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lunes, 7 de diciembre de 2015

‘Yoro’ de Marina Perezagua [Un abandono]

Verán que soy de una fe inagotable.

Pese a mis frustrados intentos de disfrutar de/con los anteriores libros de Marina Perezagua, hace unos meses decidí leer Yoro siempre y cuando cayese en mis manos, es decir, que no tuviese que comprarlo, robarlo o suplicarlo. Mi bibliotecaria favorita tomo la decisión cuando, una mañana de noviembre, lo depositó dulcemente en la estantería, con esas manos suyas tan suaves, dejándolo bien a la vista. Bien a vista. Ella no me conoce pero ya sabe provocarme. Lo rescaté esa misma tarde de su abandono y elaboré una teoría mientras esperaba turno en la cola: toda novedad que no sea prestada en un plazo inferior a seis horas debería contabilizarse, por real decreto, en la columna de los más absolutos fracasos.

Eso debería convertirme automáticamente en el ángel salvador de Yoro, su protector, si no fuera porque ya cuenta con legiones de apoyos incondicionales. El último, hace escasos dos días, llegó de la mano de María José Obiol, que escribió para Babelia una reseña que roza el fanatismo: «[…] Perezagua deja perplejo a quien se atreva a seguirla […]» o «Leer a esta escritora es como acudir al espectáculo del fin del mundo y ver las cuatro esquinas de un universo donde los niveles de realidad se difuminan». Y también: «dominio apabullante», «Momentos magníficos», «asisto demudada, en ocasiones desconcertada»… Y termina: «Yoro no es una novela fácil, pero no la teman. Sirve y mucho para entender lo que significa deserción humanitaria. Si contar redime, leer también».

Chup, chup, chup.

* * *

Existen, ya ven, sobrados motivos para no afrontar/enfrentar este libro sin aplicar previamente el consabido criterio de prudencia. Motivos entre los que se encuentran las expectativas que levantan unos cuantos, la señora Obiol, por ejemplo, o la propia editorial (por más que en este su caso sea obligación hacerlo) que la considera, atentos, autora de culto. Eso dicen. AUTORA DE CULTO. Ahí es nada. Dediquemos unos segundos a reflexionar sobre esto.

[…]

Ya.

Con Autora de culto se quieren dan a entender dos cosas: una, que, subjetivamente, la muchacha escribe como los putos ángeles; y dos, que, objetivamente, no vende un carajo.

Las cartas sobre la mesa: con dos libros de relatos no puedes ser autora de culto, Marina. Puedes ser promesa; puedes ser un fraude; puedes ser la esperanza de Malasaña o Lavapies; la niña de mis ojos; puedes ser lo que más quiero, pero no puedes ser autora de culto. Para eso hay que hacer algo más que cruzar estrechos y escribir relatos entre apneas. Para llegar a eso hay mucho que demostrar y Yoro no parece la mejor de las pruebas.

* * * *

La novela, lo que he leído de ella, arranca un poco telenovela: va de una hermafrodita llamada H que busca a una joven llamada Yoro. Yoro es hija de Jim. Jim es la “actual” pareja de H. Yoro es un ser humano que el estado mayor puso al cuidad de Jim durante cinco años cuando este andaba en modo ocupación por un Japón caótico jugando a los soldaditos por culpa de la bomba atómica que sus colegas tiraron sobre Hiroshima. Ha pasado mucho tiempo y ahora Jim ya no tiene a Yoro pero tiene a H, víctima también del champiñón, que sufrió quemaduras múltiples y la pérdida de ambos sexos, sexos que poco a poco ha ido reconstruyendo o al menos uno de ellos, aquel con el que más se identificaba. 

La novela es de una intensidad demoledora. Da igual por qué página la abran, encontrarán, seguro, razones para rechinar los dientes.

«Fue esta ausencia el terreno propicio que permitió que, al conocer a Jim, creciera en mí el sentimiento de maternidad, pues la búsqueda de su hija llenó la ausencia de mi hijo. Me apropié de la niña como si fuera mía. Absorbía los datos que me daba Jim y los archivaba en mí memoria como si yo misma los hubiera vivido. De esta manera, aunque no la conocía, la recordaba, y este recuerdo era como una ventosa en la pared frontal de mi cerebro, que succionaba el recuerdo de la hija de Jim —mi hija— y lo sostenía por el mismo medio por el que las ventosas en las patas de una lagartija la agarran a la pared para que no caiga: el vacío. Eso fue lo único que durante mucho tiempo tuve. El vacío».

Toda la primera parte es un no dejar de entrar en detalle en las consecuencias de la bomba atómica, recreándose en detallitos, supongo que porque sabemos bien que es en esos pequeños y escabrosos detalles donde encontramos los lectores más fieles. Y a los más intensos, también. La propia Obiol es víctima del sentimentalismo que nace de la victimización de la novela.

«Pero cuando la enfermera, con todo cuidado, le quitó el zapato a la niña, se llevó con él, como si fuera una media, la piel de toda su pierna. Los médicos aún no sabían cómo tratar a los heridos. Ni siquiera los invasores conocían los efectos físicos de la bomba, que tardaron mucho en averiguar. La enfermera se puso a llorar sin saber qué hacer con esa media sin pierna, no se atrevía a tirarla, a dejarla a un lado, porque seguramente ella, como yo, seguía viendo la pierna dentro. De nuevo, la presencia de la ausencia lo llenaba todo hasta el punto de hacer de todos nosotros unos seres inútiles dedicados a cuidar lo que ya había dejado de existir».

Por si esto no fuera suficiente, se acompaña la narración de detalles sobre los campos de concentración, aquellos en que los japoneses se las hacían pasar putísimas a los americanos. Prepárense para sobredosis de escatología («[…] un grupo de hombres se entretuvo en hacer confundir los cubos de excrementos con los cubos de comida, que eran similares, de modo que nadie sabía ya si estaba cogiendo comida o los últimos desechos de un compañero, o ambas cosas a la vez») y demás lindezas. El horror, el horror. 

En página 100 ya soy todo pena y vergüenza ajena.

Pero son trescientas páginas, el librito, y uno va leyendo y la niña que no aparece, que ya me dirá tú dónde se ha metido la cría. Y puesto que algo hay que contar, contamos historias: la de una mujer que diseñaba artefactos eróticos, la de aquella que padecía acrotomofilia, la del orangután que obligaban a prostituirse… no sé, lo que se nos va ocurriendo, y le damos a todo contenido sexual y una pátina de repugnancia, que es una cosa como muy rompedora, muy de no haber vista antes cosa igual.

Y todo esto, sin dar respiro al lector que ya no sabe cómo dejar de llorar frente a tanta bella estampa y tanta imagen sugerente y tanto amor y tanta hostia. Tanta cursilería.

«Amor: Debo de estar maldita, porque aquí está de nuevo tu presencia sin cuerpo, como una placenta vacía. En esta séptima noche sin ti, he despertado otra vez de uno de esos sueños donde sí estabas. Al principio no te veía, pero estabas, como ahora. Eras, eres, un estar sin ser, ¿y es posible imaginar un estado más doloroso en el amor? Pero al final apareciste. Apareciste naturalmente, como si siempre hubieras sido y sólo mi miopía fuera la causa de que no pudiera ver la materia de lo transparente. Eso fue en sueños porque, al despertar, he vuelto a tu presencia sin cuerpo».

Madre busca hija, hija busca padre, padre busca hija, madre busca padre, sexo, sexo, sexo, minas de uranio, embarazos psicológicos, partos de los montes, bombas atómicas, campos de concentración, actos de venganza… Bolitas de alcanfor. Yoro es literatura autocomplaciente, aburrida, pretenciosa en su lirismo e impostada en su voz pero sobre todo es repetitivamente machacona en esa búsqueda de dolor, sexo y ausencia. Yoro es Literatura de la Compasión; del te voy a obligar a sentir a golpe de horrores; del me vas a querer por encima de mí. Si Yoro es la tierra que muere por heridas de guerra, Perezagua no pasa de vulgar plañidera.

Mi paciencia tiene un límite. Exactamente 150 páginas. Que ya no está mal. 

Soy un hombre leyendo cualquier otra cosa.


lunes, 14 de septiembre de 2015

‘Con el sol en la boca’ de Matías Néspolo

Con el sol en la boca pertenece a la categoría de novelas que, sin ser en modo alguna malas (conviene tener esto en cuenta), tienden a caer en el olvido de la segunda semana. No son de las que se quedan, que obsesionan; son de las que un día están y otro se van y, si acaso, vuelven en forma de mueca y sonrisa tiempo después. Son esas novelas que podríamos calificar de inofensivas; novelas que, sin caer en el raquitismo, no están a la altura de aquellas, tantas, grandes. Todavía hay clases. No es un problema de talento; es una cuestión de equilibrio. Para que unas obras destaquen, para que unos pocos puedan reinar, ha de haber muchas obras obreras (inevitable el paralelismo con el reino animal), algunas con querencia a la insignificancia y otras directamente insignificantes —cadáveres sobre los que se sostiene el mundo literario— que perpetúen el status y ese burbuja editorial que no revienta por más que la pinchas. Con el sol en la boca no es modo alguno obrera, pero tampoco reina

Pero vayamos a lo concreto. En ella un grupo de universitarios argentinos, hartos, desencantados, juegan a buscar una salida. Entre los inconformistas surge la idea de huir a Brasil, montar un chiringuito y darse a la buena vida, si total al final tanta cultura y tanta hostia parecen no llevar a ninguna parte. Uno de ellos, el Tano Castiglione, da un paso al frente y hace algo más que hablar: llama a su hermano (¡valiente!) para pedirle plata pero años de desinterés pasan factura: tal hermano no tiene un chavo ni ganas de gastarlo en semejante imbécil toda vez que hace años que no sabe de él. Queda papá. El Tano visita a papá que asegura estar más seco que una mojama. Aprovechando el sueño ajeno, se lleva, a modo de herencia anticipada, un coche destartalado que hace las veces de gallinero y un cuadro que en su familia siempre se tuvo por algo de valor pero que en realidad oculta un secreto que vale su peso en oro. Fin de la premisa y fin de la primera parte. El resto de la novela es coral: diversos personajes que a lo largo de la primera parte han tendido cierto protagonismo (el hermano, un amigo, su novia, su amante…) toman la palabra y dan forma a la historia que fue y a la que ha dado lugar. 

Y aquí es cuando surge, inevitablemente la palabra puzle, que de todas las palabras que describen una novela es que más arcadas me ha producido siempre, no porque no crea que una novela no pueda ser un puzle sino porque tal idea sirve de excusa demasiadas veces para ocultar algún tipo de carencia o para dar a la estructura de la novela un valor que ni tiene ni merece, ni está ni se le espera. Pese a que me lo pide el cuerpo, no quiero generalizar.

El hecho de que una novela esté diseñada como un puzle, esto es, el hecho de que la imagen resultante se vaya formando gracias a las diversas aportaciones, no quiere decir que sea mejor, ni que el escritor sea más listo, ni que el lector necesite un coeficiente intelectual mínimo para acabar de pillar el chiste. 

Esto lo digo porque, ay, hay por ahí quien habla de esfuerzo cuando se refiere a esta novela. Esfuerzo, nada menos. “Estimulante novela que exige un esfuerzo al lector” o lo que es casi peor: “Novela destinada al lector exigente”. El esfuerzo de leer a cuatro o cinco narradores, ese esfuerzo. Amos, por favor, no me jodas. Esfuerzo es otra cosa. Esta novela es un fluir comparada con otras muchas. Otra cosa, ya, que no te esperes según qué o que te haga gracia descubrir que éste no sea tan gilipollas como lo pintan, o que el tirado de la película oculte un pasado de espías y traiciones o que la nena te quiera más de lo que parecía. De acuerdo, ¿y? Qué tendrá que ver eso con la dificultad, me pregunto y qué tendrá que ver la dificultad con la calidad, me repregunto.

Nada, efectivamente. 

En mi humilde opinión, la de Néspolo es una historia que, partiendo de una premisa un tanto aburrida (obviaré las promesas de la contra, sean o no verdad, porque las promesas de las contras, sean o no verdad, promesas son y nada más) y un estilo irritante (ese continuo llevar al extremo la frase corta) logra remontar en la segunda parte cuando las acciones del Tano tienen consecuencias imprevistas que nos vamos a callar por una cuestión de respeto pero que tienen que ver con pasados oscuros de dictaduras y sus excesos, que es una cosa que pierde atractivo a marchas forzadas y que a pocos lleva ya a la librería pero que Néspolo, jugando a los detectives sin licencia, resuelve con notable acierto al cargar la tinta de interés.

En contra, el estilo de la primera parte, un exceso se mire por como se mire y la razón por la tarde tantísimo en leer esta novela. 

«Mastica hielo. Fría la lengua, no la usa. Los dedos sí, en pinza. Sostienen el caramelo que brilla al sol y no sabe a nada. O a cloro, más bien. Con un ligero regusto metálico, porque son de agua corriente. Los hielitos. En Capital el agua no es como la de pozo. Dulce en boca. Y no hay manera de hartarse. Como la del molino del viejo... Tiempo que no la prueba. Pero eso no se olvida».

Superado el exhibicionismo de las primeras páginas la prosa se relaja aunque sin llegar a la normalidad (entendiendo esta como esa escritura de manual, algo que ni nos parece bien ni nos parece mal sino todo lo contrario siempre y cuando esté respaldada por algo más que ella misma). La segunda parte, formada por monólogos en primera persona, son también para muchos motivo de orgullo y satisfacción al identificar en cada personaje un estilo y en cada estilo un Néspolo experto en juegos malabares. Será para menos (es para menos) porque aunque sí es verdad que los diferentes niveles de coloquialismo hacen pensar que estamos frente a narradores diferentes, hay en todos ellos una lucidez que no es del todo normal y que lleva a pensar que el exceso de celo puede perfectamente llevar al traste las mejores intenciones:

«Te felicito, Tanito, ganaste. Qué querés que te diga. Vos pasaste al acto sin quedarte en el discurso y mandaste todo a la mierda; yo arrugué. Me importa un carajo lo que pensés, porque yo salgo ganando igual. Ahora traigo las alforjas llenas de experiencia vital y eso es lo que cuenta. Tengo el carbón del pensamiento genuino, con el que arde la filosofía de creación». (Uno)
«Un miedo amorfo, sin coordenadas, horarios ni protocolos y mucho menos sin rostro, que al replegarse como tortugas en su caparazón en esa suerte de larga hibernación de Villa del Parque, no hizo más que crecer y reproducirse a sí mismo por fuera y por dentro, en la vigilia y el sueño, en el silencio y la detonación». (Otro)
«Las aventuras de Maggie se orientaban de manera explícita a desenmascarar en dosis hilarantes el absurdo o el sinsentido soterrado en las relaciones sociales, económicas y afectivas que regulan la colmena humana». (Otro más)

Y, bueno, no mucho más. Lo dicho: correcta, inofensiva, puede que del montón, sí, pero del montón que se puede leer, que se lee, que te gana, que invita a leer más. Que ya no está mal.



miércoles, 27 de mayo de 2015

‘El niño que se desnudó delante de una webcam’ de Jose Serralvo

Justin Berry sale en la wikipedia. Quiero decir que es un ser humano; que existe. Cuanto tenía unos doce años Justin Berry se compró una webcam con la que empezó a hacer amigos. No tardó en desnudarse; tampoco en ganar dinero o en ver satisfecha su lista de deseos de Amazon, que para el caso es lo mismo. Creció. Le fue bien. Económicamente, al menos. Cuando lo pillaron (ese momento en el que la inocencia ya no sirve de excusa) lo dejó. Denunció. Ya no más regalitos, ni más posturitas ni más pajitas a deshoras. Ahora Justin Berry lucha contra estas terribles prácticas. El bueno de Justin.

El niño que se desnudó delante de una webcam va exactamente de lo mismo, sólo que entrando más en detalle y añadiendo pimienta a las heridas. Se novela una vida que podría perfectamente haber sido la Justin. Al fin y al cabo la novela nace cuando el escritor lee esta noticia y decide hacer algo con ella.

La historia: niño puteadito de doce años en busca de amor da con mar de pollas. Es decir: compra webcam que instala en portátil y ya tiene más amigos que destapando diez cajas de donetes. Uno de ellos, de esos amigos, es especialmente especial. Se dice cienciólogo (nada que objetar, no somos racistas: nos daría el mismo asco si se tratase de un sacerdote católico con wifi por cuenta del incauto ciudadano defensor a ultranza de marcar la x en la casilla de la declaración de la renta) y parece taaaan buena gente que casi da cosa no meterse en la cama con él. El tema es que le levanta el ánimo al bueno del niño un día sí y otro también y le explica cuatro cosas que no sabía. El nene, que se deja querer, descubre en mala hora que las lecciones no eran gratis. Ya llega, ya llega. Quítate la camiseta, quítate el pantalón, acaríciate los pezones, date la vuelta, agáchate, métete un dedito por tu infante culito.

Recuerden: doce años. Piensen en sus hijos, sobrinos, hermanos.

Pero eso es sólo el comienzo. El amigo tiene amigos y la deuda es grande. Se le enchufan veinte en hora punta: haz esto lo otro lo de más allá. Humillaciones, todas; no les cuento más, no quiero hacerles vomitar. Ahora bien, clin clin. Ahora soy tu esclavo, ahora soy tu socio y a los quince nos franquiciamos.

Estoy pensando que no sé si ahora toca hablar de las novelas denuncia. 

Qué remedio, supongo.

Las novelas denuncia suenan a coñazo monumental, no me digan. Cuando supe de qué iba, esto fue lo primero que pensé: ahí viene un coñazo monumental. Este es mi prejuicio y de él no me bajo: en mi imaginario particular las novelas denuncia están más o menos a la altura de las autobiografías de enfermos (terminales o no) esperanzados y luchadores o de padres que desahogan la muerte siempre injusta de sus hijos compartiendo su dolor. Yo sé que suena bestia pero para pasarlo mal prefiero leer a Javier Marías. Lo que quiero decir es que yo, por lo general, paso de estas cosas.

Ahora bien, el libro me cayó en las manos. ¿Qué iba a hacer? Empezarlo. Y bueno, mira, quitando la necesitad del autor de provocar la arcada del lector a golpe de escatología humorística (manía de recordarnos que comía bocadillo de escupitajo verde o cucaracha al aire de primavera), el primer capítulo está lo bastante bien como para seguir adelante, que no es algo que uno pueda decir ni de todos los libros ni todos los días. Por lo menos se comprende a qué viene eso de enseñarle la pilila a un desconocido, que es algo que personalmente me cuesta bastante entender. Tenía su lógica, sin ser el dinero la excusa; ya saben: familia humilde, padres violentos, válvula de escape.

El truco para evitar la espantada del lector que pueda pensar que se la han vuelto a meter doblada (valga la redundancia), esto es, que se encuentra precisamente frente a lo que trataba de evitar —un drama humano de proporciones pélvicas o un nene llorando desconsolado por razones harto evidentes— está en el tono elegido por el autor para contar esta historia. El narrador y a la vez protagonista rebaja el dolor de un discurso inevitablemente crudo a fuerza de situarse a cierta distancia de sí mismo y los actos que tuvieron lugar, como si aquello fuese una cicatriz más que la herida abierta que cabría esperar. Una lección de la vida, en definitiva.

«Todo cuanto estoy diciendo es que quién somos nosotros para afirmar que padecer un incesto, o ser abusado o violado o lo que sea, cualquiera de esas cosas, no puede tener a largo plazo sus consecuencias positivas para un ser humano. No digo que necesariamente las tenga todo el tiempo, pero ¿quién somos nosotros para afirmar, maquinalmente, que nunca las tiene? No digo que alguien deba ser violado o abusado, ni que no se trate, mientras está ocurriendo, de algo totalmente terrible y negativo y erróneo, sin duda. Nadie insinuaría algo así. Pero eso es sólo mientras está ocurriendo. El abuso sexual o la violación o el incesto, mientras están ocurriendo. ¿Qué hay del después? ¿Qué hay del más adelante, qué hay de la imagen de conjunto, de la forma en que su espíritu lidia con lo que le ocurrió, se ajusta para lidiar con ello, y el incidente mismo pasa a formar parte de lo que ella es? Todo cuanto estoy diciendo es que no resulta imposible que, en ciertos casos, lo ocurrido pueda hacerte crecer. Hacerte más de lo que eras. Un ser humano más completo».

Más allá de esto, nada, a parte del acojone de pensar que le pueda pasar a los tuyos. Es decir, “hoy” pueden ustedes abrir la edición digital de, no sé, El país, por ejemplo, y encontrarse más o menos lo mismo en formato noticia de quinientas palabras: sin ir más lejos la de uno de veinticinco que captaba menores a través de Instagram: los chantajeaba para obligarles a hacerse fotos y más tarde mantener relaciones sexuales con él en vivo y en directo. Depredador sexual es el eufemismo de grandísimo hijo de puta. 

Lo que Serralvo quiere decir con este libro es que se anden ustedes con ojo, que ser moderno no es incompatible con tener cuidado; que sobran organizaciones espontáneas de seres humanos de esas que les llevan muchos años de ventaja en esto de conocer los puntos débiles de su IP. Organizaciones locas de deseo por levantarles la falda a sus hijas. La crudeza de lo narrado se compensa con la ausencia de dramatismo (pese a lo salvaje de alguna de las escenas), algo de humor y la idea de que a los catorce uno ya sabe lo que es un paja y que masturbarse frente a un desconocido no es exactamente lo mismo que aceptar un helado de tu vecino, por más que este parezca venido del inframundo. A la novela del Serralvo se le ve el truco mucho antes de fingir que lo muestra (no quiero entrar en este detalle) pero eso está bien. En este caso, al menos, está bien. Digan NO al valor literario de la lágrima fácil.

Les voy dejando, no quiero interrumpirles; supongo que querrán ustedes hacer otra cosa tipo, no sé, revisar el historial de navegación del nene, por ejemplo. 


lunes, 1 de septiembre de 2014

“Leche” de Marina Perezagua

No soporto reseñar relatos. Creo que ya lo he dicho alguna que otra vez. No sé porqué me empeño, a qué viene esta insistencia mía, esta permanente necesidad de sufrir. De verdad que no. Pero bueno, ya que estamos.

Durante unos minutos, unos 3.000, hace un par de semanas —o un mes, dependiendo de lo tarde en publicar esto—, llegué a creer que me estaba aficionando a los relatos; que lo mío, ahora, iba a ir por ahí. Se lo juro. Fue terrible. Qué mal trago. Culpen al verano si quieren. O no. Afortunadamente, gracias a Marina Perezagua, se me ha pasó rapidito la tontería.

No quiero dar a entender que el libro de Marina Perezagua sea tan malo que obligue a quien se acerque a él a renunciar de por vida a todo un género, por más que este sea breve. No. Mis paseos entre relato y novela son cíclicos y con “Leche” terminó uno. Saquen ustedes, con esta reseña, la conclusión de si tuvo o no tuvo la calidad del libro, parte de culpa.

Pero hablemos de los dichosos relatos. (¿Les he hablado ya de la pereza? Ains.)

Si me viese obligado –por amenazas a mi integridad física, por ejemplo— a opinar qué tienen en común los relatos de Marina Perezagua incluidos en este recopilatorio tendría que hablar de la búsqueda de lo bello en los terrenos del horror. Y no estoy hablando de follar en cementerios sino de sacar, de algo terrible, infame, despreciable o triste, algo hermoso, y obligar al lector a enfrentar la mirada, con una mueca de desagrado, a lo que está ocurriendo y obligarlo también a no apartarla y a no saber exactamente qué hacer, si reír, gruñir, masturbarse o qué. Aceptando que esta sea la intención de la escritora, que no lo sé, el valor de los relatos, fuera del “interés” que uno pueda sentir por lo narrado o por la forma de hacerlo, debería residir, al menos en parte, en el resultado del ejercicio, es decir, en si realmente Perezagua logra crear esa atmosfera de terror, que el lector sea incapaz de apartar la mirada y que, para rematarlo, agradezca el viaje. Muchas cosas.

La leche de cosas.

«A medida que pasaban los años, la pérdida corroía cada vez más a H., y un día pensó que quizá el contacto con otras madres en una situación similar la aliviaría, en el calor de aquellas que lloraban, en el campo enemigo, la muerte de un hijo. Así surgió la idea. Me dijo H. que al buscar nombres para la asociación ninguno le convino mejor que aquél con que los norteamericanos habían bautizado a la bomba, y así la llamó: Little Boy».

Pues sí, algo así: ponerle el nombre de bomba a la asociación que has montado por culpa de aquella cosa que te privó de un derecho, tiene ese punto que roza el masoquismo más cruel. El fragmento corresponde a uno de los mejores relatos: “Little boy”, un relato que nace de una Hiroshima en sus peores momentos. Sin entrar en mucho detalle, trata sobre bombas y maternidades y lo que resulta de combinar ambos desastres.  

Dentro de lo puramente anecdótico, aunque no por ello menos cansino, es el continuo (ab)uso de los animales para dibujar las metáforas o imágines:

«una explosión parece referirse a un estallido cualquiera, al del calamar que en la sartén toca el aceite demasiado caliente», «Más de veinte mil conejitos folladores y pirómanos», «como abdómenes de araña secretando su hilo», «Pensaba en él como en la cola que, separada de la lagartija», «como un lagarto sin ojos.», «sintiendo el desamparo de un reptil que extraña el coleteo del mismo rabo que desprecia», «tan delicada como la de esos insectos plateados que habitan en las humedades», «en sus pestañas, que recogen partículas que, como escamas, se le desprenden de los párpados», «me gustaría que esta harina de pelo de perro, de barro en los zapatos, de alas de mosca, le aportara algún nutriente», «El buitre que, ignorante de su vuelo, vive pendiente de la carroña.», «Es como la piel interior de una cáscara de huevo», «Años después, te casarías con una mona. Así la llamabas tú: la mona; aquella mujer tan baja se pasaba el día rascándose la cara y los brazos» ,«Duele el lagarto sin la piel de su palabra.», «Mejor guarda tu palabra para la siesta frente a la televisión de la familia cerda.», «Me deslizo desde mi esquina hasta la tuya como una serpiente con patas», «una agitación de hormigas deseantes que empezaron en los talones», «como si aplastara una nube de mosquitos persistentes,»

Y lo que es peor: un largo etcétera.

“Leche” es irregular. Lo mismo toca el cielo de las bombas que baja al infierno de las aves de corral. “Blanquita”, por ejemplo. Blanquita va de una mujer que cocina un pato o una oca (una oca) que es como de la familia (buena, guapa, hacendosa, una niñera excepcional) y se la da a comer a su hijo, aprovechando que es medio lelo y no se va a enterar de que hasta ayer mismo aquello era su juguete. Para empezar “Blanquita” es un microrrelato engordado, en la forma y en el fondo, lo cual ya lo va poniendo en su sitio. Para terminar, Blanquita tiene un final horrible, que no suena ni a chiste ni suena a nada y que parece el típico cuento que se idea en el metro, se escribe en el avión y se revisa en el taxi. Decepcionante. Mucho.

«Qué crueles habían sido. La madre observaba a su hijo comer y, para aliviar el nerviosismo que le provocaba esa imagen, apartaba de vez en cuando la mirada buscando los ojos del padre. El era cómplice de aquella culpa, que durante los primeros cinco minutos de la comida impidió a la madre probar bocado. Pero qué crueles, pensaba la mujer cada vez que el pequeño se llevaba a la boca el tenedor pinchado con un trozo de Blanquita, la oca que ellos mismos le habían regalado hacía tres años».

Llegados a este punto uno ya no sabe a qué atenerse, lo cual tiene su gracia, pero es que venimos de leer cosas que tampoco es que nos hayan vuelto locos: 

En “El alga” una mujer que finge su propia muerte recibe la visita de un misterioso visitante; en “El” hombre hecho ceniza es cuidado por una emocionada y paciente mujer que no tardaré en descubrir algo terrible. Con “La tempestad” sólo puede en diagonal. En “Aniversario” una mujer visita al cabrón de su padre para celebrar el aniversario de su separación: «Hoy es un día de celebración. Hoy es nuestro aniversario y tenemos que estar contentos. Anda, toma esta copa de vino y brinda conmigo por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio.»

«Van llegando. Les oigo. Son todavía un coro de suspiros y susurros indistinguibles en el muelle. Disimulo y espero. Tengo curiosidad por escuchar esas cosas que sólo se dicen a los que ya no oyen. Tumbada bocarriba, inmóvil en el balanceo de la barca, el graznido de las gaviotas empieza a adquirir otro sentido. Ahora cantan. Las gaviotas son las sirenas del marinero muerto, pienso». (El alga)

Y más. Siempre cosas terribles, en ocasiones rozando el fantástico, que es, me atrevería a decir, cuando se obtienen mejores resultados (excepción que debe hacerse al aburrido Homo Coitus Ocularis: «Los registros dicen que sólo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de las demás especies, la extinción voluntaria»). Un ejemplo de acierto sería “Aurática” o el devastador efecto de una puerta mal cerrada o “MioTauro”, donde una mujer enamorada descubre algo terrible. No sé qué tiene Perezagua con las mujeres enamoradas que las obliga siempre a dar con los huesos en tierra. 

También la infancia es una constante, pienso, pero eso es un arma de doble filo. Hacer sufrir a un niño siempre es garantía de éxito si lo que buscas es provocar la arcada, pero precisamente por eso, por lo fácil que resulta, levanta muchas sospechas, algunas probablemente injustificadas. Cuando digo esto pienso en “Las islas”. En “Las islas” un padre se obsesiona con llegar, con un hinchable con forma de islote, hasta otro hinchable con mujer incluída que divisa allá a lo lejos, para lo cual desatiende de forma continuada a los niños que solo quieren jugar con la puta arena. Caigo en la cuenta de que los relatos de Marina Perezagua están llenos de hijos de puta. Pero bien, ese padre terrible, que para alcanzar su objetivo ha de sacrificar a sus niños, tiene también su final terrible (¡Finales terribles para padres terribles ya!), obligando a la justicia a tener un curioso proceder. 

«La atracción era tan irresistible que pensé en el canto de las sirenas y, de la mano de ese pensamiento, vino otro, que me dio el motivo de la imposibilidad de continuar el rumbo: el verdadero canto de las sirenas no es una melodía, no es una voz ni un coro. El verdadero canto de las sirenas es el silencio».

Hay más, pero tampoco quiero aburrirles.

El recopilatorio se cierra con otro gran relato (el que le da el título), que tiene, como el primero, rostro asiático. En “Leche” también hay niños. Pero además de niños (niños hambrientos) hay soldados crueles, mujer desesperadas y sucias y enormes pollas. Eso es el horror. Pero tal como comentamos más arriba, en los relatos de Marina Perezagua el horror se mezcla con la belleza y en ocasiones, como en este caso, para conciliar ambos estados se necesita un estómago fuerte.

Ese es el logro y a la vez la condena de este libro: la de Marina es una voz hipnótica unas veces e interesante otras; en ocasiones brillante, incluso, pero perfectamente capaz de resultar al mismo tiempo insoportablemente lírica, aburrida y adormecedoramente peligrosa (de cuántos relatos estuve a nada de salir corriendo es algo que me llevaré a la tumba). Se adivina en Marina Perezagua un alma de poeta con problemas para adaptarse al verso, por más que éste pueda ser libre, pero se adivina también una intuición para llevar al lector a un estado de terror que tiene por fantasmas la propia familia. 

«Cuando nadie en la plaza, excepto tú, podía todavía olerme el deseo, intenté enfriarme en el pensamiento del castigo que me amenazaba si cedía a las ganas, pensar que estaba a tiempo. Pero resultó demasiado tarde, nos movíamos ya en una danza incorpórea, espejo de aquella noche que me dio un niño mitad yo y mitad tú; mitad animal, mitad hombre y mujer, ligando pases en un fraseo amatorio que, finalmente, abrió mis aguas a tu fuerza».

lunes, 3 de junio de 2013

“Yo, precario” de Javier López Menacho

Mí no entender.

Resulta que este librito de Javier López Menacho está teniendo, para lo que viene siendo habitual, bastante éxito. Paseo por la red y encuentro una reseña tras otra, una entrevista tras otra, un mención tras otra y casi todas (las que leo) tienen ese punto elogioso de reconocerle un mérito enorme, ya veremos cuál. No se elogia el aspecto narrativo –no lo merece– pero sí el estilo ágil, directo, desenfadado, coloquial, ideal para reflejar el absurdo del mundo laboral. Pero sobre todo se glorifica (tómese esto con pinzas) a Menacho por haber escrito un libro denuncia de la generación del empleo precario. El acabose, esto.

El libro (de momento no lo llamaremos novela) es una compilación de crónicas en trabajos de mierda que ha sufrido (más que tenido) el autor en empresas que, por cierto, no se atreve a mencionar no vaya a necesitarlas algún día. Cosas como vestirse de chocolatina o captar clientes para una empresa de telefonía o promocionar coches durante la Eurocopa o campeonato futbolístico similar.

Pero entremos en materia.

Hay un párrafo muy interesante que se repite en por lo menos dos de los blogs de reseñas que he visitado y que no me resisto a comentar: 
Estoy aprendiendo los límites del mercado laboral, la degradación de la dignidad humana alrededor de la idea de que para vivir hay que trabajar, estoy viviendo una época de la historia que resulta deprimida pero apasionante y, al tiempo, aprendiendo mis propias limitaciones como persona. La incertidumbre de no saber qué hay más allá del mañana es, en cierto modo, adrenalina pura, algo que te hace sentir vivo.
Vamos a ver: ¿estamos tontos o qué? Ahora va a resultar que en este país sólo hay funcionarios; que nadie ha pasado por lo mismo que el autor; que a nadie le han pedido experiencia laboral con veinte años; que nadie ha sufrido el momento incorporación al mercado laboral, ni ha tenido que comer arroz cinco días a la semana; que nadie ha encadenado trabajos de mierda mal remunerados hasta dar con uno decente. ¿En serio este libro-crónica de empleos precarios tiene algo de novedoso que lo hace merecedor de tanta atención? ¿Acaso sirve para algo más que para demostrar la importancia de los talleres de periodismo? ¿Descubre algo que no sepamos, que no veamos cada día en el telediario, contra la que no vociferemos cada semana en alguna manifestación? Dejen, ya les contesto yo: no, no y no.  NADA. NI-UNA-PUTA-COSA. Tiene como novedad que el protagonista sea durante un rato una chocolatina, por ejemplo, que es algo sobre lo que yo nunca había leído, pero vamos, que no sé si tamaña estupidez es digna de mención una sola vez no digamos ya repetirla durante setenta páginas que es lo que dura el trabajito con el disfraz dichoso. Ahora va a resultar que hacer encuestas por la calle se inventó ayer.

Pero más allá del absurdo de la pretensión del libro (que ya supongo poco más que un entretenimiento para el autor, no así para la crítica que, una vez más, se cubre de gloria con la glorificación) está la cuestión del resultado. Medio libro es él siendo una chocolatina, ya lo he dicho, pero es que ser una chocolatina no da para medio libro si no es a base de repetir desgracias tipo cuánto-pesa-el-puto-traje y desde luego no justifica discursos infantiloides de consolación:
Marcos [5 años] y yo fuimos amigos sólo dos horas pero, durante ese tiempo, fuimos los mejores amigos. Y hay gente que no consigue un mejor amigo en todos los días de su vida. Me enseñó que aunque yo tenga perdida la guerra, hay batallas que aún puedo ganar y que este trabajo, por ridículo que parezca, está lleno de pequeñas, minúsculas satisfacciones que valen su peso en oro.
Céntrense, hagan el favor: o tenemos un trabajo de mierda o no tenemos un trabajo de mierda pero baboseos, los justos, que luego parecerá que en el fondo disfrutamos de la violación (de derechos, se entiende).

Bromas aparte esto no es, ni de lejos, lo peor. Lo peor viene después, en el último trabajo de los relacionados (¿habrá segunda parte?), cuando a la cosa le salen las pelotas:
El tiempo pasa con mi ración de comentarios plagados de tópicos futbolísticos y un público escaso pero agradecido.
Este comentario lo hace mientras trabaja como captador de público para los partidos de la Eurocopa del año pasado que parece que al final ganó España. Enhorabuena, por cierto. Una vez captados, a los veinte o treinta telespectadores les da un poquito la paliza con mira-este-coche-qué-bonito. Pues bien, quizá como demostración de que la cita anterior no es fruto de la casualidad, el libro, durante cuarenta páginas, encadena citas futbolísticas con otras de corte crítico con otras de corte lastimero con otras de corte bondadoso con otras de corte y confección. Juro por mi gato que no miento:
España parece más fuera que dentro cuando marca Jesús Navas, un niño de un barrio pobre de Sevilla. Iniesta controla una pelota elevada de Cese, la para majestuosamente con al­guna zona del pecho y, ante la salida del portero, le da un pase medido a Navas, que marca con un chut exagerado que pare­ce que va a romper las mallas.
Yo, esto, cuando lo leo, vomito. Yo. Claro, habrá a quien le guste el fútbol. Habrá quien recuerde aquello como uno de los grandes acontecimientos de su vida y ahora venga a sentirse un poco gilipollas por no haber pensado en todos aquellos que, como Menacho, malvivían y maltrabajaban y eran maltratados por la sociedad —esa ramera— mientras ellos se acababan la quinta cerveza. En cualquier caso la transcripción de un partido de hace meses sobre fondo de tristeza no hay libro ni afición que lo aguante.

Y mira, no. La precariedad ha existido siempre aunque ahora esté en caída libre y sin frenos, pero novedades, las justas. A ver si va a resultar que la reciente propuesta del Banco de España de pagar a según qué trabajadores por debajo del salario mínimo no es una realidad desde siempre. (Y bueno, sí, eso se lo concedo: a los que viven en los mundos de Yupi les hará gracia el libro.) También el fútbol ha sido siempre un engañabobos. Y lo seguirá siendo. Y la literatura, esa cosa con letras, prestigio y ventas al por menor, también es precaria en lo que respecta a su calidad, y lo es, entre otras razones, por culpa de libros chorras como este, diseñados únicamente para matar el tiempo unos y quitarse, otros, la espinita de la solidaridad.