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jueves, 23 de junio de 2016

‘Breve historia de siete asesinatos’ de Marlon James

Dejé de leer a James Ellroy hará cosa de, no sé, diez años. Fue poco antes de publicar Sangre Vagabunda, la novela que cerraba el ciclo de los bajos fondos de EEUU. Razón: ninguna. O sí, todas. Nunca era un buen momento: o no era lo que me pedía el cuerpo, o era demasiado largo,… qué sé yo; siempre, a lo largo de estos diez años, he encontrado alguna excusa para demorarlo, para no rescatarlo de ese menosprecio que ya daba por permanente, y eso pese a que, tantos años después, sigo recordando los nombres y los apellidos de los personajes principales, que tampoco es algo que me pase todos los días.

Pero todo eso, hasta ayer.

Marlon James —y tengo que decir que, aunque no el único, este es el mejor cumplido que se va a llevar— me ha devuelto no sé si la ilusión o las ganas o simplemente me ha recordado qué era aquello que tanto me gustaba de Ellroy y qué fácil es, si te lo propones, ventilarte 700 u 800 páginas de intrigas, asesinatos y otras cosas de matar. Porque Breve historia de siete asesinatos, de ley es reconocerlo, tiene mucho de James Ellroy con algunos años de menos y algunas rastas de más. 

«En el gueto no existe la paz. Sólo existe una realidad: que lo único que puede frenar tu poder para matarme a mí es mi poder para matarte a ti. En el gueto vive gente que lo único que puede ver es cómo son las cosas dentro. […] El mundo no es un gueto y el gueto no es el mundo. La gente del gueto sufre porque hay gente que vive para hacerla sufrir. Los buenos tiempos también son malos para alguien». 

Breve historia de siete asesinatos es esto:

En la novela Bob Marley es el Cantante, «un hombre capaz de hablar con Dios y con el diablo y conseguir que hagan las paces, siempre y cuando ninguno de ellos tenga mujer»; un hombre que, pese a no decir una palabra, consigue que toda la novela gire en torno a él. O, si no toda, la mitad. La premisa está basada en un hecho real: el intento de asesinato que sufrió días antes de un concierto por la santa paz de su país en su santa casa, y eso que «todos los caballeros grandilocuentes, todo el mundo de Copenhagen City, de Eight Lanes, de Jungle, de Rema, de los barrios altos y de los bajos, todos saben que al Cantante no hay que sacarle una pistola». Siete pistoleros siete, hasta las cejas de tranquimazin, entraron, se liaron a tiros y salieron dejando un rastro de sangre, que no de cadáveres. Quién dijo que matar era fácil. Sobre esta base, sobre ese momento concreto de la historia jamaicana, Marlon James teje una ficción, una red de intrigas varias, de asesinos a sueldo, drogadictos, agentes de la CIA, mafiosos, mafiosillos, mierdecillas, fumados, guerras locales, políticos corruptos y meados en la cara… bueno, qué coño, prácticamente todo lo que pueden ustedes encontrar en América o en Seis de los grandes, otras novelas del amigo Ellroy, pero situando la acción en una Jamaica convulsa no, lo siguiente, y no buscando matar a un Kennedy si no a un trovador que prometía cambiar el mundo o al menos la parte de mundo que creía poder cambiar, que no era poca.

La novela es coral por una razón que Marlon James explica, poniendo las palabras necesarias en boca de uno de los personajes, casi al final del libro:

«Bueno, llega un momento en que hay que desarrollar la historia. No puedes limitarte a centrarla en una sola cosa, hay que darle perspectiva. Las cosas no pasan en el vacío, hay efectos y consecuencias y siempre hay un mundo entero alrededor que sigue con su vida, da igual lo que estés haciendo. Si no, acabarás escribiendo un simple informe de un suceso y eso lo puedes encontrar en las noticias de la noche.»

Y es ahí donde encontramos justificación para la voz de una joven enamorada de un cantante; un periodista enamorado de Jamaica; un traficante enamorado sí mismo, una bestia parda de antología, un clásico intemporal y otros dos capos, a cual más bestia, más triste, más viejo y prácticamente arrepentido. Y un agente de la CIA pagado de sí mismo a la vez que un perfecto inútil… Incluso un muerto. Pero sobre todo, lo hemos dicho, JAMAICA. Jamaica como cuna de, como el comienzo y como fin de todo y de nada, como un país que se cuece y enriquece según avanza la novela:

«He estado preguntando por el tal Papa-Lo. Fraudes, extorsiones y cinco acusaciones por asesinato, de las que sólo una llegó a juicio y fue absuelto. Gobierna un barrio de chabolas llamado Copenhagen City. Así que ahí estaba el Cantante, acompañado de dos mafiosos de un partido político al que se supone que él no apoya y tan coleguitas como si hubieran ido juntos a la escuela. En los días siguientes, además, lo vieron por ahí con Matasheriffs, que es el padrino de Eight Lanes, un barrio controlado por el otro partido, el otro bando. Dos capos mafiosos en una misma semana, dos tipos que en buena medida controlan las dos mitades en lucha del centro de Kingston. Es posible que el Cantante sólo esté trabajando por la paz. Al fin y al cabo, no es más que un cantante. La cuestión es que estoy empezando a darme cuenta de que en Jamaica nadie es sólo lo que es. Algo se está cociendo y yo ya empiezo a olerlo. ¿He mencionado ya que dentro de dos semanas se celebran elecciones?».

Tras una primera parte (cuatrocientas páginas para narrar escasos dos días, ahí es nada), llega la decepcionante segunda parte, momento que la novela elige para bajar el ritmo; nada preocupante, no teman, de hecho hasta se le puede perdonar si uno tiene un buen día. A partir de ahí, vuelta al ruedo. Jamaica y sus demonios se expanden y llegan al mismísimo New York en otro de esos momentos vergonzantes de su historia, a menos para el lugar en que ocurre, allá en Bushwick, un lugar que más parece un campo de batalla que otra cosa.

«Los únicos dos edificios que quedan en la manzana a los que nadie ha prendido fuego o que no se han quemado por accidente. Ahora hay uno en casi cada manzana o calle de Bushwick, una casa o un apartamento o un edificio de ladrillo rojo que alguien ha quemado hasta los cimientos para cobrar el seguro porque en Bushwick es imposible vender una sola casa».

En definitiva: una correcta, puede que incluso más que buena novela. Interesante, intensa, a ratos frenética, a ratos (los menos) no; con una de esas galerías de personajes que gustan tanto a los amantes de género negro, antihéroes de moral retorcida o directamente amorales, grandes conspiraciones y batallas campales. Incluso un episodio carcelario que hará las delicias de casi todos. Y Jamaica. Y lo peor de Nueva York. 

Realmente sí parece un momento perfecto para rescatar al amigo Ellroy o, cuando menos, retomar el negro como color de fondo.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

‘Cuentos completos’ de E.L.Doctorow [Una reseña en dos tiempos]

Reseña en dos partes que, amén de poner en evidencia a quien esto escribe, muestra el sentido final de un blog y su verdadera utilidad. Está, por un lado, aquello que se escribe antes de empezar a hablar de un libro, antes de cogerlo para rescatar las notas; antes de releer fragmentos o directamente partes enteras. Y después está aquello que se despliega frente a uno según va escribiendo; al releer; al rescatar esas notas; al buscar explicaciones no pedidas; a la hora de observarlo todo, una vez más, desde el principio. Partiendo de cero. 


La reseña antes de la reseña

Hoy voy a ser un poco duro pero es que si no me paso de algo no me salen las cosas. Ténganlo en cuenta a la hora de tomar una decisión o antes de tomarme demasiado en serio.

Si no he dicho quinientas veces que no soporto reseñar relatos no lo he dicho ninguna. Cómo me gustará de poco que hace nada —unos días, cuando escribo esto— leí un librito de Harold Brodkey llamado Primer amor y otros pesares que me pareció sublime, casi, casi, perfecto o, si lo prefieren, inapreciablemente imperfecto, pero no tuve tiempo que dedicarle, en cierto modo, ni muchas ganas, en honor a la verdad, o siendo despiadadamente honesto, no tenía la menor idea de cómo podría convencerles de lo acertado de su lectura. Si se preguntasen en qué momento he pasado de vulgar (es un decir) reseñista a vendedor ambulante les diría que solo tendrían que leer ese libro para dar con la respuesta. Leer Primer amor y no dejarse el pellejo en recomendarlo (como se recomienda a Carver o a Salinger, para que se hagan una idea de por dónde van los tiros) es de un egoísmo hijoputil extremo, si me permiten la licencia.

Sé que no debería venir a cuento comentar esto de Brodkey en una reseña que debería pertenecer exclusivamente a Doctorow pero, amén de que Doctorow está (estaba, ya, si lo prefieren) más que acostumbrado a ser ninguneado o a ocupar un eterno discreto, elegante (y ya supongo que en modo alguno buscado) segundo plano, tiene esta lectura una importancia vital en mi valoración final del recopilatorio de Doctorow. Es lo de siempre: leer una pequeña maravilla (casi se me escapa Obra Maestra) reconfigura el punto de vista y ya tiene que hacerlo bien, Doctorow, para que la cosa sea remotamente parecida.

Lo que quiero decir con tanto circunloquio es que lamento profunda, profunda, profundamente, que los relatos de Doctorow, pese a mi entusiasmo cuasinfantil de hace unas semanas, no llegaran a gustarme todo lo esperaba o suponía, todo lo que daba por hecho antes de tiempo. Pero es que… coño, era Doctorow! Ragtime, Homer y Langley… Es decir, DOCTOROW.

Una última anotación, importante, en mi opinión: esta es la primera vez que se reúnen todos los relatos escritos por Doctorow a lo largo de su vida. Gallifante para Malpaso. No son muchos, los relatos. Las cosas como son: se nota que no era lo suyo. El caso es que el autor antes de morir se sentó a ordenarlos, a buscarles una disposición adecuada.

* * * * *

Dicho lo cual: ya estoy en disposición de confesar que no estoy ni remotamente dispuesto a escribir una reseña. Esta me la voy a saltar. Razones, pocas. Básicamente se resumen en una: tendría que volver a leerlo y no estoy dispuesto fundamentalmente porque el contenido es irregular. Aquí muchas veces somos de extremos (es verdad, lo confesamos), y no siempre del todo justos, pero, insisto: no siempre. Los relatos de Doctorow… muchos de los relatos de Doctorow, son francamente buenos… o francamente interesantes, o unos buenos y otros interesantes… y otros son francamente olvidables (cuando no ya directamente olvidados). Me temo. 



La reseña durante de la reseña

Willi. Aquí un ejemplo que contradice lo dicho en algún párrafo anterior, me pone en evidencia y rompe una lanza en mi cabeza. Leí Willi dos veces (¿o fueron tres?) La primera con prisas, sin prestar atención. Quería empezar el libro y quería hacerlo ya. Así me fue. La segunda me descubrió un magnífico relato lleno de matices que he embadurnado de subrayados. En él se dibuja el tormento de un joven de trece años incapaz de distinguir entre el odio y amor, con esa pasión que sólo se tiene a los trece años, vencido por el peso de un secreto que no puede soportar y una decisión que no se atreve a tomar: 

«Me habían puesto en una situación intolerable. Se me había concedido doble visión, de ésa que se produce después de un golpe brutal. Descubrí que no quería saber nada de mi madre dulce y considerada. Descubrí que no soportaba la delicada pedagogía de mi preceptor. ¿Cómo cabía esperar, en medio de ese aislamiento rural, que yo siguiera adelante? No tenía amigos, no se me permitía jugar con los hijos de los campesinos que trabajaban para nosotros. Sólo contaba con esa trinidad de madre, preceptor y padre, esta trinidad no precisamente santísima del engaño y la ignorancia que me había excomulgado de mi vida a los trece años». Relato sobre el paso a la madurez y la familia, un combinación explosiva.

El escritor de la familia es un relato en el que un hombre tiene la obligación de hacer feliz a una mujer a golpe de correspondencia o lo que es lo mismo: obrar el milagro de la mentira piadosa. Está en sus manos dar o quitar la vida, crear recuerdos donde no los hay, modelar un universo a placer. 

«Esa noche, en la mesa de la cocina, aparté mis deberes y redacté una carta. Intenté imaginar cómo habría respondido mi padre a su nueva vida. Él nunca había viajado al Oeste. Nunca había ido a ningún sitio. En su generación, el gran viaje era de la clase trabajadora a la clase profesional. Eso tampoco lo había conseguido. Pero adoraba Nueva York, la ciudad donde había nacido y vivido su vida, la ciudad donde siempre descubría cosas nuevas». 

Un delicioso relato que rinde homenaje al oficio del escritor, con todas sus bondades y todas sus maldades, y escupe sobre el infierno que es la familia. (Ya ven: familia, familia, familia) Tal vez por eso lo he disfrutado tanto. Aquí está el Doctorow que más me gusta: sutil, elegante a la par que discreto, divertido, inteligente… Cruel. Un relato que llega al lector tiempo después de haber sido leído y se queda ahí, en el recuerdo, haciendo cosquillas en el cerebelo.

En Jolene: una vida, Jolene, la protagonista, las pasa putísimas a lo largo de lo que parece toda una vida, total para descubrirse, a los veintipocos y habiendo acumulado una serie de catastróficas desdichas (acompañadas de breves instantes de felicidad) dignas del culebrón más cruel, en un estado que la sitúa permanentemente en la casilla de salida: 

«Y así es como cambia la vida, igual que azota el rayo: en un instante lo que era ya no es lo que es y te encuentras sentado en una roca al borde del desierto, con la esperanza de que pase un autobús y se compadezca de ti antes de que te encuentren allí muerta como un animal cualquiera atropellado en el asfalto».

A partir de Jolene, una vida, los relatos suben de categoría (sin pretender con esto desmerecer los mencionados anteriormente) y durante bastante tiempo Doctorow se transforma, una vez más y con matices, en un contador de historias excepcional. Lamentablemente el sincero interés con el que es leído, por ejemplo, Bebe Wilson (relato de una pareja, en la que no se sabe cuál está más loco, que huye por el país tras secuestrar un bebé, un bebé Wilson) se da de bruces con lo previsible de su desarrollo e incluso final. No es el único caso y de ahí la crítica. 

Una casa en la llanura hace más evidente, si cabe, la importancia que tiene la maternidad (familia, familia, familia) en los relatos de Doctorow (incluso a Jolene, tan joven, la obliga a pasar por el trance). En él un hijo es obligado a fingir que no es tal cosa, así como aceptar que otros sí lo son. A pesar de esto no pierde la mirada, no siempre infantil, de un hijo que venera a su madre: 

«Ella ve las cosas antes de que las vean los demás. Tiene planes que se extienden en todas las direcciones del universo, la suya no es una mente a piñón fijo, la de mi tía Dora. Me ilusioné con sus designios para mí, como si los hubiera concebido yo mismo. Quizá los había concebido yo mismo en secreto, pero ella había desentrañado ese secreto y ahora daba su beneplácito, porque, desde luego, a mí me gustaba Winifred Czerwinska, cuyos labios sabían a pastas horneadas y que gozaba muchísimo cuando me la follaba». 

Walter John Harmon o Niño, muerto, en la rosaleda son dos relatos que, pese a corrección e interés no dejan a Doctorow en la mejor de las situaciones. Sí, de acuerdo, gran contador de historias, hombre ameno donde los haya pero… Pero. Una vez más, demasiado previsible. En un caso una investigación con fuertes implicaciones políticas (setecientas películas hemos visto ya, exactamente iguales) y en el otro una exploración en primera persona del peligro de las sectas no son precisamente lo que uno esperaba encontrarse. Leídos y, aunque no olvidados, tampoco sobrevalorados.

* * * * * *

Y podríamos seguir, pero también podríamos no hacerlo y ahorrarnos, así, por un lado el esfuerzo de escribir y por otro el de obligarle a usted, amigo lector que no venía preparado para esto, a leer un post indecentemente extenso.

Podríamos hablar de otros relatos (Wakefield, por ejemplo, en el que un hombre demuestra una especial habilidad en abandonar a su mujer o la más bien novela corta que cierra el recopilatorio) pero no vamos a hacerlo. Y no lo haremos básicamente porque no serviría de nada. A Doctorow hay que leerlo porque hay que leer a Doctorow. Punto. Es lectura obligatoria para todo aquel que aprecie la buena literatura. De lo poco que he leído de Doctorow esto es lo que menos me ha gustado pero teniendo en cuenta que se trata de relatos (genero que, como norma, odio) creo que estoy en disposición de afirmar sin temor a exagerar que sale, en líneas generales, muy bien librado. Mejor que bien, diría. No son muchos los libros de relatos que he completado/terminado a lo largo de mi vida (generalmente son miserablemente abandonados en algún momento, recuperados, reducidos); este es , pese a la antes mencionada irregularidad, uno de ellos.

Aquellos que deseen acercarse al autor sin enfangarse en tramas demasiado elaboradas (vagos y maleantes, fundamentalmente), esta es su oportunidad. Oportunidad que yo no dejaría pasar. Oportunidad, de hecho, que no dejé pasar. 



martes, 12 de mayo de 2015

‘La inconcebible aventura del hombre que fue otro’ de Manou Fuentes

Creo que fue [más o menos] ayer cuando decíamos que parecía haber una corriente literaria que podría ser bautizada como “la del hombre que huye” o “la reinvención del don nadie” en el sentido que se trata de una novelística que tiene mucho que ver con seres humanos en busca de acción o algo que poner el diario que no sea el simple hoy planté judías de Thoreau. Yo no sé, pero algo hay. Una tendencia, seguro. La inconcebible… es un buen ejemplo, ya verán.

Un buen día Manou Fuentes puede que de profesión anestesióloga (esto, en principio, no va con segundas) decide compartir con nosotros su pasión por la literatura. Es un hecho que la literatura levanta pasiones entre algunas, digamos, personas. No sé qué culpa tenemos los demás, honestamente, pero ahí está, el hecho, inmutable, de unos cuantos evidenciando su falta de talento. (No digo que sea el caso). El resultado es una banda de miles de cientos de seres humanos sentados frente a un ordenador creyendo que lo suyo está de fábula. Toda esta gente podría dar salida a eso suyo serigrafiando citas de Proust en camisetas, shorts o toallas de playa, o tarareando poemitas de Lorca en los puestos de palomitas de las ferias locales, pero no, ellos no, ellos, comportándose como niños que tratan de matar al padre a golpe de qwerty, escriben libros que luego quieren publicar para que todo el mundo veo lo mal que lo hacen. Manou Fuentes no parece, a primera vista, una excepción (aunque al menos ella no es una adolescente tardía haciendo perder el tiempo a la gente con ucronías de dos mil páginas), aunque, no sabemos bien porqué (tal vez por el aval que supone ser traducido) sí hay lugar a la esperanza (aunque también es probable que eso sólo lo creamos porque ya tiene una edad, Manou, lo que conlleva suponerle experiencia y una vida propia y mejores cosas que hacer si lo suyo, su talento, no es suficiente para).

Es por eso que leemos a Manou Fuentes. Porque sí y su pasión por a literatura. Porque tenemos fe en ella y en el sistema educativo francés y en las personas que, superado el despertar artístico, deciden ponerse a ello a una edad inesperada.

Pero al final todo da igual. Nuestra fe, su buena voluntad… Al final es uno a un lado y otro al otro y, entre medias, un libro. Este libro. 

Y este post.

La inconcebible aventura del hombre que fue otro (traducción libre —libertina, casi—de L’homme qui voulait rester dans son coin (que Google traduce como ‘El hombre que quería quedarse en su rincón’) es la historia de un don nadie. Otro don nadie: «su existencia, protegida de cualquier tipo de responsabilidad que implicara algún riesgo, le parecía un traje confortable, sólido y resistente al tiempo». Se supone que estamos, en palabras de la autora, frente a un thriller metafísico o existencial. Ahí es nada. 

A Pojulebe, que es como se apellida nuestro héroe, se le cae un buen día un hombre encima. Así, literal. Desde entonces ya no vuelve a ser él mismo. 

«Su cuerpo está entero, pero su espíritu está abierto a los cuatro vientos. Estas perturbadoras coincidencias han cavado en él unos abismos sin fin. Ha bastado con una pequeña falla delgada como arañazo (la caída de otro) para que surja un nuevo acontecimiento (este nuevo acontecimiento es su homónimo). Algo del exterior ha penetrado por ese punto flaco y ha rebosado los bordes, hasta producir esos abismos insondables. En el fondo de su alma, que él creía sólida, han entrado unos gérmenes desconocidos que socavan sus cimientos y minan sus andamios pacientemente levantados. Es como si la fortaleza de su yo se hubiese desmoronado como un castillo de naipes. En su interior, sólo queda un montón de sí mismo hecho añicos».

Por circunstancias equis y un encadenado de mala suerte, se siente obligado o en la necesidad o tal vez simplemente satisface el deseo oculto de huir de la justicia sin haber hecho absolutamente nada. Se lleva un montón de dinero que tenía en casa, en efectivo (un recurso un tanto burdo al que recurre la escritora para no enredarse con subtramas de corte laboral) y se da el piro. Encuentra una playa y en la playa una actitud que lo devuelve a la vida: ya puede ser más él mismo que antes, que no se sabía si era o no era o qué era si era. Ese infinito abanico de posibilidades que a cada minuto se despliega ante él.

«Ahora es consciente de que se verá obligado, no se sabe muy bien por qué fuerzas ocultas, a convertirse en otro.»
«Jamás volverá a ser derrotado... Tener confianza en sus propias fuerzas... Probar sus talentos hasta ahora adormecidos para enderezar su suerte. Convertirse en lo que nunca fue. Alguien que se atreve. Alguien que da la cara. Alguien que coge el toro por los cuernos». 

¿Ven un poco por dónde van los tiros? ¿Sí? ¿No? ¿Más citas? Venga.

«Jamás podrá escapar de la verdad. Es, siempre ha sido y siempre será, un chupatintas mediocre incapaz de tomar la iniciativa y de llevar las riendas de su vida. Ninguno de sus esfuerzos y decisiones servirán para nada».

No sé porqué tengo la sospecha de que no lo acaban ustedes de ver. Venga, atentos, por favor, no podemos estar así todo el día.

«¿Conoces la historia de Ulises? […] Todo el mundo cree que es un héroe tallado en mármol, pero no es así en absoluto. Ulises era un hombre sensible, ni un semidiós ni un héroe ni nada... ¡Es más, yo diría que era un tipo como nosotros! Su único deseo era estar tranquilo en su casa con Penélope, cuidando juntos de su isla. Pero después de la Guerra de Troya tropieza con la cólera de los dioses, no me acuerdo por qué, y lo condenan a errar sin fin... Ulises, entonces, dispuesto a enfrentarse a la fatalidad que lo azota, sale con su trirreme sin muchas esperanzas de poder reorientar su destino. Pues bien, lo que a mí me gusta es que, a pesar de todo, ¡supo invocar a la suerte! Dios sabe, no obstante, que los poderes hostiles se cebaron con él... Vivió miles de pruebas, tuvo que enfrentarse a gigantes como Polifemo... ¿ves un poco por dónde va la cosa?»

Eso digo yo. ¿Lo ven, ya, de una vez?

Díganme que sí, por favor, no me obliguen a poner más citas; no quiero caer en lo mismo que la escritora: no quiero repetir una y otra y otra y otra vez lo mismo: que Pujulebe no era nadie hasta que pasó lo que pasó, hasta que decidió ser alguien:

«Desde su nacimiento, no la mitad, sino casi la totalidad de sus pensamientos fueron pensados sin que él lo supiera. A diferencia de Salavin, que se analizaba a sí mismo e intentaba modificar su manera de ser y ennoblecerse con alguna acción benefactora, Édouard estaba codificado sin una pizca de imaginación».
«¿Cómo podrá vivir del mismo modo que antes después de las conmociones tan profundas que ha sufrido? ¿Cómo va a comportarse estando en el mismo contexto, cuando en su interior está todo patas arriba? ¿Cambiar su estilo de vida? ¡Como si fuera tan fácil! No se plantea ni por un instante volver a cuestionarse su trabajo de administrador, ni sus costumbres de ciudadano solitario». 

Llega un momento, en esta novela, en el que uno se aburre de escuchar siempre lo mismo; un momento en el que harta de que le recuerden la intención de lo que está leyendo, como si esto no fuese más que evidente desde la página uno, y como si la propia acción de la novela no fuese suficiente para evidenciarlo. Es un poco como leer subido a una cinta de correr o a un burro atado a una noria: el paisaje no cambia pero agota igualmente. Por si no ha quedado claro: Pojulebe huye y descubre que puede ser otro o ser de otra forma ocultando su verdadera identidad y dejándose llevar por la situación que es un poco exactamente lo mismo (o exactamente parecido a lo) que ocurre en “La misma ciudad”, la novela de Luisgé Martín, ese autor patrio que podría perfectamente abanderar este nuevo género literario de hombre a la fuga. En ambos casos, una huida, una reinvención, una nueva vida. La diferencia, en el caso la novela que nos ocupa respeto de la Luisgé, es que incluye misterio: están los malos, los buenos, el hecho delictivo, la confusión y el inevitable recurso de impartir justicia, tratar de poner a cada cual en su lugar, etcétera. Lo nunca visto, vaya.

La inconcebible aventura del hombre que fue otro es una novela, sí, entretenida, a su modo, y cargada de intención pero que por repetir el discurso o dilatar, en ocasiones, en exceso la acción (o demorarla, también), termina provocando en el lector una necesidad: la de terminar de una santa vez.


miércoles, 6 de mayo de 2015

‘El protegido’ de Pablo Aranda

Creo que voy a empezar a hacer lo que los novelistas con sus novelas: escribiré siempre la misma reseña. Diré exactamente lo mismo (si acaso no lo hago ya) en todas las ocasiones. En todos y cada uno de los posts plantearé las cuestiones en los mismos o similares términos, partiré de las mismas premisas, haré pequeñas variaciones, trataré de sorprenderles al final (diciendo que algo me ha gustado, por ejemplo), pero en rigor serán más o menos las mismas soplapolleces de la semana anterior.

O soy yo, que elijo mal, o el universo —que me la tiene jurada—, o que el patio está fatal, que es lo más probable, pero el caso es que de un tiempo a esta parte no me encuentro otra cosa que novelas en las que los protagonistas, meras farolas, huyen de su vida anodina y vulgar utilizando como excusa, no sé, lo que sea, un crimen, un misterio, un robo, por ejemplo, cualquier cosa que obligue al lector a sentir interés, a creer que se encuentra frente a una novela de corte negro sobre fondo dramático o un drama sobre fondo de pistolas, cuando a lo que realmente asiste es a la enésima práctica de la nada.

Algún día nuestra generación (y ya de la que viene ni hablamos) será recordada como aquella que no sabía hacer otra cosa que escapar de una realidad que entendía como opresivamente vulgar gracias al desarrollo de un complejo aparato virtual: que si redes sociales para quedar, que si google maps para viajar. Somos el homo virtualis. Y va a peor. Esto se traduce en novelas que, buscando reflejar el decadente estado de la situación en el que nos vemos sumidos, cuentan con protagonistas con querencia a la aburrición enfrentados a una situación que, como decíamos antes, los supera y gracias a la cual descubrirán algo sobre sí mismos, algo que desconocían, obviamente, o bien madurarán por las malas, que de todas la posibles es la más efectiva. Que evolucionarán, vaya. Serán mejores personas o personas más complejas o mejores y más completas y mejores personas o lo que prefieran ustedes, sin descartar en ningún momento que puedan ser igualmente unos perfectos imbéciles.

Ese era y es —como hemos visto hace nada— exactamente el caso de las novelas de Luisgé Martín, que utiliza lo oscuro como campo gravitatorio para sacudir la vida de seres humanos de clase media baja ligeramente acomodada. Y es también el caso de Pablo Aranda, que hace lo propio en esta ocasión (fuera de esta novela ya no sabría decirles, no le sigo la pista) con un asunto de drogas, argumento que algún avezado periodista no ha dudado en esgrimir para defender que existe en la novela un fuerte componente de crítica social, que me río yo de janeiro y del periodismo y de tanto sexo oral no remunerado.

La historia, por si les interesa, gira en torno a un personaje (que, por supuesto, no puede ser más vulgar ni queriendo) que acaba de romper una relación total para empezar otra (que hace falta estar desesperado) que no le irá mucho mejor toda vez que se ha constituido, pese a su espontaneidad, más por sincero interés que por verdadero afecto. En un momento dado el hombre —que, dentro de su inmadurez e innata estupidez, no deja de ser buena gente—, hace algo que le honra y le condena al mismo tiempo: devuelve algo que no es suyo a quien supone justo destinatario en el peor momento posible: a la vista de un montón de gente codiciosa, avariciosa, envidiosa, rencorosa, malosa. Entremedias, un crimen, y él, sin comerlo ni beberlo, directamente por lelo, se encarama a la rama reservada a los principales sospechoso en el árbol de la vida.

A partir de aquí, las peripecias. Lo de intentar salir del enredo enredándolo todo a cada paso un poco más. Enredándolo, seamos claros, en exceso; llevándolo hasta lo increíble. Llevarlo tan allá que casi lo metemos en el terreno de la fantasía heroica, que nos falta nada más que el caballo y la espada de Conan el destructor para acabar de entender tamaño absurdo. 

Se acompaña la novela de escenas de cama con poco sexo, para que veamos flotar el amor y sintamos los afectos como propios y no caigamos en lo soez. Lágrimas correteando por las mejillas, hijos putativos, amores no correspondidos y algunos no entendidos y uno que no se sabe cómo demonios ha llegado dónde ha llegado; policías eficientes, proactivos, tenientes deficientes, poli bueno poli tonto, poli enamorado, poli salido y ya todo qué más da si está más visto que el tebeo.

Y frases cortas. Muy cortas. Mucho. Siempre. Así. Zum, zum, zum. Mira qué rápido, mira.

«El padre pasando cuentas del rosario en la esquina del salón, ante la televisión apagada. Las persianas casi bajadas del todo. Haces de luz encendiendo sus manos, las cuentas gastadas. La madre en la cocina, ante dos cacerolas que vertían hilos espumosos de agua. Al otro lado del tabique donde apoyaba la cabeza su padre, Karim evocaba a Mariam. Mariam con el hombre que le devolvió la fianza de un alquiler. Ni él, Karim, había sido quien pretendía alquilar el apartamento ni Jaime era el propietario. Mariam con Jaime y él sentado en el suelo de su cuarto. No le gustaba el policía, con sus preguntas. No le gustaba Jaime, ya no. Haberlo matado. En su momento, en la casa de Ismael. Ismael, un nombre. Quiso dirigir la culpa hacia Mariam pero no pudo. Si se hubiese quedado en Marruecos. Pero todo se debía a la ambición de Abdu. Tú no te metas, enano, le dijo, moro. Abdu lo llamó moro. No lo entendía».

Zum.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee” de Eduardo Lago

Esta novela es lo primero que publica la Editorial Malpaso. De Malpaso se habla mucho —y bien— en la red. Hagámosle un breve repaso, a Malpaso. Y después, reseña.

Malpaso

He aquí un arranque planeado con tiempo: Malpaso no nace y luego ya montará un blog y más tarde, cuando pueda, una web. No. Malpaso nace con web, con blog, con catálogo para 2013. Tienen incluso correo electrónico. Son tremendos. Saltan a la arena con dos libros en el horno: este de Lago y otro de Vonnegut. Al poco de nacer, sacan los bizcochos, los colocan en la calle y a vender. 

Después llegan los aplausos y los muy bien y los me gusta y los comparto y los retuits y el entusiasmo, la locura habitual, y todas las esperanzas puestas en ellos y cientos de miles de apoyos incondicionales. Y a ver cuántos de todos esos se compran el libro. Y a ver cuántos se lo leen. 

Los libros tienen forma de libros: tapa dura y páginas. Y dos valores añadidos: el canto coloreado y una cubierta que es, a la vez, faja. Y además: incluye ebook. Esto es la monda. Si te compras el libro (te vas a una tienda y pagas por él o directamente lo robas) tienes derecho a su versión digital por cero euros más. El método es algo cutre, pero los programadores van caros y lo que cuenta es la intención. Aquí la mecánica: se abre el libro por la página uno, se escribe un nombre (el de uno mismo, por ejemplo) y se le saca una foto que se manda a un email equis. A la vuelta de correo, habemus libro en formato epub. Doy fe.

Esto es Malpaso. Innovación y tal. Una apuesta fuerte. Quizá me equivoque, pero le pronostico una gran hostia. Y no porque se lo merezcan (no se lo merecen) (todavía) sino por el panorama, que está fatal de lo suyo. Y por el catálogo, que no sabe uno si animarse o esperar comentarios ajenos. Ya veremos.

* * * * * * * * * 

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee”

Vamos a lo que importa.

1

La cosa gira en torno a Nabokov y más concretamente en torno a “El original de Laura”, su novela inacabada. 

Nabokov se va a morir y le dice a su churri que si no le da tiempo a terminarla haga el favor de tirarla a la basura o quemarla o comérsela con patatas. Ella, que sabe lo que vale su marido incluso muerto (especialmente muerto) no la tira sino que se la da a Dimitri, su hijo, que después de algunos años, tras batirse en duelo con una duda muy poco razonable, decide publicarla. ¿Sorpresa? No, qué va. No veo yo a Dimitri dudando; si acaso haciendo tiempo.

La no-novela viene en fichas. Esto, bien planificado y mejor diseñado, lo venden en fascículos coleccionables y se hacen de oro. No pudo ser. En España lo publica Anagrama: foto de una ficha y traducción, foto de ficha y traducción… así 138 veces. 

Va de esto: “El original de Laura gira en torno a una novela dentro de la novela, o sea Laura, personaje inspirado por Flora, que es un caprichoso y sensual álter ego de Lolita.” Y se cuenta tal que así: “Nabokov redacta unas fichas en las que aparece un escritor llamado Wild que redacta unas fichas en las que aparece un tercer escritor que toma notas acerca de cómo va a ser su novela, Mi Laura. Todo eso está en El original de Laura.”

A la crítica no le gustó. La historia estaba demasiado en pañales. Las ideas eran ideas demasiado vagas. Había que pensar demasiado, inventar demasiado. Todo era oquedades. 

Al público, en general, como era de esperar, le importó un comino.



2

Un buen día Eduardo Lago se tropieza con la novela. La lee. Le gusta. Le gusta mucho. Le gusta tanto que la vuelve a leer. La lee sesenta veces. La lee cien veces. Y piensa: aquí una novela; la veo. La ve. No es un delirio. No es un espejismo. Está ahí, la novela.

Y decide: le voy a dedicar un libro.

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee” es Eduardo Lago construyendo una novela sobre el esqueleto de otra, siendo su esqueleto la poca información de las fichas de Nabokov. La intención: dar cuerpo a la no-novela de Nabokov (NO acabarla, NO). Cubrirla de músculo y piel y echarla a andar. Hacerse un Jurassic Park a medida.

¿Y esto como se hace? Bueno, fácil no es. 

La cosa va más o menos así:

Un personaje descubre un buen día “El original de Laura” y contrata un negro literario para que haga de investigador privado. “Necesito escuchar voces distintas a la mía para entender ciertas cosas.” El caso es que el investigador, un tipo sin imaginación (imprescindible, esto, dice Lago) enamorado de una mujer fatal (la novela parodia el género negro, por cierto) va contando lo que va descubriendo. Va, para que nos entendamos, explicando la novelita dichosa a partir de la continua y metódica lectura de sus fichas. Por el camino, intrigas varias y guiños para aburrir: que si el betseller es una mierda (Zafones, Follets, Dueñas...), que si los límites de la ficción, que si la novela todavía en pañales. Que si hay tanto todavía por decir y tantas formas diferentes de hacerlo. 

Tiene humor, ya lo he dicho. También: mujeres faltales, millonarios moribundos, islas desiertas con nombre de náufrago, David Foster Wallace, Paul Auster, Nabokov, su hijo, su mujer. Un lío de mil demonios sobre un lío de mil demonios. Literatura, literatos, literofilia, literofobia. Tarta de chocolate con cobertura de chocolate, empacho seguro. Ya te tiene que gustar el cacao.



3

Con esto no se llega a todos los públicos. Estas cosas nunca acaban en betseller. Se sabe. Lago lo sabe y le gusta que así sea aunque en el fondo quién no sueña con vender un millón de ejemplares. Pero no a costa de todo. Todavía hay clases. Pero estoy divagando. Al final lo que importa es el resultado. Si pone o no pone. Si gusta, si engancha, si eriza el vello, si arranca carcajadas. Hay un poco de todo: a ratos, no siempre. No a todo el mundo. Tiene su ritmo, que sube y baja. Hay que hacer concesiones. 

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee” es el fruto de una pasión: la pasión de Eduardo Lago. Compártanla, compréndanla y disfrutarán. No hay otra. No hay más.

Vuelvo a la idea de imperfección. Todo libro acabado es un pálido reflejo del que concibió la imaginación de su creador. Con El original de Laura esto alcanza un grado extremo. La intención originaria de Nabokov fulgura en las profundidades que se abren bajo la superficie del texto. Es ahí donde quiere que baje, ¿no es verdad? Lo he hecho, aunque sólo una vez, por ahora. Y es mucho lo que he vislumbrado. La idea más importante es la que apunté antes. Así, en el estado en que se encuentra ahora, desperdigada entre los borrones que ocluyen las fichas, es infinitamente más sugerente que si su autor hubiera conseguido terminarla. Son los errores lo que hacen que el libro llegue tan lejos. En ellos está la clave que permite llegar al texto ideal soñado por su creador, un texto que ninguna imaginación hubiera sido capaz de forjar.