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martes, 12 de marzo de 2013

Una reflexión en torno al Buenismo

Adoro que me hagan preguntas para las que no tengo respuesta. La última la formuló un anónimo en el post: ¿Por qué no hay más blogs de “simples aficionados” que escapen de esos dos males, el buenismo y la ausencia de criterio? 

Esto venía a cuento de lo siguiente: en la misma reseña en la que se formuló la pregunta (Glaciares” de Alexis Smith) se planteaba, indirectamente, en los comentarios, la cuestión acerca del buenismo en la crítica literaria que se lleva a cabo desde la blogosfera. Alguien (Amelia Noguera) planteaba que quizá fuese hora de que las editoriales dejasen de regalar sus libros, esto es, que creía que una parte importante del buenismo tenía su razón de ser en el agradecimiento. Intolerable. E innecesario puesto que, al igual que la mentira, la honradez se puede pactar (en el buen sentido de la expresión). Desde mi corta experiencia personal puedo asegurar que los libros no dejan de llegar a pesar de las malas críticas que se les puedan hacer. Lo digo por si interesa. De todos modos: joder, será por libros. 

En cualquier caso lo planteado por Amelia sólo da respuesta a un parte de la cuestión. Me pregunto qué pasa con los otros. (Vaya por delante que no trato de cuestionar la generosidad de las editoriales, que al fin y al cabo no hacen otra cosa que su trabajo). Barajo, y me ayudan a barajar, en público y privado, aportando varias posibilidades no excluyentes, las siguientes razones: 

1. Que hay “todo un mercado y sistema literario montado detrás que se basa en la apariencia y el engaño de un grupo de notables que apenas si se inmuta ante nada porque no está pensando hacia los lectores, de hecho, más bien, ese grupo desprecia a los lectores de a pie.” (Anónimo dixit). Y sí, es cierto: hay un desprecio hacia el lector de a pie que es palpable desde el minuto cero. No estar dentro equivale a estar fuera. No hay medias tintas. Por otro lado, es de agradecer. 

2. La práctica de reseñar únicamente libros buenos, algo que cae por su propio peso cuando uno ve cómo se reseñan algunos. (El post anterior vuelve a ser un ejemplo perfecto de esto). Pero ahí está. Pasa mucho eso de preguntarse “por qué hablar de un libro que no te ha gustado (o te ha gustado poco)”. En mi opinión la respuesta debería ser la misma que a la pregunta contraria “por qué hablar de un libro que sí te gustado”. ¿Para ejercer una crítica crítica, quizá? Resulta sorprendente lo poco que cuesta decir que determinada película es una mierda y en cambio cueste tanto hacer lo propio con la literatura, como si el esfuerzo de tres personas mereciese mucho más respeto que el esfuerzo de doscientas. 

3. Existe la idea absurda (nótese la fina ironía de la cursiva) -que comparto al 100%- de que hay un grupo numeroso de blogs cuyos reseñadores son aspirantes a publicar. En Facebook esto se ve mucho y en algunos casos da auténtica vergüenza ajena leer según que cosas. Ejemplo: pienso en una persona que acostumbra al elogio desmedido de cierta editorial (editoriales, si me apuran y si no me apuran, también). Esa personita, tras muchas felaciones, compartió no hace mucho en Facebook la felicidad de acabar la novela y enviarla a ya suponemos todos quién esperando seguramente nada o un poco de sinceridad (je). Ya supongo que no es la excepción. Yo tengo poca gente agregada en Facebook porque soy más de leer los posos del café pero no me quiero imaginar todo lo que me pasa ante las narices y no veo o sí veo y no me entero (que también se me da bastante bien). 

4. Corporativismo. No iba a ser el mundillo literario la excepción de esta práctica tan extendida. Supongamos que soy escritor (supongan también mi arcada queriendo salir) con blog que un día publica un libro, lo promociona, lo vende… En fin, la mecánica habitual. Supongamos ahora que en la próxima feria del libro de Teruel me toca sentarme a la derecho del pollo que ha escrito ese libro tan malo que puse a parir hace poco. Y puestos a suponer, supongamos también que la semana que viene tengo un congreso de blogs literarios donde me toca departir con Fulano, Mengano y Zutano, que me tienen ganas porque también a ellos les di cerita en su momento. Ahora supongan a toda esa gente detrás de un blog esperando que caiga mi puto libro en sus manos. Y yo en Babia creyendo que mi próxima novela se la coloco a Mondadori de puro promotable. Que igual sí, oye, pero igual no. 

5. Es un tanto simplista recurrir a la frustración (temazo) como razón para las malas reseñas pero aquí nos ha gustado siempre mucho simplificarlo todo. Enrique Rubio, con su habitual visceralidad, arremete contra todos: los buenos, los malos y los peores reseñistas. Aquí no se salva ni el tato (no digamos ya Patricio Pron). “[..] una reseña responde al prejuicio del lugar de origen, la nacionalidad o la edad del autor. También existen blogueros que llevan dentro un escritor frustrado y que sistemáticamente ponen a caldo todo aquello que sea escrito por un autor nacional más o menos de su edad y glorifican los clásicos porque ya no suponen ningún peligro. Y en el peor de los casos, una mala reseña responde solamente a que el autor te cae como el culo, a su físico mediocre o simplemente a cómo te suena su nombre. Y cuando son buenas, un 67,9 % responden a un interés personal del crítico con el autor, cuando no por pura amistad (la amistad en literatura se reduce a intereses editoriales y enemigos compartidos) y un 32,1% responden a una moneda de cambio por la publicidad de la editorial en el medio (cuando no porque medio y editorial son del mismo grupo y todo responde a una mamada a su propia polla).” (Link)
Enrique tiene la solución; extrema, según su costumbre: “Yo propongo airear el odio, el prejuicio y el instinto depredador por aquello de desenmascarar la realidad [y] por aquello de salir de la rutina biempensante y mentirosa.” Lo dicho: un hombre de extremos. 


Volviendo a la pregunta inicial: ¿Por qué no hay más blogs de “simples aficionados” que escapen de esos dos males, el buenismo y la ausencia de criterio? 

Ni puta idea. Supongo que porque a los que no escriben, editan o traducen (o fantasean con hacerlo) todo esto de la crítica y el mundo literario se la trae floja y pendulona o les parece tal soberana estupidez que ni cinco minutos le dedican. Quizá, si acaso, comentan de vez en cuando en algún blog tipo este. 

Se deduce, por exclusión, que el resto sí tiene intereses por lo sospeche que deben cuidarse muy mucho de decir según qué cosas o caer en según qué verdades como templos. Yo mismo, por ejemplo, dejé de criticar algo criticable, condenable, ajusticiable, sólo porque una de las partes afectadas era o había sido un viejo amigo y también porque algunas cosas no se pagan con cincuenta euros (la idea era publicarlo en Diario Kafka). Quiero decir que si yo, que vivo en la periferia más periférica y presumo de ejercer la independencia más independiente, si yo, insisto, que voy del rollo “a mí no me importa nada”, acabo cayendo en esto, ¿en que no caerá uno que tiene que verse la cara, día sí, día no, en directo o en diferido, con este, con el otro, con el de más allá? Que nadie se equivoque: no hablar de los libros malos no es una política crítica sino una vulgar excusa.

Creo sinceramente que el escritor (o el editor) debería dejar de ejercer la crítica, al menos mientras no sea capaz de romper la actual dinámica casposa e interesada. Y creo también que el lector de a pie -el único que parece tener la capacidad suficiente de abstraerse de los intereses empresariales- debería dejarse de hostias y de pamplinas y baboseos y peloteos y mamoneos, y si va a ejercer y practicar la crítica crítica literaria que se asegure de que ésta resulte, como poco, creíble. Todo lo demás es basura, luces de neón y publicidad barata (léase twitter) y a sus artífices, los críticos amateurs, toda vez que se demuestran inútiles como tales, más les valdría reciclarse en escritores inéditos y perder así el tiempo en sí mismos, evitando al menos que nosotros lo perdamos con ellos. 



lunes, 14 de mayo de 2012

Los escritores son GI-LI-PO-LLAS

Me ha contado un pajarito que el sábado 05 de mayo se publicó en el diario La Verdad un curioso artículo del escritor Enrique Rubio que, al no encontrar enlace en la web, reproduzco íntegro a continuación y acompaño de una reflexión brevísima, por aquello de no cansarles ni pisar el mérito de otro. 

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LOS ESCRITORES SOMOS GILIPOLLAS Y SOBRAMOS 
Llego a un programa literario de un canal de televisión, con nervios y cargado de mis mejores intenciones, y un escritor viejo y frustrado me llama “gilipollas” dos veces sin venir a cuento. Todos llevamos una verdulera dentro y la mala educación y la bocaza grande la tiene hasta el más erudito de los intelectuales. Todos. No pretendo ponerme por encima de nadie. Faltó una chispa para que nos liáramos a puñetazos, pero me contuve por miedo a que, por culpa de un mal golpe o una mala caída, se desnucara y su libro se convirtiera en un fenómeno editorial póstumo. 
Los escritores nos odiamos a muerte, pero lo último que le deseamos al escritor de al lado es precisamente la muerte, para que no se haga famoso y empiece a vender como churros. Por eso nos odiamos pero nos deseamos salud y una vida longeva, pero en todo lo demás, nos deseamos el peor de los dolores. Nos deseamos una meningitis que te deja la cabeza tonta pero no te mata, o un accidente de coche que te deja la cara desfigurada para que no te llamen de la televisión. Sólo el escritor muerto vende más que el vivo. No así el enfermo, que ni es capaz de escribir algo digno ni todavía ha conseguido morirse. 
Siempre habrá más escritores que escritoras. El hombre tiene que mostrar a la hembra su capacidad intelectual en un mundo en el que la fortaleza física ya no supone ninguna superioridad. Marcamos el territorio con palabras y tonos de voz, sublimando la orina porque “no somos animales”. Los que peor te reciben son los de tu propia ciudad, sobre todo si has surgido de la nada y no eres “uno de los suyos”. Nueve de cada diez escritores paisanos están deseando acuchillarte con una UVI al lado para que no la palmes. 
Ciclos, conferencias y presentaciones endogámicas retroalimentadas con subvenciones públicas. Reunión del clan. La mentira más repetida entre nosotros es: “Me he leído tu libro” La segunda es: “A ver si me lo leo”. A veces, sin embargo, leemos un libro de un “compañero” por inseguridad o morbo. Si es bueno, dejamos de leer a mitad y, con mucho tacto y actitud constructiva, le criticamos muy negativamente las virtudes y le animamos a cambiar en el futuro. Si el libro es malo, seguimos leyendo encantados y cuando te lo vuelves a encontrar, te deshaces en elogios haciendo hincapié sobre todo en aquellos aspectos, escenas o personajes en dónde la caga penosamente, para anular cualquier posibilidad de cambio. 
Conclusión: Aléjense de los escritores. Lean libros pero no se acerquen a nosotros. Somos engreídos, vengativos, envidiosos, maleducados y extremadamente violentos. Los escritores deberíamos mantener una distancia de seguridad de varios centenares de kilómetros entre nosotros. No hay nada más peligroso en un país no lector que una superpoblación de escritores frustrados. Somos tantos que no tenemos ni siquiera espacio para darnos de hostias. Deberían dispersarnos por todo el país; uno en cada aldea recóndita y deshabitada, para evitar una tragedia. 
Los escritores no somos necesarios. Ya hay demasiados libros acumulados por leer. Lo que es necesario es que se lea. En 2.000 años de historia, ¿cuántos libros pueden haberse escrito? ¿Un billón? Debería ser ilegal escribir un solo libro más. ¿Por qué no dejamos de escribir y nos ponemos a leer un poco? Yo hago un llamamiento desde aquí al colectivo para que abandonemos la violencia, entreguemos las plumas y nos disolvamos. 
Enrique Rubio 

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A Enrique Rubio le van a llover las hostias el día que publique su próxima novela. Pero las cosas como son: se lo ha ganado (y tampoco creo que le pille por sorpresa). No hace mucho ya se llevó un par de (cientos de algo así como) insultos y menosprecios variados de parte de cierto sector (adivinen cuál) cuando tuvo la feliz idea de comentar su lectura fracasada de Fresy Cool y el propietario de mencionado monovolumen dejó caer el enlace en su Facebook como quien no quiere la cosa. Los fresys se pusieron corporativos y se liaron a buscarle las cosquillas al Rubio, ese canalla, ese traidor, mentiroso, pendenciero y seguro que mal escritor (de hecho algunos lo ojearon y ya vieron que sí, que era una puta mierda también él). La reseña, para los que no estén al corriente, empezaba del siguiente modo: “Antonio José, el conocido novio de la no menos conocida y mediática Luna Miguel, ha escrito un libro. A pesar del panorama circense y esnob que lo rodea, he decidido arrinconar mis ideas preconcebidas y darle una oportunidad al mismo. Bien, resulta que el libro es cien veces peor que el más ofensivo de mis prejuicios”. El resto no les sirvió precisamente para estrechar lazos de amistad. Se lo voy a ahorrar para evitar el monográfico, pero quédense con la copla del buen rollo entre estos jóvenes escritores y traten de extraer sus propias conclusiones del porqué no suelen reseñarse negativamente entre ellos. 

Pero este odio o esta rabia o esta manía que se tienen unos a otros no puede estar -no me lo creo- limitada a estos acnedóticos grupúsculos por todos de sobra conocidos. Pensaba yo, en mi ingenuidad, que sí, pero fue levantar otra piedra (Eutelequia, sin ir mas lejos) y encontrar más de lo mismo y ya de repente NO y fue que luego me enviaron el texto de arriba y creí verlo todo más claro o todo lo claro que se puede ver algo tan turbio. Y aquí es exactamente dónde quería yo llegar: hay algo en todo esto que me tiene horrorizado en la misma medida que fascinado y que tiene que ver lo mucho que parecen saber algunos anónimos de todo lo que se cuece en este mercadeo nacional de literatos (sin querer dar por buena cada soberana estupidez). Lo que quiero decir es que me extraña tanto saber para tan poco ser

Les voy a poner un ejemplo a ver si me pillan la idea. Quizá los más viejos del lugar recuerden aquella locura que fue el post del Nuevo (viejo, ya) Drama (enlace) donde lo Anónimo se convirtió en una fuerza arrolladora que parecía no buscar otra cosa que destrozar, así, en general, a ciertos personajes y su prestigio, o al menos el de aquellos que lo tenían, que no eran tantos. Por aquel entonces, lo recuerdo como si fuese ayer, alguien en facebook dejó caer un mensaje en el que se declaraba algo así como fan de aquel despropósito que consentí porque en el fondo soy lo peor. Ese alguien era, es, escritor y amigo de otros, también como él, escritores (otros no), algunos, parecía, fans de aquello tan vil. Ese escritor tuvo también, más tarde, su propia reseña cuyos comentarios no resultaron ser, ni de lejos, tan salvajes como los de aquella otra, lo cual supongo tiene una explicación que voy a dejar a su imaginación. 

Este blog ha sido muy criticado, entre otras cosas, por hacer la vista gorda en lo que a trolleadas de  anónimos se refiere. Y es verdad. Convendrán conmigo en que soy ejemplarmente tolerante pero, si esto es así, es únicamente porque creo que, en el fondo, tanta miseria no puede ser otra cosa que un reflejo desatado de una realidad sobre lo que no tengo maldita la culpa. También porque me divierte, claro, o en buena hora. Y añado: si consiento los desmanes es por su bien, para no tengan que dejarse nada dentro, que luego eso se enquista y les puede matar. No hace falta que me den las gracias. (Ni que decir tiene que todo esto, coño, claro, tomando con pinzas la generalidad insinuada, no siendo tal ni la generalización ni la insinuación.)