martes, 31 de julio de 2012

“El público” de Bruno Galindo

Al grano. Creo que El público es una novela interesante no por su argumento ni porque el narrador sea un nosotros omnisciente (bueno, esto un poco sí) sino por lo que tiene de hipnótico. Resulta sorprendente que a mí, que me interesa muy poco la decoración de los interiores de las casas o pisos o buhardillas de los personajes más o menos importantes, haya caído en el embrujo de su prosa, que cuenta con detalle lo más nimio entre lo nimio. También porque en “El público” los actores somos, en cierto modo, los lectores; unos lectores a quienes se nos identifica más por nuestros hábitos de consumo que por lo arrollador de nuestra personalidad.

El de la agencia, que sabía a qué clase de conclusiones debía irse acercando, indicó que combinamos pósters baratos (Klimt, Van Gogh, el beso de Doisneau, la foto de los obreros en la viga en Nueva York, el retrato warholizado de Audrey Hepburn) con algún objeto de arte más exclusivo (una serigrafía numerada, una reproducción barata de algún fotógrafo premiado). Nos gustan las tallas y máscaras africanas, los kilims marroquíes, los muebles balineses, los fulares con mandalas indios. Tenemos bien a la vista libros de arquitectura y grandes tomos de Taschen (Warhol, Bauhaus, Robert Capa, carteles del rock, grandes del jazz, pin-ups americanas). Algunos hemos recogido algún mueble de un contenedor de la calle alguna vez. Los modelos más o menos actuales de aparatos tecnológicos también marcan la diferencia. 

No tiene maldita la importancia que compartamos o no esto que se indica en la cita. No es el tema. Tampoco importa, por ejemplo, en esta novela, el acto de enamorarse sino el modo en que generalmente lo hacemos; ese cómo suceden las cosas, siempre tan parecido. Es decir: importa aquello que tenemos en común cuando nos sacan la foto de grupo; aquello con lo que, más que menos, podamos identificarnos o identificar a nuestros vecinos si acaso nos creemos tan especiales como para pensar que lo nuestro es diferente. Lo raro, lo excepcional, no tiene cabida en esta novela y eso, creo, es precisamente lo que le da ese algo distintivo. 

En sus primeras visitas ella trajo flores, incienso, velas y servilletas estampadas. Pegó unas estrellas de papel tornasolado y colocó en una estantería dos pequeñas acuarelas (según anunció a Nuestro Hombre, le había dado por volver a pintar). Puso en un vaso con agua un hueso de aguacate del que pronto brotó un vigoroso tallo. Organizó el frigorífico con economía y eficacia: se deshizo de las bolsitas de ketchup y las reemplazó por mostaza francesa, salsas chinas y refinados aceites. Tiró todo lo florecido. Pronto hubo rúcula, tomates cherry, tofu, jengibre fresco y cilantro. Trajo la plancha de su casa y —lo hizo cuando él no estaba, para darle una sorpresa— dobló toda su ropa como si fuera un regalo; arregló el cuartito y encontró, donde no cabía un alfiler, un hueco donde acomodarla. 

Dejo el párrafo anterior no para provocar a las feministas sino como otro ejemplo del estilo. Insisto en la poca importancia que tiene en la novela lo individual. Se trata más bien de describir, de enumerar, de explicarnos a nosotros mismos que somos lo que consumimos; se trata de dar relevancia a todo aquello que marcará la tendencia del grupo que acaba de llegar. Importa lo anodino, lo vulgar, lo aburrido, aquello que en grupo nos difumina y por separado nos hace sentir bien, estar en la onda, aunque obligue a dejarlo todo perdido de tópicos como el anterior, que tiene de real lo que una comedia romántica al uso. En El Público, por ir cerrando algún tema, lo que realmente importa, a lo que se presta más atención, es a todo aquello que hacemos que tiene valor estadístico. El trabajo de Bruno Galindo, lo que mejor hace y por lo que esta novela, vale, en mi opinión, la pena, es convertir los diagramas de flujo en literatura. 

El problema de “El público”, en mi humilde opinión y por no hacer una entrada demasiado babosa, es que se estropea (es un decir) cuando trata de salvar una situación que no pedía ser salvada; cuando obliga al protagonista a convertirse en lo que no hacía falta: un hombre, Nuestro Hombre, metido hasta las orejas en una trama de intriga un poco demasiado hitchckoniana. Voy a decir algo que nunca creí que llegaría a decir, que me horroriza admitir y de lo que espero no tener que retractarme en el futuro: creo que esta novela falla desde el momento en que cae en las redes de la TRAMA. A mí me gustaba mucho leer todo aquello que Galindo me contaba tan bien, incluso esa larga secuencia de enamoramiento tan Up (la película de Pixar) y no veía maldita necesidad de enredarlo todo tanto como se enreda al final, que sin ser para volverse loco, requiere un nivel de interés que yo había perdido en el momento en que había entrado en escena una joven y atractiva millonaria rusa que quería ser puta de barrio madrileña por un día y que tampoco acabé de entender a qué cuernos venía tanta paliza con la muchacha total para lo que acaba pasando, que no es casi nada.

Total, que por aquello de no entrar mucho en detalles y matar la gracia de la novela lo voy a dejar aquí. A los acaban de llegar, bienvenidos al párrafo resumen; al resto: acabo en medio minuto. Que sí, que está bien, que vale; que "El público" arranca estupendamente y progresa adecuadamente hasta que luego, hacia el final, cae en el enredo difícil, quizá buscando ese golpe de efecto que es de esperar llene de elogios desmedidos las fajas de una segunda edición que no llegará nunca. Lo más gracioso es que por lo que yo, personalmente, recordaré esta novela no será por ese final de quedarse boquiabierto (exagero) sino por esa otra primera mitad (algo menos, quizá) tan interesante, adictiva y diferente. Una lectura interesante, en cualquier caso.





miércoles, 25 de julio de 2012

“Mozart” de Gabriela Wiener

Si no fueras tú” -le preguntan en el Proust de Sigueleyendo a Gabriela Wiener- “¿quién te gustaría ser?”. “Hank Moody”, contesta, toda llena de razón. Para los que no estén al corriente: Hank Moody es el protagonista de Californication, una serie interpretada por David Duchovny, a saber, Mulder en Expediente X. Pues bien, en la serie, Moody es un atractivo escritor que se pasa la serie follando, bebiendo y fumando porque follar, beber y fumar es el sumun de la irreverencia en Estados Unidos y estoy viendo que aquí también y así nos va. Y será por ello que Gabriela (que no lo sé, hablo por hablar) se ha hecho un libro a medida de relatos o artículos o una mezcla indistinguible de ambos que, no podía ser de otra manera, tratan de: follar, follar, follar. O no. Mucho sexo. TODO SEXO, en cualquier caso. 

Los articulitos se publicaron aquí y allá. Primero en un libro llamado Sexografías que tuvo mucho éxito (o eso dice) y gracias al cual recibió varias propuestas para hacer más de lo mismo en El País, Primera Línea, Cosas Hombre o la argentina La mujer de mi vida.  Por lo tanto este libro es, tal como advierte Gabriela, “una selección de muchas de esas columnas y reportajes”. Esto se traduce en que yo -que como norma no me leo las columnas de los diarios- ya estoy, en la página 55, hasta los cojones (valga la redundancia) de leer sobre vaginas y pollas y otras cosas del querer, a saber: la de una iguana que tiene dos pollas, penes, perdón; una webcamer que intercambia papeles y ejerce de observadora; un repaso a la sala Bagdad (que me salté casi entera de puro apasionante) o unas entrevistas a una dómina y a un vampiro (de mentirijilla, claro) que le quedaron, en mi opinión, un poco demasiado Serés. Hay muchos más, claro, para aburrir hay, pero tampoco estoy por la labor de resumírselos todos porque en realidad yo en mi tiempo libre me dedico a hacer otras cosas que no son esta. 

Tengo que decir que, independientemente de la sobresaturación temática o precisamente por ella (habrá quien piense que el sexo ahoga la narración), me sorprendió descubrir que a medida que avanzaba en la lectura Gabriela me iba ganando a cada cuento un poco más, de lo que podría deducirse que al final acabé medio encantado sin ser esto ni remotamente así. Digamos que me hubiese gustado leer a Gabriela escribir sobre asuntos menos repetitivos porque entre los amantes de follar en coches o usar vibradores o las pollas pequeñas o los tríos o tirarse a borrachas o probar con viejos o en hoteles o con gente violenta o con el pelo largo o los pies bonitos hay siempre eso que tiene que ver con ponerse cachondo y querer meterla o interiorizarla (a excepción de uno de los artículos, que estaría entre los mejores, que trata precisamente de todo lo contrario), digo que con todo esto se cansa uno un poco de tener que poner cara de sorpresa a cada puto minuto. 

Independientemente de la temática -de la que me voy a abstraer ya completamente durante estos últimos dos minutos de reseña para entregarme a una malintencionada digresión- debo confesar que he descubierto en Gabriela a una más que interesante articulista. Articulista, insisto; ni relatista ni novelista ni cualquier otra ista, al menos de momento o hasta dónde yo sé. Es más, creo que si dirigiese ella la revista Quimera y no su machaca -como ha venido ocurriendo hasta que he tenido esta genial idea- lo más probable es que los artículos fuesen, si no mejores (tengo que suponer que trabajaríamos con la misma materia prima y bueno... uff) sí más dinámicos, más entretenidos o mucho menos afectados por esa estupidez tan del Quimera de ahora, que es un poco de morirse de asco un mes tras otro. Venga, va, ya está, ya se me pasó la tontería. Pues nada, eso, que el librito ni fu ni fa pero que la niña algo mejor. No sé, tengo buenos vibradores. Vibraciones, perdón; tengo buenas vibraciones. Veremos.






martes, 17 de julio de 2012

“Las novelas tontas de ciertas damas novelistas” de George Eliot

Las novelas tontas de ciertas damas novelistas” es un libro que trata exactamente de lo que parece y dura lo que una cerveza (garantizado, esto). 62 páginas, tiene. Aburre entre bastante y mucho porque habla de escritoras de las que ya nadie se acuerda y que me despertaron un interés tal que ni apunté sus nombres. Una locura. Grosso modo George Eliot, que es una mujer seudonomizada, se pone a rajar de sus contemporáneas a quienes considera unas ignorantes, califica de "filósofas de baratillo" y acusa de escribir todas la misma mierda. Lo que vienen siendo novela decimonónica inglesa de mujeres fuertes y pasionales y guapas como guisantes (todos iguales de guapas, quiero decir) que siempre se enamoran del mismo tío. Son mujeres que primero las pasan putas y luego renacen cual ave fénix y pasan a ser la señora de la casa, la envidia de las lurpias y el azote de los corruptos. Hay siempre un cura y mucho valle, mucho campo, mucha siega de agosto. Y bueno… lo que ya todos sabemos. 

A Eliot le parece fatal tanta tontería y sobre todo lo que más le jode, que es un poco lo que nos jode a muchos, es que cualquier simio con un lápiz se ponga a escribir. Estoy exagerando, claro. Bueno no, no lo estoy. Por aquel entonces la mujer acomodada que no tenía que trabajar ni que cambiar pañales podía perder el tiempo en adornar frases y hacer con ellos una novela siempre de amor y sufrimiento y actos expiatorios. Y digo mujeres porque el libro que estoy reseñando va de ello; hombres-jeta dándose al cuento hay unos cuantos también, pero no son el tema, hoy.  

Y ya está, esto es todo. Es que no hay mucho más que decir, la verdad; al fin y al cabo son sesenta páginas miserables que más que a una reseña se prestan a una reflexión que, estando de vacaciones como estoy, me niego a desarrollar. Esto debe ser lo que Eliot escribió un día que la pilló muerta de envidia por el éxito de alguna vecina tonta y se quitó el peso de la inquina a golpe de pluma. Impedimenta cobra por eso unos doce o trece euros, que es a todas luces un despropósito porque no lo valen ni remotamente, por más que uno disfrute enormemente del espectáculo de ver despellejar mediocres.