Recupero, excepcionalmente, una vieja costumbre: comentar brevemente las lecturas del mes pasado. Octubre será un mes más de leer que de reseñar por lo que es de esperar que quede el blog un tanto abandonado. Me van a perdonar pero me lo he ganado. El caso es que no me parece del todo justo dejar en el olvido tantas lecturas que sé que de otro modo nunca llegaría a comentar.
Ahí va, pues.
Arrancó el mes con “Infancia” de J.M.Coetzee, reeditado recientemente por Mondadori en un tomo que incluye los tres relatos autobiográficos. Yo lo empecé ahí, pero lo acabé en el kindle por comodidad. (Sí, el futuro; ya advertimos que estaba aquí.) El relato bien, gracias, bastante bien. Sencillo, sereno e interesante como suelen ser las memorias escritas por gente de cierta edad. No ve uno mucho de Sudáfrica (tampoco se vende como una lección de historia) pero en el fondo se agradece esa visión desde la perspectiva de un niño al que le pasaban cosas que tenían que ver con la política sin ser él ni remotamente consciente de qué coño era eso. Lo dicho: una agradable lectura…
…que me gustó lo suficiente como para plantearme seguir adelante con las memorias de algún otro escritor. El elegido fue (por una reseña de Malherido, para que luego digan) “A la caza de la mujer” de James Ellroy. Empezó bastante bien. Era Ellroy, ¿vale? (Hola, aquí un fan de América y Seis de los grandes y aquel cuarteto de los ángeles.) Sí, pero no. Ellroy cae en el abismo habitual de los escritores “abismales” (drogas, alcohol…) por la razones sobradamente conocidas: le matan a su madre cuando tiene 10 años y desde entonces, y hasta hoy que sepamos, arrastra el peso del culpa de lo último que le dijo, que era algo así como ojalá te mueras, mamá, o no sé qué. Bromas aparte, la cosa tiene que doler, que a los diez no se procesa como a los treinta, y esto se traduce en un continuo lloriqueo a las tantas de la noche sentado frente a un teléfono en algún rincón oscuro del hogar. Y si hubiera esperanza de redención, pase, pero se ve que no es así, que todo es un llanto amargo hasta la noche del martes por lo menos. Es el relato ideal para acabar con el mito de James Ellroy. Y para morirse de asco, también.

“La senda del perdedor” de Bukowski fue más de lo mismo: autobiografía en vena. Cuando leí a Bukowski, hace años, lo hice sin orden ni concierto, y hace poco, un par de meses, me dio por tomármelo en serio. Empecé cronológicamente mal (“El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”) pero seguí bien, por la senda esta, que era uno de los que no recordaba haber leído. Premio. Relata su más tierna infancia (es un decir) y viene a confirmar que lo más importante para ser escritor es que tu padre sea un hijo de puta. En general, muy bien. Bukowski es un refugio bastante seguro entre lecturas mediocres o directamente malas, como la de Ellroy. Tiene ese no sé qué, qué sé yo; ese centrarse en lo fundamental y ahorrarnos detalles de su amor por la literatura, quitando algún momento puntual. No como otros, que de tanto amar la literatura parece que no vean más que libros y lecturas y todos sus recuerdos de infancia sean la misma mierda.
“Por si se va la luz” de Lara Moreno fue la cuarta lectura de mes. Ya está la reseña escrita y saldrá en nada, apenas unos días. Les adelanto que no me entusiasmó.
Quinto:
“El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa. Hay un post sobre este asunto y la cuestión del abandono. Los habituales lo recordarán. Está
AQUÍ. Para los perezosos: no pude con ella. Horrible, espantosa, mortalmente aburrida.
“Los fantasmas del masajista” de Mario Bellatín es un libro recogido en la obra reunida del escritor que acaba de publicar Alfaguara pero yo lo leí en la edición de Eterna Cadencia. No es una novela sino más bien un relato corto, de apenas una páginas, pero que gracias al tamaño de la letra y al anexo fotográfico (supuestamente enriquecedor), da para setenta. El arte de la edición. La historia es Bellatín visitando una clínica para tullidos y el masajista contándole una película de su madre, que se acababa de morir, y un loro que tenía y lo unidos que estaban. Bueno, en fin, bastante normal. Es el primer libro que consigo terminar del escritor y no sé si repetiré, honestamente.

“El abrazo” de David Grossman no es una novela, es un cuento casi diría que infantil. No, qué digo, sin “casi”. Es infantil y punto. Maravillosamente editado por Sexto Piso, con unos dibujos que son apenas trazos hechos con carboncillo, el texto de Grossman habla del abrazo como remedio contra la soledad (o la “sensación de”, que para el caso es lo mismo), que tampoco es que sea un gran descubrimiento. Ideal de la muerte como lectura previa al sueño y para descansar de tanto Gerónimo Stilton y tanta leche.
“Todos los crímenes se comenten por amor” de Luisgé Martín es una recopilación de relatos del escritor que, sorprendentemente, me gustó bastante. Merece un post y lo tendrá. Baste decir que llegué a él con todos los prejuicios habidos y por haber (que si Luisgé, que si español, que si relatos…) y a pesar de todo no tardó en atraparme. Me duró dos días, que tampoco es decir mucho porque tiene poco más o menos 150 páginas. Pero bien, en general, bien. Lo dicho, ya entraremos en detalles.
El final de septiembre me pilló en el ecuador de “Siete”, recopilación de los mejores relatos de Chimal, el escritor más feo del mundo. Tomazo de 300 páginas que parecen 500. Demasiado cuento para mi gusto. No está mal, pero acabaré pidiendo papas. De momento lo aparco hasta que se me pase la hartura.
MISIÓN OCTUBRE
Tengo grandes planes para octubre. Demasiado grandes, me temo. Supongo que de todo lo previsto apenas leeré la mitad, pero me gusta trabajar sobre un calendario. Este calendario:
“El libro de los pequeños milagros” de Jacinto Muñoz Rengel, la enésima recopilación de microrrelatos del año. Es el género de moda. Todos los niños los practican. No espero mucho de él, si acaso confirmar si, tal como sospecho, Jacinto es uno de los escritores más sobrevalorados del panorama literario actual. Español, se entiende. Y sí, por lo que llevo leído, igual un poco sobrevalorado sí que está. Él y por descontado, el microrrelato.
“El camino de ida” de Ricardo Piglia no necesita presentación. Piglia, Anagrama y el habitual aval de comentarios elogiosos. Porque me fio, me lo he comprado, como también he comprado la que es mi lectura actual, “Sermón sobre la caída de la montaña” de Jerôme Ferrari. Apenas cuarenta páginas no me llegan para emitir juicios (es broma), pero de momento puedo decir que octubre empezó bastante bastante bien (la repetición es voluntaria).

Más. Esta misma semana sale a la venta, tras un largo silencio, el nuevo libro de Ramón Buenaventura, también compra segura (aquí un pirata dilapidando el tesoro), “NWTY”, siglas de No Working Title Yet (todavía sin título de trabajo). De Don Ramón no le leído nada más que el fruto de sus traducciones, pero tengo buenas vibraciones con este libro, no me pregunten la razón. Publica Alianza, al igual que “La fuga del maestro Tartini” de Ernesto Pérez Zúñiga, autor que me ganó hace años con “El juego del mono” y que ahora se la juega con lo que parece una novela de corte histórico, género al que renuncié hace más tiempo del que soy capaz de recordar y al que vuelvo con mucho muchísimo miedo.
“Bono, el hombre del poder” podría poner la nota de no ficción de este planning. Se dice se cuenta se rumorea que el libro termina con el mito de Bono Salvador de los pobres. Aquí no hay nada que nos guste más que ver los mitos caer y por eso, lo vamos a leer.
Termino.
Dependo de mi biblioteca habitual para leer “La habitación oscura” de Isaac Rosa de la que estoy oyendo de todo, desde los que dicen que es maravillosa hasta los que no han podido pasar de la página treinta. Bueno, solo hay una forma de salir de dudas. Más de lo mismo (también dependo de) con “Librerías” de Jorge Carrión, finalista del premio Anagrama de Ensayo. De esta no leído nada fuera de lo que viene siendo el circuito habitual de suplementos buenistas. Los libros sobre libros o librerías o libreros o bibliotecas suelen aburrirme bastante (sobredosis de amor por los libros); prometo dejarlo si es así.
Eso es to… eso es to… eso es todo amigos.