lunes, 7 de marzo de 2011

Una ficción de "Materia Prima" de Francesc Serés



Quedo con Hesíodo en una terraza frente a mar. Es un día soleado de febrero, una calma entre tormentas de frío. Me llamó ayer para quedar. Vió en el blog que estaba leyendo “Materia Prima” de Francesc Serés y quiere que le haga una entrevista como las que aparecen en el libro, que a él le entusiasmó en su momento. Cuando le pregunto de qué ira (la entrevista) me dice que ya lo veré, pero que no me preocupe, que tiene mucho que ver con Serés; que lleve el portátil para transcribirlo al momento y publicarlo cuanto antes. Son las seis de la tarde cuando nos sentamos, pedimos unas cervezas y algo de picar y empiezo a escribir.

- ¿Te parece si antes de empezar dejamos claro una pequeñez? 

- Perfecto. 

Hesíodo se recuesta en la silla, cual si fuera el diván del terapeuta que siempre asegura necesitar y no se puede permitir. 

- Te llamas Hesíodo. -le digo - Tienes 38 años. 

- Correcto. 

- Y eres un ser de ficción. 

- Fruto de tu imaginación, efectivamente. 

- ¿Qué esperas conseguir con esta entrevista? 

- ¿Qué pretendo siempre? Hablar de literatura, por supuesto. 

- De Francesc Serés? 

- También, pero no exclusivamente. Si quieres podemos hablar de ese problemilla que tienes tú con las lecturas últimamente. La mala elección de la que tanto te quejas. 

- No es tanto un problema de mala elección como de malas novelas. Honestamente, estoy algo harto de ese tema. Preferiría hablar de cualquier otra cosa. ¿Te digo lo que creo? 

- Por favor. 

- Creo que me has llamado para tratar de descubrir y aclarar durante esta conversación qué significa el título del libro. Creo que la entrevista me la vas a hacer tu a mí. 

- Quizá. Prefiero pensar que nos entrevistaremos mutuamente. Sospecho que nos daremos mucho la razón el uno al otro. Es lo que tiene ser la misma persona. 

- No estoy de acuerdo. 

- Muy gracioso. ¿Qué te pareció? 

- ¿El libro? Me gustó mucho, pero no dejaba de ocurrirme algo muy curioso. Verás: ya sabes que suelo leer los libros, dependiendo del tamaño, en varias tandas, tratando de que no sean más de cuatro o cinco, es decir, un libro cada dos o tres días. “Materia Prima”, al coincidir con el fin de semana, me llevó demasiado. Lo dejé y retomé unas seis o siete veces, seguramente más. 

- Qué horror! - se ríe - ¿Qué tiene esto que ver con el libro? 

- Ahora verás. El caso es que este libro lo cerré muchas veces y todas y cada una de ellas me ocurría lo mismo: no me apetecía retomarlo. No lo dejaba por eso. Simplemente, al cerrarlo, pensaba en dejarlo. En leer cualquier otro. 

- ¿Y qué te lo impedía? 

- Orgullo, supongo pero sobre todo algo mucho más importante: sabía, a ciencia cierta (ya te digo que me ocurrió muchas veces), que en cuanto lo abriese y leyese una línea, sólo una línea, ya estaría enganchado. No querría dejarlo. 

- ¿Te enganchaba la trama? 

- ¿Trama? ¿Qué trama? No tiene trama, ya lo sabes. Son artículos en forma de entrevistas o entrevistas en forma de artículos, no sé. 

- ¿Hay alguna diferencia? 

- La intención, supongo. 

- ¿Cuál dirías que es? 

- Denuncia social, básicamente, pero no de la que estamos acostumbrados a leer. Constatación de una realidad que tendemos a olvidar. Aquello tan insignificante en lo que no se piensa pero que forma parte de esa expresión tan horrible que es "el tejido social"; lo que hace todo posible y sobre lo que todo se sustenta. 

- La materia prima. 

- Sí. Parece que Francesc quiera recordarnos cuál es ese tejido social que tanto nos gusta citar y que a fuerza de repeticiones hemos convertido en algo ajeno a nosotros mismos, algo en lo que no podemos intervenir, incidir, como si se tratase de un suceso inevitable cuando en realidad los hilos de la urdimbre de ese tejido somos tú y yo y ese señor que cruza la calle y esa niña que espera con su madre el autobús. Parece que Serés quiera recordarnos lo importantes que somos, nos devuelve la identidad que la sociedad se empeña en robarnos con sus generalidades. 

- Eso suena a artículo del suplemento de El País. 

- Jajajaja! Buena observación. Sí efectivamente, lo parece. Tendría que llamarse “Materia Prima Laboral”, que es al fin y al cabo el nexo común. 

- El trabajo. 

- Y los trabajadores que lo llevan a cabo, sí. La diferencia respecto a un suplemento del diario radica en el interés. Mientras uno, el semanal, parece trabajar con una fotografía, con el distanciamiento que implica, el otro, Serés, se sumerge en el día a día de esa persona y a base de preguntas breves y lo que suponemos miradas inquisitivas, logra ir un poco más allá de lo que estamos acostumbrados, alcanzando un grado de identificación inesperado. 

- A mí me sigue sonando a peñazo. 

- Porque tú no tienes sensibilidad. Suena a peñazo porque estamos mal acostumbrados. La “marea” ha establecido la dirección y el tono que debe tomar la literatura de realismo social, que es donde yo situaría este libro si me apuntasen con una pistola y me obligasen a inscribirla en algún género concreto, cosa que no me ocurre a diario, pero sí a menudo. Ahora mismo pienso, porque la tengo reciente, en “El apocalipsis de los trabajadores” que habla más o menos de lo mismo: de los trabajadores y sus penurias y su día a día y su falta de esperanzas. Valter Hugo Mae dedica doscientas y pico páginas a desarrollar en su novela una décima parte de algo para lo que Serés necesita poco más de trescientas, no quedándose únicamente en la historia el inmigrante que malvive en Portugal o las mujeres que van tirando como limpiadoras de hogares ajenos. Serés va a por todas y por eso dialoga tanto con una mujer que trabaja en un CallCenter como con una millonaria que no soporta a los albañiles por lo que representan. No se olvida de los taxistas que aspiran a vidas mejores en Birmania, vendimiadores, camareros de grandes banquetes, fisioterapeutas, profesores de universidad, empresarios de pymes, abogados, sindicalistas y muchos otros. 

- Suena impopular. Me refiero a la temática. ¿Vende libros este hombre? 

- Supongo que no muchos. Lo que ocurre es que Serés, con este libro, va contracorriente, ya lo he dicho, y demuestra que la suya es una literatura convencida y con mensaje; la del verdadero “regusto amargo” que no necesita excusas ni interpretaciones metafísicas. 

- Y eso te ha gustado. 

- Sí, claro que me ha gustado. ¿Cómo no me iba a gustar? Además Serés escribe de maravilla. Se me hace raro encontrar un escritor al que le importan tan poco las florituras artísticosintácticas. Serés parece haber reducido el lenguaje al nivel del tema tratado, depurándolo hasta convertirlo en un diálogo que cualquiera de nosotros mantenemos con nuestros vecinos o amigos. Va al grano. No le importan los paisajes ni le interesa transcribir sentimientos. Le importa la gente y se nota que lo único que le interesa es llegar cuanto antes al objetivo del libro. 

- La materia prima. 

- Sí. La materia prima.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Resumen de Lecturas: Febrero de 2011



Hay meses que dan pena. Este ha sido uno de ellos. Lo que empezó siendo prometedor acabó resultando un completo desastre. Me consuelo pensando en esas primeras ejemplares lecturas. 


[La parte alta: Zona Cálida] 

La primera fue una novela escrita por el autor que se lleva la portada: Michel Houellebecq. El premio es por haber escrito esa pequeña obra maestra que son “Las partículas elementales”: un libro que acompleja a casi cualquier otro del que vaya a hablar en la presente entrada. Cuando yo me quejo, quizá injustamente (aunque no lo creo) de la pobreza de la narrativa española actual lo hago siempre por comparación por novelas como esta; novelas que cuando las leo me mantienen en un estado de estupefacción permanente; que hacen de la lectura lo que debe ser: un placer. Una sensación muy parecida a la que produce otra de las grandes lecturas del mes: “Ruido de Fondo” de Don Delillo. Confieso que la segunda parte se me hizo algo pesada en comparación con la primera, mucho más ágil e interesante, con un humor más evidente pero esa sensación desapareció en cuanto terminé la lectura, cuando ese final (del que no se puede hablar en público) dota a toda la novela de un nuevo significado. El de Ruido de Fondo es un final, que como algunas películas, invita a la relectura. La tercera novela a destacar este mes es “El Gran Cuaderno” de Agota Kristof, para la que sólo hay calificativo: Obra Maestra. Un relato apasionante que merece tener su propia entrada en un futuro inmediato y que no corona la portada de esta entrada precisamente por eso. 



[La parte central: Zona Templada] 

En esta parte central, en la zona templada, están el resto de los libros a excepción de uno. Por riguroso orden de lectura: “La niña del pelo raro” de David Foster Wallace fue una relectura (una de las pocas que hago) por lo que el éxito estaba asegurado. No encumbra esta lista porque Wallace me gusta más como articulista o novelista que como “cuentista” aunque me ha entusiasmado descubrir un par de cosas en las que no había caído en su momento, durante la primera lectura, hace ya demasiados años: de una ya hablé en su momento y de la segunda hablaré, probablemente, a lo largo de esta semana. 

Una forma ideal de pasarlo bien es leer, como hice yo, a Rubén Martín G y su “Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios”. No me detendré mucho en este punto porque ya lo hice: antes, durante  y después de la lectura y temo que si insisto Rubén me reclame derechos de imagen que no podré pagar ni prostituyéndome. 

Inmediatamente después fue el turno de dos recomendaciones de Vicente Luis Mora. La primera, “La nueva taxidermia” de Mercedes Cebrian, venía también avalada por Francisco Ferré. En su momento quise hacerle una entrada breve (la que se merecía) pero me olvidé. Cosas de la edad. Eso, o que no me entusiasmó. A ver, no está mal, pero son dos relatos “largos” (ella dice “novelas cortas”) de los que ahora mismo sólo recuerdo el primero. Interesante, sí, pero no lo suficiente ni para encabezar esta lista ni para recomendar. TIENE que haber novelas mucho mejores. A pesar de todo, porque mi fe en los demás es inquebrantable (para que luego digan) empecé la segunda de las recomendaciones de Mora: “El rey siempre está por encima del pueblo” de Daniel Alarcón, uno de aquellos que (aseguraba Granta) era de los mejores narradores jóvenes de no sé qué sector de la población escribiente. La típica lista en la que yo también figuraría si se ajustasen adecuadamente los parámetros. Por lo general ya no soy de relatos pero en este caso el resultado es criminal porque no recuerdo ni el primero. Recuerdo uno, pero no era el primero. Estoy casi seguro. Es verdad que este mes he leído mucho y que los argumentos tienden a mezclarse y más si tenemos en cuenta que cinco de los catorce libros leídos son de relatos (por no hablar del primero de este mes, que acabé ayer y que también lo es (de relatos). Y muchos.) Podría ser normal por lo tanto que no me acordase, pero no lo es porque de los cuentos de los demás sí me acuerdo. Me quedo, por lo tanto, con la sensación que me produjo su lectura (y que sí tengo fresca en la memoria –siempre me ocurre-): Daniel Alarcón es un buen narrador. Escribe correctamente, sin arriesgar demasiado, que es precisamente lo que a la larga acabará haciéndole más daño porque lo sumerge en cierta inevitable mediocridad, de esa que acaba en el olvido. En definitiva, un libro que tampoco puedo recomendar y al que ya he dedicado demasiadas líneas. 

A estas alturas sumaba ya dos lecturas flojas. Malo. Con lo bueno que se presentaba el mes... Los relatos, aunque no me gustan, son adictivos por fáciles y por eso mi siguiente elección fue “Nueve Cuentos” de Salinger. De Salinger, hasta la fecha, sólo había leído lo que todo el mundo: “El guardián entre el centeno”, pero fue una lectura obligada en el colegio. Obligada y en gallego (lengua que domino pero no utilizo). Así es imposible que le guste a nadie nada. Ya se pueden imaginar la manía que le cogí al buen señor. Pero todo se supera y me convencieron para leer el relato del pez plátano y me encantó y luego ya fue fácil seguir con el resto. Y divertido. Encontré relatos que me gustaron más y relatos que me gustaron menos pero en general disfruté mucho y aprendí más. 

Después fue el turno de “Un momento de descanso” de Antonio Orejudo del que también hablé en su momento pero para aquellos que no quieran seguir este enlace les diré que fue lo que menos me gustó del escritor. Una historia floja que deja un libro mediocre. 

Padres Ausentes” de Pablo Muñoz (el Alvy Singer de la blogosfera) también ha sido citado en este blog, en esta entrada, aunque un poco tangencialmente. Merece una entrada y la tendrá cuando encuentre un hueco lo bastante grande para meterlo a él. De momento quédense con la idea de que siendo un librito interesante lo es menos de lo esperado. A uno le tiene que gustar mucho el mundillo del comic pijamero (servidor) para disfruta con su lectura. Absténgase pues todos los demás.

El apocalipsis de los trabajadores” de Valter Hugo Mae tiene entrada escrita pero todavía no la he publicado porque no quiero sobrecargar el blog de entradas en tan poco tiempo. Por no dejarles con la duda: no es una entrada elogiosa y no recomiendo su lectura (mucho menos su compra) a quienes no gusten de las historias tan bien escritas como aburridas. Después de esto Ana S. Pareja me retirará el saludo, ya lo estoy viendo, pero yo la voy a seguir queriendo tanto o más que antes porque el entusiasmo a la hora de defenderla fue (y es) notable. Por eso la leí. Estén atentos, en breve publicaré el comentario y podrán enterarse de todos los detalles. 

Los últimos días de Clark K.” del desconocido Alberto Ramos también la comenté (hablo demasiado) hace muy poquito. Dije de ella que era divertida, que me había reído mucho y que los que pudiesen deberían ver la obra de teatro que se represente en el teatro que señalo en la entrada en cuestión (pinchar en el título del libro para llegar o desplazarse un poco más abajo en esta página). Brevedad, concisión y una historia que vale la pena leer: es más de lo que han ofrecido algunos de los mencionados en este texto. 

Lo último, este fin de semana, fue “Bestiario” de Cortázar. De este no voy a hablar. Los mejores cuentos que he leído en mi vida los ha escrito Cortázar y alguno está en esta colección. Si con eso no les convenzo no les convenceré con nada. Este será el año de mi cuenta pendiente con él: “Rayuela”. No me llega el momento. Estoy hasta nervioso y todo...



[La parte baja: Zona Fría: Abandonos] 

Y ahora el gran perdedor. Pensé que no habría ninguno; todo iba tan bien… Quiero decir que a pesar de lo mediocre de muchas lecturas ninguna me había parecido lo bastante deficiente ni aburrida como para abandonar su lectura. Ni el de Valter Hugo, que ya es decir. De ahí mi sorpresa a medida que avanzaba en la lectura de "Los principes valientes" de Javier Pérez Andújar, uno de los mejores prosistas que he visto en mucho tiempo. Muy "Pablo Gutiérrez", con ese estilo tan peculiar y esa facilidad para sugerir imágenes con las palabras. Leer a Andújar pone todos los sentidos en alerta: podemos oler sus descripciones, saborear lo que comen los personajes… Es asombroso, en serio. "¿Entonces por qué lo dejaste?", se estarán preguntando. Bien: porque me aburría. No me interesaba lo que me estaba contando. Andújar se recrea demasiado en el lenguaje y se olvida que detrás debe haber siempre una historia. Aquí no la hay. Aquí hay una sucesión de relatos con un nexo común que son los recuerdos del escritor, pero como no está planteado de ese modo tropieza una y otra vez, cada capítulo, en la misma piedra: el aburrimiento. Y yo tengo demasiado por leer cómo para perder el tiempo con este tipo de cosas.



La conclusión, de haberla, sería que estoy algo harto de tanta insuficiencia y me voy a tener que pasar a los textos con contenido. He prometido leer a Javier Calvo y a Oscar Gual y lo voy a hacer, pero luego me rindo. Me paso a lo foráneo: a Pynchon, Amis, Ellis, Fante, Russel, Gombrowicz, Ellroy, Beigbeder, Wodehouse, Vennegut, Faulkner... lo que sea. Cualquier cosa menos lo de siempre. No porque vea corporativismos, eso es una payasada, es simplemente que estoy un poco harto de literatura de serie B. La sensación de bajo presupuesto en el cine la puedo entender, en la literatura no. 

martes, 1 de marzo de 2011

El Wikilit de Quimera (o la perversión de la verdad)



Que Quimera es el suplemento mensual de cierto sector de la blogosfera literaria es algo que ya sabíamos. Que sus listas son las listas más listas del mercado, también. Que es una revista que se pasa de cultureta se ve a la legua. Pero lo del WIKILIT es de nota. Yo creía haberlo visto todo, pero se ve que no. [ESTO ES ASQUEROSAMENTE CIERTO] Veréis. 
(Un apunte aclaratorio para no iniciados en artes oscuras: Quimera es una revista literaria de corte partidista –como todas, sí- que presume de lo que carece –idem- y que no contenta con ello saca una encuesta haciendo las dos preguntas objeto de esta entrada a algunos colaboradores habituales, quizá temiendo que si se lo preguntan a otros vayan a decir lo que piensan). 
El día que conseguí hacerme con la edición de febrero (a saber: el 26 del mismo mes) fue casualmente el día que logré resolver todos mis problemas con el Outlook –que eran muchos y variados- y por extensión el mismo que recibí y pude leer el correo de Jaime Rodríguez Z., director de la susodicha, solicitando mi colaboración en la encuesta. [ESTO NO (ES ASQUEROSAMENTE CIERTO)]. Puesto que no pude contestar cuando debía por los ya mencionados problemas técnicos me voy a dar el gusto de hacerlo ahora, a toro pasado. Porque mirad: me lo he pasado tan bien, me he reído tanto con el artículo, que me parece de ley compartirlo con el resto de los seres vivos para que todos lean y gocen en la medida que yo lo hice. Que gocemos todos, incluso Quimera. Y a ver si tiene tanto sentido del humor como el que nos presupone a nosotros, sufridos compradores. [5 EURAZOS DE REVISTA, PARA QUIEN NO LO SEPA] 



[LA PRIMERA PREGUNTA] ¿Qué crees que pasaría si por un día todos los que formamos parte del mundo literario español nos dijéramos públicamente toda la verdad?

Voy a NO HACER dos cosas. Primero: voy a pasar por alto el "formamos" y el "nos dijéramos" (luego dirán que la revista no la hacen para ellos) y haré como que no he leído que la propuesta es decir la verdad: ojo; no es "decir lo que pensamos" sino "la verdad"; es decir: que no es que callen, es que mienten. Habitualmente, vaya; tampoco digo que lo hagan de forma permanente. La segunda cosa que NO voy a hacer es ponerme en plan estadístico pero sí tengo que decir que la respuesta más leída fue algo tipo: no pasaría nada, porque todos sabemos cómo va esto. ¿Lo sabemos? ¿Quiénes lo sabemos? ¿Los editores? ¿Los escritores? ¿Los periodistas? ¿Los becarios? ¿Sus mascotas? ¿Quiénes? Porque yo no. Ya sé que sólo soy un lector, pero ojo: soy el lector de la revista que publica un artículo con dos preguntas que supone que me importan y que (siento ser tan pesado con el tema) me cuestan un buen dinerito que me gano trabajando. El caso es que da igual porque seguimos sin-enterarnos-de-nada. No al menos mientras la encuesta la respondan los amigos de los que formulan las preguntas, que a su vez son amigos de otros que parecen no tener nada que ver con Quimera pero que estarían encantados, llegado el momento, de salir en todo lo que tenga letras y se venda en quioscos. Lo que yo sí creo que pasaría es que se iba a montar un dios de cuidado. Si los unos (críticos) tuviesen que decir lo que realmente piensan de los libros de otros (escritores) lo más probable es que los segundos se vengasen cuando llegase el momento de invertir los papeles (que se invertirán; seguro: todos invertidos de aquí a cinco años) y entonces nadie sería amigo de nadie y el único que saldría ganando es el lector, que vería por todas partes criticas geniales de puro sádicas. Eso durante los seis primeros meses. Luego supongo que los escritores pondrían en marcha la máquina de pensar en escribir libros de verdad; libros que mereciesen ser leídos; libros en los que valiese la pena gastarse el dinero; libros que demostrasen que detrás de esta fachada artística hay algo más que intereses de egos y dineros; libros que demuestren que hay realmente una generación que valdrá la pena incluir en las enciclopedias dentro de veinte o treinta años y que no se verá condenada a ser objeto de burla de los escritores daneses (otra panda de listos) que es exactamente lo que está ocurriendo ahora. Yo no digo que tengan que ser todos Franzens , Pynchons o FosterWallaces, pero no estaría mal que de una vez dejásemos de ser los herederos de Cervantes y nos hiciésemos nuestro propio hueco en este mundillo tan rastrero. 

En definitiva, que yo sí creo que pasarían cosas y que el movimiento se demuestra andando y que si los que responden “no pasaría nada” creyesen realmente en ello no lo dejarían ahí. Contestarían. Dirían la verdad y así veríamos todos cuán llenos de razón están. Pero no lo hacen. Se callan (cobardes, cobardicas) por muchos motivos tras los cuales se esconde siempre lo mismo: E-G-O. Y así, haciéndose los tontos, pasan a la siguiente pregunta. 

(Esta entrada me está quedando un poco larga pero eso es porque la verdad ocupa espacio y como esto es gratis escribiré hasta que me aburra. Si costase cinco euros no; entonces mediría mis palabras. A ver si va a ser por eso… 

El caso es que mientras escribo voy llegando a mis propias conclusiones y me pregunto si es realmente interesante (que no legítimo) que los escritores sean también críticos literarios. Si no es eso lo que al fin y al cabo lo pervierte todo). 


[LA SEGUNDA PREGUNTA] "Haz un esfuerzo de honestidad y revela un dato concerniente a la industria que nunca te hayas atrevido a revelar"

Uhhhh, que miedo. A estas alturas del correo debían estar todos entrando en pánico total. Voy a obviar el insulto que me parece que un alguien le pida a otro alguien un esfuerzo a la hora de ser honesto (tela!) y me voy a centrar en lo que me importa aquí. A saber: sólo se pide un dato. (1, para los que sean de ciencias). Un simple dato. Ni veinte ni treinta. Una sola cosa que se suponga que nadie sabe. (Un “nadie” que podría perfectamente ser, por ejemplo, yo (aprovechando mi insignificancia y mi ignorancia supina en casi todo)). Un dato que yo no sepa. Respuesta mayoritaria en el Wikilit; atentos: "bueeeeeno -con voz de escritor que se hace de rogar- que los premios están amañados". Joooder, qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte. Así, sin  anestesia. Directo como un puñetazo e igual de efectivo. ¡Quién lo iba a decir! Y yo pensando que Boris Izaguirre era uno de los mejores escritores de este pedazo de península! En fin. Corramos un tupido velo. Otros hablan de sexo, lo cual es genial pero también terrible. Genial porque en mi fuero interno temía que los escritores no hiciesen otra cosa que leer y escribir, algo que vería bien si esto fuera Corea del Norte, pero no esta España, con tantas libertades y tantos bares por habitante; y terrible porque significa que los mismos escritores (que ya hemos visto que no trabajan todo lo que debieran porque están siempre de copas y follando) pueden reproducirse. Como lo oyen. Y nosotros no queremos que eso ocurra, verdad? Noooo!! Lo que nosotros queremos es que alguno de ellos ponga orden; que se suba a un pedestal (si no estaba subido ya, que seguramente) y diga bien alto y bien claro: “Bien, chicos. Dejemos ya de chuparnos las pollas y pongámonos a escribir obras maestras”. Y luego lo que salga, claro. La intención es lo que importa y la inteligencia no nos trata a todos por igual. Yo, por ejemplo: soy menos imbécil de lo que aparento, lo que pasa es que hay que conocerme un poco para notarlo. 

Pero no hay como los ejemplos. Veamos algunas de las respuestas que dan los entrevistados a esta segunda pregunta: 
  • Luna Miguel, que es poeta, nos cuenta una que ríete tú de Inception. Si creías que no habías entendido el argumento de la película verás cuando leas esto: “[…] me parece muy feo ese mal rollo que se ha creado entre autores y personajes literarios como P, A y E por culpa de la entrevista que I hizo a P para una revista digital”. Cágate lorito. Luego lo desarrolla, pero no mejora. Al contrario. También es mala suerte que a LM (mira, como el tabaco con el que me hacía los porretes de chaval) le parezca feo precisamente lo único que podría salvar este artículo. 
  • Marc Caellas, es gestor cultural (que debe ser el mejor trabajo del mundo) y nos descubre el por qué los venezolanos no tienen mucho más éxito en nuestro país: por orgullo. ¿A que no lo sabían? Pues sí. Y lo justifica de la siguiente manera: una chica escritora quería conquistar a un chico escritor (de Venezuela) prometiéndole orgasmos y premios literarios (aunque no necesariamente por ese orden) y éste le dijo que no. Y de ahí la conclusión. Por eso cerraron CNN+: no estaba a la altura. Yo me siento fatal conmigo mismo porque hasta que Marc dijo lo del orgullo pensé que, una de dos, o la muchacha era fea como un erizo y no había por donde “cogerla” o el muchacho era un poco bastante gay. Gracias Marc por tu valiosa aportación.
  • Cristina Fallarás (un apellido de los que condicionan) es la que ve a todos los “artistas” (se lo vamos conceder) siempre con los pantalones bajados, o borrachos o arrimados al váter de algún bar o todo al mismo tiempo: borrachos, desnudos y en el váter de un bar. Ella no habla de mear, porque ya sabemos todos como están los aseos de los bares y que hay que ir meadito de casa. Follar tampoco los ve, Fallarás, a nuestros genios de las letras (segunda concesión). Se ve que se le escapan. No me extraña, tanto acoso y tanta leche. Luego dice que no sabe cotilleos. Ja! ¿Acaso se quedan mudos los escritores borrachos? ¿Y qué hacen todos desnudos? ¿Es Cristina Fallarás uno de los personajes de la última novela de Orejudo? ¿Aquella que coleccionaba fotografías del glande de los escritores que se encontraba? (¿A que ya tiene mejor pinta la novela de Orejudo? Si es que lo que venda un buen glande...) 
  • La Fiera Literaria es un fanzine que necesita vender para sobrevivir –como todos los fanzines- y por eso va a su rollo. Empieza citando Orwell (cómo no podía ser de otra manera, porque Orwell en todo esto tiene mucho que ver) y luego a tropecientos escritores más como forma de quejarse de lo partidista de las listas que sacan los periódicos. Vale, muy bien. Cualquier momento es bueno para darse a conocer. Viva la revolución! A ver cuándo empiezan a pegar carteles es las estanterías de El Corte Inglés. 
  • Oscar Gual pasa de todo. No miente pero tampoco cuenta. Se inventa una película. Cómo es escritor… Una pena. Este tiene pinta de listo y seguro que sabe cosas. Se lo vamos a perdonar porque está de promoción, pero la próxima, Gual, te toca mojarte. Correrte no, Gual; mo-jar-te. (Es que los dejas solos y…) 
  • Alberto Olmos dice que tampoco sabe nada. Aquí nadie sabe nada. Si Olmos no sabe nada es que nadie sabe nada. Anda que tengo que leer cada cosa... 
  • Y acabo. Este último me gusta mucho porque creo que es el único que no miente. Será porque me siento muy identificado. Dice Antonio Jiménez Morato, a la sazón escritor, tallerista y crítico literario, que nunca puede leer un artículo completo de Quimera. ¡Lo mismito que me pasa a mí! Excepto éste del Wikilit, que me hizo mucha gracia hasta que me cansé, que vino a coincidir con el punto final. 

Y nada más. Acabé. Yo lo siento en el alma, de verdad. Ya sé que esta entrada además de larga puede parecer un poco borde pero nada más lejos de la realidad. Se trata de divertirse. Quimera se ríe (no sabemos si es con o de nosotros) de esta situación tan surrealista que ella misma provoca, exigiendo tácitamente nuestra complicidad, algo con lo que personalmente no tengo ningún problema. Del mismo modo el texto inmediatamente anterior también quiere reírse (no sabrán si es con o de ellos) de la misma surrealista situación, también con un tácito acuerdo de complicidad. Todos cómplices, todos amigos y sin dejar de reír. La crítica literaria como terapia humorística. ¿No es maravilloso? De todos modos confieso que estoy poco o nada preocupado con los sentimientos que pueda herir con esta entrada que ya supongo más bien pocos, porque independientemente de lo que diga y el tono que use, a los escritores lo que les gusta es que se hable de ellos. Si no se habla de ellos se ponen tristes, se bajan los pantalones y se encierrarn en los váteres públicos de los bares para llorar, quizá esperando que venga algún alma caritativa a hacerles una mamadita. Yo mamadas no hago, ya lo digo ahora. Dar por culo sí, todo lo que quieran, pero mamadas no, ni una.




Mi relación con los escritores, editores o gestores culturales mencionados: regularcitas, la verdad, ya se pueden imaginar. Por lo menos desde hoy.