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lunes, 27 de noviembre de 2017

Yacarés cinco y seis [Maupassant y O. Henry]

Cuando digo “yacarés” me estoy refiriendo a los libros (concretamente a sus novedades cinco y seis) de la editorial Yacaré, de reciente estreno. 

Aquí un resumen de nuestra relación: me salté el primero (un par de Lugones), fui muy duro con el segundo (Gaspar Ruiz, ese Conrad ligero), obvié el tercero (aquí sí: un Saki magnífico que aprovecha como ninguno el formato) y me olvidé del cuarto, Dios me perdone (Schalken, el pintor de Le Fanu). Otro día volvemos con ella. 

Hoy vengo, pues, para evitar caer en el mismo error; esto es, a comentar, un poco de aquella manera, las publicaciones cinco y seis de estos señores. A saber: La pequeña Roque de Guy de Maupassant y un par de O. Henry's.

Empezamos por lo menos mejor.

Lo relatos elegidos de O. Henry son El regalo de los reyes magos y El poli y el himno, dos relatos breves como suspiros que tratan temas tan neoyorquinos como la navidad y las prisiones. En El regalo…, dos que se quieren a rabiar, que viven al día y con lo puesto, tienen la genial idea de hacerse mutuamente el regalo tan perfecto como todo lo contrario. El final, que se ve venir desde casa, embellece un relato que de otro modo no tendría gran cosa que aportar. 

En el segundo relato, El poli y el himno, un hombre quiere ser arrestado y encarcelado. Quiere dormir calentito, básicamente, y siempre mejor la cárcel que un portal, las cosas como son. Nuevamente se intuye el final. 

Nunca he sido muy fan de O. Henry. Mi único acercamiento a él fue hace tiempo y no puedo decir que dejase la huella indeleble que hubiera deseado. Lo cierto es que no dejó ni un triste recuerdo. Con todo hay que reconocer, pese a lo crítico que fui en su momento con el diseño de los libros de esta editorial, que este formato le siente de fábula. Y acompañarlo de Sinatra ya ni te cuento.


* * *


La pequeña Roque de Maupassant es OTRA COSA. Un duro relato, narrado casi como cuento navideño, que cuenta la historia de un crimen: una niña aparece violentamente asesinada en bosque. Se trata de saber quién fue, claro. Tenemos, como sospechoso, todo un pueblo. Lejos de ser una novela de misterio es un relato sobre la culpa. Una vez más, al igual que me ocurrió con Saki, el formato y el dibujo se apoderan por completo de la historia. 

A estas altura de la película no voy a cuestionar a Maupassant; mi acercamiento a él, también hace ya tantos tantos años, también a sus relatos (puedo que también este, quién sabe) fue considerablemente más satisfactorio que en el caso de O. Henry, pero eso tampoco era muy difícil. Lo cual me recuerda que tengo Bel Ami pendiente. Horror.

Bueno, cómo sea: muy muy recomendable.


* * * 


Y ahora me van a permitir que entone un mea culpa.

No soy mucho de pedir disculpas pero mucho menos soy de mantener una injusticia en el tiempo.

Ustedes no se acordarán, pero yo sí. Decía más arriba que hace unos meses reseñé otro libro de esta editorial. Pues bien, en aquel momento critiqué “mucho” el formato. Bueno, a ver, “mucho” no, algo. Criticaba que no era de fácil lectura. Demasiado estrecho, demasiado alto… qué sé yo. Insinué que había primado el hecho diferencial sobre la cuestión práctica. Me equivoqué. No, no es cierto: yo nunca me equivoco: me precipité. Precipité conclusiones y luego pasó lo que pasó, que hubo a quien le pareció mal etcétera etcétera. Quiero restituir el honor del diseño y con ello al diseñador reconociendo abierta y felizmente que a día de hoy los cuatro ejemplares de esta editorial que tengo en mi estantería se cuentan entre mis favoritos precisamente por ese hecho diferencial del que hablábamos antes, que incluye una más que acertada elección de los ilustradores y un producto de una calidad inusualmente bueno. Incluso a su “estrechez” le he cogido cariño. Que son un lujo, cierto; al fin y al cabo se trata de un único relato o, como en el caso de O. Henry, dos, al precio de lo que te cuesta cualquier novedad. Insisto: CIERTO. Ahora bien, se vende tanta mierda a veinte euros que…

Lo que sea. Que celebro Yacaré: sus elecciones (no siempre acertadas pero siempre interesantes) y su hecho diferencial. 


Háganse un regalo: háganme caso.


viernes, 24 de marzo de 2017

“Gaspar Ruiz” de Joseph Conrad (Trad. Juan Gorostidi)

Uno se pregunta varias cosas cuando tiene este libro en las manos. 

La primera sería qué demonios se le pasa a uno por la cabeza para montar una editorial en un mercado saturado de editoriales sin público. Eterna pregunta.

La segunda tiene que ver con el formato que, como pueden deducir por la fotografía, difiere bastante de aquello a lo que estamos acostumbrados quienes acostumbramos a leer. Yo no sé si es mejor o peor, desde luego sí es más incómodo, pero también más interesante en el sentido de “menos encorsetado”. La elección de este formato probablemente tenga más que ver con la búsqueda de un hecho diferencial que aporte un valor añadido al producto final que con una cuestión estética o meramente práctica que busque ajustarse a los parámetros establecidos por esa otra marca de la casa que son las ilustraciones. Si funciona o no funciona, si gusta o no gusta, es una cuestión personal, ya ahí no me meto; a mí me ha gustado, y mucho, además, pero también es verdad que si ha sido así es gracias a que se trata de un relato y no una novela, que entonces la iba a leer su padre. Todavía no me he recuperado del todo de los esguinces varios resultado de la lectura de la edición de Pretextos de El hombre que ríe, como para repetir la experiencia. Ahora bien, mejor papel y mejor acabado, difícil.

La tercera es muy sencilla: ¿por qué Gaspar Ruiz? Quiero decir… de todas las novelas y relatos de Conrad llama la atención que los editores hayan elegido precisamente uno que es prácticamente desconocido y que además forma parte de una colección de seis (ninguno de los cuales recuerdo con especial cariño) que fueron publicados juntos en algún momento, por más que el propio Conrad hubiese desmentido entonces que tuviesen otra cosa en común que no fuese la de contener hechos intrínsecamente fidedignos («con lo cual me refiero no sólo a que son verosímiles sino a que sucedieron realmente») y en modo alguno ligados a experiencias personales suyas. A no ser… a no ser que la intención sea publicar los seis en este formato, lo cual estaría genial si no fuese algo al alcance de pocos bolsillos, lo cual parece en extremo arriesgado para una editorial que comienza.

Que, oye, si es así, ole sus huevos. Ahora, si no es así, bueno, nos queda el consuelo de saber que el peor relato de Conrad (no es el caso, eh) es mejor que cualquiera que puedas escribir tú.

La cuarta y última tiene poco que ver con la obra y sí mucho con algo a lo que un servidor de ustedes da mucha (cada vez mas) importancia aunque no hable demasiado del tema, un poco para no aburrirles y otro poco porque no le da la gana. Se trata de lo siguiente: resulta que los señores editores no han contemplado, y si lo han hecho se lo han pasado por el forro, la posibilidad de incluir el nombre del traductor en la portada (omisión que han trasladado a la web, que ya tiene delito). Esta práctica, por lo general tan habitual, no llamaría la atención si no fuese porque sí han incluido el nombre de la ilustradora, dando a entender con esto, no se su voluntaria o involuntariamente, que es más importante lo uno que lo otro. Yo sé que da igual, que al final el reclamo es el reclamo, esto es, la cuestión estética y que al final la traducción es una cosa que miran cuatro y la mitad de las veces, como en este caso y una vez que descubres al culpable, tampoco sabes bien qué pensar. Con todo, no estaría de más incluirlo, entre otras cosas porque la prosa de Conrad no es una prosa fácil, ya lo dice Gorostidi citando a Javier Marías en el prólogo y no es lo mismo que lo reseñe uno que otro que el google translator. Por lo que he podido ver y desde la ignorancia más supina, el resultado de esta nueva traducción es más que correcto. He aquí un ejemplo de las diferentes traducciones que se pueden encontrar actualmente (se incluye original):


Joseph Conrad
«A revolutionary war raises many strange characters out of the obscurity which is the common lot of humble lives in an undisturbed state of society.
Certain individualities grow into fame through their vices and their virtues, or simply by their actions, which may have a temporary importance; and then they become forgotten. The names of a few leaders alone survive the end of armed strife and are further preserved in history; so that, vanishing from men’s active memories, they still exist in books».

Traducción de Juan Gorostidi para Yacaré
«Una guerra revolucionaria hace surgir muchas extrañas personalidades de entre la oscuridad que es el destino común de las vidas humildes en una sociedad apacible.
Ciertas individualidades alcanzan la fama a través de sus vicios o de sus virtudes, o simplemente por medio de sus actos, que pueden poseer una importancia efímera y después caen en el olvido. Al término de una lucha armada solo sobreviven los nombres de unos pocos líderes, más tarde preservados en los anales de la historia, de modo que, cuando desaparecen de la memoria de los hombres, permanecen aún en los libros».


Traducción de Fernando Jadraque para Valdemar
«Una guerra independentista rescata a muchos personajes extraños del anonimato que es la suerte común de las vidas humildes en las fases pacíficas de la civilización.
Ciertas individualidades saltan a la fama por sus vicios y sus virtudes, o simplemente por sus acciones, que pueden adquirir una repercusión transitoria… y luego caen en el olvido. Al término de una sublevación armada, sólo los nombres de algunos caudillos perviven y son consagrados en la Historia; de tal guisa que, una vez desvanecidos del recuerdo activo de los hombres, subsisten en los libros».


Traducción de Andrés Barba para Sexto piso
«Una guerra revolucionaria suele sacar de la oscuridad a muchos curiosos personajes, un puñado de vidas humildes que vive en los estratos más tranquilos de la sociedad.
Hay ciertos individuos que acaban logrando la fama gracias a sus virtudes o a sus vicios, o sencillamente por acciones que a veces llegan a adquirir una importancia transitoria antes de caer de nuevo en el olvido. Cuando por fin acaba la lucha, apenas sobreviven los nombres de algunos caudillos que se consignan en la Historia, y cuando muere también el recuerdo vivo de los hombres, éstos perviven calladamente en los libros».



¿El relato? 

Vamos, por favor, a quién demonios le importa semejante cosa. Es decir: es Conrad. Conrad, eh, ojo. Cuidado con esto que es importante: Conrad es incuestionable. Y punto. Y si no te gusta lo que tienes que hacer es clavarte una daga el corazón y dejarnos a los demás seguir con lo nuestro. 

Gaspar Ruiz no es un su mejor relato, en eso estamos de acuerdo, pero es una buena historia de aventuras que va desde el drama carcelario hasta el amor interesado pasando por todo aquello que quepa en una historia de traiciones, valor, orgullo, monarquías derrocadas y suicidios de amor o desolación. 

Y encima está perfectamente embalado. Sobre todo eso. El libro como objeto y Conrad como excusa y garantía.

No es un mal comienzo.