Mostrando entradas con la etiqueta Minúscula. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Minúscula. Mostrar todas las entradas

miércoles, 18 de febrero de 2015

‘Siempre hemos vivido en el castillo’ de Shirley Jackson

Obra maestra, dicen. Obra maestra. Bueno, la gente, que es muy apasionada. De obra maestra, nada. Aquí lo único que pasa es que hay demasiados tragando mucha mierda que no lo parece o no lo quieren ver y cuando llega una novela un poco mejor, notablemente mejor, si quieren, se produce lo que se conoce como tontería supina. Se perdona porque la pasión es lo que tiene pero no estaría de más, una de dos, o aplicar el criterio de prudencia (norma que debiera ser de obligado cumplimiento) o probar a leer otro tipo de libros. Digo, para que después no tengamos que hacernos daño con las comparaciones.

La cosa va de esto: Merricat, la narradora, era una encantadora, traviesa y desobediente niña de doce años «a la que enviaron a dormir sin cenar» el mismo día que cuatro miembros de su familia fueron asesinados por envenenamiento. Arsénico. Arsénico en el azucarero. Arsénico sin compasión. Seis años después Merricat vive en una casa con jardín y bosque y portal con candado con su hermana y su tío, únicos supervivientes de aquella cena fatal. La hermana, acusada en su momento de la masacre y absuelta por falta de pruebas, padece una severa agorafobia que le obliga a vivir recluida con ese viejo inválido y esa niña, Merricat, que es todo imaginación desbordada y que parece que tenga sometida a la banda de dos con su candor, mayúsculo en comparación con la degradación que los rodea.

«Los Blackwood nunca tuvieron nada que ver con la degradación del pueblo; la gente del pueblo pertenecía a allí y ese era el único lugar apropiado para ella. Siempre pensaba en la putrefacción al acercarme a la hilera de tiendas; pensaba en quemar la podredumbre negra y dolorosa que lo corrompía todo desde dentro y tanto daño hacía. Eso era lo que deseaba para el pueblo».

Hasta aquí la premisa. 

Pareciera que la cosa iba de descubrir al verdadero asesino, pero no, para nada; lo cierto es que da igual y además está bastante claro, ni que hubiera tantos sospechosos. La crisis que justifica la existencia de esta novela (pues la feliz convivencia de tres pirados no es un tema) tiene lugar cuando algo cambia en ese entorno, en ese estado tanto tiempo inamovido de las cosas. Merricat, feliz en su aislamiento y orgullosa de su enfrentamiento con el resto del mundo no ve con buenos ojos una intromisión que tiene lugar (me van a perdonar que no entre en mucho más detalle), intromisión que amenaza con dar al traste con su refugio, la Luna, un espacio tanto físico como mental al que recurrir en caso de necesidad.

«Me gustaba mi casa en la Luna; dentro puse una chimenea y fuera un jardín y pensaba comer en mi jardín en la Luna. Las cosas en la Luna eran muy brillantes, de colores raros; mi casa sería azul. […] Fingía no entender su idioma; en la Luna hablábamos una lengua suave, líquida, y cantábamos bajo la luz de las estrellas, contemplando desde lo alto el mundo, abatido y mustio. […] En la Luna llevábamos plumas en el cabello, y rubís en las manos. En la Luna usábamos cucharas de oro. […] En la Luna tenemos de todo. Lechugas y pastel de calabaza y Amanita phalloides. Tenemos plantas peludas como gatos y caballos alados que bailan. Todos los candados son macizos y firmes, y no hay fantasmas».

Lo mejor de esta novela es la posibilidad que nos ofrece de acercarnos nuevamente a los cuentos de terror infantiles de casas habitadas por brujas malvadas, que igual ni tan brujas, que igual ni tan malvadas. Su gran acierto es básicamente ese aire de precuela de película Disney y de ahí, supongo, el entusiasmo un tanto infantil que despierta y que ha ido dejando su huella en post varios de blogs varios. 

En contra tiene que, en ocasiones, cerca ya del final, por ejemplo, tiende a estirar en exceso una historia que no da más de sí dejando, una vez terminado, un regusto un tanto amargo, como de algo que, de haber sido un poquito más breve o un poquito más concentrado hubiera resultado un poco bastante más perfecto.

En cualquier caso —y hablando de brevedad, me van a tener que perdonar la mía de hoy— ha sido una divertimento saludable y un feliz reencuentro con los miedos infantiles. Tampoco mucho más, ojo.


—Soy muy feliz —dijo al fin Constance, entre jadeos—. Soy muy feliz, Merricat.
—Ya te dije que la Luna te gustaría.


 * * * * * * * 

Y termino con una pequeña crítica que nada tiene que ver con la novela, sino con su edición española (reedición, para ser más exactos). Supongo que han visto la portada. Cómo evitarlo, verdad. Cómo evitar que nos sangren los ojos con semejante despropósito. La tipografía es propia de una becaria en su segunda semana y la imagen, sobre todo la imagen, hacen pensar en novela romántica de niña recluida en almena (¿alguien ha dicho Rapunzel?) y maromo con mucho que ofrecer y vieja costumbre de ampliar horizontes ajenos y amante de las siestas bajo parras y la mermelada de mora. Vergonzoso. Luego dirán, en la contra: clásico injustamente olvidado (no es el caso) y tan anchos. Penita pena, especialmente existiendo, como sí existe —la dejo pegada a este párrafo— una portada que sugiere mucho y que da una imagen mucho más aproximada de lo que se oculta entre sus páginas (esto es, relato más de bruja del Oeste que del Norte) y que pudiera servir de ejemplo o inspiración o algo a esas otras infames ediciones tipo la que nos ha ocupado estos minutos de hoy.

Portadas como la de Minúscula justifican la piratería.



jueves, 12 de enero de 2012

Otra reflexión en torno al Kindle y la piratería


Pues nada, que la semana pasada los Reyes Magos me dejaron un Kindle debajo del árbol de Navidad. Lo primero que hice fue configurarlo, claro, y luego comprar un libro en Amazon -un poco por error, otro poco no- que me costó la "friolera" de poco más de cuatro euros. (4,74 €, para ser exactos. Un error más que aceptable.) Se trataba de “El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde” de R. L. Stevenson que Nórdica Libros editó tan bellamente. Esto quiere decir que le han metido unos dibujitos, que es una cosa que siempre me gusta encontrar en los clásicos de terror. En un ejercicio de gilipollez sin límites, por aquello de experimentar nuevos niveles de imbecilidad, saqué el otro día de la biblioteca la edición en papel del mismo libro que al final será la que me acabe leyendo y que cuesta la friolera (ahora sí) de 27,50 €. No está mal para un libro de estas características pero, aunque la calidad es realmente buena, cuesta plantearse el desembolso de semejante cantidad de dinero por un libro cuando podemos bajarnos gratis la película que lo adapta. Es broma. Lo que quiero decir con esto es que 4,74 me parece un precio bastante... razonable –aunque sólo sea por comparación- y de hecho es un importe que ya he demostrado que no me importa pagar si con esto ayudo a promover la digitalización de la cultura y subsiguiente abaratamiento de la cosa escrita. 

Otro cantar fue lo que ocurrió cuando quise hacer lo mismo con la reciente “El tiempo es un canalla” de Jennifer Egan, nada menos que Premio Pulitzer 2011. Resulta que no hay versión de este libro para el Kindle en el mercado español, no así en el americano (si a uno no le importa leer en el idioma original) con la ventaja añadida de que cuesta 6,33 $, que al cambio vienen a ser 4,95 eurillos de nada. Lo voy a repetir por si no lo han pillado a la primera: 4,95 €. Entiendo que el tema de la traducción cuesta dinero y me tengan que cobrar un plus -que estoy más que dispuesto a pagar- por el servicio, pero lo que no entiendo es esa negativa a sacar la edición digital de un libro de la importancia de este en los tiempos que corren. Por si les interesa, la edición en papel cuesta unos 20 euros que es un importe que no me voy a gastar en señal de protesta -le he dado al botón "me gustaría leer este libro en Kindle" que va camino de ser más popular que el "me gusta" del Facebook-  y porque yo no soy de tirar el dinero cuando puedo sacarlos gratis de la biblioteca, que es lo que he acabado haciendo. Resumiendo: la Editorial Minúscula acaba de perder una venta para (supuestamente) proteger otra. 

Ojo, no quiero dar la impresión de que voy de nada: si este mismo libro estuviese disponible en redes de intercambio o similar, es más que probable que me hiciese con él, como me he hecho con muchos otros. O no. Quiero decir que quizá me lo hubiese comprado del mismo modo que me compré el de Stevenson a pesar de tener ya como tres o cuatro ediciones (digitales) diferentes (y si alguien creé que fue exclusivamente por los dibujitos está equivocado. "Exclusivamente" no fue, entre otras cosas porque los dibujos de marras no son para tanto y quien dude que se baje las primeras páginas y las compare con "Canción de navidad" de Kalandraka, por ejemplo, otro clásico de terror lujosamente editado y verá en qué vale la pena realmente gastarse los 25 euros que cuesta.)

Todo esto viene a cuento de que estos días, supongo que tras la multiplicación del Kindle en los hogares españoles, se está hablando mucho en la red (entendiendo esto como que ya me he encontrado dos (¡dos!) post que tratan el asunto) del tema de las descargas de libros, la ley Sinde y todo ese rollo y aunque ya no debería estar haciendo estas cosas he sentido el impulso incontenible de compartir mi experiencia como he compartido tantas otras. Les cuento: el mismo día -exactamente el mismo día- que los Reyes Magos me dejaron el Kindle debajo del árbol, alguien me pasó un pendrive con 8500 libros en formato epub que no necesitaba para nada ya que durante los días previos al seis de enero me había ocupado yo mismo de bajar unos cuantos... cientos. Esto hay dos formas (como poco) de "tomarlo". Una es llorar. Me refiero al escritor. Ese buen hombre o esa buena mujer puede, y seguramente lo hace, rasgarse las vestiduras y lamentar que el hijo de puta de turno esté a punto de acabar con su carrera que -mira por dónde qué casualidad- estaba a puntito de despegar. Esto es como lo de Lucía Etxebarría, que debía creer que todos los que se bajaban su libro eran compradores potenciales que abandonaban el barco y de ahí su inminente ruina. Es casi la misma chorrada que hablar del hundimiento de la industria del cine cuando -tal como asegura Lipovetsky en "La pantalla global"- está demostrado que esa misma industria está ganando más dinero que nunca. Claro está que si uno escribe para ganarse la vida y no vende lo suficiente tendrá que dejarlo pero por esa regla de tres hace tiempo que en muchas partes del mundo la figura del escritor hubiese acabado igualito que los dinosaurios. Que yo me haya bajado "Corona de Flores" (de Javier Calvo) no quiere decir que lo vaya a leer; ya lo tuve en las manos, sacado de la biblioteca y nadie me dijo "cabrón, vas a acabar conmigo". En su momento lo devolví y hoy no sé dónde metí el fichero y Calvo sigue igual de millonario que ayer. Siguiendo con el ejemplo podemos pensar en "Ejercito Enemigo" de Alberto Olmos -que traigo a colación porque su post fue el primero que leí que trataba este asunto- o en el último de Edmundo Paz Soldán o de Gonzalo Torné. Por si se lo preguntan no me he comprado su libro (el de Olmos), por otro lado la biblioteca se ha empeñado en no conseguirlo lo que probablemente me condene a no leerlo jamas... a no ser... a no ser que Mondadori tenga los santos cojones de ponerle un precio razonable (ya no digo competitivo) porque si alguien cree que me voy a gastar 13,29 € euros en un libro digital que además no ha necesitado traducción es que no tiene ni pajolera idea de en qué dirección gira el mundo. La anécdota divertida es que 13,29 euros es exactamente lo que cuesta "El novelista ingenuo y sentimental" de Orham Pamuk -de reciente estreno, de ahí la mención- que mira tú por dónde sí ha necesitado traducción. (1)

Y ahora que alguien me explique, por favor, cómo pueden tener los dos libros mencionados el mismo precio y si es esto justo para el consumidor. Y no me vengan con la excusa de que es el el precio de salida, que luego bajará (como han bajado otros, por lo que he visto) y que está esperando a agotar el mercado en papel. Quien tenga otra respuesta y un rato libre le invito a que lo dedique a pensar si es posible que esta aparente creencia en que el comprador es imbécil tenga algo que ver con todo el asunto de la piratería. Les daré una pista: tengo en mi casa más de 300 dvd´s originales pagados con el sudor de mi frente a precios elevados cuando no directamente astronómicos que dos o tres años después era fácil encontrar en la misma superficie a un importe tres o cuatro veces inferior, motivo por el cual abandoné el hábito "ya dónde va". Creo sinceramente que la solución pasa por bajar el precio y esperar así que yo (y chorrocientos tios más) vuelva a ser el comprador que era. La otra opción es dejar las cosas estar con la siguiente consecuencia directa: que me baje la puta película y luego ya veremos si me quedan ganas de esperar esos dos años para hacerme con ella o con su prima la Edición Especial Coleccionista. Pues lo mismo aplicado a la narrativa: si alguien se cree que soy lo bastante imbécil para gastarme 14 euros en un libro que no vale ni la mitad entonces va a tener un problema de narices porque ya le adelanto que el mismo esfuerzo que antes se ponía en conseguir el libro en la Fnac lo voy a poner ahora en conseguirlo vía emule, por ejemplo. Lo que no se puede hacer, o lo que mi sentido común me dice que no se debería hacer, es esperar que en un país que apenas lee haya mas escritores y editoriales que champiñones y que todos crean que pueden vivir del cuento o la novela o el ensayo o lo que de lo que sea que quieran vivir a costa de los demás. 


Les voy a poner un ejemplo teórico/práctico para que acaben de entender a qué me refiero: ayer me llamó por teléfono un amigo para preguntarme si estaría interesado en recibir cierto libro que (él) acababa de "fusilar". Cuando me dijo de cuál se trataba acepté de inmediato porque lo cierto es que le tenía muchas ganas y aunque puedo sacarlo de la biblioteca en cualquier momento siempre es más cómodo llevarlo en el Kindle, por lo tanto le dije que sí y también que estaba loco, que cómo se le había ocurrido piratear un libro con lo laborioso que eso era (lo sé por experiencia). Me contestó que en absoluto, que de hecho le había llevado muy poco tiempo: diez minutos escanear todas las páginas (unas 240), ocho minutos pasarle un ocr y dos o tres convertirlo de pdf a mobi (formato Kindle). Total: 20 minutos, aproximadamente. Con pausas para mear y comer un yogourt, 30. Y ahora que me digan que cobrar 14 euros por los libros de Torné, Olmos o Soldán  no es demasiado. Venga, que me lo digan.

(Mientras termino de escribir el post recibo un WhatsApp en el que este personaje -desde hoy Sr.X- me dice que ha vuelto a pecar, que esta vez lo ha hecho por mí, que ha fusilado la parte de un libro de reciente publicación que yo estaba a punto de comprarme y que no es posible encontrar en formato pdf y no digamos ya cualquier otro (es un WhatsApp bastante largo). Hablamos de casi 600 páginas. Hablamos de entre dos y tres horas de (su) tiempo. Hablamos de 32 euros que ya no me voy a gastar. Hablamos de que, o empezamos a adaptarnos a los tiempos y a las posibilidades económicas del mercado (que no hay más que mirar para él para ver cómo anda) o de aquí a cinco años no publica un libro ni el tato. Y no se preocupen por los libros. Será por libros. )






(1) Y quien dice Mondadori, dice Anagrama (a) que también es para matarla. La edición en papel de "La torre" de Uwe Tellkamp, por poner un ejemplo cabrón, ronda nada más y nada menos que los 29 euros frente a los -anótenlo para contárselo a sus nietos- 22 euros de la edición digital. Un ebook, sí: 22 eurillos. Que sí, que son 900 páginas, no digo yo que no, pero de tinta que no mancha y papel que no pesa.


(1a) Y quien dice Anagrama dice muchos otros, pero yo medio acabo de aterrizar en este mundo y además tengo mejores cosas que hacer que pasarme el día mirando precios.