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miércoles, 8 de abril de 2015

‘El año del desierto’ de Pedro Mairal

Se dice: estupenda novela de corte y confección apocalíptica. Se dice: genial. Se dice: obra maestra. Se dicen: muchas tonterías.

De obra maestra, nada. De buena novela, poco. De errores vulgares: para regalar.

Lo cierto es que esta novela, quitando lo atractivo del argumento y lo (a ratos) efectivo del desarrollo, no hay por dónde cogerla. 

Esto es así porque es así. Y ya. Pero voy a desarrollarlo un poco.

El año del desierto va de esto:

Buenos Aries querido. La protagonista es recepcionista de una empresa de inversiones o no sé qué. La historia comienza un día que ella espera a su novio y se producen revueltas en las calles por cosas que tienen que ven con desacuerdos y tal y su novio no acaba de llegar. Ese drama. Bueno, tanto da, no es el tema. Las revueltas crecen, la situación se extrema. Violencia engendra violencia. Un día dejan de funcionar los ordenadores, otro los teléfonos. Otro día te quedas en casa, no te vayan a zurrar por el camino y descubres que el agua está dejando de ser potable y que tanta epidemia y tanta rata suelta no puede ser bueno. Lo habitual: problemas de abastecimiento, etcétera. La población, amenazada, se refugia en los edificios y así no se puede dormir.

Mientras tanto, la Intemperie avanza.

La intemperie es un algo abstracto que se va comiendo los edificios y va asediando la capital. Donde había estructuras, ahora hay baldíos. Esto es: emigración. Esto es: masificación. Esto es: hambruna. 

La primera parte de la novela es una suerte de versión ampliada de aquella novela de Ballard llamada Rascacielos que comentamos en su momento por AQUÍ. Pues bien, la cosa es un barrio haciéndose fuerte frente al mundo: se hacen túneles, se tienden puentes entre edificios, se levantan alambradas, se derriban paredes, se viola la intimidad, se protege de un exterior hiperviolento y ahora desconocido. Hasta que un buen día la-nena-buscando-a-su-churri-cual-Marco-enamorado da con una puerta a la calle, igualito que el amigo Carrey en El show de Truman, y descubre que no es para tanto la cosa. 

Y echa a andar.

Y aquí, más o menos por aquí, es cuando la novela se pierde.

Porque es a partir de este momento que la novela deja clara su intención: retroceder en el tiempo. A medida que la protagonista avanza, la sociedad retrocede. De la era tecnológica a la edad de piedra. Literalmente. El hombre, en su lucha por la supervivencia, descubre que, frente a la falta de antibióticos, no hay como la medicina natural. Para Mairal parece que de esto al taparrabos median doce meses.

Y oye, tampoco es eso. Qué necesidad, pregunto. 

Con esto se descarta la posibilidad de leer una novela de ciencia ficción toda vez que el esfuerzo por construir una ficción apocalíptica creíble ni existe ni se la espera. Todo es focalizar la acción sobre un personaje que será testigo de la pérdida (gratuita, siempre) de valores, conocimientos y lenguaje y todo en el plazo de un año. Y digo gratuita porque en ningún momento, repito, en ningún momento, se explican las razones de, por ejemplo, el resurgir del machismo o la enfermiza devoción religiosa de curas que dan de espaldas la misa en latín. 

«—Lo que se llamó tecnología y progreso no fue más que la mano siniestra del capitalismo salvaje. Hay que volver a la tierra y a las manos. Las máquinas les quitan el trabajo a los hombres, la ciencia nos quita el pan de las manos, la ciencia todo lo pudre».
[…]
«—Si el país sale adelante, será a pulso, con la fuerza de los brazos, no de las máquinas. Sólo a partir de la simpleza podremos volver a comenzar un país más justo. Sin armas de fuego que vuelven cobardes a los hombres. Sólo desde esa lucha cuerpo a cuerpo y con la gracia de Dios podremos defender valientemente nuestra dignidad».
[…]
«—La desaparición de nuestras ciudades no es más que la gracia de Dios manifestándose, mostrándonos el camino verdadero, extirpando los cánceres de corrupción de las urbes pecaminosas. Dios nos ama y nos bendice y nos ha enviado a Juan Martín Celestes como un instrumento de su salvación».

Cuando digo que la novela no se sostiene (si acaso he llegado a decir tal cosa) es porque una vez descartada la premisa inicial, esto es, la razón por la que estábamos leyendo, todo lo que queda es un inmenso chiste, un chiste de proporciones legendarias: toda la gracia consiste en ver cómo ha sido la evolución del ser humano que llegando del mar (origen de la vida) ha ido evolucionando a lo que es ahora: un mono mirando un móvil. 

«Me volví bastante hábil. Yo, que unos meses atrás atendía teléfonos en una oficina con piso de moquette, que traducía cartas al inglés vestida con mi tailleur azul y mis sandalias, ahora hundía las manos en la sangre caliente, separaba vísceras, abría al medio los animales, despellejaba, buscaba coyunturas con el filo».

Podemos buscar alegorías pero también podemos no hacerlo.

El caso es yo venía a leer una novela sobre el fin del mundo, no a recibir una lección de historia. Esto me molesta un poco, he de confesarlo, porque tampoco es como si el viaje hubiese sido absolutamente genial y maravilloso y valiese la pena el esfuerzo sólo por asistir a lo que estaba teniendo lugar entre sus demasiadas páginas. Me siento estafado, además, toda vez que, como decía más arriba, la involución reflejada es completamente gratuita y no atiende a más razones que las que marca la línea del tiempo de alguna enciclopedia digital:

«Cuando llevábamos más de una semana de marcha, entramos en una zona dominada por la tribu de los turfes, que vivían bajo tierra en cuevas redondas. Habían olvidado por completo el castellano. Domesticaban ñandúes y arrastraban las cosas con sogas, como si hubiesen olvidado también la rueda».

Es por esto que dicen por ahí que El año del desierto es un rewind de la historia (argentina). Y dicen verdad. Pero es un rewind fallido desde el momento (y lamento insistir) en el que hay que aceptar pulpo como animal de compañía. Estamos muy acostumbrados a buscar y condenar a voz en grito fallos en los guiones cinematográficos y sin embargo no tenemos problema en obviar la inmensa cagada que esta novela, que más allá del divertimento general, ocasional, y la prometedora primera mitad, se limita a construir una ficción a golpe de escenas unidas por un débil hilo argumental que lo mismo se podía haber ahorrado el bueno de Pedro. Total para qué.

«Apo se ausentó una tarde y apareció al día siguiente; la vimos salir del monte con el hijo en brazos. Se había internado a parir sola en la espesura. Cuando mostró que el bebé era varón, las mujeres hicieron un gran escándalo contra los hombres. Parecían culparlos de algo, y ellos bajaban la cabeza arrepentidos. Era una vieja creencia de la que supe después: en los tiempos antiguos las mujeres parían mujeres y los hombres parían hombres. Así fue siempre hasta que un grupo de hombres descuidó a sus recién nacidos para ir de caza durante varios días. Al regresar encontraron a sus hijos muertos. Entonces los dioses decidieron que los varones no eran capaces de gestar a sus hijos. A partir de ese momento las mujeres debieron gestar tanto mujeres como varones. Por eso, cada vez que nacía un varón, se les recordaba esa creencia a los hombres, reprochándoles que esa mujer había tenido que hacer el trabajo de ellos».