jueves, 29 de abril de 2021

“Desde la línea” de Joseph Ponthus

Hay cosas que me da mucha rabia. Una de ellas es esta: Que un señor escriba un libro. Que sea un libro de marcado carácter social. Que se venda bien. Que reciba buenas críticas. Que el autor se muera. Que se venda muuucho mejor. Que tenga que venir yo a ponerlo en su sitio.

No lo soporto. Esto último. No lo soporto.

No, no es verdad. Sí lo soporto. Es solo que rentabilizar la muerte de un escritor me parece más propio de una editorial que de un blog. Lo que quiero decir con esto es que me jode un poco que me puedan acusar de intrusismo cuando yo solo quiero hacer ruido.

Bromas aparte, dejen que les cuente el argumento y luego ya procedemos con el desollamiento:

Desde la línea” es autobiográfico ergo el autor hace de sí mismo. Ponthus era un joven alto y fuerte que tenía un buen trabajo hasta que, por motivos que tenían que ver con el amor, tuvo que mudarse no sé si a pastos más verdes pero desde luego sí menos fértiles. Como de lo suyo no había, acabó en una ETT. Pero como en la ETT tampoco se vio obligado a aceptar lo que le ofrecían, que no era otra cosa que un trabajo (tras otro) en una línea de producción (tras otra) de una fábrica. Tras otra. Que si tofu, que si gambas, que si carne.

Ya está. Es eso.

El libro, digo (casi digo “novela”). Va de eso y nada más. 

Y nada menos.

Porque, claro, una cosa es hablar de líneas de producción y otra muy diferente un señor golpeando un martillo cada doce segundos durante ocho horas al día con dos pausas: una para fumar y otra para el Sandwich Club. Que no era el caso de Ponthus, tampoco, ojo. Lo suyo era más de fuerza bruta, condiciones de mierda y un tipo inespecífico de malestar general. Por poner un ejemplo: en Chile, en 2007, unas cajeras de supermercado “denunciaron” a la patronal porque su contrato laboral no incluía pausas para mear, motivo por el cual optaron primero por ponerse pañales y luego quejarse amargamente a la prensa local. Pues bien, este no era tampoco el malestar general de Ponthus. Lo suyo era más bien una mezcla de incertidumbre (por depender de la tiranía de la ETT), monotonía (propia de la línea de producción) y precariedad (consecuencia directa de).

Que sí, que fatal. Las ETTs mal, las condiciones laborales mal y no tener para un coche fatal, también. Las jornadas leoninas, las horas extras mal pagadas (en el mejor de los casos), el olor a pescado, tofu o vaca vieja pegado en el paladar veinticuatro horas al día. Los fines de semana que no llegan a nada, la incertidumbre de no saber si el mes que viene seguirás ahí. Un poco lo de ser camarero pero en cachas y con los fines de semana prácticamente libres, vaya.

No seré yo quien defienda esa aberración llamada ETT, ni seré yo quien justifique la precariedad en tanto que “diferencia de clase” y tal, pero tampoco voy a romper una lanza en defensa de este libro solo porque en su trabajo hiciese frío, oliese a pescado o las vacas sangrasen en exceso al ser rebanadas. 

Pero dejémonos de lugares comunes.

* * * *

Todo libro-denuncia, en tanto que ésta sea social y legítima, merece mi respeto y hasta mi voto, ahora bien, no dejo de preguntarme dónde reside el valor de esta novela toda vez que lo denunciado tiene un carácter excesivamente local e íntimo. Quiero decir con esto que, en Desde la línea, no percibo realmente una denuncia a algo en concreto sino algo de una generalidad asociada a un sentimiento que lo mismo se puede tener en una cadena de montaje de coches, que en un matadero, que en una piscifactoría, que en la caja de un supermercado, que vendiendo seguros de puerta en puerta, que rellenando canutillos con patatas fritas. 

O como diría Joseph Ponthus:

un sentimiento
que lo mismo se puede tener
en una cadena de montaje de coches
que en un matadero
que en una piscifactoría
que en la caja de un supermercado
que vendiendo seguros de puerta en puerta
que rellenando canutillos con patatas fritas

No sé si lo pillan.

Por si no es así, se lo aclaro:

El mérito de Joseph Ponthus no reside en hacer un libro-denuncia de la cuestión laboral y sino en hacer un libro-denuncia de la cuestión laboral en verso. Y cuando digo en verso no estoy hablando de poesía, aunque podría (qué más da, si total se han dinamitado los márgenes y ya todo el campo es orégano) sino de algo que tiene más que ver con tener el salto de página averiado en Word.

Brevemente: un ejemplo: 

Cuando entré en la fábrica
Naturalmente me imaginaba
El olor
El frío
El transporte de cargas pesadas
La rigurosidad
Las condiciones de trabajo
La cadena
La esclavitud moderna

No iba para hacer un reportaje
Menos aún para preparar la revolución
No
La fábrica es por la pasta
Un curro alimenticio
Como se suele decir
Porque mi esposa está harta de verme tirado en el sofá esperando un contrato de lo mío
Así que entro
En el sector agroalimentario
El agro
Como dicen ellos
Una factoría bretona de producción y transformación y cocción y todo eso de pescado y gambas
No voy para escribir
Sino por la pasta


Y yo, con esto, cero problema. Las primeras cien páginas, al menos. Luego ya no tanto. Luego ya bastantes. Concretamente, aquí, TODOS:

 

Hay que leer el Diario de un obrero de Thierry Metz
Es una obra maestra
Publicada en la colección L’Arpenteur de Gallimard en los años noventa
El libro
Me lo recomendó Isabelle Bertin por Facebook
Lo encargué inmediatamente como cualquier libro obrero que encuentro ahora mismo
Lo recibí ese mismo día
Un bofetón

Búsqueda en Google
El tal Thierry se internó voluntariamente bebía se suicidó uno de sus hijos había muerto atropellado
Un poeta comentan en las webs
Más que eso
Encargué ipso facto el resto de su obra

Apenas un esbozo
Esa lengua
Eso hacia lo que yo quisiera aspirar
Esas palabras
Ese silencio del trabajo
Cito
«Es sábado. Las manos no hacen nada. Se oye a los chavales que juegan en la arena y los coches que pasan... En la casa las sillas hablan. No se sabe de qué. Lo que se dice carece de importancia. Solo es una palabra que se desgrana, un murmullo de viejas... Entre dos comidas, dos fregados de platos».

Esto es:

Dicen que cuando William Gaddis descubrió a Thomas Bernhard, tuvo claro cómo debía escribir el libro en el que llevaba toda la vida trabajando (el más breve y último de su carrera: Agape se paga). Cualquiera que haya leído ambos habrá visto el parecido razonable, pero solo eso, un parecido razonable. Pues bien, yo creo que cuando Joseph Ponthus leyó el libro de Metz tuvo claro cómo debía escribir el suyo: exactamente igual sustituyendo la puntuación por saltos de página. Básicamente. Y parecidos razonables, los justos. Es por esto por lo que Desde la línea parece el libro que Metz hubiese escrito de haber tenido folios suficientes.

La pregunta que tendríamos que hacernos es si el estilo utilizado por Ponthus en este libro le otorga el valor que justifica la etiqueta de obra maestra que le han colgado o si se trata nada más que una forma digamos que curiosa de llamar la atención sobre un problema. 

O si es uno que ha plagiado un estilo para hablar de sí mismo Y YA. 

No sé si yo puedo votar.


5 comentarios:

  1. que vendiendo seguros de puerta en puerta
    que rellenando canutillos con patatas fritas
    que leyendo libro malo tras
    libro malo tras
    libro malo...
    leé algo lindo
    y contanos,
    que te va
    a
    hacer mal. Y gratis.

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  2. Este curioso estilo también lo utilizó David Foenkinos en Charlotte. Le fue muy en beneficio propio, porque le excusaba de profundizar en los detalles (algunos nimios, otros no tanto) de la biografía de la pintora.
    A ver si será eso.

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    1. No lo descarto. Es un estilo muy cómodo. Te permite dedicarle cinco minutos al día y sacas un libro como nada.

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  3. Recuerda al rollo Manuel Vilas.

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