miércoles, 10 de agosto de 2022

“Carcoma” de Layla Martínez (Amor de madre) (#diariodelectura)

El archivo en el que escribo estas palabras lleva el mismo título que el encabezamiento de este post: #diariodelectura. Con esto lo que quiero dar a entender es que si ya nunca debieron esperar de este blog una reseña medianamente decente, ahora mucho menos. Ténganlo claro y nos llevaremos bien. Sirva pues, este espacio, a mis intereses personales —intereses que poco o nada pueden tener con el slogan promocional de este blog, aquello de ser la memoria de la literatura y estar por ello pie de guerra, etcétera— que no son otros que el enésimo intento de dejar por escrito las impresiones de las últimas novelas (o no) leídas para cuando el alzheimer y eso.

Dentro del género de terror está la categoría específica del niño que desaparece, ya sea porque alguien lo robe (el narrador, que pasaba por allí) ya porque echa a correr y cae en un armario, que para el caso es lo mismo. Pues bien, en esta novela eso es exactamente lo que pasa: que desaparece un niño. Y la cosa está en ver cómo (si fue el león, la bruja o el armario) y por qué, para lo cual la narradora concentra en algo menos de doscientas páginas (gracias, por cierto) la historia, muy resumida, de cuatro generaciones de mujeres y su relación entre ellas desde una casa construida años antes por el pater familias, un tipo despreciable en grado sumo que empieza de putero y termina como se merece.

Sin rodeos: Carcoma es una novela “con” casa encantada, que no “de” casa encantada porque aún habiendo en la choza motivos suficientes para dos trilogías, Layla Martinez concentra sus esfuerzos en hablarnos de quien la habita, a saber: la bisabuela, la abuela, la madre y la nieta, siendo la segunda y la cuarta quienes que se reparten la voz cantante en capítulos alternos en los que, con la excusa de explicarnos la milonga del niño en cuestión, desarrollan largo y tendido el drama familiar de ser pobre y encima no saber rodearse de otra cosa que hijos de puta.

Se ha cogido la costumbre, cuando se habla de este libro, de hablar de feminismo, violencia de género o lucha de clases, así como de venganza y justicia a raudales y, bueno, sí; sí pero y qué. Sí, pero y nada. Que no les líen: Carcoma funciona porque hay una vieja medio cabrona y una nieta que es el mismo demonio y una casa encantada y un fantasma o dos o ciento y la madre en medio puñado de páginas. Y encima desaparece un niño. Y un libro puede ser la hostia porque es la hostia o puede ser la hostia por comparación, porque estamos tan acostumbrados al truño y al tocho que nos dan un aquí te pillo aquí te mato mínimamente decente y ya nada más que “queremos a Layla”.

viernes, 5 de agosto de 2022

Volver a Chabon (#diario)


Volver a Chabon como quien vuelve a los noventa, cuando escritores como Wallace, Sedaris, Lethem, Eugenides, Díaz, Franzen, Palahniuk o Eggers se erigían como los nuevos puntales de la literatura americana.

Tiempo después, en 2006, Lev Grossman se preguntaría en un artículo en The Times quién de todos estos había acabado siendo la voz de su generación. No llega a ninguna conclusión válida (probablemente porque no la había aunque el tiempo parece haber dejado a Franzen como único vencedor) pero sí aprovecha la reflexión para dejar caer, de pasada, en un comentario no exento de nostalgia, la forma en que los lectores "enfrentarían" a partir de entonces la lectura:

«El hecho es que una generación de lectores probablemente nunca más se reunirá en torno a un solo libro de la manera en que lo hicieron en el siglo 20, cuando Holden Caulfield fue a buscar los patos en Central Park». (1)

Y por eso volver a Chabon como volvíamos a Salinger.






(1) «Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adónde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta». Holden Caulfield

miércoles, 4 de mayo de 2022

“Kim Ji-young, nacida en 1982” de Cho Nam-joo

La conclusión a la que he llegado tras la lectura de esta novela es que la única diferencia entre el machismo coreano y el machismo español radica en que en el primero los ojos rasgados no son exclusivos de las mujeres.

Fuera de eso, la misma mierda.

Kim noséqué es una mujer nacida, pues eso, en 1982. Por aquel entonces —mientras el PSOE llegaba al poder, el mundo entero caía rendido a los pies de Naranjito y yo fumaba a escondidas los Ducados de mi padre— la vida de Kim era tal que así de espantosa:

«La regla indiscutible en la casa era servir el arroz recién hecho a su padre, a su hermanito y a su abuela, siempre en ese orden; el tofu, las empanadillas de carne y verduras y las tortillas de carne con sus formas perfectas iban directamente a la boca de su hermano. No era raro que las niñas se quedaran solo con las sobras. También era habitual que su hermano disfrutara de pares perfectos de palillos y de calcetines, así como de juegos de ropa interior y carteras para la escuela, mientras que Kim Ji-young y su hermana se conformaban con lo que era dispar. Si había dos paraguas, uno era siempre para su hermano y ellas debían compartir el otro. Si había dos mantas, una era para su hermano y la otra para ellas. Y si la merienda no daba para todos, la mitad se la comía su hermano y ellas se repartían el resto. En realidad, de niña, Kim Ji-young nunca pensó que su hermano recibiera un trato especial y jamás lo envidió. En ocasiones se sentía algo resentida, pero estaba acostumbrada a racionalizar la situación, convenciéndose a sí misma de que tenía que ceder porque era mayor, y de que compartir cosas con su hermana era lo correcto porque eran del mismo sexo».

No les voy a hacer perder el tiempo con más citas ni con análisis que no me apetece escribir y que tampoco aportarán nada. Llámenlo desencanto, si quieren. Lo importante: la novela es esto y punto. La contra habla de una mujer que es tres mujeres, etcétera, como si esto fuera a ir de demencia. Ni caso. Es mero simbolismo; una excusa para plantear la plena vigencia de EL TEMA universal: que todo cambia excepto aquello que no lo hace. Y que todas las mujeres son la misma mujer. Que da igual que seas tu madre, tu suegra, tu hija o tu mejor amiga: lo que te define frente a la falocracia dominante es tu condición de mujer, exactamente la misma condición que determinará quién dejará el trabajo para atender a tus hijos, aprovechando que, seguramente, gane menos dinero porque el capitalismo es sabio y, sabiendo como sabe que esa misma condición determinará el nivel de dedicación al trabajo (que ya me dirás tú también qué vida es esa) de cada uno, se anticipará.

Como una serpiente que se muerde la cola.

Y hablando de colas, termino: la novela es un repaso, correcto y discreto a la par que elegante, a la historia machista “coreana” de los últimos treinta o cuarenta años. Tiene de sorprendente que hayan tenido lugar tantos cambios —en muchos casos (cuando no directamente) irrisorios— para que creamos que eso está más que superado y que como “mi jefa es mujer” YA ESTÁ.

Pero predico en el desierto porque si algo tengo claro es que este es el típico libro al que solo llegarán precisamente aquellos que menos lo necesitan. El resto seguirá echando de menos al puto Naranjito.

Por lo demás, bien, o sea, normal.