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martes, 16 de agosto de 2016

Fe de lectura: “Pureza” de Jonathan Franzen

Casi había olvidado lo que era leer sin cargar un blog a las espaldas, esto es, sin “subrayar” para después, tal vez (a pesar de que este santo blog sólo reseña un treinta por ciento de lo que lee), compartir; leer sin perpetrar un comentario despectivo cada dos páginas. Leer, en definitiva, sin una doble intención, por muy buena que ésta sea.

Pero detrás de esta ausencia total de presiones externas hay algo más que estas cada vez menos indefinidas vacaciones que me he sacado de la manga; detrás está, sin duda, el propio Jonathan Franzen. Porque leer a Franzen, como leer a Richard Ford o Philiph Roth o Thomas Bernhard y dos o tres más, es un placer que no acostumbro a compartir (pocas reseñas encontrarán de estos autores en el blog) por razones que nada tienen que ver con temores reverenciales o intereses editoriales sino más bien con el deseo, más que la necesidad, de… recuperar, digamos, la inocencia de ese lector que un día enfrentó y se maravilló con Las Correcciones o cualquier otra lectura que deviniera en descubrimiento.

De ahí que, no la reseña, sino la fe de lectura de hoy tenga más que ver con un intento de recuperar poco a poco (muy poco a poco) la actividad del blog que con un sincero interés en analizar una obra que, ya sólo por su autor, tiene toda mi atención, como debería tener la suya, especialmente la de aquellos que malgastan su tiempo con libros de amigos y vecinos, de colaboradores; libros casi siempre infumables; libros banales, ejercicios de becarios ociosos; literatura inofensiva, implosiva, las más de la veces nacional, partos íntimos, búsquedas del yo, y demás cutrerío postadolescente.

Pero hablábamos de Franzen. 

No voy a mentirles. Pureza está muy lejos de ser una obra maestra. Diría, incluso, que es más que probable que pase a la historia como una obra menor del autor. Con todo, una novela poco más que entretenida de Jonathan Franzen es, por norma general, entre veinte y setenta veces mejor que la obra maestra de turno que cada mes se anuncia en la redes, le pinten ustedes la nacionalidad que le pinten.

(Empecemos admitiendo que Pureza no es Las correcciones. Pero es que sólo Las correcciones es Las correcciones, a ver si nos enteramos. Sólo una vez se descubre un autor, como sólo una vez se toca el cielo. Al menos la mayoría. Franzen lo hizo y no importa cómo se ponga, no importa lo que mejore y octanos que suba porque publique lo que publique siempre llevará las de perder. Porque contra la nostalgia, el descubrimiento literario que un día hicimos tirados en el sillón, no hay nada que hacer. Pero eso significa que el resto no valga la pena. Quisieran muchos que sí, especialmente aquellos que temen ponerse en evidencia, pero NO).

Pues bien, en Pureza, esa obra menor que tantos venderían su alma por escribir, vuelve ese Franzen que tanto nos gusta a quienes nos gusta, esto es, a los valedores del buen gusto y el sentido crítico más exquisito. La historia, como ocurre siempre con las mejores historias, es prácticamente imposible de resumir pero para que se hagan una idea les diré que la cosa va de una joven que, tras dejar la universidad, busca su lugar en el mundo. Precariedad laboral, deudas impagables, una madre medio loca, un padre que no conoce… Pureza es Pip (Purity) buscando a su padre, básicamente. Esa búsqueda irá poco a poco ampliando considerablemente el microcosmos de la novela, dejándolo a un paso de reventar por exceso de una trama que tendrá como fondo (un fondo fondísimo me temo, que se podría haber explotado mucho más) el acceso o derecho a la información reservada.

Pureza probablemente sea, de todas las novelas de Franzen aquella a la que más se le ven las costuras por culpa de una estructura prácticamente infantil de puro repetitiva (bloques que presentan a dos personajes y su pasado) y sin embargo todo se le perdona gracias a la capacidad de Frazen de despertar y mantener el interés del lector (del lector común, no del lector minimalista acostumbrado personajes planos y un excesivo simplismo argumental) a lo largo de sus nada interminables 700 páginas.

Conviene tener claro antes de abrir la primera página que en esta novela tienen tanta importancia los hechos como los personajes, de ahí que esa obsesión de Franzen por entrar en los detalles más nimios sea confundida, en ocasiones, con una excesiva prolijidad, especialmente cuando olvidamos que muchas veces son esos nabokovianos detalles los que mejor hablan de nosotros y los que mejor nos definen en tanto nos adscriben a un espacio, a un momento y una clase social. 

«A última hora de la tarde se detuvo en la tienda de una gasolinera Toot’n Totum y compró una ensalada del chef envasada en una caja de polietileno. En la habitación del hotel, donde el ocupante anterior había estado fumando, mientras retiraba el precinto del bote de salsa para la ensalada tuvo la sensación de que aquel producto se dirigía exactamente a su sector demográfico: mujer solitaria de cincuenta años en busca de algo adecuado para comer. Le dio por pensar que la soledad que sentía no era de orden genérico.»

He disfrutado con Pureza como hacía tiempo que no disfrutaba con una novela. Porque le pese a quien le pese (y me consta que le pesa a mucha gente) Franzen es un magnífico narrador de historias modernas. Sabe hacerlas interesantes; sabe llegar al lector, sabe engatusarlo y crear personajes, sabe darles una voz y una personalidad a cada uno y sobre todo sabe qué hacer con ellos una vez que los enfrenta. Sabe llevarlos a su terreno y a nosotros con ellos.

En resumen, Franzen sigue siendo tan recomendable como siempre.



lunes, 25 de marzo de 2013

“Saliendo de la estación de Atocha” de Ben Lerner

Sobre el error que ha sido leer a Lerner y más concretamente sobre el error que ha sido terminar el libro dichoso de Ben Lerner. Sobre odiarse a uno mismo otra vez y sobre no acabar de entender a qué viene tanta tontería. 


Meterla Doblada, una introducción 

He aquí el par de razones que me llevaron a leer esta novela (*) (o la culpa siempre es de los demás): 

Razón number one: Frazen, Auster, Ashbery y la puta faja que los parió: “Hilantante y endiabladamente inteligente”, dice Franzen; “Absolutamente entrañable”, dice Auster; “Extraordinaria”, dice Ashbery, haciéndose el tonto. 

Ya tenía que haber sospechado algo con ese apelar al absolutismo por parte de Auster. Absolutamente entrañable podría ser el osito de mimosin, el perrito de scottex o el gato con botas, si me apuran, pero no un fumado americano en lo alto de un tejado madrileño. Eso es absolutamente imposible. Por otro lado (pero esto lo descubrí una vez terminada la novela) la afirmación de Hilarante que escupe Franzen dice muy poco en favor de su sentido del humor (algo que ya suponíamos cojo de alguna pata). Y por último, en el caso de Ashbery, que para los que no lo sepan es un poeta al que Lerner dedicó un ensayo enterito, es fácil ver la relación: su nombre aparece once veces en esta novela, uno en los créditos y cuatro en los agradecimientos. Si yo fuese Ashbery también creería que este libro de Lerner es lo siguiente a extraordinario. 

Razón number two: Lector Malherido (desenfajado). Hubo un tiempo en que mi fe en Malherido era inquebrantable. Donde hubo fuego, cenizas quedan y yo me dejé llevar porque uno también se cansa de tirar. De su reseña me quedé -como hago siempre, y así me va- con todo lo bueno. Hablaba de romanticismo tolerable, inteligencia extraordinaria, ligereza compositiva (¡) o de la honestidad y el encanto de lo imperfecto, último punto este que, así como sin quererlo, valida casi toda la narrativa existente, incluyendo la saga Dragones y Mazmorras. No estuve atento, sin embargo, al párrafo fundamental, aquel que pudo haberme evitado el disgusto y por mi mala cabeza no lo hizo: “La novela de Ben Lerner no es gran cosa, en principio; no trata asuntos graves ni cuenta con una trama imaginativa o mínimamente ingeniosa; ni siquiera sigue la tradición artesana de la literatura de su país, esa novelística impecable en su estructura dramática, pues en una página estamos en Madrid y en la siguiente en Granada o Barcelona, sin otro motivo justificador que el hecho de que Ben Lerner anduvo seguramente por allí y quería sacar estas ciudades en su libro.” 

De lo que se deduce que si camina como un pato y grazna como un pato seguramente sea un pato, pero eso sí, un pato inteligente, hilarante y entrañable. Un pato extraordinario, en definitiva. 


* * * * * * * * 
Otro día que venga más a cuento podemos hablar de la Inteligencia que, junto con la Profundidad, es uno de mis criterios críticos favoritos. Cuando leo que una novela es inteligente siempre me pregunto lo mismo: exactamente, ¿a qué nivel de inteligencia nos referimos? ¿Cómo es una novela no-inteligente? ¿Cómo distinguir unas de otras? ¿Acaso no es un poco gratuito decir que una novela es INTELIGENTE, así, sin más? Quiero decir, ¿qué hace que una novela sea inteligente? ¿Y en que se traduce? ¿Nos hace más listos a los lectores? ¿Podría hacernos más guapos, también? Y voy más lejos: ¿puede una novela ser más inteligente que su escritor? ¿Sueñan los poetas con novelas inteligentes? 

(De la profundidad ni hablemos, pero citemos a Lerner; démosle sentido a este post: “lo más cerca que había estado de tener una experiencia profunda del arte probablemente era […] una experiencia profunda de la ausencia de profundidad”.) 
* * * * * * * * * 

Esa cosa que debería ser la reseña 

Por aquello de hablar un poco del libro les voy a resumir de qué va. El protagonista es un joven americano que viene becado a España a escribir unos poemas (proyecto poético, le dicen) que tienen algo que ver con la guerra civil. No queda muy clara la cosa seguramente porque son poemas de libre interpretación. Pues bien, la novela es este muchacho pasando de todo. Literalmente. Se levanta, fuma, cafetea, toma pastillas blancas para favorecer el atontamiento y se echa a la calle a verlas venir. De vez en cuando plagia algo (las becas no se ganan solas): traduce, recorta, pega, descontextualiza y a ver si cuela. Y sí, cuela, porque pocas cosas hay más tontas que un poeta madrileño haciéndose el interesante: “Me dije que daba igual lo que hiciera, daba igual lo que hiciera cualquier poeta, los poemas constituirían pantallas sobre las cuales los lectores proyectarían su propia fe desesperada en la posibilidad de la experiencia poética, fuera lo que fuese, o les darían la ocasión de llorar su imposibilidad.” 

Al igual que para el terrorismo (la aventura coincide con el atentado de Atocha) también hay tiempo para el amor: tiene el muchacho una facilidad para enamorarse sospechosamente relacionada con la erección del momento. “Bebimos y fumamos hasta vaciar la botella y luego nos fuimos a la habitación y echamos un polvo rápido y me enamoré perdidamente.” […] “Un poco antes de las diez sonó el timbre y bajé a la calle y me encontré con Teresa. Me besó en los labios y me enamoré de ella.” A mí a los quince me ocurría exactamente lo mismo. Quiero pensar que esto no es a lo que se refieren cuando hablan de novela profundamente inteligente. Quizá sea a este otro momento Nespresso.: 
El gato seguía en el sofá rojo, parpadeando. Aunque no me había movido ni había hecho ruido, Teresa sabía que estaba despierto y, con el teléfono encajado entre la oreja y el hombro, me trajo un café; no había oído la cafetera. No supe interpretar su sonrisa. No podía creerme lo bueno que estaba el café. Regresó al escritorio y yo me senté y me terminé el café e intenté escuchar su conversación; decía algo de una entrega o un envío; quizá sí trabajara para la galería. Después del café fui al baño y abrí el grifo de la ducha y cagué y me tomé una pastilla blanca y luego me metí en la ducha. La alcachofa era compleja y podía ajustarse la textura del agua de varias maneras. Por alguna razón, más que ningún otro objeto del piso o el piso en sí mismo, me hizo sentir que la riqueza de Teresa era ilimitada. Me di cuenta de que no había bebido agua, solo café y alcohol, desde hacía tanto tiempo que me asusté. Abrí la boca y dejé que se llenara de agua y tragué. 
La novela está plagada de experiencias vitales de este calibre. Cierto es que hay mejores momentos, algunos probablemente inteligentes, y que tiene su gracia ser observado y analizado con bastante acierto por un extranjero, pero la novela no deja de ser el relato del ir y venir de un perfecto gilipollas. Uno de tantos. 
Era incapaz de conseguir un café en ese país, no digamos ya de comprender su guerra civil. No había visto la Alhambra. Era un mentiroso compulsivo, bipolar, violento. Era un americano de verdad. Nunca iba a aplanar el espacio ni a hacerlo añicos. No había visto El pasajero, una película que yo protagonizaba. Era un fumeta, puede que un alcohólico. 
Debe atentar contra alguna ley física que la trayectoria de un cuerpo sea siempre descendente, pero eso es lo que algunos parecen empeñados en querer demostrar. Me refiero, por supuesto, a Mondadori y su querencia por lo prescindible. Como dice Iago Fernández, crítico de El Sindicato (el Suplemento Cultural Juvenil de Mondadori), LEANLO (si quieren, añadiría yo) pero luego no me echen a mí la culpa. 


Y telón 

Cuenta Kundera en “El telón” que en una ocasión recomendó a un amigo, un escritor francés, que leyese a Gombrowicz. Cuando volvió a encontrárselo, éste estaba algo molesto porque no le había entusiasmado. ¿Qué has leído?, le preguntó Kundera. Los hechizados, contestó. ¿Los hechizados? ¿Por qué elegiste Los hechizados? Kundera se sorprende porque esa es una novela de juventud que Gombrowicz escribió y publicó por entregas en un periódico polaco antes de la guerra. Gombrowicz, en Testamento (una conversación con Dominique de Roux en la que comenta TODA su obra) no dice ni una sola palabra de Los Hechizados. Ni una. Así de en tan alta estima la tenía. ¡Tienes que leer Ferdydurke! ¡O Pornografía!, le dijo Kundera. El amigo, el escritor francés, lo miró con melancolía: “Amigo mío, la vida se acorta ante mí. He agotado la dosis de tiempo que tenía guardada para tu autor”. 


Quizá Ben Lerner sea un escritor de una inteligencia prodigiosa, capaz de elevar el coeficiente ajeno a golpe de chascarrillo, quizá haya escrito la mejor novela generacional de la década, quizá el suyo sea el retrato más perfecto de la apatía que nos consume, y quizá estén por venir sus obras maestras, pero aquí servidor ha agotado la dosis de tiempo que tenía reservada para ese autor. 

¡Siguiente!



 (*) "Saliendo de la estación de Atocha", Ben Lerner, Mondadori, 2013 - Traducido por Cruz Rodríguez Juiz

jueves, 27 de octubre de 2011

"Libertad" de Jonathan Franzen


Les pongo en antecedentes: de Franzen he leído tres libros: la novela “Las Correcciones”, la recopilación de ensayos “Cómo estar solo” y uno chiquitito llamado “Zona Templada” que es en realidad un pequeño relato autobiográfico excesivamente caro se mire por donde se mire. Sobre “Cómo estar solo” es un fenomenal conjunto de ensayos que merecía una reseña digna y de “Las Correcciones” jamás escribí nada porque lo leí hace ya demasiados años y en el recuerdo tiendo a idealizar ciertas lecturas a pesar de olvidar los detalles. Sí es verdad que se convirtió de inmediato en uno de mis libros favoritos aunque esto no fuera suficiente para "interesarme" por la obra anterior del escritor porque entonces yo creía que uno era tan bueno como lo último que escribía y que lo otro no era nada más que el medio para alcanzar el fin que es el presente nuestro de cada día. 

Esto lo digo para que se entienda el exceso de confianza y se conozca el nivel de las expectativas con que enfrenté la lectura de “Libertad”: la convicción de estar frente a un monumento más que ante un libro, una actitud a todas luces excesiva porque al fin y al cabo no dejaba de ser una novela más en su trayectoria y Franzen un ser humano común tirando a pelín zumbado a quien con el paso de los años he ido idealizando con manifiesta voluntad de que así fuese porque también quiere uno ilusionarse con algo de vez en cuando. 

El argumento es muy sencillo (por lo que tiene de común) aunque difícil de resumir (por lo que tiene de extenso). Quedémonos con la idea de un drama familiar moderno, esto es, donde el reto no es escapar del hambre o la guerra sino errar continuamente el camino que conduce a la felicidad, saberlo y no evitarlo. Los protagonistas son varios (novela coral, pues): Patty, un ser bastante odioso con el que sin embargo logramos simpatizar en varios momentos (“Ella era ya en sentido pleno aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar” Pág.14); su marido, un tipo íntegro, leal y condenado a sufrir por amor (“Desde luego era muy paciente: tenía el metabolismo de un pez en invierno” Pág.28) y sus hijos, ella y el, dos elementos también de cuidado, más el segundo que la primera, una muchacha a quien Franzen obvia inexplicablemente. El quinto es discordia es el amigo bohemio, un tipo liberal e inteligente que nos las va a hacer muy felices a los lectores por la parte de culpa que tiene en el enredo huracanado en que esto se convertirá. Así es en general la estética de la novela: todo muy USA, muy de retrato familiar de la era Bush Junior: la pequeña gran novela americana –le pese a quien le pese- de la década inmediatamente anterior a esta. 

Lo grande de Franzen es lograr que lo anodino y vulgar que pueda tener ser una aburrida ama de casa del medio oeste sea el acontecimiento literario del año y encima tengamos que darle la razón porque no se trata de ver lo mal que cocina la buena de la mujer sino de entender porqué se le queman siempre las magdalenas. Figuradamente, claro. La escritura al servicio de la historia (por supuesto, hablamos de Franzen); de una exquisitez envidiable. No importa el argumento, de verdad que no (en el sentido en que no debería ser esta la razón para leerla o despreciarla) y en cierto modo eso la hace más interesante por la capacidad que tiene de atrapar desde la primera página -obviando el hecho de mi más que optimista predisposición inicial- y por lograr que nos importen las pajas mentales de unos y otros así como sus devenires por caminos trillados: una concentración de lo visto en televisión estos últimos diez años elevado a la enésima potencia, concentrado y servido en copa de lujo marca Franzen.