lunes, 31 de octubre de 2011

Resumen de Lecturas: Octubre 2011




A continuación un “repaso” a mis lecturas de este tormentoso mes de octubre. Así aprovecho también para no dejarme nada dentro, que luego se enquista y es peor. Empezamos.

“Mi madre es un pez” de  VV.AA. Si tengo que decir algo más de este libro me corto las venas. Lo tienen ustedes por ahí (ahí). Si ven que se aburren mucho y se lo han perdido encontrarán el complemento perfecto en una entrada posterior dedicada al recientemente resucitado proyecto del Nuevo DRAMA (aquí), que con sus tres únicos integrantes ha entrado en el libro Guinnes de los Records en un par de categorías que dejo a su imaginación. Yo no le daría más vueltas porque entre los dos acumulan la friolera de casi seiscientos comentarios, pero bueno, quede como anécdota de lo que fue.

“Niños Feroces” de Lorenzo Silva también ha sido comentado pero no me importa repetirlo siempre que no me lleve más de cuatro palabras: me gustó con reservas. Vale, me estiro un poco más: me pareció que trataba con acierto un asunto muy interesante aunque también creo que el escritor quiso abarcar demasiado con todo eso de convertirlo en un taller de escritura. El resto en su sitio: este.

“Libertad” de Jonathan Frazen. Otro que también he comentado. Fue este mismo viernes, es la entrada inmediatamente anterior (venga va, el link: aquí) y todo lo que quería decir sobre él está allí y en los comentarios. Baste decir que me parece que está entre lo mejor del año.

“el afinador de habitaciones” de celso castro. Me quedo con la pena enorme de no haber podido reseñar esta novela pero ha sido un mes complicado y he preferido no hacer nada antes que una chapuza. Decir simplemente (por si algún día vuelvo a ello) que me gustó. Punto. Una novela muy interesante que sin reinventar el género ni pretenderlo es capaz de dotarla de un algo especial. Castro tiene un estilo que a mí personalmente me gusta mucho y que seguro que no tiene nada que ver con que seamos casi “vecinos”.

“Salvatierra” de Pedro Maira. Mismo caso (sin la proximidad geográfica) y misma pena que el anterior. La falta de tiempo de tiempo no es excusa para no haber reseñado esta novela ya que podía perfectamente haber dejado de leer algo durante una hora para hacerlo pero seré sincero: no me ha apetecido. Esto no quiere decir que no vaya a hacerlo aunque sea brevemente en un futuro que espero inmediato. Falta la opinión por dar: bien pero no lo suficiente. ¿Suficiente para qué? No sé, suficiente para saltar de alegría o algo.

"Contra la postmodernidad" de Ernesto Castro. El encabezamiento de este párrafo es mucho más divertido si le quitan las comillas. Prueben. Bueno, venga, seriedad: verán, si no he reseñado esta novela ha sido por sencilla razón de que no me ha apetecido. No hay más.  No tiene nada que ver con la editorial, ni con el autor. Simplemente no he sentido el deseo de escribir sobre ella como no siento el deseo de escribir sobre otras muchas cosas, muchas otras novelas, muchas otras lecturas. Eso y que no me gusta hablar de los deberes de los demás. 

"Setenta acrílico treinta lana" de Viola di Grado. Bueno, bueno, bueno…. Bonita se montó también con ésta (clic). Que si el blog de Tongoy es un antro, que si “qué poco rigor”, que si “qué poca profesionalidad”, que si mi autoestima se basa en esto o en lo otro, que si… Bueno, en fin pilarín. Y todo porque hablé de esta supuesta obra maestra sin haberme leído nada más que 70 páginas, esto es, aproximadamente una tercera parte. Ahora va a resultar que lo grave es que uno no se quiera acabar un libro y lo diga y además explique las razones, porque puestos a ser sincero he de decir que lo que me pedía el cuerpo era nada más que poner la foto de portada y un texto de acompañamiento tipo “Novela abandonada. Razón: desinterés total” o escatología similar. Pero lección aprendida: la próxima va así. Porque señores, léanme los labios: “Derecho a dejar un libro”, ¿les suena?; lo decía Pennac y yo añado: “Derecho a decirlo” y otros aún más osados y con más razón que un ejército de santos: “Obligación de decirlo”. Pero si es que además les encantan estas cosas, que lo sé yo, que se lo noto en la ip.

"Caribou Island" de David Vann. Esta sí es una novela interesante (de la que me pillan escribiendo reseña). La gente está incomunicada también, hay grandes silencios, palabras que no dicen nada, mentiras, sueños, crisis matrimoniales, diferencias generacionales, entornos hostiles: cielos cubiertos, lluvia, frío… muchas cosas y además el mensaje llega clarito como un día de verano. A ver si el problema va a ser la dichosa posmodernidad… He sufrido mucho con su lectura tanto por los jóvenes como por los mayores y no he necesitado vivir en Alaska ni tener 55 años para entenderlo todo perfectamente. Esto no quiere dice que me parezca, ni remotamente, una novela sensacional. No. De hecho me ha gustado bastante menos que la anterior de Vann. Sí, me sobran muchas cosas, muchas páginas, pero la leí en apenas dos sentadas que hubiesen sido menos si no tuviese uno que cubrir una dosis mínima de sueño.

"X" de Percival Everett. Qué buena novela y qué divertida. Pero divertida de verdad. Y eso que la narración está salpicada de interrupciones algunas de las cuales parecen no venir a cuento de nada, como las de protagonista explicando la mejor manera de cortar la madera. Pero en esta novela todos los excesos o posibles off topics quedan compensados por la última parte, la que lleva el título “Porculo” y que viene mucho a cuento de lo que estaba comentando más arriba. La novela trata sobre la literatura, sobre los buenos y malos libros, sobre los buenos y malos lectores, sobre los críticos literarios y sus mentiras, sobre el derecho a llevar la contraria a la mayoría (aquello de huir del rebaño), sobre los jurados literarios y sus intereses pero también sobre el racismo y lo que se espera de uno cuando es de otro color y alcanza cierta notoriedad. Una buena novela que funciona en dos niveles, que cuenta una historia y oculta otra detrás que se hace evidente llegando al final, que es más o menos la definición que hace Piglia de cómo debe ser un cuento perfecto. No le pongo cinco estrellas porque no es para tanto pero si les apetece leer una novela entretenida y pasar un rato estupendo no se la pierdan. (Pensaba reseñarla también, pero ya no sé porque esto me ha quedado un poco largo y bastante claro.)

Tenía la (in)sana intención de terminar a tiempo para completar esta resumen "Apuntes de la casa muerta" de Dostoievski pero al final, entre unas cosas y otras, acabé interrumpiendo su lectura al comienzo de la segunda parte, allá por el ecuador del libro, porque me enganchó el prólogo de "Sobre el teatro: artículos y cartas" de Chéjov que me puse a ojear el sábado. Lo dicho: este mes no puede ser por razones obvias pero para el próximo prometo reseña de ambas.




EL MES QUE VIENE... 

Estaba yo pensando que si aguantan un ratito más les cuento mis planes de futuro inmediato y así aprovecho también para organizarme.

Me avisan de la biblioteca que tengo dos cosillas por recoger: “Un incendio invisible” de Sara Mesa, galardonado con no sé qué premio y al que llego con el mismo entusiasmo con que llegué a su anterior novela ("El trepanador de cerebros") lo cual en cierto modo dice bastante en su favor y “Los incógnitos” de Carlos Ardohain. Sigo sin saber nada de “Ejército Enemigo” de Alberto Olmos, pero si les soy sincero me da un poco igual porque con tanta espera se me han pasado un poquito las ganas y ya medio me da igual que venga este mes o el año que viene.

Entre los que tengo que tengo sobre la mesa (o a punto de caer en ella) están los siguientes: “El malogrado” de Thomas Bernhard; “Chamamé” de Leonardo Oyola; “Últimos días en el puesto del Este” de Cristina Fallarás cuyo primer capítulo leí hace un par de días; “Cómo vivir o Una vida con Montaigne” de Sarah Bakewell y “La generación Beat” de Bruce Cook por aquello de comparar con otras generaciones.

Y en la retaguardia, pedidos y sin llegar: “El cielo de Pekin” de Miguel Espigado; “Perros de porcelana” de Marin Ledun; “Vampiro argentino” de Juan Terranova; “Astillas” de Celso Castro; “Beatitud”, antología de varios autores y “Frío” de Rafael Pinedo.

Obviamente todos no me los voy a leer (no pensaba, al menos) pero los que caigan estarán entre esos. O deberían.

jueves, 27 de octubre de 2011

"Libertad" de Jonathan Franzen


Les pongo en antecedentes: de Franzen he leído tres libros: la novela “Las Correcciones”, la recopilación de ensayos “Cómo estar solo” y uno chiquitito llamado “Zona Templada” que es en realidad un pequeño relato autobiográfico excesivamente caro se mire por donde se mire. Sobre “Cómo estar solo” es un fenomenal conjunto de ensayos que merecía una reseña digna y de “Las Correcciones” jamás escribí nada porque lo leí hace ya demasiados años y en el recuerdo tiendo a idealizar ciertas lecturas a pesar de olvidar los detalles. Sí es verdad que se convirtió de inmediato en uno de mis libros favoritos aunque esto no fuera suficiente para "interesarme" por la obra anterior del escritor porque entonces yo creía que uno era tan bueno como lo último que escribía y que lo otro no era nada más que el medio para alcanzar el fin que es el presente nuestro de cada día. 

Esto lo digo para que se entienda el exceso de confianza y se conozca el nivel de las expectativas con que enfrenté la lectura de “Libertad”: la convicción de estar frente a un monumento más que ante un libro, una actitud a todas luces excesiva porque al fin y al cabo no dejaba de ser una novela más en su trayectoria y Franzen un ser humano común tirando a pelín zumbado a quien con el paso de los años he ido idealizando con manifiesta voluntad de que así fuese porque también quiere uno ilusionarse con algo de vez en cuando. 

El argumento es muy sencillo (por lo que tiene de común) aunque difícil de resumir (por lo que tiene de extenso). Quedémonos con la idea de un drama familiar moderno, esto es, donde el reto no es escapar del hambre o la guerra sino errar continuamente el camino que conduce a la felicidad, saberlo y no evitarlo. Los protagonistas son varios (novela coral, pues): Patty, un ser bastante odioso con el que sin embargo logramos simpatizar en varios momentos (“Ella era ya en sentido pleno aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar” Pág.14); su marido, un tipo íntegro, leal y condenado a sufrir por amor (“Desde luego era muy paciente: tenía el metabolismo de un pez en invierno” Pág.28) y sus hijos, ella y el, dos elementos también de cuidado, más el segundo que la primera, una muchacha a quien Franzen obvia inexplicablemente. El quinto es discordia es el amigo bohemio, un tipo liberal e inteligente que nos las va a hacer muy felices a los lectores por la parte de culpa que tiene en el enredo huracanado en que esto se convertirá. Así es en general la estética de la novela: todo muy USA, muy de retrato familiar de la era Bush Junior: la pequeña gran novela americana –le pese a quien le pese- de la década inmediatamente anterior a esta. 

Lo grande de Franzen es lograr que lo anodino y vulgar que pueda tener ser una aburrida ama de casa del medio oeste sea el acontecimiento literario del año y encima tengamos que darle la razón porque no se trata de ver lo mal que cocina la buena de la mujer sino de entender porqué se le queman siempre las magdalenas. Figuradamente, claro. La escritura al servicio de la historia (por supuesto, hablamos de Franzen); de una exquisitez envidiable. No importa el argumento, de verdad que no (en el sentido en que no debería ser esta la razón para leerla o despreciarla) y en cierto modo eso la hace más interesante por la capacidad que tiene de atrapar desde la primera página -obviando el hecho de mi más que optimista predisposición inicial- y por lograr que nos importen las pajas mentales de unos y otros así como sus devenires por caminos trillados: una concentración de lo visto en televisión estos últimos diez años elevado a la enésima potencia, concentrado y servido en copa de lujo marca Franzen. 





miércoles, 26 de octubre de 2011

“Diástole” de Emilio Bueso


Me leí esta novela por aquello de cambiar de aires y por eso de que me la regalaron: escritores que apuestan por la ejecución pública (ellos verán). Yo (ya) no soy de novela de género pero confieso que de vez en cuando me gusta refugiarme en su intrascendencia y gozo como el que más de tramas truculentas porque, eso sí, puestos a leer obviedades me quedo mil veces con esto o una polis que con un vulgar Alatriste.

El caso es que para quitar esa espinita que a veces se me clava no sé dónde tiré de estantería y me entregué a la mundana pasión del tópico de la novela de terror, esto es, vampirazo en vena, sucedáneo de carpatocastillo incluido. Aquí debería ir una música aterradora pero no soy bueno con el html y mejor lo dejo a su imaginación. 

Al grano. Esto va de lo siguiente: Jerome, narrador y protagonista, es un heroinómano muy peculiar, de los que no conciben la vida si no leen cada día al menos cuatro páginas de alguna de las ediciones de Bukowksi, Tolstoi, Neruda, Chéjov, Bécquer, Dostoievski, Baudelaire, Machado o Pessoa compradas en rastros y librerías de viejo que se cuentan por un ciento y que almacena tirados por el suelo del habitáculo de pintor que tiene coarrendado con otros tres tirados, alguno heroinómano también, gracias a un trabajo de media jornada en un locutorio. Y digo yo, ¿tienen que ser todos los putos protagonistas de las novelas amantes de la literatura? ¿No pueden ser simplemente unos tirados de mierda, yonkis de corte clásico con chaqueta de piel, deportivas blancas y dientes carcomidos? Se ve que no, no pueden; tienen que ser la hostia y además pintar de morirse. Qué poco rigor. Ya no hay heroinómanos como los de antes. Asegura la contraportada que el escritor viene del realismo sucio pero ya imagino que lo habrá dejado como una patena antes de marchar. 

Pero sigamos: el yonki -que es un buen yonki porque sólo se mete lo justo para ir tirando y no como los otros que son todo vicio- recibe el encargo de pintar el retrato de un ruso que vive a todo tren en una casa abandonada en lo alto de una colina. Debe hacerlo en cuatro sesiones nocturnas, cuatro habitaciones y frente a cuatro posturitas del susodicho. No sé, ganas de joder, supongo. Esto lo coge Anne Rice y hace una trilogía pornogay de morirte desangrado. Pero en este género el sexo es para los más débiles, Bueso lo sabe y por eso salen perros del infierno y un criado que da más miedo que una gárgola con aluminosis. Bueno, así un poco todos los tópicos pero desubicados. Esto lo digo como un cumplido: me gustan las sorpresas y aquí un par de ellas (argumentales todas) la verdad es que sí las encontré. (¿O sólo fue una?) El “drácula” de turno -que nada más que se insinúa como tal y el único que no se entera de la movida es el tontolava del protagonista que no está a lo que tiene que estar- es una bellísima persona, con sus cosillas sanguinolentas, sí, pero buena gente en el fondo: un tipo capaz de amar, alma de poeta inmortal. Durante las sesiones de pintarrajeo le va contando anécdotas de su vida que tienen que ver con el amor y el plutonio y que ya mejor me voy callando para que les quede algo de misterio si llegan a leerlo antes de que se agote. 

Mi opinión sobre ella es benévola. Lo son en general todas mis opiniones sobre las novelas que van dirigidas a un público poco exigente y no se avergüenzan de ello, que no mienten -ni cochinadas por el estilo- para ganar adeptos o salir en el Babelia. Es complicado ganar prestigio escribiendo cosas como esta, pero no imposible: la diferencia entre intentarlo y no hacerlo es lo que lo que distingue los buenos de los (digamos) mediocres escritores. Yo no soy fan de la novela de terror aunque sí leí bastante en el pasado; debo reconocer que en esta ocasión me cogió con ganas de "nada" y el viento a favor: disfrutaba moderadamente de la historia si me olvidaba de los demasiados momentos (como tres de más) en que el colgado nos contaba su peregrinaje diario a la choza del vampiro en no sé qué coche de mierda y arre burro arre que me acuerdo de mi abuelo como intento de colar algo de narrativa en el asunto que ni lo pedía ni lo necesitaba. La técnica es sencilla, muy de manual: lirismo contenido (se le notaban las ganas de explotar) en la parte que trata del amor inmortal y más cinematográfico en aquella que recoge los momentos de acción tipo caballos escapando de las llamas y estás cosas tan propias de la villanía. Muy moderno todo, ya ven. Los peros mayúsculos para la primera parte, cuando este tipo de cosas (y otras) me arrancaron cuarto de migraña y dos carcajadas: “Las sirenas de la policía comenzaron a palpar el barrio y a buscarnos con luces de azul hambriento,[..]” (Pág.67). En mi opinión se palpa demasiado en este país. Luego estas frases desaparecen, supongo que cuando el escritor coge las riendas de la historia y se centra en lo que importa y no en hacer ejercicios malabares con prosa de dictado. En general no abusa de nada, lo cual es de agradecer, y acabada la novela no le queda a uno la sensación de haber perdido del todo el tiempo aunque en realidad sí lo haya hecho porque al fin y a cabo esto no deja de ser “otra de vampiros” por más que sí tenga momentos de cierta originalidad.