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viernes, 21 de octubre de 2011

"Setenta acrílico treinta lana" de Viola di Grado


No es habitual que yo me informe [demasiado] sobre una novela antes de leerla pero en esta ocasión me hizo gracia ver -vía Facebook- tantas entrevistas consecutivas de la tournée española de la niña Viola. Entiendo que debemos estar ante una de las promociones salvajes de Alpha Decay al más puro estilo Tao Lin (aquella novelita que tanto daño hizo a la inteligencia.) Esto lo digo para que se vayan imaginando el resultado. 

"Quería contar una historia que se hubiera caído a un agujero” –dice Viola di Grado en una entrevista que le hace Laura Fernández para El Mundo- “un agujero que ha devorado todas las palabras. De ahí que intenten [los personajes] comunicarse con miradas. [...] Como escritor, me interesaba el hecho de poder ir rescatando las palabras de ese agujero, de ir dándoles un nuevo significado", añade. Qué bien: un problema semántico. "También me gusta mucho el filósofo chino taoísta Zhuang Zi, del siglo IV a.C., que decía que hay que olvidar el lenguaje, no caer en las trampas de las convenciones y atreverse a reinventarlo. Algo así es lo que intento hacer. Es mi misión como escritora". Y aquí queda la cosa. Una escritora con una misión. ¿Qué, acojonados? ¿Todavía no? Pues denme un minuto. Esta misma información (la del chino) la ofrece en una entrevista que le hace Xavi Ayen para La Vanguardia pero él debe estar más bueno que Laura y se lleva el gato (de la respuesta) al agua (de la incertidumbre): “Mi misión es escribir sin tener en cuenta las trampas y convenciones que llevan las palabras adheridas. Uso cada palabra desde cero, sin su herencia. Como si fueran vírgenes. Les doy otro significado, las coloco en un nuevo contexto, y sorprenden a quienes suelen verlas diciendo otras cosas. Ese desplazamiento crea una sensación de extrañamiento en el lector”. La pregunta que me hice entonces fue la siguiente: ¿para qué quiere provocar Viola una “sensación de extrañamiento en el lector”? ¿Hay una razón [literaria] o no son nada más que trucos baratos para llamar la atención sobre su forma de escribir, para alimentar las pajillas mentales del lector postmoderno, para darle algún sentido a los estudios taoístas de marras? Total, que me voy a quedar todos sin respuesta al misterio porque me he leído cuatro entrevistas a cual más parecida a la anterior con el mismo resultado y si algo tengo claro es que yo paso de leerme al Chino Cudeiro para descubrirlo. 

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Esto que voy a decir ahora me consta que es una barbaridad pero no lo puedo resistir: no debería estar permitido que los menores de treinta años escribiesen libros. Me da igual lo listos que sean, me da igual lo mucho que hayan leído, me da igual lo alta que sea su cuna. Me trae completamente sin cuidado. Habría que ir mirando de controlar esto porque luego pasa que niñas de veintitrés años -que aseguran que a los cinco escribían sobre osos que se querían suicidarse sin éxito- van de mujeres fatales de la literatura y hablan de reinventar el lenguaje porque le han leído a un monje shaolin que es bueno para el alma. 

Viola di Grado asegura en Público (el diario, claro) que piensa como escribe y yo, que me he leído toditas todas las primeras sesenta y tres primeras páginas del libro (y hasta aquí) he querido escribir pronto esta reseña preventiva para advertirles de que hagan lo que hagan no la inviten a debate alguno si no quieren acabar hechos un nudo gordiano. El estilo de la escritora es cuando menos peculiar y en él todo se presta a la comparación: he debido leer unas novecientas ochenta y tres frases en las que para explicar cualquier chorrada tenía que compararla con alguna memez que no venía a cuento. Han sido setenta páginas larguísimas, tipo esto: “Vi como se alejaba bajo la luz porno del ocaso. Entré en casa. Dejé fuera el matadero de nubes carnosas y sanguinolentas”, que debe ser la forma que tienen en Sicilia de decir que va a llover. Para lo del “porno del ocaso” no tengo explicación aunque quizá les sirva de ayuda (seguramente no) el hecho de que la protagonista viva convencida de ser “el sueño erótico de las contraventanas de las excolonias industriales” (cito de memoria). Impagable, sí. 

Si es que no hay por donde cogerla, de verdad. Ya no se trata únicamente de que a mi esta niña me caiga antipática por la manifiesta falta de humildad; es también por el estilo alambicado de su prosa, por sus personajes mal construidos; por ese desapego general hacia todo: no le gusta la moda, no le gusta la gente, no le gusta hablar, no le gusta internet, no le gusta, no le gusta… Porque ella es especial, entérense de una puta vez, especial y diferente y se va a inventar un lenguaje y los va a dejar a todos ustedes “tumefactos” de envidia, por ejemplo, porque ella hace de su semántica un sayo y nada más que necesita que dejen de tocarle los ovarios con sus humanidades y sus consumismos porque ella no es de la tierra, ella es mucho más que una simple mujer: ella la filosofía de Kwai Chang Caine reencarnada. 

Por darle un punto informativo a este post tan chapucero les diré que he leído por ahí que el libro habla de la imposibilidad de la incomunicación. También sé (soy algo así como un no-experto no titulado) que en Italia le dieron dos premios: el Carige y Campiello, que como premios no sé pero como vinos suenan de fábula. Por cierto, ya se pueden imaginar que la niña Viola es la revolución literaria del año de, no sé, el norte de Europa, por ejemplo. Lo cierto es que a mí personalmente me parece más bien que Viola es un producto (puro marketing) como lo fue Tao Lin y que detrás de su discurso de adolescente rebelde hay un vacío tan inmenso que se puede ocultar de todo, también las carencias. Ella, que no se adscribe a modas, no tiene problema alguno en etiquetar su novela como "surrealismo hiperrealista" ni en llevar el posmodernismo al extremo asegurando que su próxima novela (que por supuesto ya está escribiendo) "vuela, habla y come carne humana" (que digo yo que a ver quien es el chulo que edita algo que te puede matar mientras te cuenta un chiste). Hagan ustedes lo que quieran pero yo estoy harto de estas chorradas de niña mala. Esta vez sí: me bajo de Viola y Alpha Decay.




martes, 26 de julio de 2011

“El apocalipsis de los trabajadores” de Valter Hugo Mae




Siempre me dicen lo mismo: no hables de los libros que no te gustan, no te busques enemigos... pero no puedo evitarlo. Los malos libros también tienen derechos, especialmente cuando no están mal escritos. Me van a perdonar un comentario negativo que prometo breve en compensación. 


Este buen señor, tan aparentemente joven y simpático, ganó el premio José Saramago en 2007 por “o remorso de baltazar serapiao”. Se trata de una historia de amor y celos (también “de familia e de viagem”, sea ese el género que sea)  cuyo mayor atributo parece radicar en el lenguaje utilizado; un lenguaje que trata de ficcionar un portugués antiguo con la intención de crear la ilusión de estar en una edad media tardía; un tiempo que fomentaba la brutalidad, especialmente la cometida contra las mujeres, para variar. El libro, según indica la reseña, trata de llamar la atención sobre la masacre (histórica) de la que fue objeto la mujer por culpa de la mentalidad machista dominante.



Un par de años después, Valer Hugo, escribió la novela objeto de esta entrada. Una novela de clases bajas, amores imposibles y desgracias varias que elimina sin rubor las mayúsculas en favor –según he leído- de una lectura más ágil -en fin- y que integra los diálogos en la narración, hecho éste que, independientemente de lo mucho que me guste va camino de convertirse en regla sintáctica de obligado cumplimiento en Portugal. El parecido más que razonable con el estilo de Saramago está, por lo tanto, garantizado. Y ese es mi problema: de Saramago me encantan sus historias pero me agota el exceso de su prosa, motivo por el que tengo la mitad de sus novelas sin terminar. Valte Hugo Mae logra evitar ese hartazgo –y además he acabado su novela- pero en cambio peca de algo imperdonable: una historia aburrida. Mortalmente aburrida. No está bien que a uno le acompañe durante toda la lectura la misma sensación de querer estar haciendo cualquier otra cosa, que fue exactamente lo que me ocurrió durante 200 páginas con este buen señor. 

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Personalmente hubiese preferido que antes que "El apocalipsis de los trabajadores" se hubiese traducido y publicado “o remorso de baltazar serapiao” aunque supongo que las dificultades en la traducción han sido determinantes para la editorial. Es una pena. Hoy esa misma editorial (Alpha Decay) presume del éxito en la traducción -por extremadamente laboriosa- de "Setenta Acrílico treinta lana" de la jovencísima (23 añitos) promesa (o eso dicen) Viola Di Grado. Es una pena que ese mismo esfuerzo no se hubiera dedicado a Valter Hugo Mae, pero claro, será que al contrario de lo que ha ocurrido con Viola nadie ha dicho de él que es el nuevo Amelie Nothomb y eso, quieras que no, acojona un poco por muy bueno que parezca el libro, que no lo sé, insisto.  Las conclusiones que he extraído de las distintas opiniones que he ido recogiendo en la red a través de blogs literarios portugueses indican que la ganadora del premio es una novela de una fuerza inusual que si flojea en algo es en la historia que cuenta. Esa fue exactamente la misma sensación que tuve tras la lectura de "El apocalipsis..." y esa es la razón por la que me costaría tanto volver a intentarlo si le diesen otra oportunidad a Mae, que no lo creo.