martes, 2 de mayo de 2023

Recomendatorio actualizado

He visto que llevo tiempo sin actualizar la pestaña dedicada a las recomendaciones. Es imperdonable; para una cosa buena que tiene este blog por lo general tan cargado de odio, semejante desidia debería ser constitutiva de delito.

Sin más preámbulos, helas aquí.

* * * * *

En primer lugar, les dejo una relación de lecturas que recomendaría a cualquiera en cualquier circunstancia. Esto es: todo aquello cuya calidad está fuera de toda duda, al menos a mi entender, que es un entender incontestable. Si tienen algún compromiso y quieren quedar bien, tiren de esto. Otra cosa ya, el animal al que se lo regalen, pero yo en eso ya no puedo entrar sin salir escaldado y además es tarea suya discriminar. Mi consejo: si no cuaja, cambien de amigo. A este respecto debo confesar que alguno lo he regado y prácticamente me lo han tirado a la cabeza, concretamente el de Markson, pero a mí de aquí no me mueven: si no les gusta “La amante de Wittgenstein” el problema el suyo. Ni zona de confort ni hostias: aprendan a leer.

Bueno, lo dicho: librazos y ojalá mas de esta mierda forever. No entraré en detalle sobre cada uno para no dejarlo todo perdido de babas, pero denme por entusiasmado con todos y cada uno de ellos.

"Hotel Splendid" de Marie Redonnet

"Los árboles" de Percival Everett

"La ciénaga definitiva" de Giorgio Manganelli

"El último samurái" de Helen DeWitt

"La amante de Wittgenstein" de David Markson

"Los Netanyahus" de Joshua Cohen

"Panthers y museo de fuego" de Jen Craig

"Beloved" de Toni Morrison

"Intimidad" de Hanif Kureishi

"La montaña mágica" de Thomas Mann

"La belleza del marido" de Anne Carson

"Odisea" de Homero



Y luego, a otro nivel, está aquello donde creo que sí puede colarse lo personal y donde el tema, la extensión o argumentos secundarios tipo antigüedad o ubicación pueden ser un problema. Quiero decir, que, por ejemplo, si es usted un poco fascista igual M, de Scurati no le hace especial gracia. Lo mismo para los no-amantes de lo asiático entre los que me incluyo: ojo con Kawabata. Y ojo también con Sangre Vagabunda porque cierra trilogía o con Smonk, porque es una gamberrada. Vivir abajo es un ladrillo, magnífico pero ladrillo y quizá excesiva e innecesariamente largo. Smiley (cualquiera) es una debilidad personal y el de Radden Keefe adicción pura, valga la redundancia. Tucídides me alegró unas vacaciones; ya solo por eso.
"La casa de las bellas durmientes" de Yasunari Kawabata

"La edad del desconsuelo" de Jane Smiley

"Sangre vagabunda" de James Ellroy

"Al este del Eden" de John Steinbeck

"M. El hijo del siglo" de Antonio Scurati

"El imperio del dolor" de Patrick Radden Keefe

"Historia de la guerra del Peloponeso" de Tucídides

"Vivir abajo" de Gustavo Faberón

"Smonk" de Tom Franklin

“Blanco” de Bret Easton Ellis


Es probable –no lo pongo en duda— que Bret Easton Ellis haya transgredido lo habido y por haber con su primera novela, Menos que cero, —escrita y publicada a una edad tan insultantemente temprana que de no ser por American Psyco, uno podría pensar que fue simple casualidad (tipo la novela perfecta en el momento perfecto y ya nunca más)— pero una de dos, o bien su deriva ideológica se ha extremado y ahora ejerce de Señor Mayor desde una autoconsciente posición de Hombre Blanco Privilegiado, o bien la “deriva” siempre estuvo ahí, como el dinosaurio, y ocurría que lo tomaba yo por sátira cuando ni tanto. A día de hoy de inclino por ambas. Pero bien, uno puede ser buen escritor y ser un gilipollas (diría incluso que hay cierto grado de inevitabilidad en ello), y si no que se lo digan a Vargas Llosa y tantos otros. No es ese el problema.

El problema es que dedicar tanto esfuerzo solo para defender primero la llegada a la presidencia y más tarde la política de Donald Trump me parece un despropósito por parte de Bret o de quien sea, sobre todo cuando, como en este caso, se hace desde un posicionamiento falsamente imparcial. El discurso de apelar a la libertad de expresión para legitimarlo TODO (insultos, racismos o lo que se tercie) o esa vieja costumbre de victimizarse acusando a los demás de lo mismo es tan absurda como la contradictoria práctica de decir en todos cuantos foros públicos hay que uno ya no puede decir lo que quiere y que mucho mejor y más libres antes, cuando los gloriosos ochenta o no sé qué mierda.

«Ahora [BEE] presenciaba un nuevo tipo de progresismo, uno que censuraba deliberadamente a la gente y castigaba a las voces en contra, obstruía opiniones y bloqueaba puntos de vista. Este falso progresismo estaba convirtiéndose en la alarmante norma en los medios de comunicación, en Hollywood, y, durante un tiempo, en 2017, en ningún otro lugar con mayor evidencia que en los campus universitarios, aunque esto pareció marcar el límite para todos. La ironía se amplificó cuando los estudiantes y, aparentemente, la propia administración de la institución rechazaron a conferenciantes conservadores en Berkeley, otrora considerada el bastión de la libertad de expresión en América, y ya no hubo forma de transformar esa historia en un relato aspiracional para la izquierda, para la Resistencia ni para nadie».

Respecto a esta cuestión, resulta especialmente llamativa (cuando no directamente preocupante) la facilidad a la hora de pasar por alto la práctica que acompaña la teoría de la que tanto alardean los trumpistas, abanderados ahora de las libertades civiles, y, por extensión, del bueno de Bret, algo que Jason Stantey sí se toma la molestia de explicar y dejar reflejado en su libro “Facha”:

«Jeff Sessions, fiscal general de Estados Unidos, difícilmente será un defensor de la libertad de expresión. Y, sin embargo, el mismo mes en que su Departamento de Justicia pretendía llevar a juicio a una ciudadana estadounidense por reírse, Sessions dio un discurso en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown en el que criticaba a los campus universitarios por incumplir su compromiso con la libertad de expresión. Según él, la universidad no fomentaba la participación de las voces de la derecha. Y por ello exigía «una renovación del compromiso nacional con la libertad de expresión y la Primera Enmienda» (esa misma semana, monopolizaba todas las pantallas el llamamiento de Trump a los propietarios de los equipos de la Liga Nacional de Fútbol Americano para que echaran de sus equipos a los jugadores que se arrodillaban durante el himno nacional como protesta contra el racismo, precisamente una clara manifestación de los derechos que defiende la Primera Enmienda)». Jason Stanley, “Facha”, Blackie Books.

De alguna forma y por alguna razón que no acabo de entender, Bret dedica demasiado tiempo y demasiado esfuerzo (demasiadas páginas, en definitiva) a hablar de cine y cosas que no le importan a nadie total para acabar dejando meridianamente claro que él no ha votado a Donald Trump (cosa que dudo) pero que tampoco lamenta su victoria, tal como sí hacen todos esos snobs californianos de la supuesta izquierda que lloran amargamente lágrimas de desconsuelo por el incierto futuro de caer en manos de un demente. Ni que decir que a Bret el tipo le cae hasta simpático y que nada de demente o ya verás la economía, como si todo fuera nada más que eso, obviando todo aquello que también es fascismo, como por ejemplo, dar a entender que microagresión es un saco en el que cabe de todo y deja ya de quejarte, hostia, que pareces nuevo:

«Si sientes que estás sufriendo «microagresiones» cuando alguien te pregunta de dónde eres o «¿Puedes ayudarme con las mates?», o te responde «Jesús» cuando estornudas, o cuando un borracho te toquetea en una fiesta de Navidad, o cuando un imbécil se restriega contra ti a propósito mientras esperas al aparcacoches, o cuando alguien sencillamente te insulta, o cuando el candidato al que votaste no sale elegido, o cuando alguien te identifica correctamente por tu género y tú lo consideras una monumental falta de respeto y te irrita y necesitas encontrar un lugar seguro, entonces tienes que buscar ayuda profesional».

Se ve que, para algunos, libertad es no tener que chupar la polla que te meten a la fuerza en la boca.

miércoles, 19 de abril de 2023

“No todo el mundo” de Marta Jiménez Serrano

Verán, tras una inesperada y brevísima (tanto como de una única novela) incursión en la ciencia ficción he pensado que podía dedicar parte de mi valiosísimo tiempo a sacar adelante alguno de los compromisos adquiridos en las últimas semanas con el único club de lectura que vale la pena y que no es otro que el Club de Lectura Yokni.

Pues bien el tercero de los compromisos (el primero fue "Heredarás la tierra" y el segundo "Kudryavka", ambos en stand-by) fue "No todo el mundo" de Marta Jiménez Serrano, una escritora cuyo nombre pide a gritos un pseudónimo o cuando menos exiliar el "Jiménez". Bueno, pues ojalá Sentimientos Encontrados, aquí, pero me temo que ni tan encontrados ni tan sentimientos, o sí, pero no de los buenos.

He leído un par de relatos (más un tercero en diagonal), el primero de los cuales debe ser (o eso me ha parecido) el más largo de todos. Entiendo que su extensión, de unas más que considerables cuarenta o cincuenta páginas (no tengo el libro delante) sumadas a esas cinco o seis del segundo, debería ser argumento más que suficientes para darles una idea aproximada de cómo son libro y escritora y qué pueden esperar de ello exactamente. El planteamiento del libro ni tan mal, al fin y al cabo nada más universal que el (des)amor. Ahora bien, el estilo. Vaya. El estilo. Qué horror, el estilo. Qué falta de él. Primero por lo impersonal, segundo por lo impersonal y, tercero, por lo impersonal. Marta J. Serrano escribe desde la asepsia más absoluta en tanto que similar a las asepsias de otros muchos, tantos que alguien debería darle a esto de una vez por todas la categoría de epidemia. Hemos llegado a un punto en el que ya no sabe uno si esta gente escribe porque es pobre, porque le gusta leer, porque les divierte escribir o por orgullo torero, pero en cualquier caso estaría bien que además tuvieran algo que decir y huellas que dejar.

No quiero hacer demasiada sangre, no he venido a eso, solo a decirles que lo poco que he leído me ha parecido un horror mayúsculo, sobre todo, insisto, por la falta absoluta de personalidad de un texto que, sin caer en lo plano, es tan poco especial que no dejo de preguntarme para qué, es decir, qué sentido tiene dedicar tu tiempo a esto, a escribir no algo como esto sino de esta manera; algo que nadie va a recodar mañana, que a nadie le va a importar más allá de este ahora o de los lazos de sangre que le unan a la escritora.

Respecto a las historias narradas: pues tampoco lo puedo entender. No me han parecido graciosas ni interesantes y a excepción un par de frases el resto supera con mucho aquello que el más común de los mortales puede considerar prescindible. El problema, pienso, ahora, mientras escribo esto, no reside tanto en lo tedioso del asunto como en la desconsideración total de Marta con el lector a quien debe considerar imbécil de puro dárselo todo hecho, sin dejar nada, pero nada de nada, a la imaginación o a la interpretación, si acaso ambas cosas no son lo mismo. Marta escribe estos relatos como quien escribe prospectos farmacológicos, como si en su literatura hubiera de quedar meridianamente claro todo aquello que en circunstancias normales se daría a entender a un lector no necesariamente avispado, para que éste, al menos, tuviese algo que decir o que rascar. Pero, claro, algo como esto obligaría a la autora a no estereotipar y sí a reflexionar, a no improvisar y sí a planificar y sobre todo a no evidenciar y sí a tratar de ocultar en los silencios aquello que solo expresan las miradas, por ejemplo, un arte claramente no al alcance de cualquiera. Marta J. Serrano habla mucho, escribe mucho, cuenta mucho pero NO DICE NADA.

Esto, tras leer el primer relato. Terminado el segundo (esa cosa infame llamada "Qué bien que existe Leonor", donde al menos queda claro el profundo conocimiento del alma humana que tiene Marta, sabedora de que ahora mismo la única verdad absoluta, verdad que también yo defiendo a voz en grito es que todos los hombres son unos cerdos), terminado el segundo relato, decía, cerré el libro.

Y hasta hoy.

«Pablo dejó de estar dolido y Pati y él comenzaron a llevarse verdaderamente bien. Yo me cercioré de que no se llevaban demasiado bien –los adverbios son de suma importancia– y Pati me confirmó que no, me dijo no, tontito, ¡si justamente ahora tiene novia! Lo dijo mientras se quitaba la camisa y el sujetador para ponerse el pijama, y ahí yo me quedé mirando los pezones perfectos de Pati y me olvidé de Pablo».