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martes, 4 de agosto de 2015

Una aproximación al #librodelverano (de la mano de Laura Fernández)


— Defina PERIODISMO CULTURAL.
— Periodismo Cultural es Laura Fernández.
— Joven, es usted brillante. Ahora, déjeme el lápiz en el culo y siga chupando.
(De las notas de cama de un becario y su examinador)


Descubro la existencia de La chica del tren de Paula Hawkins en el suplemento de El Cultural del 31 de julio. La reseña, firmada por Laura Fernández y pese a hablar de betsellerismo puro (con todas las connotaciones negativas que esto tiene y que ella asume y da por bueas) plantea paralelismos con la obra de Alfred Hitchcock y Patricia Highsmith, y uno, claro, pese a su natural desconfianza en el sistema, no puede evitar hacerse pequeñas inocentes infantiles ilusiones:

«Y es que pese a jugar en la liga del thriller adictivo, poderosamente adictivo (hasta el punto de que podría retarse a cualquiera que diera comienzo a la historia de Rachel Watson a que tratara de no acabarla y ese alguien perdería la apuesta), y evitar todo tipo de pirueta literaria (más allá de la profunda introspección que le permite la primera persona divida en tres: las tres mujeres de la historia, tan distintas y a la vez, tan parecidas), lo cierto es que sobre el éxito y la efectividad real de esta primera novela de Paula Hawkins (Zimbabwe, 1972), planea el genio del gran Alfred Hitchcock. Y no sólo el suyo. También planea el de Patricia Highsmith, y su perturbadora concepción del noir aún contemporáneo».

No contenta con esto, Laura, en un intento de demostrar que la calidad no necesariamente tiene de estar reñida con la producción industrial (porque el plumero, quiéralo ella o no, se le ve) insiste e insiste e insiste en que La chica del tren es, por encima de todo y pese a, UNA BUENA NOVELA porque Paula Hawkings, dice, lo ha hecho bien, pero bien, bien. Milagrosamente bien, de hecho.

«[…] lo cierto es que no hay duda de que Paula Hawkins ha sabido cruzar a Patricia Highsmith con Hitchcock y que lo ha hecho bien. Para todos los públicos y bien. Porque sí, La chica del tren es un bestseller pero también es una buena novela. Y eso es casi un milagro».

Y uno piensa: bueno, pues nada, ¡me lo compro!

Pero también: un momento, a ver si va a ser como aquello de Jöel Dicker y La verdad sobre el caso Harry Quebert, novela que, si no me falla la memoria, se vendió como la repanocha para total acabar siendo un bluff de antología. (Vaya por delante que nunca llegué a leerlo, por lo que hablo desde la más frágil memoria y el prejuicio más mezquino).

También Laura Fernández se ocupó, entonces, en 2013 y también desde El Cultural, de recordarnos que la novela de Dicker era mucho más que una novela («una novela que, por momentos, hace pensar en Truman Capote») y el buen señor mucho más que un escritor. ¡Y también ese verano andaba Hictchock por ahí haciendo de la suyas!

«Joël Dicker (Suiza, 1985), el joven que ha puesto el mundo patas arriba publicando un intenso, profundo, monumental thriller psicológico que lo mismo coquetea con el ambiente cerrado y asfixiante del Twin Peaks de David Lynch (y su galaxia de sospechosos) que con los personajes perturbados de Alfred Hitchcock».

Tampoco faltaron entonces los elogios desmedidos del último párrafo, ese invento del demonio para vagos, maleantes y gentes de poco leer. Dicker tuvo más suerte que Hawkins: mientras ella no pasaba de hacerlo bien, él era Napoleón batallador y lo suyo metaliteratura magistral:

«[…] el furor despertado por el jovencísimo Dicker y su magistral novela (novela que es también pura metaliteratura), […] es un furor real, porque estamos ante el gran thriller que todo el mundo esperaba desde el Millenium de Larsson, ante una voz napoleónica, que no escribe, boxea. En definitiva, ante una novela que no es una novela, es una batalla. Como todo gran libro que se precie».

Esto invita, como poco, a la sospecha (y a la certeza de que la historia siempre se repite). No dejaré nunca de preguntarme al servicio de qué área comercial o grupo editorial está realmente el periodismo cultural (representado, en esta ocasión, por Laura Fernández, desde ya nuestra particular Georgie Dann de las letras, pero en el que podemos encontrar más ejemplos que champiñones tiene el campo) porque al de los lectores, al menos los medianamente exigentes, seguro que no.

Las mamadas, al menos en este barrio, no acostumbran a ser gratis. Espero que Alfaguara y Planeta hayan sido generosos. Que no quede en nada tanto desprestigio.


viernes, 13 de septiembre de 2013

[Criticar por criticar] Aproximación a la rentrée vía El Cultural 13.09.13

Hoy tocaba reseña, pero después de los chorrocientos comentarios del post anterior me voy a regalar un par de días y este articulillo que irá de criticar por criticar el último suplemento de El Cultural, aprovechando que hoy todo en él es la hostia y sabiendo que no hay mejor novela que la última novela. Tómenlo como los anuncios de un intermedio pero olvídense de marcas blancas y otras mediocridades, aquí sólo hay anunciantes de primera división: Seix Barral, Alfaguara, Plaza & Janes, Anagrama... Bueno es El Cultural para eso.

* * * * * * * * 

Isaac Rosa, por ejemplo, que se lleva las cuatro primeras páginas del suplemento (las mismas que la semana pasada regalaron a Coetzee (la comparación es mía)). La articulista, Nuria Azancot, lo entrevista con motivo de la publicación de su última novela, “La habitación oscura”, un relato que, dice Rosa, tiene mucho que ver con “El vano ayer”, “El país del miedo” y sobre todo, “La mano invisible”. Muy bien, así nos aseguramos que la compre todo el mundo. Dos páginas de entrevista dejan otras dos para que Senabre se deje los huevos en la promoción. La frase final aspira a ser la faja de la segunda edición: “La habitación oscura será con seguridad una de las novelas más destacadas del presente año”. Y por esto no fuera suficiente: ¡la caballería! Aramburu recita entrecolumnadamente: “A veces […] asoma el hacha que rompe el hielo interior y entonces la calidad y fuerza del libro leído me libera del vicio profesional. Llegan la fascinación, el abandono al disfrute, las intensas reflexiones suscitadas por la lectura. Enhorabuena a Isaac Rosa por su gran novela.” Esta va a ser la novela de mes. Sí o sí. No hay escapatoria. Léanla o mueran.

Care Santos reseña “Hijos apócrifos”, la novela de Victor Balcells Matas, (se ve que a Care le gustan jovencitos, ñam, ñam), un viejo conocido de este blog. Según ella “la novela es muy ambiciosa”, que de todos los tópicos es el peor. Termina la reseña (el resumen de la novela, en realidad, porque esto es lo único que realmente hace) del modo más neutro posible: ni pa ti ni pa mí ni pa nadie: “Apunta alto y en ocasiones da de lleno en el blanco. En otras, se hace prolija y redundante en exceso. He aquí una estupenda primera novela. Demasiado buena para no esperar de su autor mucho más.” Que no le gustó, vaya, pero que tampoco se atreve a decirlo.

Laura Fernández apuesta, como es habitual, por los lugares comunes, (por algo es periodista) en este caso ¡la bomba de relojería!, que es una expresión que ya hacía por lo menos dos meses que no escuchaba. La muchacha reseña “Calle Berlín, 109”, la apuesta noir de Susana Vallejo para Plaza & Janés. Vean: "Pero la historia de Susana Vallejo no es un mero ejercicio de voyeurismo literario (y criminal), pues ambiciona la recreación de un momento, el presente, en un lugar, la Barcelona del Ensanche, que es en realidad la verdadera protagonista de la novela, el motor de una historia que funciona como una auténtica bomba de relojería." La crítica establece paralelismos con “La comunidad”, de Alex de la Iglesia, y “La ventana indiscreta” de Hitchcock. Ahí es nada. Si con eso no pican, no picarán con nada.

Sanz Villanueva se las ve y se las desea para recomendar una novela sobre la postguerra: “El arranque de Los ingenuos [Manuel Longares, Galaxia Gutenberg] está concebido con una malicia que supone un reto para  el lector apresurado.” O lo que es lo mismo: que el comienzo es un auténtico coñazo. “Buen número de páginas despiden inconfundible aroma costumbrista. Encontramos una familia menesterosa en una destartalada y gélida portería del centro menestral de Madrid. La España miserable de los años 40, el fanatismo, las privaciones y negocietes turbios de entonces tienen trazas de testimonio documental, aunque algún disparate, excentricidad o exageración, apunta a un tipo de realismo diferente.” ¿Qué tal? ¿Emocionados? Claro. Si con esto no se les ha hecho la boca agua, benditos sean Yo esta me la voy a saltar porque así de entrada parece la novela más bien orientada a los incombustibles fans de Cuéntame. 

Joaquín Marco reseña la última de Vargas Llosa, “El héroe discreto” (Alfaguara), una semana después de que tanto ABC como Babelia le hubiesen dedicado sus portadas. Excusaba hacerlo, Joaquín, pues a estas alturas ya sabemos todos que este es, junto con el de Coetzee y el de Rosa, uno de los tres libros que todo el mundo va a leer. A Coetzee le tocará llevarse los palos, por extranjero y para demostrar que la crítica se limpia el culo con los premios Nobel. Joaquín dedica, atentos, algo más de 700 palabras de un total de 970 a contarnos argumento y estructura, así como detalles de ambos. El resto es una ovación contenida un rato y otro, el final, no: “La nueva novela del incansable premio Nobel no defraudará a sus lectores y a quienes quieran sumárseles. No es exactamente una novela de tesis y está lejos de sus primeras obras. Se trata de una gran broma barroca que intenta demostrar el papel del azar en la vida o las complejidades que puede depararnos el azar.

Bernabé Sarabia reseña el ensayo perdedor (también llamado finalista) del premio Anagrama: “Librerías” de Jordi (o Jorge, nunca sé) Carrión. Dice Sarabia que “el autor utiliza más bien las librerías como un argumento literario que va desenvolviendo la historia”. Se estarán preguntando cuál es la historia y porqué esto no es una novela. No sean malos, ya saben que hace tiempo que hemos fundido las fronteras entre ensayo, novela, relatos y microcosas. Ahora todo es Literatura y ya. Retomando, la historia es esta: “Desde la Librería del Pensativo en 1998 hasta los primeros meses de 2013, Jorge Carrión narra en primera persona sus encuentros con las librerías y va dando cuenta de sus peculiaridades culturales, de sus espacios, de su manera de facilitar la lectura a los clientes y de la propia arquitectura del local.” Es decir, que las librerías se utilizan como argumento literario para hablar de las librerías, lo cual, viendo el percal, es todo un avance. Ya sólo por esto muero por leerlo.

Ignacio Echevarría se va a poner tetas. Qué cosas. El título de su artículo de esta semana hace referencia a lo que dijo Pedro Lemebel cuando le concedieron el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso 2013, dotado con 50.000 dólares: “Me voy a poner tetas”. La cosa de Echevarría hoy va de ensalzar la figura de Lemebel: “En la escena literaria española no hay ni ha habido equivalente alguno a la figura de Lemebel.” No lo hay, dice, ni desde el punto de vista de su orientación y militancia sexual, ni desde su estrategia literaria, ni desde su posicionamiento político. Bueno, nada, todo muy pesado. En definitiva, que editen y lean ustedes a Lemebel y se dejen de tonterías. Yo voy a ver si lo encuentro pirata por ahí.

Y ya no me apetece seguir escribiendo. Me voy a ver una película.


miércoles, 17 de julio de 2013

“Batman desde la periferia” VVAA (Alpha Decay)

“Batman desde la periferia”, editado por Laura Fernández, Enric Cucurella y Ana S. Pareja lleva el siguiente subtítulo: “Un libro para fanáticos o neófitos”. Cuando dicen fanáticos y cuando dicen neófitos debemos entender que se refieren tanto los expertos como a los que acaban de llegar. Esto está muy bien; mismas condiciones para todos. Además ayuda a vender libros. Ahora bien, de verdad tiene lo justo tirando a poco. Tirando a NADA, más bien. Esto lo digo desde mi posición de no-fanático no-neófito, o lo que es lo mismo, como ex lector de las aventuras del murciélago y como desconfiador no oficial de los productos de la marca Alpha Decay.

El libro de escasas doscientas páginas contiene diez, digamos, ensayos que tratan diversos temas con un denominador común. No me detendré el mismo tiempo en todos porque no todos merecen la misma atención. De hecho algunos no merecen ninguna. En cualquier caso no estará de más prevenir, no vayamos luego a lamentar. 

Slavoj Zizek cierra el recopilatorio con un interesante ensayo en el que echa mano de la última película de Batman para hacer un análisis de la problemática social actual que incluye a los llamados OWS (Occupy Wall Street). Como broche final está francamente bien. La pena es que el resto, todo lo anterior, salvo excepciones, no esté ni remotamente a la altura.

En el primer ensayo, Juan Francisco Ferré trata de demostrar que “Batman y todos esos otros patrióticos y disfrazados luchadores contra el crimen son realmente sociópatas violentos con inclinaciones fascistas además de mesiánicas y una perversa fetichización de los calzones”, que como descubrimiento va un poco pillado. Se hace un repaso ligero de su vida, obra y milagros a través de una serie de archiconocidos comics y las películas que cualquiera con más de veinte años habrá visto un par de veces así como del famoso relato de Barthelme que lamento confesar no he releído para la ocasión. 

Blake Butler (autor de “Nada”, publicado por Alpha Decay), firma un artículo en el que habla de su relación con Batman: “Compré dos ejemplares del cómic simplemente porque sabía que su valor sería en el futuro muy superior al de salida; ni siquiera los leí, muchísimos de los cómics que compré en aquella época no los leí jamás y no los compraba por ningún otro motivo que por una cierta idea de inversión. […] lo único que deseaba era poseer algo de valor creciente, objetos únicos de producción limitada creados para venderse en comercios específicos donde los niños como yo entraban y se gastaban todo su dinero en lugar de hacerlo en mierda deportiva o comida o cualquier otra cosa que les guste comprar a los preadolescentes.” Cuenta más cosas, claro: que tuvo un pijama/disfraz, que le gustan los superhéroes sin superpoderes y otras consideraciones personales que como diario de algo de algo están bien pero como ensayo vuelven a ser un tema más que discutible.

Greg Baldino, crítico de comics conocido en su casa a la hora de comer, defiende la teoría de que lo que realmente hace de Batman un gran personaje son sus villanos. Este asunto es tan poco discutible y da tan poco juego que me niego a perder ni un minuto más con él.

Eloy Fernández Porta, su artículo, al menos, es directamente insoportable. No se me ocurre ni una sola razón para leer esta suerte de análisis del arte que rodea a la figura de Batman, y mucho menos desde la pedante perspectiva del filósofo que confunde verborrea con algo que tiene que ver con el sincero interés de un lector neófito: “El biomorfismo cobra una nueva dimensión cuando se despliega en el tiempo de la secuencia: en esa nueva serialidad que Andrei Molotiu denomina abstract comics, y en la que ve, en una concepción más formalista que la de Fahlstrom, la prolongación, por otros medios, del legado greenbergiano.” Pues esto así durante 6.707 palabras que se acompañan de fotos de figuritas de Batman tras una vitrina de mariposas, reproducciones de Mark Chamberlain o un fotograma de Batman chupándosela a Robin que parece ser poco más o menos lo que obsesiona a casi todos.

Laura Fernández, antologadora del presente volumen, habla de las chicas murciélago. Es la aportación feminista o feminoide del recopilatorio y como tal hay que tratarla. Esto es un poco como lo de meter un negro haciendo de Kingpin en Daredevil: se hace porque se tiene que hacer, para cumplir con los mínimos, r no porque tenga razón de ser. Por aquello de darle continuidad al chiste quisiera poder decir lo mismo de la aportación de Elisa G. McCausland, pero maldito si me acuerdo de qué hablaba más allá de darle otra (o la misma) vuelta de tuerca a las Batgirls y Batwomans. Así de interesante debía ser.

Igual o parecida basura es el ensayo del fallecido Aaron Swartz llamado “Lo que sucede en El Caballero Oscuro”. Y digo basura y digo bien porque eso es exactamente lo que es: un resumen del argumento, diálogos escogidos incluidos. Esto ayuda a dar una idea de lo mal que se puede editar un libro. Es una pena que el muchacho haya muerto tan joven, pero eso no quita para que sólo por eso vayamos ahora a leernos todas sus chorradas. Es importante recordar una cosilla insignificante: uno no siempre se revaloriza cuando se muere. Para que quede claro: Porta, Laura Fernández y este completo desconocido se cargan solitos ellos la antología. Si yo fuese Ferré o Zizek les retiraba la palabra a los editores por juntarme con semejante banda. 

También puedes ser Calvo o Claro (como el anuncio de atún), y que te dé todo igual. Ir a tu puta bola. Javier Calvo, por ejemplo, escribe sobre la etapa de Grant Morrison en Batman que es precisamente la etapa que yo interrumpí cuando dejé de leer comics (una decisión que entonces creía yo temporal). Digamos que como artículo no está mal, resulta interesante sobre todo para quienes, insisto, fuimos lectores de la saga, pero no deja de ser un artículo que no tiene nada que ver con la periferia desde la que se observa a Batman. De hecho, es todo lo contrario: es un artículo que únicamente leerán y disfrutaran aquellos que estén de vuelta y media. 

Claro (Christophe Claro) con quien ya me crucé durante la no-reseña de Nada de Blake Butler que publicó en su momento Diario Kafka, escribe algo que parece un guión para un comic de Batman. Es un texto muy divertido, tanto, que lleva a desear que Claro sea publicado de una puta vez por estos lares. En mi opinión este relato es, junto con el ensayo de Zizek, lo único que vale medianamente la pena.

En resumen: una mierda pinchada en un palo. Para qué vamos a darle más vueltas si yo lo que quiero es irme de vacaciones.

jueves, 2 de junio de 2011

"Wendolin Kramer" de Laura Fernández


Tenía la sana intención de empezar esta entrada diciendo algo tipo “¿Saben ustedes porqué la novela de Laura Fernández, Wendolin Kramer, no hace otra cosa que cosechar elogio tras elogio allí donde va? ¿Lo saben? ¿No lo saben? Yo se lo cuento” porque esto me ofrecería la opción de situar la reseña en una vía de doble carril. El primero, más crítico, hablaría de eso tan injusto –contra lo que lucho denodadamente- que es que no se hable de las malas novelas, de ahí que en ocasiones sólo veamos elogios de obras que sabemos mediocres o directamente malas, etcétera, etcétera. Lo de siempre. Esta la descarté de inmediato porque da a entender que Wendolin Kramer, la novelita de marras, no me gustó, lo cual no es cierto y además me vería obligado a desmentirlo inmediatamente después. La segunda vía, que se me ocurrió hace unos minutos haciendo tiempo en un semáforo (la crítica literaria y el pensamiento posmoderno en general le deben mucho a los semáforos), tomaba un camino algo diferente: daría pie a un párrafo de considerable extensión destinado a comparar WK (Wendolin Kramer) con la Screwball Comedy americana, ya saben, el subgénero de comedia americana que surgió a mediados de los años treinta como válvula de escape de la gran depresión y que aquí se conocía como “comedia de enredo”. Tendría la posibilidad de entrar en detalles y citar películas, actores y tal y cual, incluso poner fotos en blanco y negro que siempre dan mucho prestigio (por no hablar de algo mucho más personal como sería mi esperadísima reconciliación con el cine, al que abandoné miserablemente hace meses por culpa de la cosa impresa). Pero también la descarté. Es verdad que la novela de Laura Fernández bebe en gran medida de las mismas fuentes que regaban aquellas películas; que aquellos enredos tienen aquí su eco y que los guiones de entonces bien pudieran servir de apoyo a la hora de llevar esta novela al cine (dios no lo quiera). Todo esto es verdad. De hecho es lo primero que pensé mientras lo leía. Antes de eso –olvidé decirles- se me ocurrieron otras setenta frases introductorias, a cual más ridícula, que me niego a reproducir. Finalmente, ante la falta de ideas, he optado por el realismo descarnado, que se me da fatal, ya lo sé, pero que es ideal para salir del paso. Me jode por lo de las fotos, que no tengo, pero esto es lo que hay. 

La parte mala de todo esto es que yo sin introducción no soy capaz de escribir nada con sentido y temo que con tanta narración desestructurada me tomen por nocillero y me pongan a parir, que la gente es muy mala. Por eso lo que voy a hacer, con su permiso, es tiempo. Y lo voy a hacer incluyendo un resumen de la novela para que no se me note la falta absoluta de imaginación de esta mañana. 

SINOPSIS 

Wendolin Kramer es Laura Fernández. Lo digo por si quieren ponerle cara. A Wendolin Kramer le pasa que tiene una familia rara [de cojones] y eso la trae loca de la cabeza. Su madre está como un cencerro y su padre hace lo que puede con el material de que dispone, que es casi nada. Wendolin, que además de superhéroe quiere ser detective, pone un anuncio… 
(Abro paréntesis para contarles un secreto: había señalado con un lápiz de ikea unos cuatro o cinco párrafos y/o momentos de la novela con la intención de citarlos durante esta reseña. Ya saben, el tipo de actividad que se lleva a cabo para demostrar que se ha estado atento durante la lectura. El caso es que olvidé fotocopiarlos y hace un rato que devolví el libro a la biblioteca. Ahora voy a tener que trabajar de memoria. Esto lo digo por aquellos que hayan leído el libro y vean que digo cosas que poco o nada tienen que ver con la realidad.) 
…decía que pone un anuncio y tiene la suerte de que llamen para un caso. Ahora ustedes se tienen que imaginar a un ser humano bondadoso en grado sumo haciendo cosas que no le corresponden, como perseguir delincuentes y tal. (Esto no es del todo así ya que en realidad ni ella ni nosotros sabemos si el perseguido es bueno o malo o si los verdaderos delincuentes son aquellos que - como en la vida misma- no lo parecen. Si he mentido ha sido únicamente porque yo soy mucho de mentir en insignificancias. Créanme:  nunca lo haría en cosas realmente importantes. Antes, la muerte (o inmediato anterior)). Bueno, no sé por dónde iba. Ah, sí!, el caso es todo se enreda porque los maridos y las mujeres, los hijos y las hijas y las vecinas y las editoras y sus ex amantes conforman el mismo microcosmos y la mariposa que agita las alas en el jardín de unos desencadena terremotos en la barriada vecina. 

FIN (DE LA SINOPSIS)

Ya sabía yo que hacer tiempo sería beneficioso. Me acabo de acordar de una cosa muy importante, importantísima, que quería decir a modo de elogio de esta novela. Tiene que ver con Brautigan. ¿A que ya tengo su atención? Bien, trataré de ser breve. Hace mucho, mucho tiempo, descubrí el blog de Laura. (Hay una entrada en algún sitio que no les voy a indicar y de la que no me siento especialmente orgulloso que trata este asunto con detalle) Pues bien, gracias a ese blog descubrí que Brautigan era uno de los escritores favoritos de Laura Fernández y un buen día le pedí que, como experta, me recomendase algún libro suyo (de él, quiero decir). Me dijo que probase con “Un detective en Babilonia”. Y probé, claro. Fue justo el mes pasado, seguro que se acuerdan. Bueno, sin entrar en muchos detalles les diré que me gustó bastante. Me reí –sobre todo eso- y pasé un rato muy entretenido y la mar de agradable. (Esto, en los tiempos que corren, es más difícil de lo que parece.) Brautigan, sin escribir una obra maestra, construye una novela que se mueve con gracia ejemplar entre el género negro y la comedia de situación. Brautigan tenía 42 años cuando la escribió. Era su octava novela. Laura Fernández, pupila ejemplar, ha logrado construir, con Wendolin Kramer, una ficción divertida y moderna que sabido mover, como pez en el agua (me van a perdonar el tópico), entre el género negro y la comedia de enredo. Laura Fernández tiene treinta años cuando hace esto con su segunda novela. Porque ya sabemos todos que las comparaciones son odiosas lo vamos a dejar aquí.

Me conozco como si me hubiese parido y sé que tiendo a excederme en los elogios cuando una novela me ha gustado tanto como esta. Por eso y porque soy un profesional como la copa de un pino voy a guardar unos minutos de silencio que dedicaré a tomarme una cerveza y a reflexionar seriamente en torno a lo que he dicho y su relación con la verdad. 

CERTIFICADO DE CALIDAD 

Por la presente, yo, La Medicina de Tongoy, expido el correspondiente certificado de calidad a la novela de Laura Fernandez, Wendolin Kramer (certificado que no se hará extensivo a su obra anterior), declarándola “lectura grata” en las categorías de Entretenimiento, Intriga de Humor y Comedia Ligera. Así mismo se le concede la presunción de calidad en lo que respecta a sus futuras novelas. Y para que conste a los efectos oportunos firmo la presente tal día como hoy, treinta y uno de mayo de dos mil once.



lunes, 4 de abril de 2011

Calendario de Lecturas: ABRIL 2011

En la primera entrada de este mes -la que resume mis lecturas de febrero- me propusieron hacer una entrada, también mensual, en la que hablase de las expectativas que tenía de cara al mes en curso en lo que a lecturas se refiere. Me pareció una idea genial; todo lo que sea llenar esto de palabras me parece bien. El que la propuso, no contento con limitarse a la idea me sugirió también la estructura que podría tener. También eso me pareció bien, sobre todo porque es la que ya tenía. Esto es, por lo tanto, lo que se van a encontrar a continuación: 

Dividiré la entrada en tres partes; tres zonas que llenaré con los libros que, en principio, planeo leer durante los siguientes treinta días. Cada zona irá plagada de expectativas, unas mayores, otras no tanto y algunas, las menos, directamente injustificables. Les adelanto que soy una persona muy poco disciplinada y que la lista que propongo puede llegar a tener poco o nada que ver con el resultado final. Prometo tratar de ajustarme a lo planeado. 


[Zona Cálida

Espero mucho de Thomas Pynchon. Quizá no debería, podría acabar odiándolo, como la mitad del planeta, pero tengo un grado de tolerancia alto y un gusto bastante bueno y por eso creo que “Vicio Propio” me gustará. Otro grande del que lo espero todo y que también sé que no fallará es Salinger y su “Levantad carpinteros, la viga maestra y Seymour, una introducción”. Sí, ya sé que arriesgo poco. ¿Qué quieren? Si puedo elegir elijo lo creo que me va a gustar. A ustedes no sé pero a mí no me pagan por leer (todavía). Y con el tercero tampoco me la juego: Houellebecq.  El libro elegido será “Plataforma”. -Aquí iba a ir “Corrección” de Thomas Bernhard, pero en mi biblioteca habitual lo han extraviado o descolocado y parece que voy a tener que pasar sin él.- 



[Zona Templada

Aquí, en esta zona, voy a hacer trampa y voy a meter alguno que debería estar arriba, pero ya lo aclararé llegado el momento. El primero de los nominados es “Las niñas perdidas” de Cristina Fallarás (si llega a tiempo, claro). La iba a poner arriba, en la zona alta, pero me parecía cruel. A mi Cristina me parece una mujer muy simpática –motivo por el que me voy a leer su libro- y las primeras páginas (ver entrada anterior) de esta novela fueron prometedoras pero aquí hablamos de expectativas y yo del único autor de novela negra del que espero lo máximo que se puede esperar de un escritor es James Ellroy. Del resto, Cristinísima incluida, me conformo con que me hagan medio feliz con muchos muertos y mucha sangre y una trama que no de vergüenza ajena. Tampoco espero mucho más que divertirme con “Wendolin Kramer” de Laura Fernández, si es que la desiderata que me aceptaron el tres de marzo se hace realidad de aquí a fin de mes, cosa que dudo. Luego hablamos de suplencias. El tercero del que espero lo justo tirando a mucho (es que no quería abarrotar la zona cálida) es Don Delillo y su “Punto Omega”. Seguro que me encanta, pero al menos en este caso prefiero pecar de prudente. No les cuento el porqué me apetece leer este libro porque hay autores para los que no hacen falta justificaciones. Y por último un libro que han hecho llegar esperando mi (creo que) sincera opinión. Se trata de una colección de relatos llamada "Un hombre cae de un edificio" de Raúl Quirós. 

[Suplentes: Permítanme una aclaración: puesto que tanto “Wendolin Kramer” como “Punto Omega” son desideratas y “Las niñas perdidas” depende del correo postal y las buenas intenciones, voy a dejar un par de libros más a modo de repuesto por si los anteriores no pueden cumplir. Podrían ser: “Cut & Roll” de Oscar Gual, que está siendo injustamente demorado un mes tras otro y “Las vírgenes suicidas” de Eugenides, porque siempre le tuve muchas ganas y porque "Middlesex" me gustó mucho cuando lo leí en su momento (además es un préstamo y quiero devolverlo pronto). Por no comprometerme demasiado lo vamos a dejar aquí y en caso de ir bien de tiempo puedo continuar con “La Pantalla Global” de Lipovetsky o "El gran asombro" de Jeanne Hersch



[Zona Fría

Este es fácil. Parece mentira, pero lo es. Facilísimo, ya verán. El primero en ocupar esta zona es mi libro de cabecera en este momento (quizá por eso me noten algo triste estos días): “Nocilla Dream” de Agustín Fernandez Mallo. Ya tendremos tiempo la semana que viene para hablar largo y tendido sobre él pero a 80 páginas del final ya sé lo que me puedo esperar y no es mucho. Quizá parezca injusto, que después de “El guardián entre el centeno” cualquier cosa desmerece, pero lo de este libro es de juzgado de guardia, ya se lo adelanto. El siguiente truño que me voy a tragar dentro de muy poquito (porque será un truño y porque me lo voy a leer se pongan como se pongan) será el “Richard Yates” de Tao Lin. Sé que parece que voy con prejuicios (je), pero no es cierto. Bueno, sí que lo es. Lo que pasa es que de este libro se ha hablado mucho o yo he leído demasiado y quienes lo critican negativamente son en su mayoría santos de mi devoción mientras que los que hablan bien, genial o simplemente regular de él acostumbro a hacerles poco o ningún caso porque su opinión me parece partidista, sesgada o directamente fraudulenta. Me puedo equivocar, pero lo dudo, porque para según qué cosas o seres humanos tengo un ojo infalible. (Esto excluye a la editorial, que entiendo que simplemente defiende un producto y lo menos que espero por su parte es objetividad. Aunque la sea (objetiva) no me interesa, porque no me la voy a creer). 

(*)

[Mi relación con los escritores. De momento ninguna, pero yo espero que a lo largo del mes se vayan poniendo en contacto conmigo para proponerme algún trato del que podamos extraer, al menos yo, algún beneficio. Si puede ser económico mejor que si es anímico y vayan descartando el intercambio de fluidos porque yo esta clase de favores no se los hago a nadie. Arriba, en mi perfil, encontrarán mi dirección de correo. Pueden escribirme a cualquier hora del día o de la noche que ya les contestaré yo cuando me venga bien.]


(*) Al cierre de esta edición -uno no escribe cuando quiere sino cuando puede- "Nocilla Dream" es historia y "Richard Yates" mi nuevo libro de cabecera que espero terminar esta misma noche. ¿Recuerdan lo que dije del truño y el ojo infalible? Pues lo confirmo.


lunes, 28 de febrero de 2011

What if… Clark Kent no fuese Superman

ACTO I 

Esta historia en cuatro actos arranca hace unos días durante la lectura de "Padres Ausentes", novela/ensayo escrita por Pablo Muñoz y publicada por Alpha Decay en edición Mini. La edición "mini" son esos libritos pequeños como entradas de blog impopulares que ocultan tesoros unas veces y otras no. Les voy a dejar con las ganas de saber si ésta tiene miga o no tiene miga porque lo que yo quiero es hablar de otro libro y no me parece justo hacerle compartir espacio con éste, independientemente de lo bueno o malo que me pareciese. El caso es que este libro Pablo Muñoz (aka Alvy Singer) trata de algo que conozco bien: los comics. Más concretamente del comic pijamero, que es ese trata de superhéroes y supervillanos y de las cosas que pasan cuando interactúan. Muñoz nos habla de su adolescencia (no muy lejana) y de cómo fue descubriendo un mundo nuevo; un mundo plagado de viñetas. Pero a mí los traumas infantiles de Muñoz o lo preparado que esté para el ensayo es algo que me trae bastante sin cuidado en este momento. A mí lo que me importa es lo que me hizo sentir al devolverme los recuerdos que me robó: la lectura de las aventuras de Spiderman y de libros de escritores que hablan de comics. Pero sobre todo me recordó la pasión que no hace tanto yo también sentía. Y me dio pena. Y me puso un poco triste de nostalgia. Luego me enfadé con Alpha Decay por consentir libros tan pequeños y tan demoledores. 



ACTO II 

Al día siguiente, ya sobrepuesto a los males de la memoria, volví a pasearme en tela de araña por la red. Había de todo desde mi ventana del igoogle (otro día hablaré de eso) pero lo que más me llamó la atención fue la entrada de Javier Calvo que ofrecía una novedad que incluía una foto espantosa de una chica que parecía vestida de superhéroe. La chica es Laura Fernández de la que ya he hablado más que suficiente en alguna entrada anterior. Lo que más me gustó de Laura, a falta de conocerla personalmente y leer sus libros, fue su blog. Tiene un blog fantástico. Parece hecho con los restos del día, sin mucho criterio, improvisado. Un blog muy atractivo, en definitiva. Parecerá que me he enamorado de Laura, pero no: me he enamorado de su blog. Su blog habla de libros escritos por señores que no conozco de nada; tiene fotografías y tiene también portadas de comics y salen superhéroes cada dos por tres; algo que se suma a su encanto natural. Y como el día anterior, volví a ponerme muy triste, otra vez de nostalgia. Y cabizbajo como estaba di con una entrada en el blog de Laura que me llevo en volandas hasta otro llamado “Elegí un mal día para empezar a fumar” en el que un tipo llamado Alberto Ramos afirmaba haber escrito un libro con un título de lo más sugerente: “Los últimos días de Clark K.” 



ACTO III 

Los últimos días de Clark K.” es verdadero motivo de estén ahora ustedes perdiendo el tiempo de esta manera tan tonta. Quiero decir que es el motivo de esta entrada. El libro estaba gratuita y legalmente disponible en la red. Por lo general ya no soy mucho de pagar las cosas que puedo obtener gratuitamente pero esto me llamó mucho la atención: era el propio autor quien lo ponía a disposición del público. También podían pagar por él quienes quisieran hacerlo: sus padres, hermanos o amigos, supongo. Estoy tan poco acostumbrado a que me regalen literatura que la generosidad de Alberto Ramos me predispuso inmediatamente contra él y contra su libro. Si es bueno, pensé, no puede ser gratis. Debe ser una mierda, sí o sí. Pero no me daban las cuentas: ¿por qué entonces lo recomendaba Laura Fernández desde su maravilloso blog? ¿Serían novios? ¿Amigos? ¿Hermanos? ¿Familia política? ¿Tendría intereses económicos? ¿Sería “Alberto Ramos” un seudónimo? Entonces lo comprendí: era una trampa. Mis antiguos socios del Club de los Pijameros Muertos se habían confabulado con Javier Calvo y Laura Fernández en la creación de un libro cuya autoría imputaban a un tal Alberto Ramos, de profesión "desconocido". El libro debía ser lo suficientemente interesante para desengancharme de la literatura de drama social en la que llevaba anclado los seis últimos meses. La idea es redonda, lo confieso: una obra de teatro, tres actos, sólo 115 páginas que permitiesen leerlo de una sentada y un argumento tan delirante y divertido como es la presunción de que Clark Kent no hubiese sido Superman, de que todo fuese un acuerdo entre ambos para ser felices cada cual a su manera. Un plan sin fisuras el de mis amigos. Un plan que funcionó a la perfección porque al acabar la novela, me había divertido tanto, estaba de tan buen humor que quise demorar un rato la caída libre hacia otro drama humano que parecía ser el "Celacanto" de Jimina Sabadú. 

(Esta es también la historia de cómo acabé sumergido en la lectura de las nuevas aventuras de Daredevil, el Hombre sin Miedo, que ahora pretendía dirigir la malvada organización de ninjas llamada La mano con la noble intención de retomar el control de la cocina del infierno que había vuelto a caer en manos del malévolo Kingpin. El sinvivir habitual.)

No me fui a la cama con Jimina (más quisiera ella) sino con Javier Pérez Andújar y Los príncipes valientes. Todos juntos, más contentos que unas castañuelas, en mi cama de 1.50: Javier, los príncipes valientes y yo. Y Jimina nada. No la dejamos ni mirar. 



ACTO IV 

El acto IV es el acto final. El último vértice de esta cuadratura literaria. El acto cuarto es la representación de la obra de Alberto Ramos. 

El 24 de febrero se estrenó “Els últims dies de Clar K” en la sala Flyhard. Yo no podré asistir porque me pilla un poco a desmano (como 1.100 kilómetros de desmano). A pesar de todo me he tomado la molestia de buscar el enlace con los horarios, para que no tengáis que perder el tiempo con estas minucias. Haced clic donde pone clic y llegaréis a la información sin sudar la camiseta. Ver no la podréis ver. No desde aquí, al menos. Pero sí desde allí, si vais. Y si lo hacéis, por favor, venid y me lo contáis.




miércoles, 23 de febrero de 2011

Javier Calvo es un pedazo de cabrón

El título no es gratuito; se lo ha ganado a pulso. Yo espero que no se enfade, sinceramente, Javier Calvo, porque parece buena gente. Y además traduce a David Foster Wallace. No se puede ser malo y traducir a Wallace. El oficio de malvado es incompatible con ciertas traducciones siempre que no estén hechas con el babylon. Pero un cabrón sí que lo es; eso me lo tiene que conceder. ¿Y por qué? Por esto: 

(no, no ha vuelto a las cavernas; hay que pinchar en la foto)

Como ya sé que el blog de Javier no le gusta a mucha gente porque tiene pocos puntos y aparte y pocas fotos y no coloca negritas ni cursivas suficientes para relajar la vista voy a haceros yo un resumen muy poco resumido de lo que viene a decir él en la entrada que se oculta tras la foto anterior: 

El año pasado a Javier, el protagonista de nuestra historia, una chica le planta en sus traductoras manos un libro como la copa de un pino, con sus páginas y sus portadas, todas de papel. La chica no sabemos si le gustó pero el libro le encantó. Mucho. Es eso o que Javier es un tipo muy agradecido cuando le regalan libros. Por si sirve de algo quiero dejar claro en este mismo instante que yo soy mucho más agradecido que Javier con ese tipo de regalos: hago entradas, pongo fotos, portadas, recorridos históricos por el pasado bibliográfico y hago promesas de futuro que casi siempre cumplo; y además pongo cursivas y saltos de columna y así deslizarse por mi prosa es como hacerlo en tobogán. No me importa además que no me quieran: ahí está Pablo Gutiérrez que después de tanto elogio no me dijo ni hola y aún así lo seguiré leyendo y en la medida de lo posible elogiando. Pero esto quería ser un resumen. Les voy a poner un punto y aparte y una foto para que no se estresen. 


El libro que la chica puso en las manos de Javier es este de aquí arriba. Se llamaba “Bienvenidos a Welcome” y lo publicó Elipsis en 2008. Quizá porque la editorial estaba dirigida por un canalla el libro se perdió en la zona negativa y ahora, dice Javier, no hay dios que lo encuentre. Doy fe. Lo he buscado. También está descatalogado, sumando así dos de las peores desgracias que le pueden pasar a un libro. Tres, si incluimos la portada.

(Me falta la propuesta de crear un grupo en facebook que sirva para abrir una red clandestina de correo  postal (Welcome Mail) que pondrían en marcha quienes tuviesen el libro. Lo enviarían gratuitamente a todos aquellos que se diesen de alta en una lista de distribución creada ex profeso, siempre con el compromiso -la buena intención la doy por obvia: hablamos de difusión de la cultura- del reenvío permanente hasta que, una vez agotada esa lista, volviese, inevitablemente deslucido ya de tantas manos, a su legítimo dueño. En un año 200 lectores. 175 entradas en blogs. Si entonces no la reeditan no la reeditarán jamás.)

A todo esto la chica tienen nombre. Se llama Laura Fernández y a primera vista parece encantadora (y no una cabrona como Javier). Tiene un blog muy cachondo que ahora mismo estoy estudiando, con tantas fotos de comics que casi me hace llorar de pura nostalgia. -Sin ella saberlo ha llegado a devolverme parte del entusiasmo perdido por el género en cuestión-, Laura ha escrito cuentos y esas cosas y  puede que incluso un poemario que no quiera enseñar pero Javier le está buscando la fama por aquella pequeña novela que nadie consigue encontrar aprovechándose de otra que acaba de publicar en Seix Barral (para que le cueste más morirse que a la anterior) que se llama “Wendolin Krame”. La portada, que mola un montón, es esta. 


¿A que es genial? A mí me gustó tanto y ha sido tal mi entusiasmo por lo prometedor de la autoría que tras el  elogioso post de Javier, y sin preocuparme de leer el argumento, me ha faltado tiempo para hacer el pertinente encargo. En cuanto la tenga, le leo y en cuanto la lea, la comento y mientras tanto a ver si no pierdo la vida buscando “Bienvenidos a Welcome”, novela motivo de mis desvelos desde que el pedazo de cabrón que es Javier Calvo tuvo la genial idea de darla a conocer.