“Un mundo para Mathilda” fue la última novela que estuve a nada de abandonar algo así como setenta veces. Tirando por lo bajo. Esta podría ser la reseña más corta del mundo, pero ya saben que yo cobro por carácter (tómense esto como quieran). Total, que lo de Mathilda es muy muy bobo. Mucho. No es lo más bobo del mundo, pero casi.
Mathilda es una niña de unos trece años a la que se le muere una hermana no mucho mayor que ella. La información que la criaja nos da sobre el percance parece bastante clara porque uno pone siempre toda su fe en el narrador pero Mathilda tiene 13 años y arrastra un sentimiento de culpa que nubla nuestro entendimiento lector. Claro que de esto te vas enterando de a poquito. (Des)ventajas de (leer) escribir en primera persona, supongo. La niña está pelín perturbada, trastornada; la niña está fuera de sí la mitad de la novela (algo evidente por el exceso de tonterías y pequeños detalles en los que no viene mucho a cuento entrar). Para ella todo es desatención hacia su persona y sus padres no son nada más que esos señores que leen y callan todo el santo día.
Quiero ser mala. Quiero hacer cosas malas, ¿por qué no? Mi vida es aburridísima. Como ahora. Es de noche, todavía es temprano para acostarse pero demasiado tarde para estar fuera, y ellos dos leyendo leyendo leyendo, moviendo los ojos como la luz interior de una fotocopiadora. Esta noche, cuando metía los platos en el lavavajillas, he roto un plato. He dicho lo siento mamá me ha resbalado. Pero no me había resbalado, soy así a veces, y quiero ser peor.
Temía lo peor cuando la empecé. Lo mejor y lo peor. Me explico. Por un lado me veía venir una puta novela sobre un fondo de entorno literario. Horror. Por el otro pensaba en mi bendita ignorancia que de allí (de ese párrafo inicial) podía salir una novela sobre la incomunicación infantil absolutamente maravillosa. Absolutamente maravillosa es exactamente lo que pensé, sí, porque yo a veces también soy de esperarlo todo de una novela.
Pues esta niña mala, tan dada a llamar la atención a golpe de vajilla, nos cuenta lo que es su vida en los días previos y posteriores al primer aniversario de la muerte de esa hermanísima, una chica popular, guapísima, comprometida con nobles causas y, como buena adolescente, secretamente enamorada. ¿Cómo se muere? Sí, perdón. Se muere arrollada por un tren. Si quieren ustedes saber si se cae o no se cae, si la empujan o no la empujan se leen ustedes la novela que no todo va a ser leer de gorra.
Se adorna todo esto con el gran trauma que fue, es, el 11S. Algún día los novelistas americanos tendrán que empezar a hablar de otra cosa. Viendo lo rentable del asunto habrá que ir pensando en una masacre. Ya tienen ustedes deberes para el fin de semana. Retomando: hay por lo tanto una niña angustiada y sin rumbo en un mundo desesperado por recuperar su control. O algo así. Dejo la frase porque me quedó cachonda más que porque sea verdad.
Lo injustificable es el aburrimiento de una novela que no lleva a ninguna parte, que todo es dar vueltas sobre la tristeza y el desequilibrio a través de anodinas acciones protagonizadas por anodinos personajes. Llámenlo anodinosis. Tampoco tiene nada de especial la voz narradora (hubiera sido una inmejorable oportunidad para salvar la situación) por lo que todo lo que le queda al lector es la curiosidad propia del cotilla.
Pues a este clavo ardiendo, para ilustrar el argumento, es al que se aferra, por ejemplo, María José Obiol en la reseña que hace para Babelia el dos de febrero cuando dice (y cito textualmente, que no se diga que me presto a libre interpretación cuando me place) que
“A Mathilda se la escucha con atención en sus inquisitivas, demoledoras e incluso hilarantes preguntas y razones, pero el buen comienzo, ese punto furioso, tiene en ocasiones una deriva que no acaba de cumplir con las expectativas, por lo menos no todas, pues sucede que el interés de la novela decae y el proceso de lectura, ese camino regulado por la tensión narrativa de la historia que se va desarrollando no siempre mantiene vibrante la peculiar voz de Mathilda.”
Llámenle deformación profesional, si quieren, pero voy a meterme un poquito con Obiol. O mejor, voy a decirles lo que no hay en la novela utilizando el parrafito de Mariajo. Aclaro: de hilarantes preguntas nada. Las preguntas normalitas de toda la vida de dios de niña resabida y con más traumas que un marine. Inquisitivas todas, o de preguntas tendrían poco y demoledoras, bueno, a ratos, es verdad que un poco puta sí que es algunas veces, pero más en resoluciones que en cuestiones.
El resto es un poco de risa. Sigo hablando de MJ. Que “ese punto furioso” tiene en ocasiones una deriva sería reconocer que la deriva se corrige y unas veces está bien y otras no, que es lo que vuelve a dar a entender cuando dice que no siempre se mantiene la vibrante (!) peculiar (!!!) voz de Mathilda. En fin, pilarín, que si lo de Mathilda es una voz peculiar la mía es de crítico literario experto y documentado.
No le hagan ni caso a Mariajo, angelito, que sólo quiere salvar la novela de ser pasto de las llamas. La cosa no empieza mal, es verdad, pero cuando una novela no tiene nada que aportar se muere y esta se va muriendo como sin querer por culpa de no ser capaz de mantener el interés y dotar, precisamente, de una voz especial a Mathilda. Esperaba más de un poeta que golpes de efecto al final de cada una de las cuatro o cinco partes en que se descompone el libro. “De todos modos”, continúa Obiol, “conviene salvar escollos y continuar hasta la resolución de la historia”. ¿Por qué conviene? Si lo dice porque es el único modo de descubrir la sorpresa final que propone el autor ya les adelanto que no vale la pena. Y paso de entrar a discutir la chorrada de si un buen final (no es el caso) puede salvar una novela porque ya doy por hecho que NO.
Créanme, “Un mundo para Mathilda” no merece el esfuerzo de su lectura. No hay recompensa final. Y además la portada es horrible.
Un mundo para Mathilda
Victor Lodato
Traducción de Carme Camps
Duomo. Barcelona 2012
310 páginas. 19,50 €