miércoles, 9 de octubre de 2013

“Pancho Villa toma Zacatecas” de Taibo II y Pablo Ignacio

Cosas que no se deben hacer: dejar de recomendar una buena lectura sólo porque no sea del tipo que uno esté acostumbrado a comentar o por no tener ni puta idea de por dónde empezar o por no saber qué decir. Mal hecho. 

Yo he sido siempre muy fan de las novelas gráficas. Cuando  digo siempre estoy exagerando porque la verdad es que ya hace algunos años que abandoné la afición, pero donde hubo fuego… El caso que soy de los que no pueden evitar la tentación de refugiarse de vez en cuando entre las páginas de uno de esos libros llenos de dibujitos. Aquí un ejemplo:

Físicamente hablando, “Pancho Villa tomo Zacatecas” es un señor libro. Tiene un tamaño notable, trescientas y pico páginas y muy poco texto (el estrictamente necesario) pero sobre todo y por encima de todo lo que sí tiene son unos dibujos espectaculares que frente al papel, en vivo y en directo, lucen el doble, el triple. El cuádruple. O más.



Aquí se cuenta la historia de la toma de Zacatecas por parte de Pancho Villa. Chorrocientos mil hombres (como 20.000), trenes y artillería pesada asediando y tomando en un solo día con el control de Zacatecas, una población estratégico desde el que sería más fácil llegar a la capital. Se gustan, tiren de wikipedia o véanse un corrido en youtube.

Los detalles no son importantes. Los dibujos sí, vuelvo a insistir. Te seduce o no te seduce. Te pone o no te pone.

A mí me pone.

Riguroso blanco y negro sobre plantillas enormes, tiene las mejores explosiones que puede dar el comic y un argumento lo bastante sencillo como para que la acción se baste y se sobre con el dibujo, sin apenas echar mano de texto.



También a mí me están sobrando las palabras. La novela (gráfica), es, por dentro y por fuera, un maravilloso exceso. El blanco y negro es muy peligroso, Frank Miller dejó muy alto el listón con Sin City, y de hecho cuando empecé a leerlo todo eran reservas infundadas, pero las cosas como son: me ganó en cinco páginas, por la historia y por el dibujo y a Miller que le den. 

Una pequeña joyita.



Es una advertencia vigente: Los abusos del poder, su ignominiosa avaricia no ven límite hasta que la gente toma las armas y los detiene. Lo que está sucediendo hoy, que los bancos derrocan Gobiernos y los especuladores dejan en la pobreza a países enteros, es posible porque la paciencia de la gente ha durado demasiado. Por menos de eso en Zacatecas volaron el Palacio de Gobierno y fusilaron a los banqueros.” Eko, dibujante.

sábado, 5 de octubre de 2013

“Por si se va la luz” de Lara Moreno

Decía Ricardo Senabre el otro día que en Divorcio en el Aire (Gonzalo Torné, Mondadori, 2013) el prosista había superado al novelista (porque era tal la cantidad de exhibición de ingenio verbal que la prosa desdibujaba la línea narrativa). Pues esto es más o menos lo que pasa con Lara Moreno: la prosa –poética toda- se come la novela. Por lo tanto, si uno es fácilmente impresionable lo más probable es que acabe pecando de algo, de ingenuo, seguramente. Y si además te meten en el fango de lo rural, date por jodido. 



Chupar del frasco de Carrasco 

No hace mucho, en una crítica que se le hacía en la red a esta novela, se mencionaba Intemperie de un modo absolutamente gratuito, puesto que, tal como descubrí más tarde, la señorita crítica autora del mismo -aficionada a los productos Lumen- no la había leído. Poco tiempo después, en El Cultural, Care Santos repetía despropósito. ¿Casualidad? Yo no lo creo. 

A medida que voy leyendo esas críticas empiezo a tener la sospecha de que existe cierto interés en dejar caer el nombre de Intemperie cada vez que se habla de Por si se va la luz. Si tengo que buscar una explicación a tan extraño comportamiento (no he visto entre ambas parecido alguno), me da la impresión de alguien está intentando meterse en la estela del cometa Carrasco a ver si toca la flauta. 

Esta sospecha toma forma de certeza la víspera de publicar esta reseña, cuando leo la entrevista que José A. Muñoz le hace a Lara para Revista de Letras en la que le comenta, alegremente, lo siguiente: «Empezaste a escribir Por si se va la luz hace 4 o 5 años, pero ha salido justo en un momento en el que parece que lo rural está siendo algo recurrente entre los autores jóvenes. Uno de los primeros libros que surgieron en esta especie de corriente literaria fue Belfondo de Jenn Díaz.» Atentos a la respuesta de Lara Moreno: «Pensé que me ibas a citar a Jesús Carrasco, a quien no he leído todavía y con cuya novela han relacionado la mía.», que traducido al cristiano viene a decir que si no mentas tú a Carrasco, Josito, lo hago yo. Y tan ancha, se queda, la Moreno. Si esta respuesta no es oportunismo puro, que baje Dios y lo vea, porque, y esto es importante que quede claro, Por si se va la luz se parece a Intemperie lo que un huevo a una gallina. (Por si se lo preguntan, sí, con Belfondo se da un aire). 


ARGUMENTACIÓN 

Por si se va la luz narra la historia de una pareja que es enviada por La Organización a una aldea remota (ahí, ¿ven?: lo rural) de dos habitantes con la intención de comprobar de primera mano si hay modo de sobrevivir frente a la catástrofe del presente. Una segunda crisis galopante amenaza con acabar con el bienestar (la energía eléctrica —de ahí el título— es un bien cada vez más preciado y escaso). Esto no queda claro en la novela ya que la información al respecto cae por cuentagotas; se dosifica sin otra razón que la de aportar un punto de intriga a la historia que de otro modo hundirá todavía más al lector en el tedio. Lo que importa es que el mundo huye de las grandes poblaciones toda vez que han demostrado no ser el mejor lugar para plantar patatas. 

La protagonizan siete seres humanos, sin contar un perro, un cerdo y una gallina. La historia alterna narración en tercera y primera persona. Atentos a la cagada, por monumental: las cuatro o cinco voces suenan exactamente igual y además el recurso sólo hace evidentes ciertas carencias. Si me paro a pensarlo no veo más que defectos. Y mira que me jode, que la había cogido yo con ilusión, pero no ha podido ser. 


EN DOS PALABRAS, digamos 

«Yo elegí hacer una novela coral. No había hecho nunca nada parecido, pero me parecía interesante la propuesta. Primero porque yo venía del relato, había escrito siempre relato. Entonces el hecho de hacer que cada capítulo sea solo una voz, una primera persona, y luego cerrar esa primera per­sona porque las voces se van alternando. Si habla uno, luego ese no puede volver a hablar, hablará otro. Hablan todos como en cadena, digamosLara Moreno para Koult

Esta es la primera novela de Lara Moreno y se nota. Se nota que no sabe qué hacer con los personajes durante tanto tiempo y es que pocas veces 325 páginas fueron tan largas. Los presenta, les da forma humana y una línea de pensamiento básica pero cuando llega el momento de someterlos a algún conflicto… se desinflan. Se quedan en lo que son: sentimientos con patas. Se sientan juntos a cenar y no saben qué decir, cómo actuar. Desventajas, supongo, de haber abusado de intimismo durante la adolescencia.

Sirva como ejemplo la vieja bruja, loca de remate, que se pasa la novela dando tumbos. Lara la ha creado total para qué, ¿para poner voz a la vejez? ¿para alimentar a las gallinas? Sospecho que a Lara el personaje le molesta. Y no es la única. Saben (ellos, los personajesque nada de lo hagan o digan tiene maldita importancia más allá de la más que cuestionable belleza de sus reflexiones. Del modo que lo plantea Lara, los diálogos interiores tienen el mismo efecto que grabar el interior de un ascensor: gente que no se toca, no se importa, no crece más interiormente por el hecho de subir al último piso. 

Decía más arriba que se notaba que esta era la primera novela de Lara, y es verdad, pero eso no debería ser excusa, que ya tenemos una edad. Lara viene del relato y también de la poesía y comete el tremendo error de no ponerle a la mesa más patas que esas. El resultado acaba siendo una obra que, por el tono, parece mucho más de lo que es, no siendo, en realidad, apenas nada fuera de su corrección, fuera de su yo-yo-yo interiorista de mujer soltera con gato. Si acaso un bluff. Otro bluff para poetas, amigos e incondicionales de Lumen. Se esperaba de los personajes algo más que muecas, se esperaba una evolución y se esperaba que fuese un conjunto de voces creíble. Se esperaba una historia, también. Se esperaba una masa compacta. 

Tal vez era mucho esperar. 



miércoles, 2 de octubre de 2013

Resumen de lecturas Septiembre 2013 (y avance de octubre)

Recupero, excepcionalmente, una vieja costumbre: comentar brevemente las lecturas del mes pasado. Octubre será un mes más de leer que de reseñar por lo que es de esperar que quede el blog un tanto abandonado. Me van a perdonar pero me lo he ganado. El caso es que no me parece del todo justo dejar en el olvido tantas lecturas que sé que de otro modo nunca llegaría a comentar.

Ahí va, pues.

Arrancó el mes con “Infancia” de J.M.Coetzee, reeditado recientemente por Mondadori en un tomo que incluye los tres relatos autobiográficos. Yo lo empecé ahí, pero lo acabé en el kindle por comodidad. (Sí, el futuro; ya advertimos que estaba aquí.) El relato bien, gracias, bastante bien. Sencillo, sereno e interesante como suelen ser las memorias escritas por gente de cierta edad. No ve uno mucho de Sudáfrica (tampoco se vende como una lección de historia) pero en el fondo se agradece esa visión desde la perspectiva de un niño al que le pasaban cosas que tenían que ver con la política sin ser él ni remotamente consciente de qué coño era eso. Lo dicho: una agradable lectura…

…que me gustó lo suficiente como para plantearme seguir adelante con las memorias de algún otro escritor. El elegido fue (por una reseña de Malherido, para que luego digan) “A la caza de la mujer” de James Ellroy. Empezó bastante bien. Era Ellroy, ¿vale? (Hola, aquí un fan de América y Seis de los grandes y aquel cuarteto de los ángeles.) Sí, pero no. Ellroy cae en el abismo habitual de los escritores “abismales” (drogas, alcohol…) por la razones sobradamente conocidas: le matan a su madre cuando tiene 10 años y desde entonces, y hasta hoy que sepamos, arrastra el peso del culpa de lo último que le dijo, que era algo así como ojalá te mueras, mamá, o no sé qué. Bromas aparte, la cosa tiene que doler, que a los diez no se procesa como a los treinta, y esto se traduce en un continuo lloriqueo a las tantas de la noche sentado frente a un teléfono en algún rincón oscuro del hogar. Y si hubiera esperanza de redención, pase, pero se ve que no es así, que todo es un llanto amargo hasta la noche del martes por lo menos. Es el relato ideal para acabar con el mito de James Ellroy. Y para morirse de asco, también. 

“La senda del perdedor” de Bukowski fue más de lo mismo: autobiografía en vena. Cuando leí a Bukowski, hace años, lo hice sin orden ni concierto, y hace poco, un par de meses, me dio por tomármelo en serio. Empecé cronológicamente mal (“El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco”) pero seguí bien, por la senda esta, que era uno de los que no recordaba haber leído. Premio. Relata su más tierna infancia (es un decir) y viene a confirmar que lo más importante para ser escritor es que tu padre sea un hijo de puta. En general, muy bien. Bukowski es un refugio bastante seguro entre lecturas mediocres o directamente malas, como la de Ellroy. Tiene ese no sé qué, qué sé yo; ese centrarse en lo fundamental y ahorrarnos detalles de su amor por la literatura, quitando algún momento puntual. No como otros, que de tanto amar la literatura parece que no vean más que libros y lecturas y todos sus recuerdos de infancia sean la misma mierda.

“Por si se va la luz” de Lara Moreno fue la cuarta lectura de mes. Ya está la reseña escrita y saldrá en nada, apenas unos días. Les adelanto que no me entusiasmó.

Quinto: “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa. Hay un post sobre este asunto y la cuestión del abandono. Los habituales lo recordarán. Está AQUÍ. Para los perezosos: no pude con ella. Horrible, espantosa, mortalmente aburrida. 

“Los fantasmas del masajista” de Mario Bellatín es un libro recogido en la obra reunida del escritor que acaba de publicar Alfaguara pero yo lo leí en la edición de Eterna Cadencia. No es una novela sino más bien un relato corto, de apenas una páginas, pero que gracias al tamaño de la letra y al anexo fotográfico (supuestamente enriquecedor), da para setenta. El arte de la edición. La historia es Bellatín visitando una clínica para tullidos y el masajista contándole una película de su madre, que se acababa de morir, y un loro que tenía y lo unidos que estaban. Bueno, en fin, bastante normal. Es el primer libro que consigo terminar del escritor y no sé si repetiré, honestamente.

“El abrazo” de David Grossman no es una novela, es un cuento casi diría que infantil. No, qué digo, sin “casi”. Es infantil y punto. Maravillosamente editado por Sexto Piso, con unos dibujos que son apenas trazos hechos con carboncillo, el texto de Grossman habla del abrazo como remedio contra la soledad (o la “sensación de”, que para el caso es lo mismo), que tampoco es que sea un gran descubrimiento. Ideal de la muerte como lectura previa al sueño y para descansar de tanto Gerónimo Stilton y tanta leche. 

“Todos los crímenes se comenten por amor” de Luisgé Martín es una recopilación de relatos del escritor que, sorprendentemente, me gustó bastante. Merece un post y lo tendrá. Baste decir que llegué a él con todos los prejuicios habidos y por haber (que si Luisgé, que si español, que si relatos…) y a pesar de todo no tardó en atraparme. Me duró dos días, que tampoco es decir mucho porque tiene poco más o menos 150 páginas. Pero bien, en general, bien. Lo dicho, ya entraremos en detalles.

El final de septiembre me pilló en el ecuador de “Siete”, recopilación de los mejores relatos de Chimal, el escritor más feo del mundo. Tomazo de 300 páginas que parecen 500. Demasiado cuento para mi gusto. No está mal, pero acabaré pidiendo papas. De momento lo aparco hasta que se me pase la hartura.







MISIÓN OCTUBRE

Tengo grandes planes para octubre. Demasiado grandes, me temo. Supongo que de todo lo previsto apenas leeré la mitad, pero me gusta trabajar sobre un calendario. Este calendario:

“El libro de los pequeños milagros” de Jacinto Muñoz Rengel, la enésima recopilación de microrrelatos del año. Es el género de moda. Todos los niños los practican. No espero mucho de él, si acaso confirmar si, tal como sospecho, Jacinto es uno de los escritores más sobrevalorados del panorama literario actual. Español, se entiende. Y sí, por lo que llevo leído, igual un poco sobrevalorado sí que está. Él y por descontado, el microrrelato. 

“El camino de ida” de Ricardo Piglia no necesita presentación. Piglia, Anagrama y el habitual aval de comentarios elogiosos. Porque me fio, me lo he comprado, como también he comprado la que es mi lectura actual, “Sermón sobre la caída de la montaña” de Jerôme Ferrari. Apenas cuarenta páginas no me llegan para emitir juicios (es broma), pero de momento puedo decir que octubre empezó bastante bastante bien (la repetición es voluntaria).

Más. Esta misma semana sale a la venta, tras un largo silencio, el nuevo libro de Ramón Buenaventura, también compra segura (aquí un pirata dilapidando el tesoro), “NWTY”, siglas de No Working Title Yet (todavía sin título de trabajo). De Don Ramón no le leído nada más que el fruto de sus traducciones, pero tengo buenas vibraciones con este libro, no me pregunten la razón. Publica Alianza, al igual que “La fuga del maestro Tartini” de Ernesto Pérez Zúñiga, autor que me ganó hace años con “El juego del mono” y que ahora se la juega con lo que parece una novela de corte histórico, género al que renuncié hace más tiempo del que soy capaz de recordar y al que vuelvo con mucho muchísimo miedo. 

“Bono, el hombre del poder” podría poner la nota de no ficción de este planning. Se dice se cuenta se rumorea que el libro termina con el mito de Bono Salvador de los pobres. Aquí no hay nada que nos guste más que ver los mitos caer y por eso, lo vamos a leer.

Termino. 

Dependo de mi biblioteca habitual para leer “La habitación oscura” de Isaac Rosa de la que estoy oyendo de todo, desde los que dicen que es maravillosa hasta los que no han podido pasar de la página treinta. Bueno, solo hay una forma de salir de dudas. Más de lo mismo (también dependo de) con “Librerías” de Jorge Carrión, finalista del premio Anagrama de Ensayo. De esta no leído nada fuera de lo que viene siendo el circuito habitual de suplementos buenistas. Los libros sobre libros o librerías o libreros o bibliotecas suelen aburrirme bastante (sobredosis de amor por los libros); prometo dejarlo si es así.

Eso es to… eso es to… eso es todo amigos.