Casi había olvidado lo que era leer sin cargar un blog a las espaldas, esto es, sin “subrayar” para después, tal vez (a pesar de que este santo blog sólo reseña un treinta por ciento de lo que lee), compartir; leer sin perpetrar un comentario despectivo cada dos páginas. Leer, en definitiva, sin una doble intención, por muy buena que ésta sea.
Pero detrás de esta ausencia total de presiones externas hay algo más que estas cada vez menos indefinidas vacaciones que me he sacado de la manga; detrás está, sin duda, el propio Jonathan Franzen. Porque leer a Franzen, como leer a Richard Ford o Philiph Roth o Thomas Bernhard y dos o tres más, es un placer que no acostumbro a compartir (pocas reseñas encontrarán de estos autores en el blog) por razones que nada tienen que ver con temores reverenciales o intereses editoriales sino más bien con el deseo, más que la necesidad, de… recuperar, digamos, la inocencia de ese lector que un día enfrentó y se maravilló con Las Correcciones o cualquier otra lectura que deviniera en descubrimiento.
De ahí que, no la reseña, sino la fe de lectura de hoy tenga más que ver con un intento de recuperar poco a poco (muy poco a poco) la actividad del blog que con un sincero interés en analizar una obra que, ya sólo por su autor, tiene toda mi atención, como debería tener la suya, especialmente la de aquellos que malgastan su tiempo con libros de amigos y vecinos, de colaboradores; libros casi siempre infumables; libros banales, ejercicios de becarios ociosos; literatura inofensiva, implosiva, las más de la veces nacional, partos íntimos, búsquedas del yo, y demás cutrerío postadolescente.
Pero hablábamos de Franzen.
No voy a mentirles. Pureza está muy lejos de ser una obra maestra. Diría, incluso, que es más que probable que pase a la historia como una obra menor del autor. Con todo, una novela poco más que entretenida de Jonathan Franzen es, por norma general, entre veinte y setenta veces mejor que la obra maestra de turno que cada mes se anuncia en la redes, le pinten ustedes la nacionalidad que le pinten.
(Empecemos admitiendo que Pureza no es Las correcciones. Pero es que sólo Las correcciones es Las correcciones, a ver si nos enteramos. Sólo una vez se descubre un autor, como sólo una vez se toca el cielo. Al menos la mayoría. Franzen lo hizo y no importa cómo se ponga, no importa lo que mejore y octanos que suba porque publique lo que publique siempre llevará las de perder. Porque contra la nostalgia, el descubrimiento literario que un día hicimos tirados en el sillón, no hay nada que hacer. Pero eso significa que el resto no valga la pena. Quisieran muchos que sí, especialmente aquellos que temen ponerse en evidencia, pero NO).
(Empecemos admitiendo que Pureza no es Las correcciones. Pero es que sólo Las correcciones es Las correcciones, a ver si nos enteramos. Sólo una vez se descubre un autor, como sólo una vez se toca el cielo. Al menos la mayoría. Franzen lo hizo y no importa cómo se ponga, no importa lo que mejore y octanos que suba porque publique lo que publique siempre llevará las de perder. Porque contra la nostalgia, el descubrimiento literario que un día hicimos tirados en el sillón, no hay nada que hacer. Pero eso significa que el resto no valga la pena. Quisieran muchos que sí, especialmente aquellos que temen ponerse en evidencia, pero NO).
Pues bien, en Pureza, esa obra menor que tantos venderían su alma por escribir, vuelve ese Franzen que tanto nos gusta a quienes nos gusta, esto es, a los valedores del buen gusto y el sentido crítico más exquisito. La historia, como ocurre siempre con las mejores historias, es prácticamente imposible de resumir pero para que se hagan una idea les diré que la cosa va de una joven que, tras dejar la universidad, busca su lugar en el mundo. Precariedad laboral, deudas impagables, una madre medio loca, un padre que no conoce… Pureza es Pip (Purity) buscando a su padre, básicamente. Esa búsqueda irá poco a poco ampliando considerablemente el microcosmos de la novela, dejándolo a un paso de reventar por exceso de una trama que tendrá como fondo (un fondo fondísimo me temo, que se podría haber explotado mucho más) el acceso o derecho a la información reservada.
Pureza probablemente sea, de todas las novelas de Franzen aquella a la que más se le ven las costuras por culpa de una estructura prácticamente infantil de puro repetitiva (bloques que presentan a dos personajes y su pasado) y sin embargo todo se le perdona gracias a la capacidad de Frazen de despertar y mantener el interés del lector (del lector común, no del lector minimalista acostumbrado personajes planos y un excesivo simplismo argumental) a lo largo de sus nada interminables 700 páginas.
Conviene tener claro antes de abrir la primera página que en esta novela tienen tanta importancia los hechos como los personajes, de ahí que esa obsesión de Franzen por entrar en los detalles más nimios sea confundida, en ocasiones, con una excesiva prolijidad, especialmente cuando olvidamos que muchas veces son esos nabokovianos detalles los que mejor hablan de nosotros y los que mejor nos definen en tanto nos adscriben a un espacio, a un momento y una clase social.
«A última hora de la tarde se detuvo en la tienda de una gasolinera Toot’n Totum y compró una ensalada del chef envasada en una caja de polietileno. En la habitación del hotel, donde el ocupante anterior había estado fumando, mientras retiraba el precinto del bote de salsa para la ensalada tuvo la sensación de que aquel producto se dirigía exactamente a su sector demográfico: mujer solitaria de cincuenta años en busca de algo adecuado para comer. Le dio por pensar que la soledad que sentía no era de orden genérico.»
He disfrutado con Pureza como hacía tiempo que no disfrutaba con una novela. Porque le pese a quien le pese (y me consta que le pesa a mucha gente) Franzen es un magnífico narrador de historias modernas. Sabe hacerlas interesantes; sabe llegar al lector, sabe engatusarlo y crear personajes, sabe darles una voz y una personalidad a cada uno y sobre todo sabe qué hacer con ellos una vez que los enfrenta. Sabe llevarlos a su terreno y a nosotros con ellos.
En resumen, Franzen sigue siendo tan recomendable como siempre.


