viernes, 29 de noviembre de 2013

Resumen de lecturas NOVIEMBRE 2013

Había puesto yo muchas esperanzas en este mes. Demasiadas. Al final ha resultado ser flojete. No tanto por la calidad de las lecturas (de esto no me quejo) como por la cantidad. Pero el tiempo es el que es.

Empezó con dibujitos, concretamente con la magnífica y estupendísima "Asterios Polyp" de David Mazzuccheli (sin sentido). Anótenla como primera recomendación. Asterios Polyp es un comic de unas 300 páginas que se lee en dos sentadas. No podrán evitarlo. No me ocurre todos los días que no soy capaz de soltar un libro. La cosa va de dualidad (no me obliguen a escribir ahora la reseña): un engreído y narcisista arquitecto de unos cincuenta años que ejerce la enseñanza y que no ha visto materializarse ni una sola de sus creaciones toca fondo. Su vida ya era un desastre cuando se le quema la casa por lo que se larga, sin decir nada a nadie (¿a quién se lo iba a decir?), a un pueblucho de mierda donde comienza a rehacer su vida y desde donde asistimos a la reconstrucción de su pasado a golpe de recuerdo. Incluye una tierna historia de amor de las que no hacen vomitar. Anoche empecé su relectura. Ya les contaré con más detalle. 

Lo siguiente fue la para muchos esperadísima nueva novela de Eduardo Lago, "Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee" (Malpaso). De esta ya escribí reseña. La pueden consultar, está por ahí. (clic). Inmediatamente después empecé y terminé "Las enseñanzas de Don B." de Donald Barthelme (Automática) es… bueno, es Barthelme. ¿Qué puedo decir? Humor y tal. Hay un mínimo de calidad garantizado. Tengo la reseña pendiente de escribir pero antes quiero volver a echarle un ojo al libro. En diciembre les cuento. 

"El ruletista" de Mircea Cartarescu (Impedimenta). Recomendadísimo y efectivamente muy interesante relato corto de uno de esos eternos candidatos al premio Nobel, en este caso rumano. No les haré perder el tiempo ahora porque de este sí hay una reseña escrita que, si nada lo remedia, será la siguiente que salga. 

Después fue el turno de "La casa de hojas" de Mark Z. Danielewski (Pálido Fuego y Alpha Decay). Miento, en realidad empecé “Jota Erre” de William Gaddis (Sexto Piso), pero lo interrumpí en la página doscientos y pico, primero por cuestiones prácticas (tomazo) y segundo por puro enganche a la de Danielewski. Con “Jota Erre” estoy ahora mismo y de “La casa de hojas” me niego a decir ni una sola palabra más. Ya tienen, si quieren, una aproximación aquí (clic) y una reseña aquí (clic-clic)

Para descansar la vista, volví a los dibujitos. Después del buen sabor de boca que me había dejado el mes pasado la inquietante “No cambies nunca” de David Sánchez me atreví con la que es, era, creo, su primera obra, “Tú me has matado” (Astiberri). Bueno, tengo que decir que me gustó bastante menos. Visualmente es clavadita, pero argumentalmente no tiene la fuerza de la otra, seguramente porque se entiende mejor, que es una cosa que a veces desmerece el resultado.

A continuación "Historias de barrio" de Gabi Beltrán con dibujos de Bartolomé Seguí (Astiberri), que me fue recomendado un poco por casualidad y otro poco no, es una recopilación de “anécdotas” de Gaby Beltrán de jovencísimo. Es el dibujo de un lugar (un barrio) muy concreto y de una época también muy concreta que a la vez es todos los lugares y todas las épocas. Normalita, tirando a interesante. Ideal para nostálgicos.

"El consejero" de Cormac McCarthy (Mondadori), es el guión (no una novela) de la película de Ridley Scott de reciente estreno. Es infumable. La película no lo sé, pero el libro, seguro. Mala no, lo siguiente. Una chorrada como un piano. No me voy a extender. En unos días saldrá la reseña. 

Y ahora, diciembre.



Avance de DICIEMBRE

Acabaré enseguida. El mes se presenta tranquilo. Dudo mucho que la media de lectura de diciembre llegue a las mil páginas, por lo tanto, cualquier previsión que haga deberá ser interpretada como una fantasía. 

El plan es terminar (jajaja) “Jota Erre” de William Gaddis pero, tal como comentaba antes, no es un libro especialmente cómodo y yo soy mucho de leer en cualquier parte. Por lo tanto, para esos momentos de caña y terracita me llevaré “La casa y el cerebro” de Edward Bulwer-Lytoon, “Las bellas extranjeras” de Mircea Cartarescu y el que empecé ayer: “Pobres magnates” de Thomas Frank.

Tengo también empezado “Memorias del subsuelo” de Dostoievski, la reedición de Sexto Piso con ilustraciones de Jorge González, pero acompaño su lectura con la parte en que se hace referencia a esta novela en el tercer tomo de la biografía de Joseph Frank y claro, esto va a llevar su tiempo porque una cosa me está llevando a la otra y no sé dónde voy a acabar.

En el apartado dibujitos, tengo por casa “Ice Haven” de Daniel Clowes, para los momentos tontos. Por otro lado, mi hija me ha pedido por favor por favor por favor que le cuente Moby Dick. Que me lea el libro, de una vez, por favor, papi, y se lo resuma. No sé qué perra le ha entrado con Moby Dick ahora pero el caso es que, para evitar su lectura (este mes, quiero decir), he pensado echar mano de la versión gráfica que publicó Sexto Piso no sé cuándo y que hoy, sin falta, sacaré de la biblioteca (se trata de “Moby Dick” de Jean Rouaud y Denis Deprez). 



miércoles, 27 de noviembre de 2013

“La Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski

Generalmente las aproximaciones (ver aquí) me quitan las ganas de escribir las reseñas. Esta no es una excepción, pero lo prometido es deuda. 

“House of leaves” (traducido como “LA casa de hojas”) se publica en el año 2000 y desde el primer momento se presume prácticamente intraducible. Sobre los costes de traducir semejante trasto flota la idea de estas rarezas sólo las compran dos. O doscientos, da igual; los que sean siempre parecerán insuficientes a la hora de recuperar una inversión como esa. Y así fue. Durante mucho tiempo, la traducción de "House of leaves" fue, para los que no dominamos el inglés, un sueño que alimentábamos con la búsqueda de imágenes (sobre todo IMÁGENES) del interior. Luego veremos alguna.

Y un buen día llegó Pálido Fuego. Y dice la leyenda que se encontró con Alpha Decay en la sala de espera. Cómo será esta novela que me ha obligado a romper mi palabra de no volver a reseñar nada que publiquen ambas editoriales. Esto, si lo digo, no es para calentarle la cabeza a nadie, sino a modo de cumplido. Me quito el sombrero y no me lo vuelo a poner. La edición (a excepción de la desafortunada elección de la portada (ver post anterior)) es sencillamente MAGNÍFICA.

Al tema.

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“La casa de hojas” es una novela de terror. Eso ante todo. El argumento, grossísimo modo, es el siguiente:

El joven Johnny Truant es un elemento que un buen día, gracias a su buen amigo Lude y por la razón que sea, da con un baúl que contiene un manuscrito de viejo ciego llamado Zampanó que muere en extrañas circunstancias. El manuscrito hace referencia al “expediente Navidson”.“La casa de hojas” es el montaje que Truant hace con las notas de Zampanó y su propia aportación en forma de anotaciones (todas a pie de página) que un buen día manda a unos editores (que a su vez incluyen sus propias notas). Es decir: Truant recoge la información de Zampanó, es decir, una análisis sobre la particular experiencia que vivió la familia Navidson en una casa.

Parece un lío y sí, lo es, pero no demasiado.

El expediente Navidson. Recién trasladados a su nuevo hogar, aparece, un bien día, una puerta en el salón. La puerta conduce a un pasillo OSCURO ora de tres metros ora de quince. Donde está el pasillo, debería haber campo. El pasillo tiene una puerta. La puerta da a otro pasillo, a otra puerta, a otro pasillo, a otra puerta. Etcétera. Da a una gran sala. Da una escalera. (Ver portada). Acompáñese de oscuridad total. Total. De ausencia de ruido, de viento. Acompáñese de un frío glaciar. Acompáñese de espacios que se reconfiguran solos. De distancias variables. 

El expediente Navidson (1) habla de una grabación detallada de la investigación que el propio Navidson, con ayuda de una serie de personas, lleva a cabo para tratar de entender qué coño es eso que ha aparecido en su casa y de dónde demonios sale. Y a dónde lleva.

Ese es el argumento. Una parte, al menos. La novela tiene 736 páginas. Podríamos entrar en detalles y nunca estaríamos detallando suficiente. Como buen “informante”, Zampanó detalla minuciosamente cada momento del video, lo acompaña de extractos de los numerosísimo estudios que se han hecho sobre él. Todo lo que cabe en la novela está en la novela y por si no era suficiente, Truant, el descubridor del manuscrito, se empeña en meter, en los pies de página, su particular experiencia durante la lectura del informe , una experiencia que, les adelanto, tiene muy poco de feliz, por más que el tipo se pase media novela borracho y follando.


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Me estoy liando pero es que la puñetera invita a ello. Dos palabras más y vamos a las conclusiones.

Más allá del argumento, está la forma, que es lo que realmente hace esta novela tan especial y tan difícil de replicar en otro idioma. La novela se retuerce. Se complica. Se unen, al detalle del expediente, columnas de información aparentemente inútil pero que, en cierto modo, cumplen una importante función. Otras veces el texto se estrecha, la página queda casi en blanco o bien el texto se da la vuelta, se refleja como en un espejo o cae en cascada. Utilicen la imaginación. Para los que no tengan, aquí una fotito robada de la red. Y ya. Si sienten curiosidad, seguro que dan con la manera de encontrar más fotos en Google. 



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A mí, personalmente, me sobra media novela. Concretamente TODO lo que tenga que ver con Truant. El tipo tiene su aquel, pero lo realmente apasionante de la casa de hojas es la casa de hojas, ¡no lo que el susodicho siente o padece por la lectura dichosa! Me importan un comino las claves que oculten sus notas o los juegos a qué invitan (que son unos cuantos), al final lo que queda de él es pura anécdota mientras que el expediente Navidson, todo aquello que escribió el cegato de Zampanó, es, quitando episodios puntuales, apasionante. Sería un novelón si, conservando la alocada estructura, Danielewski le hubiese metido un buen tijeretazo al, digamos, artefacto. Y cuando digo bueno, quiero decir buenísimo. Quiero decir generoso en extremo. Pero supongo que la idea de incluir diferentes tipografías en los pies de página, y más notas que vienen de esas notas, y mandar al lector al apéndice uno o el dos o el B o X, supongo que todo eso de enredar y enloquecer la novela, era demasiado irresistible. Y sí, se entiende, pero también se sabe innecesario. 

Es por culpa de esto que lo que podía haber sido una novela sobresaliente se queda en notable. Con todo, la casa de hojas es una magnífica historia de terror y aventuras que no necesita de fantasmas ni de psicópatas ni de niñatas pelonas saliendo del televisor para crear una atmósfera aterradora y para mantener la tensión durante todo el viaje, un viaje que, obviando a Truant, se hace incluso corto, que ya es decir. Con esto no quiero decir que sea especialmente original. Danielweski recurre a tantos tópicos como le es posible: casa encantada, oscuridad, ruidos de fondo, gruñidos, silencio; exploradores que se pierden, se vuelven locos, se lían a tiros; conflictos sentimentales, que si el hermano borracho, que si la mujer infiel. Pero da igual: el tamaño del terror y sobre todo el modo en que Zampanó desarrolla la narración evitan continuamente el tedio y la sensación (absolutamente justificada) de estar visitando lugares comunes.

Lo dicho: acertada novela experimental de terror que sólo peca de un innecesario exceso de contenido. Más corta, sólo un poco más corta, hubiera sido tan, TAN buena. Una pena. De acuerdo, no es la obra maestra que se vende por ahí (la que uno esperaba, malditas expectativas) pero sí vale cada euro invertido y casi  casi casi cada minuto dedicado. 



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(1) No confundir con la película “El expediente Warren” o su más reciente adaptación hispana, “El expediente Vitu”: (hacer clic para ver, ver para creer)

domingo, 24 de noviembre de 2013

Una aproximación a “La Casa de Hojas” de Mark Z. Danielewski

(O hablar por hablar.)

Hoy vengo sin intención crítica. Esto quiere ser poco menos que una reflexión. Una excusa para hacer una pausa y aclarar las ideas. Llevo una semana sumergido en la lectura de “La casa de hojas” y en “Jota Erre” de Gaddis (y a ratos Cartarescu y a ratos Joseph Frank y a ratos Dostoievski y a ratos Gerónimo Stilton —paternidad obliga—y a ratos qué sé yo). 

Y a ratos duermo, también.

Cuando escribo estas palabras los editores de “La casa de hojas” acaban de anunciar en twitter que van a sacar la tercera edición. A falta de información sobre volumen de las tiradas, la noticia invita a la prudencia tanto como al entusiasmo. Pero nos alegramos, en cualquier caso y nos hacemos eco.

(Nos hacemos eco, qué gracia.)

Se habla mucho de La casa de hojas. Twitter arde. Facebook arde. Todo son fotos, posados, el libro sobre un fondo de piedra, sobre el verde musgo de un bosque, sobre una mesa. Se intuye que pronto llegarán los fondos nevados, los villancicos y los paquetitos de Amazon a los pies de un abeto. Esa costumbre tan nuestra de hacer el gilipollas. Para sacarle una foto a un libro sólo hace falta una cámara. Sin embargo, para leer “La casa de hojas” parece que hace falta algo más. Valor, por ejemplo. Paciencia. Sincero interés. Tiempo. 

Cierto grado de tolerancia.

No me hagan mucho caso, soy el menos indicado para hablar. Cuando escribo estas palabras voy por la página 350, por lo que ya habré leído unas 450. Sí, han leído bien. Tiene truco, claro, la magia no existe: prefacios con numeración romana y extensos y delirantes apéndices como notas finales. Está todo inventado.

Vaya por delante que estoy disfrutando BASTANTE “La casa de hojas”. Lo pongo en mayúsculas para que quede claro. Podría ponerlo también en azul, pero no me apetece; vengo un poco saturado de jueguecitos (orto)gráficos. 

Intento que esto no se parezca demasiado a un promoción gratuita (e innecesaria), pero supongo que será un esfuerzo inútil. Al final este post es mi particular fotografía del libro sobre un fondo de mi culo en una silla y no se me ocurre mejor recomendación que esa, honestamente.

“La casa de hojas” se vende como una novela sin fronteras. Se acompaña, en las críticas de la red, de grandes nombres: Borges, Nabokov, Derrida, Joyce, Julian Rios. Cervantes. Así es, amiguitos, al entusiasmo habitual de las promociones hay que sumarle los elogios desmedidos propios de las obras de culto. También está la querencia a complicarlo todo hablando de deconstrucción, interpolaciones, digresiones, notas, geometrías no-euclidianas de planos de ficción y un largo ecétera, que sin estar faltos de razón tampoco invitan a nada si no se acompaña de un poco de fe. 

Por lo que he podido comprobar, la novela de Danielewski es un lío del demonio que conviene afrontar con entusiasmo y tiempo libre. «[se aconseja] una lectura en cuantas menos sesiones mejor, lo más seguidas que se pueda, en cuatro o cinco días como mucho, para no perder ni el hilo narrativo ni, francamente, el efecto de la lectura sobre el ánimo del lector» dicen en este blog

El mismo ocioso crítico dice (la negrita será mía): «Está escrito usando diferentes tipografías, a veces en función del contenido, otras en función del narrador, y esta distinción no es ni anecdótica ni aparente, es fundamental para la comprensión del texto y uno de sus mayores logros» algo con lo que no puedo estar demasiado de acuerdo. Cierto: es muy útil. Y bonita. Es lo que tiene, también. Pero no es fundamental en absoluto. Hay soluciones mucho menos “visuales”. El dramatis personae de Jota Erre, por ejemplo, nombra más de 120 personajes diferentes; casi todos cuentan con voz pero ninguno necesita ir acompañado de una tipografía especial, ni azul ni verde ni colará, ni cursiva ni georgiana. Y no será por pantones. Bien mirado, el recurso de Danielwski es un recurso fácil y visualmente tan efectivo como efectista. 

Mi impresión inicial, ya que no me lo preguntan, es que DE MOMENTO (recién llegado al ecuador) “La casa de hojas” es un bello y retorcido objeto que oculta una interesante novela de terror pero también mucha paja. Un libro que, o mucho me equivoco, o terminará siendo mucho más comprado y comentado que realmente leído. Ojalá me equivoque. 

Yo, de momento, y habiendo dicho todo lo que tenía que decir, sigo a lo mío.





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