viernes, 28 de febrero de 2014

Resumen de Lecturas FEBRERO 2014

A continuación, el repaso habitual a las lecturas de este mes que llega a su fin. Hoy acabaremos pronto, de hecho si llego a las quinientas palabras podemos darnos con un canto en los dientes.

“La verdad en la ilusión” de Luis Antón del Olmet fue mi primera lectura. Recibí, por sorpresa, el libro de la propia editorial y me puse con él casi inmediatamente, animado por el interés que siempre despierta un hombre que se asoma al futuro. Pero, lo siento, no puedo con cierto humor: «A mí, al escuchar todo aquello, me sentía cada vez más anarquista. De buena gana le hubiera dado un puntapié al tinglado ridículo de aquella civilización absurda, y hubiese plantado sobre las ruinas del intelecto una plebeya y fragante mata de claveles.» (RESEÑA)

“Limbo” de Agustín Fernández Mallo ha sido la más reciente reseña. No creo que quede mucho por decir. Mallo es un producto interesante, sus novelas no tanto. Sabrá Alfagura lo que quiere vender, yo sé que no volveré a comprar. (RESEÑA)

“Mientras los mortales duermen” de Kurt Vonnegut. Libro que incluye "mejores y peores" relatos rescatados del olvido. Fue publicado hace ya unos años por Sexto Piso. Se agradece el rescate, pero lo cierto es que es una colección que no invita al entusiasmo aunque ya quisieran muchos escribir relatos la mitad de buenos que estos. Con todo, es Vonnegut, joder.

“La vida secreta de Walter Mitty” de James Thurber es una colección de relatos que leí única y exclusivamente por culpa de la película de reciente estreno. Película que, ahora lo sé, me perderé. Es una colección de relatos curiosa, algo desapasionada, pero que sirve para dibujar el perfil del hombre de los cincuenta, con sus aspiraciones, sus desengaños, sus frustraciones, sus fantasías, sus quiero y no puedo. Todo eso de lo que somos tan dignos herederos.

“Consejos para niñas pequeñas” de Mark Twain. Consejos para las niñas pequeñas, pese al título y apariencia infantil, no es un libro apto para tiernos infantes y no lo digo únicamente por la elaborada prosa: «Si en cualquier momento consideras adecuado castigar a tu hermano, no lo hagas con barro, nunca, bajo ninguna circunstancia, le eches barro, porque le ensuciarás la ropa. Es preferible rociarlo con un poco de agua hirviendo, puesto que así obtendrás los resultados deseados. Te asegurarás de que preste atención a las lecciones que tratas de inculcarle enseguida y al mismo tiempo el agua caliente eliminará las impurezas de su persona y probablemente también de su piel, incluidos los granitos.» 

“El coloquio de los perros” de Miguel de Cervantes, me acompañó durante un par de noches de obligado insomnio. Viendo que la cosa (del insomio) no quedará en casual, pronostico numerosas lecturas y relecturas de clásicos populares. Divertido (a ratos) experimento metaliterario del amigo Cervantes incluido en sus memorias ejemplares que tendrá una reseña un tanto especial.

“Ánima” de Wajdi Mouawad. Bueno, Wajdi Mouawad. Palabras Mayores. El post inmediatamente anterior puede dar un pista. Cuando escribo estas palabras estoy a nada de terminarlo, apenas ochenta páginas; cuando las publique, estaré con la reseña. 

“El lazarillo de Tormes” (Anónimo). ¿Recuerdan lo que les acabo de contar de las noches de obligado insomnio? Aquí otro ejemplo. Habrá reseña, hasta entonces, me reservo la opinión.



MARZO

Ah, marzo, marzo.

Viendo que de la previsión de lecturas de febrero que hice en enero sólo leí un libro (ni uno más) me voy a saltar esta parte de promesas que no cumplo jamás. Sospecho que sí caerán “Los Modlin”, más que nada porque lo tengo bastante avanzado. Mismo caso con “El patrón” de Goffredo Parise y “Frankenstein” de Mary Shelley. Seguramente añada “Washington Square” de Henry James y “En las montañas de la locura” de Lovecraft, aprovechando que ambas son reediciones y que no hay mejor excusa que esta para (re)leer a los clásicos. En el apartado “comic”, “Órbita 76” de Gabriel Noguera. Y luego está lo nuevo de Rodrigo Fresán ("La parte inventada") que una me va y otro me viene.



jueves, 27 de febrero de 2014

Una aproximación [tangencial] a “Ánima” de Wajdi Mouawad

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Sabra y Chatila. El 16 de septiembre de 1982 tuvo lugar en estos dos campos de refugiados situados en Beirut, una masacre cometida por fuerzas cristiano-falangistas libanesas (en respuesta a un atentado llevado a cabo por facciones pro-palestinas) con una cifra de víctimas que oscila entre las 300 y las 3000. La comisión Kahan determinó que las fuerzas israelíes habían sido indirectamente responsables de las matanzas. En diciembre del mismo año Naciones Unidas «resuelve que la masacre fue un acto de genocidio

En 2001 la justicia belga admitió a trámite una demanda contra Ariel Sharon (ministro de defensa Israelí en 1982) «en aplicación de una ley de jurisdicción universal para casos de violaciones de los derechos humanos». Israel cuestionó su jurisdicción (alegando que existían razones políticas) y en 2003, bajo la presión de Estados Unidos que amenazaba con bloquear la aportación financiera a la OTAN si Bélgica no derogaba la ley que permitía juzgar a extranjero por crímenes de guerra, se modificó la ley y se archivó la causa alegando que ya no había base legal para el proceso.


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El 22 de julio de 2002 un F-16 lanzó una bomba sobre Al Daraj, en Gaza, al norte de la franja palestina. El objetivo era Salh Shehadeh, líder de Hamas al que Israel tenía por terrorista. La bomba, sin embargo, destruyó la casa vecina. Murieron catorce civiles, siete de ellos, niños. Otras 150 personas resultaron heridas. El 29 de enero de 2009 un juez español decide investigar la posible responsabilidad penal por crímenes contra la humanidad del entonces ministro de defensa Israelí. La demanda se admite a trámite. Esto provoca una crisis diplomática que se resuelve dando carpetazo asunto el 29 de agosto del mismo año y modificando la ley de modo que solo se podrá enjuiciar por delitos de genocidio o lesa humanidad cuando «sus presuntos responsables se encuentren en España o existan víctimas de nacionalidad española o [tuvieran] algún vínculo de conexión relevante con España».


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Pronto hará diez años que víctimas tibetanas reclamaron justicia en los tribunales españoles acusando a la cúpula del Partido Comunista Chino de cometer crímenes internacionales (léase genocidio, tortura, terrorismo de Estado). En 2006 la Audiencia Nacional dictaminó que se tenía plena competencia para investigar los hechos. Hace poco, la misma Audiencia puso en busca y captura al ex presidente chino Jiang Zemin y al ex primer ministro Li Peng por el genocidio del Tibet. Se les acusa de «de estar al corriente de torturas, ejecuciones extrajudiciales y arrestos arbitrarios a ciudadanos tibetanos y de someter a este pueblo a “políticas de planificación familiar forzosas que incluían la práctica extendida de abortos y esterilizaciones forzosos”, entre otros delitos de lesa humanidad.» 

Y empiezan las presiones, económicas y comerciales. 

Acaba de aprobarse en el Congreso de los diputados el archivo de la justicia universal con el fin de evitar, según admitió la dirección del Grupo Popular, «conflictos diplomáticos» especialmente el abierto con China. Según la reforma, que reduce la ley a la mínima expresión, «los jueces españoles solo serán competentes para investigar delitos de genocidio, lesa humanidad o contra las leyes de la guerra cuando “el procedimiento se dirija contra un español o contra un ciudadano extranjero que resida habitualmente en España o que se encontrara en España y cuya extradición hubiera sido denegada por las autoridades españolas”.»


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En “Ánima” de Wajdi Mouawad el protagonista es un superviviente de la masacre de Chatila, hecho que, sin ser apenas nombrado, flota como una losa sobre una novela que habla, entre otras muchas cosas, de las líneas de separación. Ya entraremos en detalles. 

Es asombrosamente fácil, parece decir Wajdi, pasar de ser un héroe a ser un monstruo. El gobierno español se ha asegurado, no sólo de recordárnoslo, sino de demostrarlo. 

En 2015 habrá elecciones generales; seré nuestro turno de hablar.



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Independientemente de todo esto pero también “precisamente por todo esto”, “Ánima” de Wajdi Mouawad está resultando ser (a escasas 100 páginas del final) una novela más que recomendable.




lunes, 24 de febrero de 2014

“Limbo” de Agustín Fernández Mallo

Limbo se vende como una novela, pero conociendo la política artística de Agustín Fernández Mallo (de la que me declaro casi absoluto desconocedor más allá de los prejuicios propios de la nocillitis y una más que decepcionante lectura de la obra que abrió la caja de pandora) decidí enfrentarme a ella como si de un misterioso artefacto se tratase, dándole, con esto, todos los créditos posibles. Yo quería —y resalto el quería— que me gustase Limbo y de hecho mi entusiasmo inicial fue mayúsculo. Una pena que al final, una vez más, acabase todo en desencuentro. Eso sí, un desencuentro con ventana abierta a la esperanza. Esa clase de feliz desencuentro.


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Esta foto de la derecha (que me ha llevado lo suyo montar) es un ejemplo de lo que uno puede encontrarse, página sí, página no, en Limbo. Y no me refiero al hecho de integrar una fórmula en la narración, algo a lo que ya deberíamos estar más que acostumbrados, sino a la reflexión que la acompaña. Porque otra cosa no, pero reflexiones, en Limbo, hay para aburrir. 

(Abro paréntesis: si lo desean pueden ver, la cita elegida, como una trampa mortal; como una nueva maldad de este blog, en esa práctica dicen algunos que habitual de elegir ciertos momentos, sacarlos de contexto y presentar el resultado como un fracaso más de la literatura española. Y harán bien.) 

Y sí y no porque con contexto o sin él, en Limbo las citas de este calibre someten, literalmente, la novela, ahogándola en las pajas mentales de unos personajes que creen que, con ellas, tienen algo que aportar. (Eso, o que no contextualizo adecuadamente, que todo puede ser.)


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En Limbo se cuenta una historia. O dos. O tres. O una que son dos que son tres. O tres que se funden en una. Cualquiera sabe.

En la primera, la más breve, se cuenta como Heisenberg, el físico, crea, durante un retiro en Helgoland en 1924, la siguiente intuición, gracias a la cual nace la mecánica cuántica moderna: «[…] entender cómo es el mundo fijándose únicamente en los estados iniciales y finales de las cosas, sin preocuparse de cuanto ocurre en medio de ambos.» 

En la segunda historia una mujer (que lleva “un colgante con unas pequeñas bolsas de porcelana”) relata un viaje que hace con su pareja a través de los Estados Unidos y las razones de cada uno para hacerlo: «El verdadero objetivo era llegar a Los Angeles. En realidad, ése era el objetivo de él; lo que a mí me interesaba era el viaje en sí, el camino; para mí, Los Ángeles sólo constituía el inevitable extremo que todas las cosas poseen. Pero él buscaba lo que desde hacía meses venía denominando como El Sonido del Fin, sonido del que, aseguró, viajeros de todas las épocas han hablado.» Las aventuras y desventuras de ese viaje (narrado en primera persona y donde su pareja es apenas una sombra) se acompañan del relato de un secuestro que sufrió en el pasado así como de las reflexiones propias de una mujer secuestrada. Léase un ejemplo:

«Por ejemplo, un libro como el Quijote no es lo que es porque el Quijote sea un buen libro —que también—, sino porque el propio Cervantes —no el escritor sino esa persona del siglo XVII llamada Miguel de Cervantes Saavedra— tuvo, tiene y posiblemente tendrá el beneplácito de la opinión pública; en pocas palabras, cae bien. Te pongo otro ejemplo —continuó mi cerebro—, éste en negativo: Hitler, personaje justamente desdeñado, escribió Mein Kampf. Puede que Mein Kampf sea una obra maestra de la literatura universal, puede que Mein Kampf sea un Quijote o un Otelo, pero eso nunca lo sabremos, y cuando digo nunca quiero decir exactamente nunca, hay una imposibilidad física de que eso ocurra debido al carácter netamente monstruoso del autor. Del mismo modo —propuso el cerebro—, puede que los secuestradores sean estupendas personas, puede que sean los buenos del mundo, los buenos de la historia, sólo que nadie lo sabe ni lo sabrá nunca.»

En el tercer y último relato (un relato que en un momento dado se abre dando lugar a algo que se parece mucho a una imposibilidad lynchiana) se narra el retiro del propio Agustín a un chaetau en Plougras, en la Bretaña Francesa, para grabar un disco con un colega. En este relato, Mallo, al igual que Heinsenberg, parece tener una epifanía cuando, al tratar de expresar aquello que le pasa por la cabeza cuando escucha una canción —que no es otra cosa que el negativo de otra— piensa, entre otro millar de cosas que el autor no pierde ocasión de enumerar, lo siguiente: «[…] y pensé que viajaba a México D. F. a promocionar una de mis novelas, y que alguien me aconsejaba que fuera a una librería porque cuando vas de promoción te llevan a muchas librerías». Y a partir de este momento exacto la historia da un giro y Mallo deja de estar en un chateau y pasa a estar en México, en una librería, donde conoce a una mujer que lleva “un colgante con unas pequeñas bolsitas de porcelana”.



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Limbo tiene un algo inaprensible por culpa —entre otras cosas que tienen que ver con el tedio— del abuso de absurdas referencias circulares así como de reflexiones supuestamente divertidas de un Fernández Mallo humorista con un talento especial para el caos (los detalles de un pespunte de un bolsillo, la irrepetible sonoridad de los espacios ocupados, la realidad de los perfumes, las clasificaciones de la luz en México, los trayectos efectuados en Street View, la gravedad como una mentira colosal…, y un largo etcétera). La novela, llegado el final, nos devuelve al principio, un principio que puede ser visto, si se desea, como un final; final que, para más inri, no es tal. Esto parece abrir muchas puertas, pero en realidad lo que hace es cerrarlas, por más que tanto giro pueda, puntualmente, despertar cierto interés. Al final finalísimo todo lo que queda, una vez procesado el relato, es la sensación de que alguien ha dedicado demasiado tiempo a dibujar un artefacto imposible esperando, tal vez, que de la confusión salga algo con forma de relato innovador cuando no pasa ni tan siquiera de entretenido.

«En efecto, era el Nuevo Testamento el primer libro fragmentado de la Historia, con el añadido de que en él tenía su reflejo exacto la forma en que se organiza la Red, malla en la que vas de un site a otro site sin pasar por lugares intermedios. Los Apóstoles se perfilaban, pues, como los primeros autores de una clase de literatura que con los siglos daríamos en llamar internauta. […] El Nuevo Testamento era el zapping original, aquel del que habían salido todos los zapping posteriores. Por descontado, también era el Nuevo Testamento un conjunto de microrrelatos, boceto de bocetos.»

[…]

«Pensé entonces que leer diarios no tiene nada que ver con leer la vida de alguien, sino con la ilusión de que se puede leer el tiempo de alguien. No así los blogs, me dije, que no siguen una línea temporal, sino que barajan el tiempo, toman los objetos, los utilizan y al momento los abandonan. Y esa manera en que los blogs se valen de las cosas, ese usar y tirar materiales para al instante tomar otros que también abandonarás, está ya en el Nuevo Testamento, que no fue el Libro de los Libros, sino el primer blog, el Blog de los Blogs. En efecto, el Nuevo Testamento se apropia de una idea y premeditadamente pierde el hilo, hilo al que volverá páginas más tarde, sí, pero ya será otra cosa, volverá como un objeto retro. Coger y abandonar, coger y tirar. Estamos, me dije, ante la propia esencia del consumismo, en el Nuevo Testamento está ya representada al completo la palabra «consumo» tal como la entendemos hoy: la sucesiva muerte y resurrección de nuestros cuerpos a través del compulsivo uso de ideas y objetos.»