miércoles, 30 de octubre de 2013

Resumen de lecturas OCTUBRE 2013

Se suponía que octubre iba a ser un mes tranquilo. A ver si noviembre....  

Arrancó el mes con "En medio de extrañas víctimas" de Daniel Saldaña París, la primera novela de un joven poeta que no estaba del todo mal, especialmente la primera parte. No me repetiré, todo lo que había que decir ya ha sido dicho AQUÍ. También hemos hablado de "El sermón sobre la caída de Roma" de Jerôme Ferrari, la decepción del año vino de la mano de Mondadori. Razón, AQUÍ

De lo que no he hablado todavía ha sido de "La habitación oscura" de Isaac Rosa. La reseña, que lleva una semana escrita, tendría que haber salido hoy pero he preferido acabar el mes con este pequeño resumen. Prometo sacarla dentro de un par de días (jaja) pero les adelanto que no me ha entusiasmado. "Del color de la leche" de Nell Leyshon resultó ser una lectura inesperada (dentro de todo inesperada que puede ser una lectura programada con cierta precipitación). Pedirlo a la biblioteca y tenerlo en la mano fue todo uno. Afortunada la casualidad también de tener un par de hora libres. Se fue en un suspiro, por breve y porque se dejó querer. Tengo la reseña a medio hacer y abandonada desde hace días. Prometo retomarla al cierre de este post y publicarla en breve (siendo breve, noviembre). Les adelanto que, sin ser la locura, no ha estado del todo mal, sobre todo porque, al no parecer de mi estilo, la cogí sin muchas ganas. 

El resto del mes me dio por la novela gráfica. 

Todo empezó por "El rayo mortal" de Daniel Clowes, la historia de un chaval que descubre que fumar le da poderes especiales. Como buen gilipollas, se viene arriba. Tiene una pistola que fulmina (literalmente) a la gente. Curiosa sí es, ahora, un poco floja también. Después, del mismo Daniel Clowes cayeron “Mister Wonderful”, una tonta pero curiosa historia de amor de dos seres humanos depresivos e insoportables y la decepcionante “Wilson”, novela que se sostiene sobre breves episodios de una página en la que un hombre despreciable de puro realista, —como parecen ser todos los personajes de Clowes— descubre que tiene una hija. El humor va a la par del patetismo por lo que un rato sí que te ríes. 

"Epiléptico" de David B. fue la gran sorpresa del mes. Tienen toda la información que necesitan en su post correspondiente. Haciendo clic AQUÍ, pueden leerlo. Por seguir con David B. y ver si lo del epiléptico había sido casualidad, saqué de la biblioteca "La banda de los postizos". Nada-que-ver. Novela gráfica basada en hechos reales que cuenta la historia de unos atracadores de bancos, lo que viene siendo su quehacer diario y su final. Correcta y mil veces vista en formatos varios. “No cambies nunca” de David Sánchez (Astiberri) es una cosa bastante desagradable sobre monstruos con bocas diseñadas para chupar y experimentos y un montón de cosas inquietantes. Para lo que ha durado, no ha estado nada mal. 

"El libro de los pequeños milagros" de Juan Jacinto Muñoz Rengel se lleva el premio del mes a la peor lectura. Se trata de una colección de microrrelatos de corte fantástico. Ni prosa bruñida ni hostias: basura espacial. Mucho dibujito y mucho diseño total para hablar de marcianitos que observan seres humanos y conclusiones de Perogrullo. Hablando de lo cual, si yo fuera uno (un marcianito) y viniese de exploración a la tierra y descubriese que este libro está considerado como un ejemplo de literatura de calidad, tendría que hablar en mi informe de un planeta en vías de desarrollo e incluso cierto posible severo retraso de alguna clase. Mis hermanitos marcianitos vendrían en sus naves espaciales y juntos arrasaríamos el mundillo literario, empezando por los microrrelatistas, esa plaga voraz. Nos comeríamos sus corazones crudos y todavía calientes. Salvaríamos la humanidad y venderíamos la historia a Planeta. Habrá reseña, claro. La cosa no es para menos. 

Mención aparte para “Zurita” de Raúl Zurita (Delirio), poemario del que hablé no hace mucho AQUÍ. Lo tengo mediado y así se quedará una temporada, hasta que me haga con un ejemplar en propiedad. Mucho menos interesante fue "Tamara Drewe" de Posy Simmonds, el abandono del mes. Es una novela gráfica sobre un retiro de escritores y las cosas que allí pasan; cosas que tiene mucho que ver con el sexo y el amor y por lo que he visto muy poco con el escribir. La vida misma. Es algo así como Esther y su mundo a los cuarenta y tantos. No llegué ni a la mitad. Me quedaré con la pena de no saber cómo acaba hasta que vea la película. 

“Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee” de Eduardo Lago, la primera publicación de la nueva editorial Malpaso, es mi lectura actual. Salvo desastre, la acabaré en un par de días. De momento bien, gracias. Prometo reseña ipso facto, así no escriba más de cincuenta palabras. 

Por último comentar que entre las lecturas inacabadas o en curso se encuentran “Bono, el hombre del poder” de Harry Browne que, junto con “Frankenstein” de Mary Shelley (Sexto Piso Ilustrado) y “Los escritos irreverentes” de Mark Twain, me ayudan a relajar la vista entre lectura y lectura. 

Esto ya está. Ahora…. 


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…Avance de NOVIEMBRE 
(y breve catálogo de novedades) 

Ayer pasé por la biblioteca a recoger algunas cosas, entre ellas, “Librerías” de Jordi Carrión, “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez y “Butcher´s Crossing” de John Williams. El primero para echarle un vistazo, leer las primeras páginas y con ellas decidir si debo seguir o no. Le daré una sola oportunidad. El de Vásquez lo pedí por pedir. Vicio propio. Ya veremos en qué acaba. “Butcher´s Crossing”, del autor de “Stoner”, será mi siguiente lectura sí o sí (siempre y cuando no sea no). La siguiente debería ser “Mimodrama de una ciudad muerta” de Alvaro Colomer, que no sé ni de qué va. Me han dicho que hay que leerlo en noviembre y así se hará. 

Para las pausas del café, novelas gráficas: “Jimmy Corrigan, el chico más listo del mundo” de Chris Ware, “Asterios polyp” de David Mazzucchelli, “Como un guante de seda forjado de hierro” de Daniel Clowes y “Tú me has matado” de David Sanchez. Esto para empezar. También, si queda tiempo: “Ghost Word” (el puto Clowes otra vez), “¿Eres mi madre?” de Alison Bechdel, “La hermandad de la biblia Perry” de Nicholas Gurewich, “El gato del rabino” de Joann Sfar y todavía por determinar largo etcétera.  

El día 11 de noviembre salen a la venta dos libros: “La casa de hojas” de Mark Z. Danielewski (Alpha Decay en colaboración con Pálido Fuego o viceversa) y “Jota Erre” de William Gaddis (Sexto Piso). ¿Te quedas con mamá o con papá? Yo, con Gaddis. A Dani ya le tocará en diciembre. Nada personal; simplemente, todo no puede ser. Tampoco podrá ser —no entero, al menos— “Historias del arcoíris” de William T. Vollmann (Pálido fuego again). 

Quisiéramos leer también, mis socios capitalistas y yo, un montón de cosas más, pero a falta de saber cuántas páginas tiene el libro del amigo Gaddis, está la cosa jodida de calcular. Por eso hemos tomado una drástica decisión: meteremos en un saquito bolitas de papel con nombres y dejaremos que una mano inocente las vaya sancando. En la bolsita, que supondremos trucada, meteremos, si podemos, lo siguiente: “Las enseñanzas de Don B.” de Donald Barthelme (Automática Editorial), “Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars (Algaida) que es, según la wikipedia, “una novela satírica con la que se desmarca del Nuevo Drama”. (¡Ops! Visto y no visto.) “El camino de ida” de Ricardo Piglia (Anagrama), “Los amigos de Eddie Cole” de George V. Higgins (Libros del asteroide), “La cartera del cretino” de Kurt Vonnegut (Malpaso), “NWTY” de Ramón Buenaventura (Alianza) y, uno de los libros más esperados de la temporada por quien esto escribe: “Memorias del subsuelo” de Dostoievski (Sexto Piso Ilustrado). Relectura obligada.

Se acabó. Ahora, a leer. 



lunes, 28 de octubre de 2013

Una aproximación a “Bajo treinta" (#bajotreinta generation)

Y tras la Última temporada llega Bajo treinta, una antología producida por la Editorial Salto de Página, dirigida por Juan Gómez Bárcena y protagonizada por un puñado de seres humanos de los que ya nos ocuparemos en los títulos de crédito. Los treinta están de moda. 

Pero hoy no toca reseña; hoy lo que toca es aproximación a través de un prólogo, una práctica que se está volviendo demasiado habitual. Pero es lo justo, al fin y al cabo Última temporada (Lengua de Trapo) y Bajo treinta son dos caras de la misma moneda y como tal deben ser tratadas. Sin favoritismos. Jaja. Ja.

Bueno, al lío.

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Para variar, la antología no es exclusivamente de relatos. Se agradece. Es de fragmentos de novela, de aquellos que son novelistas, y relatos, de aquellos que son cuentistas. Se supone que lo mejor de lo mejor. Se supone, insisto. Personalmente prefiero mil veces esto a un puñado de textos que una vez leídos seguramente me van a dejar como estaba. 

«Pero el objetivo no era sólo convocar a estos excelentes narradores, sino invitarlos a participar con sus mejores textos. Por ello preferimos renunciar a los habituales encargos de textos inéditos, cuyo resultado podía no estar a la altura de la calidad demostrada en obras anteriores, y dirigirnos a los seleccionados solicitándoles los pasajes de su obra que a nuestro juicio mejor representaban su propuesta literaria. La mayoría de los textos pertenecen por tanto a libros ya publicados, en una clara apuesta por la calidad antes que por la novedad.»

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Sabiendo que Juan Gómez Bárcena nace en Santander en 1984 y que lo suyo no es el malditismo ni el victimismo ni otros ismos de corte similar, el prólogo sólo puede ser una defensa de la generación que llamaremos, para entendernos, de los #bajotreinta. Es un prólogo largo que habla de muchas cosas. Lo pueden leer AQUÍ. A mí no me apetece analizarlo en detalle; no tengo tiempo ni ganas; lo único que realmente me interesa es esto (las negritas son mías):

«Lectores, industria editorial y autores parecen haber contribuido de diferente forma al descrédito de la narrativa joven en España. Este libro, sin embargo, se opone decididamente a dicho discurso. Editor y antólogo compartimos la convicción de que existe una literatura joven de alta calidad en nuestro país, que si ha pasado relativamente inadvertida en por razones ajenas a su nivel literario.» 

Convendrán conmigo (y, si no, ya me dirán) en que el discurso de Bárcena se aleja bastante de lo planteado en el prólogo de Última temporada, donde se hablaba de escritores becados que medraban gracias al mamoneo social y al amiguismo o el arrimamiento, que es una variante del frotamiento. Prostitución, en definitiva. Figurada o no, cada uno sabrá. 

Volviendo al prólogo de la antología que nos ocupa, más allá de lo más o menos de acuerdo que uno pueda estar con afirmaciones del tipo “alta calidad” está la intención última de defender a capa y espada a un grupo de escritores que son generalmente maltratados por sus mayores, así como entender qué es eso de pasar relativamente inadvertidos, que parece una forma suave de decir que, a parte de sus amigos y familiares y dos o tres despistados, no los conoce ni Dios. Según Bárcena, muchas son las culpas a repartir y tres los culpables. Saquémosle punta a esto.


Los lectores
«Los primeros culpables en la construcción de este discurso [la baja calidad de la literatura joven] somos seguramente los propios lectores, que con frecuencia hemos interpretado la relativa [y dale] ausencia de autores emergentes en editoriales y premios relevantes como prueba de su mediocridad.»
O no. Además de eso —que sí, admitámoslo, es perfectamente posible— está lo otro: la constatación de una realidad: no es tan alta la calidad como la pintan. No siempre, al menos. Afortunadamente, hay de todo. Quienes leemos habitualmente a lectores jóvenes sabemos de qué hablamos. Quizá no seamos los mejores jueces (sin duda no lo somos), pero esa es otra cuestión (que bien merecería una antología crítica, no me digan). Un libro te llega o no te llega y los de cierta gente, fundamentalmente joven, no suelen llegar ni a la esquina. Por algo será. Hay excepciones, claro, pero como norma general esto es así y no hay vuelta de hoja. No pasa nada porque los jóvenes no ganen premios; si ese es todo el problema no hay de qué preocuparse, se cura con el tiempo. O no.



Las grandes editoriales
«[…] los grandes sellos han ido perdiendo gradualmente interés en apostar por jóvenes talentos, en especial si estos son españoles; […] Desaparecidos de escena los grandes sellos, son las pequeñas editoriales independientes […] las que han recogido el testigo de publicar narrativa joven de calidad».
Sí y no. No sé. 

Las grandes editoriales son lo que son y siempre van a apostar por el caballo que lleve las de ganar. Ya tenemos una edad para creer en cuentos de hadas. A estas alturas de la película dudo mucho que publicar en Mondadori, por ejemplo, sirva de algo. (Que se lo digan a Antonio Fresy Cool Rodríguez.) No. No creo que el problema sea tan sencillo como esperar que Lumen te publique y Fernando Valls saque tu reseña en Babelia o que antes de salir el libro ya se anuncien sus chorrocientas traducciones a veinte lenguas o la venta de los derechos cinematográficos a una productora finlandesa. Todo esto es dinero que hay poner sobre la mesa. Salvo excepciones, un autor joven es una apuesta muy poco segura y muy largo plazo. Es un producto tóxico. Esto nos lleva al punto anterior: ¿estamos realmente seguros de que la calidad es suficiente para que un editor te dedique una partida de equis miles de euros? Mi experiencia me dice que no. El sentido común, también. A los veinte no se triunfa. A los veinte se fracasa estrepitosamente. 


Los propios escritores
«Por último, no hay que eludir la responsabilidad de los propios autores, que rara vez transmiten interés por sus compañeros de generación. Es de hecho ésta una afirmación largamente repetida en reportajes, entrevistas y artículos: un momento en el que el joven narrador en cuestión declara que no lee a sus contemporáneos, porque prefiere la enseñanza perdurable de los clásicos.»
Mi no entender. ¿Se busca corporativismo o qué se busca? Que otro escritor te lea o no te lea no significa absolutamente nada. Sólo los escritores y los enfermos leen las entrevistas. Esas cosas se dicen para evitar el fango de la verdad; a saber: que tu libro es una mierda, chaval. Y para darse una pátina de prestigio, aunque sea ajeno, también. La realidad es la que es. No hace mucho una joven escritora especializada en subproductos prometía que su próxima novela sería “más Proust, más académica” [vómito]. Más allá de la carcajada que pueda provocar semejante afirmación está la sensación de que hay gente que no merece ser leída, no digamos ya respetada.

Los amigos están para ir a las presentaciones, mandarte fotos posando con tu libro y que las subas a tu muro y para darte un me gusta al día. Para eso están. No se van a leer tu puto libro; tienen mejores cosas que hacer. 

Espabila, nene. Estás solo.



“La imaginación está secuestrada. Las grandes editoriales, con muy contadas excepciones, están haciendo un daño extraordinario a la literatura. Todo lo que tiene que ver con las operaciones de marketing y de comercialización, están dañando sobre todo a los chicos muy jóvenes, las generaciones que vienen por detrás, que están condicionados en la manera de escribir.” (Eduardo Lago, http://www.youtube.com/watch?v=9Sk3JiDwPwQ)



Relación de victimas de las circunstancias: Guillermo Aguirre, Víctor Balcells, Matías Candeira, Cristian Crusat, Irene Cuevas , Aixa de la Cruz, Jenn Díaz, María Folguera, Julio Fuertes, Marta González Luque, Cristina Morales, Aloma Rodríguez, Almudena Sánchez y Juan Soto Ivars.


viernes, 25 de octubre de 2013

“El sermón sobre la caída de Roma” de Jérôme Ferrari

Donde dejé mi alma” se vendió como la novela del escritor que había ganado el premio Goncourt en no sé qué año (miento; sí lo sé; fue en 2012). Ojito calamar, NO como la novela que había ganado el premio Goncourt sino como la del escritor que lo había ganado, siendo este un pequeño matiz que cambia bastante la cosa. De hecho, de no haber sido por esa memez y porque hoy me he levantado con el pie izquierdo, seguramente no perdería ni cinco minutos con esta reseña (sin ser esta novela el desastre que estoy dando a entender pero, háganse cargo: uno también tiene sus días malos). 

El premio Goncourt, para los que no lo sepan, también se vende. Se vende como el más prestigioso premio de las letras galas. Aquí no dudamos de la corruptibilidad de cualquier sistema y por eso gustamos de aplicar el beneficio de la duda a todo que aquello que gane un premio. El Goncourt, por ejemplo. Con todo y siendo tan importante, tampoco es que sea la puta locura: no ve uno —como sí ocurre con el Nobel o el Planeta— que la gente se vuelva loca en las redes sociales. En el fondo el Goncourt no nos importa un carajo más allá de las posibilidades que ofrece meterlo en la faja y así poder vender lo que sea que haya escrito el ganador, tal como ocurrió con “Donde dejé mi alma”. "Premio Goncourt 2012" decía. Hubo suerte: la novela era (y es) realmente buena y además posterior a esto, que como consuelo no está mal.

Joder con la introducción, total para decir QUÉ. Nada. Total para no decir nada. Pues, con todo, esta nadería es mucho más interesante que la novela que hoy vamos a destrozar reseñar. Imagínense.


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Verán que interesante.

Poniéndonos malvados podríamos empezar diciendo que el “Sermón sobre la caída de Roma” gira en torno a un bar de pueblo, que vendría a servir como ejemplo del fin del mundo. De ese bar se marcha un día la dependienta sin decir adiós ni nada que se le parezca, por lo que arrendadora ha de hacerse cargo del negocio hasta que encuentre otro ser humano que lo quiera llevar. Por allí va pasando gente, alguna impresentable, que casi le hunde el chiringuito (se explica con detalle cómo y de qué manera), hasta que da con uno que parecía bueno pero resulta ser más de lo mismo (ídem). Una mierda, todo, y la pobre mujer que no sabe qué hacer. Al final dos amigos, que habían sido vecinos de la zona, se hacen cargo del local (y vuelta a empezar). Hagamos una pausa en este punto.

A esta tontería, que se puede contar en cinco minutos, dedica Ferrari un tercio de la novela. Otro tercio es lo que pasa después. El resto se lo reparten la premisa y una segunda voz autobiográfica que viene a darle a la cuestión cierta épica. El tema va de fondo, en modo hilo musical. Para ser una novela tan corta pasan demasiadas cosas pero sobre todos demasiadas cosas que luego resultan no ser para tanto, que de hecho no son nada. Lo que más abunda es palabrería. Ferrari tiene una prosa mas falsa que Judas pero con esa boquita de oro parece que lo haga de puta madre cuando esto no es ni remotamente así. El movimiento se demuestra andando y al final tanta supuesta belleza ha de traducirse en algo. En el caso de esta novela se traduce en buenas intenciones y pobres resultados.

Dos estudiantes de filosofía —vuelvo al argumento— deciden abandonar los estudios por razones que Ferrari, seguramente para no aburrirnos, despacha en muchas menos palabras de las que dedica, por ejemplo, a los escarceos amorosos de los diferentes personajes secundarios que pueblan la novela y que ya les adelanto que son unos cuantos. Pues estos jóvenes dejan la carrera (desencantados, uno por culpa de Leibniz y otro por San Agustín) viendo que todo es un mierda, que hay no esperanza de futuro, y que por mucha ilusión que uno le ponga no hay nada que hacer. Para vivir así, mejor ponemos un bar. Toda la novela está bañada por el pesimismo y la desesperanza. Es lo mejor que tiene. 

Total, que se van a vivir al campo buscando una paz que suponemos no encontrarán porque a esas alturas ya habremos comprobado que la vida es un continuo ver caer mundos como almas al suelo y que el fin último del ser humano es la supervivencia y la infelicidad. El capítulo final es una excusa para sacar en procesión a San Agustín y que resuma la intención del autor. 

Después de eso la novela se acaba, como se acabó Roma; cogemos otra y ya está.