“Donde dejé mi alma” se vendió como la novela del escritor que había ganado el premio Goncourt en no sé qué año (miento; sí lo sé; fue en 2012). Ojito calamar, NO como la novela que había ganado el premio Goncourt sino como la del escritor que lo había ganado, siendo este un pequeño matiz que cambia bastante la cosa. De hecho, de no haber sido por esa memez y porque hoy me he levantado con el pie izquierdo, seguramente no perdería ni cinco minutos con esta reseña (sin ser esta novela el desastre que estoy dando a entender pero, háganse cargo: uno también tiene sus días malos).
El premio Goncourt, para los que no lo sepan, también se vende. Se vende como el más prestigioso premio de las letras galas. Aquí no dudamos de la corruptibilidad de cualquier sistema y por eso gustamos de aplicar el beneficio de la duda a todo que aquello que gane un premio. El Goncourt, por ejemplo. Con todo y siendo tan importante, tampoco es que sea la puta locura: no ve uno —como sí ocurre con el Nobel o el Planeta— que la gente se vuelva loca en las redes sociales. En el fondo el Goncourt no nos importa un carajo más allá de las posibilidades que ofrece meterlo en la faja y así poder vender lo que sea que haya escrito el ganador, tal como ocurrió con “Donde dejé mi alma”. "Premio Goncourt 2012" decía. Hubo suerte: la novela era (y es) realmente buena y además posterior a esto, que como consuelo no está mal.
Joder con la introducción, total para decir QUÉ. Nada. Total para no decir nada. Pues, con todo, esta nadería es mucho más interesante que la novela que hoy vamos a destrozar reseñar. Imagínense.
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Verán que interesante.
Poniéndonos malvados podríamos empezar diciendo que el “Sermón sobre la caída de Roma” gira en torno a un bar de pueblo, que vendría a servir como ejemplo del fin del mundo. De ese bar se marcha un día la dependienta sin decir adiós ni nada que se le parezca, por lo que arrendadora ha de hacerse cargo del negocio hasta que encuentre otro ser humano que lo quiera llevar. Por allí va pasando gente, alguna impresentable, que casi le hunde el chiringuito (se explica con detalle cómo y de qué manera), hasta que da con uno que parecía bueno pero resulta ser más de lo mismo (ídem). Una mierda, todo, y la pobre mujer que no sabe qué hacer. Al final dos amigos, que habían sido vecinos de la zona, se hacen cargo del local (y vuelta a empezar). Hagamos una pausa en este punto.
A esta tontería, que se puede contar en cinco minutos, dedica Ferrari un tercio de la novela. Otro tercio es lo que pasa después. El resto se lo reparten la premisa y una segunda voz autobiográfica que viene a darle a la cuestión cierta épica. El tema va de fondo, en modo hilo musical. Para ser una novela tan corta pasan demasiadas cosas pero sobre todos demasiadas cosas que luego resultan no ser para tanto, que de hecho no son nada. Lo que más abunda es palabrería. Ferrari tiene una prosa mas falsa que Judas pero con esa boquita de oro parece que lo haga de puta madre cuando esto no es ni remotamente así. El movimiento se demuestra andando y al final tanta supuesta belleza ha de traducirse en algo. En el caso de esta novela se traduce en buenas intenciones y pobres resultados.
Dos estudiantes de filosofía —vuelvo al argumento— deciden abandonar los estudios por razones que Ferrari, seguramente para no aburrirnos, despacha en muchas menos palabras de las que dedica, por ejemplo, a los escarceos amorosos de los diferentes personajes secundarios que pueblan la novela y que ya les adelanto que son unos cuantos. Pues estos jóvenes dejan la carrera (desencantados, uno por culpa de Leibniz y otro por San Agustín) viendo que todo es un mierda, que hay no esperanza de futuro, y que por mucha ilusión que uno le ponga no hay nada que hacer. Para vivir así, mejor ponemos un bar. Toda la novela está bañada por el pesimismo y la desesperanza. Es lo mejor que tiene.
Total, que se van a vivir al campo buscando una paz que suponemos no encontrarán porque a esas alturas ya habremos comprobado que la vida es un continuo ver caer mundos como almas al suelo y que el fin último del ser humano es la supervivencia y la infelicidad. El capítulo final es una excusa para sacar en procesión a San Agustín y que resuma la intención del autor.
Después de eso la novela se acaba, como se acabó Roma; cogemos otra y ya está.

