y media (quienes viven, más o menos, por debajo del piso quince y por encima del treinta y cinco) donde se produce el mayor enfrentamiento. Y estoy utilizando el sentido estricto del término. Tiene lugar una auténtica batalla campal en la que el logro está en ir subiendo, poco a poco, avanzando por terreno y apropiándose tanto de las viviendas como de sus habitantes. 

Todo esto viviendo de espaldas al mundo. Lo que ocurre en el edificio, se queda en el edificio. Fuera,  hombres de gris, corbatas de seda; dentro, taparrabos y bates de béisbol.

“Ahora el nuevo orden había aparecido, y toda la vida del rascacielos giraba en torno a tres obsesiones: seguridad, comida y sexo.”

Y es que al final se trata de eso. La involución, la bestialización. Ya saben, lo de dar rienda suelta al animal que llevamos dentro. Se pacta, sin contratos de por medio, el todo vale. Se negocia una pausa con el progreso, dentro de ese microcosmos, y se olvida y se desprecia todo aquello que favorece la convivencia. Quién no ha jugado alguna vez a los indios.

“En el futuro, la violencia se transformaría sin duda en una valiosa forma de cohesión social.”

Esta novela forma parte de la trilogía urbana de Ballard (la otras son Crash y La isla de cemento, cuya reseña pueden leer aquí) por lo que conocer las anteriores puede ayudarles a hacerse una idea de la intención del escritor. Al margen de lo mejor o peor llevada que esté la novela (se echa en falta una visión más global y menos centrada en unos protagonistas cuyas acciones acaban resultando un tanto repetitivas) está el hecho de entender al ser humano como un animal civilizado que fantasea con la idea de abandonar la urbe y volver a la libertad del campo y la cueva (exactamente lo que ocurría con La isla de cemento pero con algo más ritmo), donde la superviviencia depende de la habilidad para la caza y no de la capacidad para entender los mercados financieros.

El fracaso de ponerle una corbata a Tarzán.

Los amantes de las comunidades de vecinos están de enhorabuena, al fin una novela que retrata fielmente lo que deberían ser este tipo de reuniones. Ídem de lienzo para los que opinen que cualquier tiempo pasado fue mejor o para los que prefieran hacer las barbacoas directamente en el suelo. 

Lejos de apasionante, “Rascacielos” es un interesante reflexión sobre lo que somos y sobre lo parecemos pero sobre todo, sobre lo que nos gustaría ser si nos dejasen un ratito, sólo un ratito, a solas en un edificio con veinte como nosotros. Menuda fiesta.





jueves, 7 de agosto de 2014

“La isla de cemento” de J. G. Ballard

Brevemente.

Esto va de un tipo que conduce por una autopista y tiene un accidente: su coche se sale de la vía y va a parar a una suerte de plataforma de hormigón abandonada. Con esto no se hace una novela. Con esto otro, sí: el problema surge cuando no es capaz de salir de ese lugar, no ya en coche, sino a pie. 

Si en nuestra imaginación es difícil creer en la imposibilidad de huir de un lugar al que no se ha llegado volando, en la novela, por muy buen escritor que sea Ballard, la cosa no mejora y la incredulidad sigue ahí, jodiéndolo todo.

Tras este arranque tan poco sutil, tan de garrafón, la novela se muestra como una suerte de naufragio en la gran ciudad. El típico personaje que, falto completamente de recursos, va tirando como puede, va pasando los días, va sobreviviendo.

En cierto momento, precisamente cuando la novela parece que no pueda dar más de sí, surgen otros personajes, habitantes de aquel espacio abandonado, que hasta el momento se habían mantenido ocultos y expectantes y que sí pueden entrar y salir de la isla a placer gracias a que conocen “una ruta secreta”. Benditos rescatadores del tedio. Recuerden que estamos sobre una plataforma, en la confluencia de varias autopistas, limitada a un lado por un terraplén y al otro (u otros) por no recuerdo qué, pero algo físico, en cualquier caso, que se puede romper o saltar  a nada que se le ponga un poquito de interés.

Mi problema con esta novela, al margen de que la premisa no me parece que sea la más atractiva del mundo, es que no me lo creo. No me creo la llegada ni me creo la no-salida; no me creo a los otros personajes y no me creo las decisiones que toma el protagonista en según qué momentos que voy a callar para no estropearle a nadie la lectura. No, no me lo creo. Y debería. Debería porque Ballard así lo desea. Toda la novela es un intento fallido de construir un Robinson Crusoe de asfalto (evidentemente con recursos más limitados que aquel) que, víctima de las circunstancias, se adapte y evolucione en este caso de un modo tan torpe y repentino como previsible.

Y no hay mucho más que decir. Si acaso cotillear un poco.

Esta novela forma parte de la conocida trilogía del asfalto junto con Crash (llevada al cine por Cronenberg, recordarán) y Rascacielos, que comentaré en breve y que también contará con una adaptación cinematográfica que, dicen, llegará a las pantallas en 2015. Aquí la ficha de imdb por si les interesa el tema. 

Y ya puestos les comento que, curioseando, me he encontrado con una posible adaptación al cine de la novela que hoy nos ocupa. Estaría dirigida por Brad Anderson (el mismo de “El maquinista”) y protagonizada por Christian “Batman” Bale. (Ficha) Si creen que no podrán aguantar la espera sin dejarse las uñas, pueden matar el tiempo con una adaptación coreana bastante libre llamada Kimssi pyoryugi (Castaway on the moon) en la que un chico que se quiere suicidar parece que logra enamorarse desde una isla desierta, algo que, si lo piensan bien, resulta bastante más creíble que lo planteado por Ballard. Aquí, ficha y trailer