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martes, 27 de septiembre de 2022

Esto no es una reseña de “Un hijo cualquiera” de Eduardo Halfon

En 2016, en un post que agrupaba todas las lecturas de febrero de tal año, hablé de Monasterio de Eduardo Halfon en los siguientes términos:

«Yo quería leer otro libro de Halfon pero se dio la casualidad que era el único que tenían en la biblioteca. No me interesó durante la lectura y no me interesó una vez terminado. Lo cerré, lo devolví y lo enterré. No sentí en ningún momento la necesidad de compartir la experiencia, ni para bien, ni para mal. Ni levantó odios y desató pasiones; fue una ausencia total de sentimientos. Halfon será, como dicen por ahí, uno de los grandes, no lo dudo, pero espero que por otras obras. Y digo esto sin ánimo de ofender o llevar la contraria. Lo digo porque Monasterio parece un libro más. Y ya son demasiados y no tiene uno ganas de andar salvando vidas y buscando virtudes bajo las alfombras».

Desde entonces no había vuelto a sentir interés por Halfon hasta que este año, en esta rentreé, supe de Un hijo cualquiera y del contagioso entusiasmo general que despertaba. El resultado ha sido una lectura de escaso o nulo interés, una vez más, seis años después. Denlo por cerrado y enterrado. Y no, pese a este post, tampoco en esta ocasión he sentido la necesidad de compartir la experiencia, ni para bien ni para mal. Ni ha generado odios ni ha desatado pasiones: una vez más, si ha destacado por algo, es por la ausencia total de sentimientos. Sigo sin dudar de que Halfon es de los grandes (esto no es ni remotamente cierto, pero bueno…) pero sin duda no lo es por este libro como tampoco lo fue por Monasterio. Un hijo cualquiera es un libro más, un libro cualquiera. Uno de tantos. Uno del montón (de la parte baja del montón). Quizá porque es un librito, como dicen que dijo su editor en no sé qué momento, de Caras B, la cual es una pobre excusa para justificar una colección de relatos que transitan entre lo mediocre y lo insufrible. Yo entiendo que un editor agradecido en ocasiones se debe a su escritor y que éste quiera dar salida a lo suyo a pesar de haberlo escrito en horas bajas, como también entiendo el hoy por ti y mañana por mí, pero en según que casos, como este, flaco favor se hacen.

Concluyo pues que, ni Halfon es mi escritor ni yo soy, probablemente, para él, su lector ideal. Y que ninguno hemos cambiado; que el tiempo, se ve, no pasa por nosotros. Yo es lo que me llevo. Él no sé.