He aquí otro ejemplo perfecto para ilustrar el habitual servilismo de los medios y las mitades: Ian McEwan saca novela y antes de volver a meterla ya está entre lo mejor del año. Porque no son dos ni tres los que hablan de su magnífico hacer y el largo etcétera habitual. Estamos en tiempos de listas; es fácil de comprobar.
El caso es que uno pica (porque pica, sí, porque uno es humano también y quiere creer que tal cosa –otra obra maestra, aunque sea menor− es posible por más que estamos en tiempo de mejores sentimientos, que yo también me noto en exceso complaciente) y lo busca y lo lee. Sobre todo lo segundo.
Y uno no entiende, una vez más, si es él (que no sería la primera vez) o qué.
Yo se lo digo: qué.
Les cuento la historia. Acabo enseguida.
La protagonista es juez de familia, ya saben, de esas que administran odios y amores, reparten custodias y gestionan conflictos maritales. Es, no podía ser de otro modo, una gran profesional (Ian hace auténticos esfuerzos para obligarnos a quererla): templada, sensata y justa en extremo. Se nos pone como ejemplo de virtud la decisión de separar unos siameses que ven amenaza su integridad si no ponen fin a su unión. Sentencia ejemplar y remordimientos (al fin y al cabo salvar a uno supone matar a otro) nos muestran una mujer adulta, íntegra y dura como el plomo pero también humana, sensible y con un alto grado de empatía.
Lo dicho: la querremos. Esa es la primera trampa.
La segunda la pone su marido.
La novela comienza con una discusión en la cocina. Ellos dos, solos (no tienen hijos, por cierto; demoraron la maternidad más allá de lo razonable usando la excusa de sus respectivas carreras, sobre todo la ella). Él le dice que ha conocido a una mujer, que quiere tener una aventura con ella, que lo suyo está más bien dormido, que han entrado en una edad, verdad… Si total ya casi son como hermanos, qué más le dará a ella que otra se la chupe.
—¿Qué quieres, Jack?
—Voy a vivir esta aventura.
—Quieres el divorcio.
—No. Quiero que todo siga igual. Sin engaños.
—No lo entiendo.
—Sí lo entiendes. ¿No me dijiste una vez que los matrimonios que llevan muchos años casados aspiran a ser como hermanos? Hemos llegado a ese punto, Fiona. Me he convertido en tu hermano. Es agradable y bonito y te quiero, pero antes de caerme muerto quiero vivir una gran relación apasionada.
Total, que él quiere las ventajas del amor y del matrimonio y a ella no le hace maldita la gracia verlo picar de flor en flor y encima tener que hacerle la cena y hasta felicitar su hombría. MacEwan simplifica al marido hasta hacer de él poco más que una ameba con pene.
Esa es la segunda trampa. Hubiera sido mucho más interesante (y por descontado difícil) desarrollar el argumento del macho y convencer al lector de las virtudes de tamaña oferta pero en cambio se opta por tomar partido por la buena de Fiona en todo momento, llegando al despropósito de hacernos creer que cambiar la cerradura de la puerta escasas diez horas después de haberse quedado sola en casa (no es mucho spoilear decir que su marido sale a tener esa aventura igualmente) es un acto irreflexivo y cruel y una señal, no tanto de debilidad como, insisto, un gesto que la humaniza más allá de toda duda razonable.
No importa. A estas alturas Fiona ya lo es todo para nosotros. Y canta tan bien…
Entonces llega el conflicto. Y el despropósito. Es la tercera trampa.
Niño menor de edad por escasos tres meses tiene leucemia y necesita transfusión. Es testigo de Jehová. Sus papis no quieren, él no quiere. Transfusión, caca. Es un mártir. O eso pretende. La cosa pinta fatal. Es ahora o nunca. Ella, ante la duda, lo visita, por aquello de ver si parece lo bastante listo como para tomar la decisión por sí solo y acogerse a no sé qué precedente. El chico parece listísimo. Y digo “parece” porque realmente no hay en todo el capítulo ni un solo momento que invite a pensar semejante cosa más allá de la permanente aseveración de Fiona, que ha caído rendida a los pies de una abnegación que confunde con fuerza de voluntad. Con todo, tomará la decisión que ya suponemos, dejando con esto meridianamente claro que no había maldita necesidad de visitar al muchacho, lo que pone nuevamente (y van…) en evidencia las costuras del relato.
La cuarta trampa no se la cuento pero sepan que tiene que ver con una suerte de amor que viene de ninguna parte y a ninguna parte va.
La novela, por cerrar el despropósito, trata no sé muy bien de qué. A ratos parece una reflexión sobre el amor adulto, ya cercano a la vejez; a ratos sobre la justicia social o la complejidad de dirigir un tribunal familiar; a ratos una reflexión en torno a la religión y sus extremismos; a ratos sobre la pérdida o la desorientación o sobre la necesidad de algo indefinible que puede tener que ver con no saber envejecer.
Maldito si lo sé.
La novela es de un snobismo tal que parece un guión de Woody Allen y los personajes son tan planos y previsibles, y en algunos casos tan vacíos, que da como grima pensar que alguien ha dedicado un año de su vida a diseñarlos. No hay lugar a debate, no hay lugar a conflicto, no hay escenas creíbles ni diálogos memorables. No hay nada, en definitiva, que haga pensar que esto merecía salir en lista alguna, a no ser, claro, que quienes lo fuerzan estén realmente agradeciendo un ejercicio de prosa tan elegante (en el sentido de correcta) como breve.
Una pérdida de tiempo, en definitiva.
