sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


martes, 27 de agosto de 2013

“Samuel Johnson está indignado” de Lydia Davis

Dos cosas: Una buena y Otra mala. Primero la mala.

LA MALA

De todo, lo peor, los microrrelatos. Será defecto del animal pero no puedo con ellos; no dejo de verlos como chistes para intelectuales y a mí estas cosas ni me explotan en la cabeza ni me dan que pensar más de doce segundos. Los microrrelatos de Lydia Davis son absurdos unas veces (Cierto saber de Herodoto: Ésta es la realidad sobre los peces del Nilo:), estúpidos otros (Aquí estamos las dos sentadas, mi digestión y yo. Yo estoy leyendo un libro y ella está ocupada con el almuerzo que me he comido hace un rato), juguetones (Recordad que no sois más que polvo. Trataré de tenerlo en mente) o enigmáticos (Samuel Johnson está indignado por los pocos árboles que hay en Escocia) Y así como seis o siete más tipo esto: “Me gusta trabajar cerca del bebé, aquí en mi escritorio, a la luz del flexo, mientras el bebé duerme. Como si volviera a ser joven y pobre, iba a decir. Pero es que lo sigo siendo.

Bueno, en fin, para fans. Desde luego no seré yo quien los recomiende. De todos modos, como en todo en esta vida, también aquí hay alguna excepción (“En un momento dado de su vida se da cuenta de que, más que querer tener un hijo, lo que no quiere es no tener un hijo, o no haber tenido un hijo.”) o aquella nota absurda y por alguna razón tan divertida. 

Asesinato en Bohemia
En la ciudad de Frydlant, en Bohemia, donde todos ya de por sí son pálidos como fantasmas y van con ropa oscura de invierno, una anciana, incapaz de seguir soportando el inevitable desplome de su existencia hacia la miseria y la ignominia, se volvió loca y mató a su marido, a su hija y a sus dos hijos por compasión, a los vecinos de al lado y a los de enfrente por rabia, pues habían despreciado a su familia, al tendero, a quien había tenido que suplicar que le fiara, por venganza, y también al prestamista y a dos usureros, y luego a un conductor de tranvía al que no conocía de nada y, por último —tras entrar como una exhalación en el ayuntamiento empuñando un cuchillo enorme—, al joven alcalde y a uno de sus concejales, que andaban dándole vueltas a una enmienda.

Porque otra cosa igual no, pero divertida Lydia Davis es un rato largo.



LA BUENA

Pues sin ser un fanático del relato corto tengo que recocer, con cierta vergüenza y dolor de corazón, que me gusta Lydia Davis más de lo que me disgusta. Me gusta como cuenta los cuentos, es decir, me gusta leerla por el placer de leerla, me gusta seguir esos relatos que algunas veces parecen no decir nada ni ir a ninguna parte; me gusta que me haga reír, aunque sea en los puntos y aparte y me gusta que me sorprenda con los finales. Y me gusta esa capacidad de humanizar algo, lo que sea, en tan poco espacio. 

Está feo generalizar y además no quiero liarme. Tenía en mente una reseña pequeña como un colibrí y por mis gónadas que, quitando las citas, lo será.

Lydia Davis me ganó en un relato (“Nuestro viaje”) que parece una estupidez. La narradora le cuenta a su madre una versión adaptada de lo que fue un vulgar trayecto en coche (“No siempre se le puede decir la verdad a todo el mundo y, por supuesto, lo que no se puede es contarle a nadie toda la verdad, porque se tardaría mucho.”) El lector, en cambio, conocerá todos los detalles; ya saben: la importancia está en los detalles. En el relato no se dice nada especial, más bien todo lo contrario: una aburrida pareja y su aburrido hijo hacen un aburrido viaje en coche y hablan de esto, lo otro y lo de más allá, y unas veces discuten y otras veces no. Lo cierto es que el relato, con todo lo ameno que es, acabaría en tontada de no ser por el final, ese momento en el que te explota en la cara y sin necesidad de matar a nadie, lo hace digno de ser leído un par de veces más.

Cuando estábamos a veinte minutos de casa, Júnior quiso que parásemos en un Holiday Inn a pasar la noche y no entendió por qué dijimos que no. Y fue más o menos entonces cuando me di cuenta de que, como familia, mantenemos una especie de lealtad entre nosotros según la cual dos no pueden enfadarse con un tercero al mismo tiempo, salvo en contadas ocasiones, como en el caso de las toallitas refrescantes.

Lo admito: con este cuento me enamoró Lydia Davis y ya sabemos que un hombre enamorado sólo tiene ojos para el objeto amado y que a partir de aquí, se puede ser cualquier cosa (gilipollas, fundamentalmente) menos imparcial. (Excepción únicamente aplicable y aplicada a sus micros y alguna que otra cosa mayor). De hecho, si he elegido entre todos este pequeño relato es porque refleja bastante bien lo que uno se puede encontrar leyendo a Lydia Davis. ALGO de lo que se puede encontrar.

Hay una cosa que está clara: el punto fuerte de Lydia Davis es la familia, ya que es de ésta de dónde saca el mejor material y es tratando estos asuntos tan aparentemente superficiales cuando sus relatos brillan más. Mujeres desencantadas (1), observadoras y siempre tan dolorosamente sinceras (2) que por momentos parecen personajes sacados de un cuento de Askildsen (3). Mujeres divertidas como sólo pueden serlo las mujeres crueles.


Egoísta
Lo bueno que tiene ser egoísta es que cuando tus hijos se hacen daño tampoco te importa mucho porque a ti personalmente no te ha pasado nada. Pero si sólo eres un poco egoísta no sirve. Tienes que ser muy egoísta. La cosa funciona así: si sólo eres un poco egoísta, te preocupas un poco por ellos, les prestas un poco de atención, los llevas casi siempre bien vestidos, les cortas el pelo con relativa frecuencia, aunque no les compras todo lo que necesitan para el colegio, o por lo menos no cuando lo necesitan; te lo pasas bien con ellos, te ríes con sus chistes, aunque cuando se portan mal tienes poca paciencia con ellos, porque te molestan cuando tienes cosas que hacer, y cuando se portan muy mal te enfadas mucho; tienes una idea aproximada de cuáles son sus necesidades, sabes más o menos lo que hacen con sus amigos, les haces preguntas, aunque tampoco muchas, y siempre hasta cierto punto, porque no tienes tiempo; entonces surgen los problemas, pero tú ni te enteras porque estás muy ocupada: les da por robar, y te preguntas cómo habrá venido eso a parar a casa; te enseñan lo que roban y cuando les preguntas te mienten; cuando te mienten siempre los crees, porque parecen muy sinceros y porque además tardarías mucho en averiguar la verdad. En fin, que esto es lo que suele ocurrir si has sido egoísta; y si no has sido lo bastante egoísta, luego, cuando estén metidos en líos, sufrirás, aunque mientras sufras seguirás, por pura costumbre, siendo egoísta y dirás: Estoy destrozada. Mi vida ya no tiene sentido. ¿Cómo voy a seguir adelante? De manera que, puestos a ser egoístas, más te vale ser más egoísta que eso, tan egoísta que por mucho que lamentes que se hayan metido en líos, por mucho que lo lamentes sincera y profundamente, tal y como les dirás a tus amigos y conocidos y al resto de la familia, en tu fuero interno te sentirás aliviada, feliz, encantada incluso, de que no te esté pasando a ti.





(1)[…] llega un momento, en la mitad de la vida, en que por fin eres lo bastante inteligente para darte cuenta de que todo es insignificante, de que ni siquiera el éxito significa nada. Sin embargo, para empezar, ¿cómo aprende una persona a verse a sí misma como si no fuera nada después de todo lo que le ha costado aprender a verse como si fuera algo? Vaya lío. Te pasas la primera mitad de la vida aprendiendo que, después de todo, eres algo, y ahora tienes que pasarte la segunda mitad aprendiendo a verte como si no fueras nada. Has sido una nada negativa y ahora lo que tienes que ser es una nada positiva.

(2)Algunas de las cosas que hago por el viejo diccionario, aunque no todas, podría hacerlas por mi hijo. Al diccionario, por ejemplo, lo manejo despacio, con parsimonia, con delicadeza. Tengo en cuenta la edad que tiene. Lo trato con respeto. Me paro a pensar antes de usarlo. Soy consciente de sus limitaciones. No lo animo a hacer nada más allá de sus posibilidades (por ejemplo, a quedarse abierto del todo sobre la mesa). Y la mayor parte del tiempo lo dejo tranquilo.”

(3)Esa misma noche, antes de acostarse, mi padre me dijo: —Es sintomático del estado en que me encuentro: eres mi hija y estoy orgulloso de ti, pero no tengo nada que decirte.”


jueves, 22 de agosto de 2013

RESEÑA de “Hijos apócrifos” de Víctor Balcells Matas

[Conviene recordar que] este es libro que taché de infumable al llegar a la página 212, la misma en la que juré abandonarlo, juramento que más tarde, durante un arrebato, incumplí. El post anterior es el resultado de aquello. Lo cierto es que estoy harto de hablar de este libro por lo que esta reseña debería ser anormalmente breve. (La palabra clave es debería.)

He aquí la causa de mi indignación: uno suponía, y no lo suponía porque sí, que esto (siendo esto el dichoso libro) abordaba, con humor, las relaciones paterno-filiales. Más tarde, en una entrevista que le hicieron a Víctor en La Vanguardia, me enteré de que el verdadero tema del libro era “la imposibilidad de estar muy cerca de las personas que nos interesan y a las que amamos”. El tema cambia de cojones, sobre todo si se tiene en cuenta el título, que así parece puesto para despistar.

La novela es una comedia y efectivamente, tal como apunta Javier Avilés en su reseña, tiene mucho de screwball y también mucho de crítica burlesca al abyecto mundillo literario de poetas trepadores, escritores infames o engreídos o ambas cosas o todo lo peor que se imaginen ustedes que pueda ser un escritor. La novela no deja títere con cabeza y ya sea usted editor, poeta, ensayista, biógrafo, novelista o hijo de tal o pascual, se verá fielmente retratado por Víctor Balcells Matas como un perfecto gilipollas. Para reforzar el carácter literario de la cuestión se acompaña la novela de múltiples referencias, títulos de novelas o nombres de escritores famosos (“Jean, Paul y Sarte emprendieron un ataque contra mí, un ataque existencialista y absurdo, de golpes flojos.”) porque a la gente del medio, que al final son los que a la postre compran estos libros (o se interesan por ellos), les gustan mucho verse inmortalizados, pero sobre todo porque no tener otra cosa en la cabeza que literatura acaba por ponerlo todo perdido de literatura. 

Y puesto que tiene 463 páginas y la idea propuesta (la de un hijo buscando un padre) se va demorando página tras página, se acompaña de mucha nadería insustancial, pensamientos fugaces y reflexiones de ida y vuelta, que son aquellas que salen de la historia total para volver a entrar:

Al salir del bar Arturo se encontraba mareado. [Arturo no es el nombre del bar.] La realidad parecía más luminosa, expandida, vívida. Bajo los efectos del Gin-Tonic se apreciaban mejor sus virtudes y defectos. El artista Vonnegut-Lachaise estaba junto a la puerta del local, alegremente rodeado de sus discípulos. Tenía una cara de persona normal, un cuero normal y piernas largas de persona normal. Barba, se podría decir, pero qué clase de barba, romana imperial tardía, al estilo Caracalla, o quizá siglo dieciséis. Por alguna razón difícil de precisar era un artista célebre y celebrado.

El caso es que uno (yo, en este caso) la va leyendo, la va entendiendo y la va apreciando por lo que vale, por lo que ha debido costar dar forma a tanta referencia más o menos velada de tanto conocimiento amulado durante 27 largos años. Uno le va perdonando (siente que debe hacerlo) la incontinencia verbal del que no quiere renunciar a nada; uno le va cogiendo cariño, al escritor también; la va queriendo, se va riendo (a ratos, cuando se le escapa) y poco a poco, poquito a poco, se acaba cansando. Y se va cansado, entre otras cosas, de no ver nunca la novela avanzar en ninguna dirección, que todo en ella parecen ramales sin salida, que parece la idea central una cosa que no acaba nunca de ser alcanzada, que todo es prestar atención a los flecos. Y no será por páginas. Y no será por relleno. Y no será por diálogos innecesarios (elijan al azar y prueben a obviar lo que no sea diálogo puro y duro y verán como nada cambia, como todo es igual, como en el fondo nos podíamos haber ahorrado los tres cuartos de hora que necesitábamos para ver otro capitulillo de Breaking Bad). 

De ahí mi hartazgo en la página 212; de ahí el cabreo, de ahí la indignación de no ver nada más que gansadas (en cualquier sentido de la expresión) de un proyecto de escritor de veintitantos queriendo demostrar que el tamaño no importa y que todo lo cura el poder vivificante de la risa. El caso es que de ahí el infumable, injusto seguramente, precipitado no, pero exagerado quizá sí. O quizá no, porque la bajada de ritmo de la segunda parte (la mortalmente aburridísima segunda parte), es tan agresiva, se hace tan pesada y tan lenta, tanto, que el castigo de someter al lector (al bueno del lector, al paciente y crédulo lector) a cien páginas de ires y venires de dos seres a cual más lerdo es como para cerrar el libro y tirarlo a un mar con tiburones.

El problema de fondo de todo esto, —he aquí una cuestión personal que no quiero eludir— es que servidor esperaba algo que girase en torno a lo paterno-filial, que es un drama muy socorrido para pasar la tarde, o, como dice Balcells, sobre “la imposibilidad de estar muy cerca de las personas que nos interesan y a las que amamos”. Y de todo eso, nada monada. Tener un padre que ignora a un hijo y viceversa no es suficiente para darle categoría de argumento, y no lo es porque Balcells ese problema se lo pasa por el forro de los cojoncillos durante dos terceras partes de la novela. Se nota que a él lo que le apetece es la risa, el cachondeo, el tonteo literario, ocultar referencias, dibujar un pozo en una pared e invitarnos a sacar agua de él. 

Entré en su habitación: no había nadie. Entre en el salón, en la cocina. Merodeé como el cazador en la jungla: no había nadie.
Estaba solo en casa.
Me quité la camiseta. Me quité los pantalones.
Viva la vida.
Me acerqué a mis bonsáis. No supe qué decirles. Los acaricié. Mis bonsáis. Yo amo todo lo arbóreo. Si fuera planta querría ser un pino, siempre verde y dispuesto a la procreación.


Nota: El mismo día que se publica este post, Jordi Corominas publica una entrevista con el escritor AQUÍ.