jueves, 30 de junio de 2011

Resumen de Lecturas: Junio de 2011


A continuación -y por riguroso orden cronológico- lo de siempre: el resumen resumidísimo de todo lo que servidor ha leído unas veces y se ha tragado otras durante el recientemente fallecido mes de junio. (Incluye abandonos.)

El mes no podía empezar mejor, o eso pensaba yo entonces: iba a leer la esperadísima y no tan nueva novela de Aurora Venturini, "Nosotros, los Caserta". Después de la excelente “Las primas” todo invitaba a pensar que me iba a encontrar otra demostración de genio y de hecho así lo pareció durante un número considerable de páginas. Pero aquello no iba a más sino a menos y acabé dejándome llevar hasta el final de la susodicha porque soy bondadoso en grado sumo, no porque valiese la pena. Pero todo tiene un límite y cuando después de una lectura mediocre viene otra directamente aburrida pues me pasa lo que le pasaría a cualquiera: que estallo. Las manchas de sangre todavía salpican este blog en una entrada conocida como “Crónica de un enfado monumental (y dos reseñas salvajes)”. En ella encontrarán explicación a lo que digo así como la reseña de lo que acabó siendo el primer abandono del mes: “El frente ruso" de Jean-Claude Lalumiere, la pobrecita novela -hoy siento pena de ella- que acabó cargando con una culpa que no era toda suya. 

Cuando uno elige tan mal como lo estaba haciendo yo entonces lo mejor es echarse a un lado y dejarse hacer. La bibliotecaria, una mujer en extremo amable, me llamó en el momento más oportuno para decirme que podía pasar a recoger "Knockemstiff" de Donald Ray Pollock, una colección de relatos que tenían en común el lugar en el que se desarrollaba la acción: uno de los peores lugares de la tierra para vivir. Nacer en Knockemstiff es nacer jodido. Los cuentos magníficos, pero no todos. De quedarme me quedaría con los primeros lo cual me hace pensar que puede ser más un problema de cantidad que de calidad. Juzguen ustedes mismos. Inmediatamente después llegó el segundo abandono del mes pero no por las causas que imaginan. Se trataba de "La herida de Spinoza. (Felicidad y Política en la vida postmoderna)" de Vicente Serrano, ganador del premio Anagrama de Ensayo, que gira en torno a la figura de Spinoza y su filosofía. Me pareció interesante en su momento pero no tardó en hacerse evidente lo erróneo de afrontar al filósofo sin unas bases más firmes. No descarto leerla en un futuro.

Después le tocó el turno a “En la carretera: el rollo mecanografiado original” de Jack Kerouac. Ya he dicho por activa y por pasiva en entradas anteriores que me gustó mucho -de hecho fue lo mejor del mes- pero ya no digo más. Cuando tenga tiempo, ganas y el cuerpo a favor acabaré el post que tengo a medias y lo hablamos con la calma que se merece. 

De las siguientes puede que hayan leído las entradas que les dediqué este mismo mes pero también puede que no. Para los más vagos, aquí va la versión corta de:
  • "Acceso no autorizado" de Belen Gopegui es algo así como la versión “que pienso yo de todo esto de la crisis y qué me gustaría que hubiese ocurrido con según quién en según qué caso”. El problema de la novela es que todo lo que insinúa es demasiado evidente y la autora se olvida de dejar algo a la imaginación del lector. Por otro lado está tan vinculado a un momento concreto que me juego lo que quieran a que envejecerá fatal y de aquí a seis meses nadie la recordará.
  • "El espíritu de mi padre sigue subiendo en la lluvia" de Patricio Pron es una interesante novela que trata sobre padres, hijos y dictaduras, la relación de unos con otros y la necesidad de reconciliar los recuerdos de cada uno con los de los demás (memoria histórica incluida). 
  • "Mi gran novela sobre la Vaguada" de Fernando San Basilio es una novela de las de leer y olvidar. Es un decir. Novela ligera e intrascendente pero divertida sobre el panorama laboral actual. Novela sobre los sueños rotos, vaya.
  • "Sin límites" de Alan Glynn es un betseller cuya adaptación cinematográfica pueden ver estos días en sus pantallas. Thriller de intriga, acción trepidante, dinero a raudales, etcétera, etcétera. Un poco lo de siempre sólo que más trabajado y sin el regusto amargo de creer que esto ya lo habíamos leído antes.

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Las últimas lecturas del mes las tengo sin comentar porque están a remojo. Haré lo que pueda, lo prometo, pero a este ritmo voy a tener que plagiar la idea de ese blog solidario que ofrece reseñas de menos de 330 palabras. Si alguno quiere trabajar gratis en mi beneficio que me avise: estoy a favor de la explotación intelectual masiva. Eso sí, las reseñas han de ser claras, frescas y en la medida de lo posible, divertidas. Aquí no hace falta demostrar que se es muy listo porque es algo que se da por hecho. 
Bromas aparte, "Nuestro trágico universo" de Scarlett Thomas fue una buena recomendación, una novela interesante e inteligente de las que predican con el ejemplo: para hablar de las historias sin historias se escribe una historia sin historia y se deja que lo descubra el lector solito. Bien por Scarlett. La única pega: los defectos de la edición. Una colleja para la editorial de mi parte por todo lo que clama al cielo, que es bastante.

 "Confesiones de un comedor de opio" de Thomas de Quincey lo tenía empezado desde hace tiempo y lo fui leyendo a sorbitos. Tampoco se merecía más. Está magníficamente escrito, es verdad, pero se hace muy pesada y además el autor me fue cayendo más y más antipático a medida que avanzaba la narración pasando de parecerme un pobrecito huerfanito a un yonki snob medio hijo de puta. A ver si un día de estos me animo y se lo cuento con más detalle.

Después leí "Acantilados de Howth" de David Perez Vega. David es un individuo al que descubrí en la red gracias a su blog. Me gusta la forma sencilla y natural que tiene expresarse; una cosa llevó a la otra y acabé sintiendo curiosidad por su libro. Trata sobre la madurez, básicamente, sobre lo que es tener veintitantos y cruzar la barrera de los treinta y pasarlo unas veces mejor y otras peor. Su gran virtud: construir una ficción que cuesta cree que no sea real. De esto, casi seguro, habrá entrada en un futuro cercano. De momento llevo 460 palabras pero me voy a coger unos días libres y por eso David se va a quedar sin reseña hasta que yo esté bien moreno. 

De “Residuos” de Tom McCarthy, mi última lectura, también prefiero hablar otro día. Es interesante (la novela, no lo que diré) pero quiero darle un par de vueltas antes de decir nada. Les adelanto una cosa: la lectura de esta novela ha mejorado la opinión que tenía de otra (ya buena de por sí): la última de Mercedes Cebrián, “La nueva taxidermia” que me voy a tener que volver a leer para estar completamente seguro. Ya hablaremos.

Y ahora lo siento pero debo dejarles por una mujer. Su nombre es Lucette Destouches y me tiene contar algunos secretos sobre Celine. Les tendré al corriente. Tengan un buen fin de semana.



miércoles, 29 de junio de 2011

Calendario de Lecturas: JULIO 2011


Si todo saliese como quiero, que no va a ser el caso, el mes entrante yo debería ser capaz de leer algo de todo esto que voy a detallar a continuación. Sería demasiado aventurado decir exactamente qué pero estoy bastante seguro de que al menos lo que tengo sobre la mesa sí, y pronto además.

“Alma” de Javier Moreno, de la que he oído hablar mucho y muy bien pero que tiene un arranque tan espantoso que ando con la mosca detrás de la oreja desde que hace unos días la ojeé por primera vez. Les dejo unas líneas de regalo para que juzguen ustedes mismos: "Recuerdo haberme masturbado una vez pensado en mí mismo y no haber obtenido placer alguno. Mis uñas no tienen aristas y brillan como si estuvieran pintadas de laca. Me gusta la cocina china, la cocina hindú, la cocina italiana, la cocina japonesa y la cocina mexicana". Impresionante, verdad. Un día les voy a escribir yo un relato enterito detallando hasta el paroxismo mis abluciones matutinas ya verán que bien se lo pasan. “Las tres balas de Boris Bardín” de Milo J. Krmpotic, el hombre de apellido impronunciable. De esta no espero nada. Quiero decir que voy sin expectativas no que espere que sea mala, básicamente porque no he leído nada sobre ella y si está en mi calendario no es tanto por maldad como por simple curiosidad. La misma que mató al gato, efectivamente. Más: mejor antes que después quiero leer “Celine Secreto” de Lucette Destouches -que de hecho comencé a leer de noche en secreto- como una manera de introducirme en el mundo Celine y poder aforontar en condiciones el “Viaje al fin de la noche” de su marido, el mismísimo Louis-Ferdinand Celine. Cierro este párrafo con una novela a la que le tengo ganas desde que salió publicada y con la que (¡al fin!) logré hacerme ayer: “El fin de semana” de Bernhard Schlink. 

Estamos acabando el mes y ahora mismo estoy leyendo una recomendación que sospecho no me dará tiempo a terminar antes del día uno: “Residuos” de Tom Mccarthy. No sé mucho de ella la verdad, apenas llevo veinte páginas y voy completamente a ciegas. Ni siquiera me he formado una primera impresión. Hablando de recomendaciones, el otro día robé una del fabebook a un ser humano  de quien sé que me puedo fiar casi siempre. Se trata de “Umbria” de Antonio Calzado. Creo que es de corte fantástico pero no he dedicado mucho tiempo a investigar y no podría jurarlo. Me estoy dando cuenta de que hay muy poco rigor en el criterio de selección de este mes. Luego me quejaré. “El año de la plaga” de Marc Pastor es otra de las elegidas. ¿Me lo parece a mí o esta es “rollito apocalipsis”? Yo he sentido siempre debilidad por el fin del mundo o el ser humano llevado al extremo en condiciones adversas y tal y cual pascual y estoy casi seguro de que eso ha sido determinante a la hora de seleccionar esta novela pero la verdad es que ya no me acuerdo. Estoy empezando a encontrar divertido esto de ir en “plan zumbao”. 

“Personajes secundarios: memoria beat” de Joyce Johnson sería el complemento perfecto después de la lectura el mes pasado de “En la carretera” de Kerouac. Bueno, éste y “Aullidos” de Ginsberg (poesía, argg, que asco) y “Yonki” o “El almuerzo desnudo” de Burroughs. Tenía un plan hace tiempo para hablar de la generación beat a través de las obras de sus máximos exponentes así como de ensayos y novelas gráficas que lo tomasen (al movimiento) como argumento. Este plan que incluía varios libros se prolongaría durante varias entradas pero yo soy mucho de pajas mentales y es mejor no hacerme mucho caso. El número crece y decrece cada día y las lecturas elegidas no son siempre las mismas. No sé si este proyecto suena más a epopeya o a utopía. Sospecho que lo segundo. Veremos en qué queda pero la intención es buena, se lo juro, aunque luego quede en nada. 


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Si me leo todo esto en Julio ya me puedo dar con un canto en los dientes, aún así voy a añadir algunos títulos más que tengo pedidos y no deberían tardar en caer en mis manos y que dependiendo de qué lado sople el viento priorizaré o no: 

“Un día me esperaba a mí mismo” de Miguel Angel Ortiz Albero es prometedor. El blog de la editorial -que estoy por jurar que se estrena con esta novela- cuelga reseña elogiosa tras reseña elogiosa, lo cual ya sabemos que no querría decir nada si no fuese porque me ha dicho también un pajarito que otra editorial más veterana se llevó las manos a la cabeza al descubrir que había dejado pasar esta supuesta maravilla. Ya veremos. Yo de momento la tengo pedida y está entre lo que más me apetece leer de este mes. Otras: “Teatro” Don Delillo, porque es Delillo y tengo ganas de teatro; “Stradivarius Rex” de Roman Piña, porque leí algo bueno acerca de ella hace eones y la tengo pedida desde entonces; “Los ingrávidos” de Valeria Luiselli, recomendado por alguien de momento es de fiar; “Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin” de Emil Ludwig, sin razón aparente, quizá ese día me levanté cabrón y ahora ya no puedo echarme atrás y por último “Una habitación en Holanda” de Pierre Bergounioux, un impulso de última hora: Holanda, Descartes, El discurso del Método... ¿quién podría resistirse?


viernes, 24 de junio de 2011

(Un cuento)


El sábado pasado no, el anterior, fui a la biblioteca pública a recoger unos libros, no recuerdo cuales. Como iba con mi hija tuve que pasar, sí o sí, por la sección infantil. Mientras ella hacía cabriolas en la colchoneta en la que minutos después iba a tener lugar un cuentacuentos yo me dediqué a buscar cinco cuentos que contarle por la noche antes de dormir. Entre los elegidos había uno llamado “El tigre que vino a tomar el té” que en su momento no me llamó especialmente la atención pero que hoy descubro que es algo así como un clásico de toda la vida, superventas y todo eso. La historia es muy sencilla: un tigre se presenta por sorpresa en una casa y una madre y su hija lo invitan a tomar un té. El felino, como era de esperar, acaba al instante con las pastas, los dulces y el té, que bebe directamente de la tetera. Después va a la cocina y acaba con todo cuanto hay de comestible en los armarios, en la nevera y en la despensa. Se llega a beber incluso el agua de las tuberías y cuando ya no queda nada, ni sólido ni líquido, se despide y se va. Inmediatamente después llega el padre y no teniendo nada que cenar decide llevar a su familia a un restaurante. Al día siguiente incluyen en la cesta de la compra una enorme lata de comida para tigres que es de suponer les arreglará el problema la próxima vez que éste se presente, cosa que no llegará a ocurrir jamás. (Esto lo sé porque lo dice el texto que sale de la trompeta que está tocando (el tigre, sí) en la última página).

Tal como dije al comienzo eso ocurrió hace dos semanas. Desde entonces yo he debido leerle ese cuento tres veces y su madre no menos de dos. Le gusta. El caso es que exactamente una semana después, el sábado siguiente, volví a la misma biblioteca, en esta ocasión sin mi hija y sólo para recoger algunos libros que tenía pedidos, entre los que se encontraba “Nuestro Trágico Universo” de Scarlett Thomas que empecé a leer ese mismo día y terminé anoche, minutos antes de escribir este cuento. 

La novela de Scarlett Thomas -de la que hablaré la semana que viene con más detalle- trata, entre otros muchos temas, el de la magia y de las señales que envía el universo que adoptan forma de casualidad, de las historias sin historia, de los finales de los cuentos que nunca terminan así como de las conclusiones que debe sacar uno mismo de las lecturas. En un momento determinado, cerca del final, concretamente en la página 439, encontré el siguiente texto que ha dado lugar a esta entrada algo atípica:

“Me obligué a recordar un libro que había leído de pequeña en el que un tigre se presenta en una casa de un barrio de una ciudad. La madre da de comer al tigre con la comida que hay en la casa y luego la familia tiene que salir a cenar fuera. La madre se asegura de que tiene una lata de comida para tigres en la despensa. La lata en el libro era impresionante, mucho mayor que las latitas que tenían la comida de los gatos de los Cooper.”

No creo que tenga la magia nada que ver en esto ni que el universo me esté enviando señal alguna pero no deja de ser divertido y sobre todo curioso descubrir estas casualidades que si bien no sirven para nada tampoco son completamente inútiles: le arrancan a uno una sonrisa, consiguiendo además que el día acabe con una divertida anécdota que no me he resistido a compartir con ustedes y de la que -siguiendo los consejos de la novela- me niego a extraer conclusiones. Me ocurrió algo parecido hace muy poco: al día siguiente de terminar de leer “En la carretera” de Jack Kerouac elegí un episodio al azar de una serie llamada “Bored to death”, que es algo así como “qué pasaría si un Woody Allen fracasado fuese detective” en la que el protagonista debía investigar y resolver el robo de un ejemplar de “On the Road” firmado por el escritor. El caso de “El tigre que vino a tomar el té” tiene el placer añadido –por aquello del amor de padre- de incluir en la anécdota a mi hija. Porque tengo muy mala memoria y no quiero olvidarlo es por lo que hoy les cuento este cuento.