viernes, 1 de mayo de 2015

Resumen de lecturas ABRIL 2015

Les recuerdo de qué va esto: entre mis numerosas buenas intenciones se encuentra una que tiene que ver con reseñar todo aquello que leo, pero la realidad, especialmente la del último año, se impone y al final uno debe elegir entre leer o escribir. Y qué quieren qué les diga. Quedan muchos libros en el tintero, seguramente demasiados, y de ahí este pequeño resumen que busca enmendar ese pequeño, minúsculo fallo. Esto ha sido abril:



El rey de Donald Barthelme

Donald Barthelme es sinónimo de calidad. [Abro paréntesis para recomendar un recopilatorio de relatos que editó Automática creo que el año pasado. Me lo enviaron, muy amablemente (como tantos otros), pero quedó injustamente sin comentar (como tantos otros). Sufro trastornos de sueño por esto, de ahí el comentario. Cierro paréntesis.] Recuerdo la lectura de este libro (El rey) como algo muy lejano. Si no guardase un pormenorizado registro de mis lecturas podría pensar que pertenece a las del año pasado. No es el caso. Seguro que esto significa algo. Lo que sí recuerdo es que se trata de una divertidísima adaptación de las desventuras de un rey Arturo muy especial pero también es un libro inacabado y aquí no soportamos los libros inacabados ya sean escritos por Barthelme o por Wallace o por Kafka. Esto se traduce en una terrible injusticia que me obliga a tener este libro y El castillo de Kafka, ambos geniales, sin reseñar. Terrible, terrible pero necesario. Quisiéramos enmendarlo pero al no saber cómo lo dejamos estar.



El año del desierto de Pedro Mairal

Esta novela ya tiene reseña y un buen puñado de comentarios. Les dejo el link. Aquí un resumen de lo dicho: «…dicen por ahí que El año del desierto es un rewind de la historia (argentina). Y dicen verdad. Pero es un rewind fallido desde el momento (y lamento insistir) en el que hay que aceptar pulpo como animal de compañía. Estamos muy acostumbrados a buscar y condenar a voz en grito fallos en los guiones cinematográficos y sin embargo no tenemos problema en obviar la inmensa cagada que esta novela, que más allá del divertimento general, ocasional, y la prometedora primera mitad, se limita a construir una ficción a golpe de escenas unidas por un débil hilo argumental que lo mismo se podía haber ahorrado el bueno de Pedro. Total para qué».



El gran misterio de Bow de Israel Zangwill

Otra novela que ya ha sido comentada. En esta ocasión los comentarios han sido más bien pocos. Cuando escribo esto, uno. Ahí es nada. Razón: no me ha disgustado. Y además tiene un porrón de años. Así no se puede. Les dejo un resumen de lo dicho, para no añadir más tristeza a la reseña: «La novela es […] una a-ratos-interminable exposición de hechos, ya que no hay pruebas ni pistas ni nada que invite a creer que el asesino no ha sido una aparición, un ángel del señor hecho carne que, guillette en mano, ha venido a dibujarle una sonrisa carmesí al lindo cadáver. La novela son las ganas de saber qué demonios pasó, cómo fue aquello, cómo pudo ser. Es un encadenar un sospechoso tras otro. La novela es entretenimiento (fundamental, esto) pero también es demasiado corta para ser mucho más y su encanto tiene su origen -más que en lo original del planteamiento o la fuerza de sus argumentos- en la nostalgia de tiempos pasados y cierto sabor a clásico injustamente olvidado que todo arrojado lector salvador de causas perdidas no dudará en rescatar».



new mYnd de Colectivo juan de madre

Reseña en curso. La empecé ayer. Escribí esto: «Ya les he hablado de Colectivo Juan de madre. En su momento les expuse un teoría la mar de plausible que no quisieron ustedes escuchar (o, si escucharon, no quisieron ustedes creer), acerca de los órganos no sexuales que lo constituían y sus aviesas intenciones. Pese a esto, hay quien se empeña en creer que tras Colectivo JdM se oculta nada más que un ser humano llamado Daniel Miñano. Es falso, pero allá ustedes y su ingenuidad. El caso es que esta gente ha escrito otro libro. Este libro. New mYnd». Después me fui a la cama.



La vida equivocada de Luisgé Martín

También hay reseña. Estamos que lo tiramos. Debería publicarla hoy, mañana, pasado… no sé, pronto. Les dejo un fragmentito del comienzo por aquello de darle cierto contenido al post: «Al grano: La vida equivocada suena a repetición. Suena a ya leído no menos de un par de veces. Suena a falta de ideas, o de argumentos; suena a monotema y a runrún de la maquinita de fabricar libros en serie. Suena, también, a exceso de algo, de confianza, por ejemplo»



Distancia de rescate de Samanta Schweblin

De esta no tengo avance. Muy recomendada novela de escritora desconocida. Joven escritora desconocida. Joven argentina escritora desconocida. Miedísimo, en principio. Pero no, muy bien. O sea, bastante bien. Pelín estirada por el centro, la historia es el sinvivir de no saber nunca qué demonios está pasando. Cuando nos vamos enterando, al poco de empezar, la novela ya está a punto de acabar. Es así de cortita. En la novela, que ya destriparé cuando corresponda, hay un mujer y otra mujer y unos niños que dan más miedo que Hacienda, que tienes uno de esos y como poco lo matas. Lo dicho. Ya hablaremos.



Un minuto antes de la oscuridad de Ismael Martínez Biurrun

Otra novela por reseñar. Se me acumula el chollo. Esto va del fin de mundo. Más o menos. En las ciudades todo va a peor. En las urbanizaciones de la periferia, también. Unos tipos vestidos con camisas hawaianas tiene a tutto il mondo acojonado de tan violentos y secuestradores. Esto se traduce en drama humano de seres corrientes defendiendo aldea. Es mucho resumir, esto, y otro tanto interpretar, pero ya entraremos en detalle. Pronto, espero, no se me vaya a olvidar. 



La silla de David Jasso

Descubro hace poco, por casualidad, que David Jasso, de profesión desconocido en mi barrio, va a sacar libro nada menos que en el sello Insomnia de Valdemar. Busco inmediatamente cosillas de este señor (con perdón) por la red y encuentro o me encuentran La silla, que es una novela que tiene una portada que miedo lo que se dice miedo no provoca, si acaso una arcada. Lo edita uno que se ve no ha leído la novela, porque la puta silla no es de madera. A mí estas cosas me joden mucho porque uno se fía de la portada, ve una silla de madera, como las que tiene en el trastero y se la compra, claro, pero luego se encuentra que nada que ver que la silla ni madera ni nada. No soporto esas cosas. ¿Costaba mucho sacarle una foto a otra silla, por el amor de Dios? Si total para perpetrar ese desastre de fotomontaje. Respecto a la novela… bueno, se me ha hecho tarde. Ya les contaré.



Cenital de Emilio Bueso

Lo que más me gusta de Cenital es el estado de tensión permanente en el que mantiene al pobre lector: la tensión de pasarte toda la puta novela esperando que ocurra algo. Bueso inaugura el género de ciencia aflicción pasivo-agresiva. Uno sabe que los acontecimientos, terribles ellos, irán a peor pese a que en la novela no acabe de verse movimiento alguno. ¿Dónde está el truco, entonces? ¿Por qué no se muere uno de aburrimiento? Yo se lo explico. Pero no ahora. En la reseña, mejor. Denme unos días.



* * * * * * 



Cuando escribo estas líneas tengo entre manos dos novelas y una colección de relatos. A saber:

* La suma de los ceros, de Eduardo Rabasa, (pepitas de calabaza) una sátira política francamente divertida. Pese a no haber leído más que cincuenta páginas, está resultando una de las sorpresas del año. Crucen los dedos, yo lo hago.

* El protegido de Pablo Aranda (Malpaso), es una novela policíaca (prometen) adictiva. Ya veremos. Le ha costado un poco arrancar, pero ahora parece que mejora. No hay como que pasen cosas.

* Pruebas de lo equivocados que estamos siempre de Miguel Guerrero (Ediciones del hombre cohete) un libro del que apenas he leído tres microrrelatos y sobre el que todavía no tengo opinión. Mi sentido arácnido tampoco dice nada.

 


FIN.


(Miento. Había un anexo, pero se me ha hecho tarde y el anexo largo y casi mejor lo dejamos para otro día y así lo dedicamos a hablar de novedades y cosas que están por venir).

lunes, 27 de abril de 2015

“El gran misterio de Bow” de Israel Zangwill

«¿Israel Zangwill? ¿Quién demonios es Israel Zangwill?».

Esto me lo pregunto cuando empiezo a ver uno, dos, tres, cuatro y hasta cinco seres humanos sin más relación que yo mismo y mis circunstancias recomendar este libro, este desconocido libro, de este autor, este desconocido autor. Busco: Zangwill, Israel. Dejen que se lo ahorre: encuentro: que no es nadie. Casi nadie. Tres obras tres a lo largo de su inglesa vida de fin de siglo XIX. Tres obras tres que dice la wiki que fueron betsellers. Aquí tenemos miedo a los betsellers pero Zangwill es lo bastante feo y está lo bastante enmohecido como para igualmente resultar interesante. Miren, vean cómo nos frotamos las patitas.

Lo leemos, su libro. Lo buscamos, claro, primero, (benditas bibliotecas) y lo leemos casi inmediatamente. Y no coincidimos, casi nunca lo hacemos, con el entusiasmo general pero reconocemos que lo hemos pasado bien, suficientemente bien. Ha sido rápido y nada doloroso. Lo bueno si breve...

Edita Ardicia, por cierto. ¿Nos gusta ardicia? Ni idea. Creemos que, ahora, sí, pero no estamos seguros. Mirándoles el catálogo les vemos poquitos libros, algunos muy viejos. Eso nos gusta. Lo viejo, dijo, nos gusta. Los escritores muertos, los libros antiguos, ñam, ñan. Pero: nos preguntamos si es una de esas editoriales que recogen la mierdecilla que rechazan los demás o si son realmente cazadores de tesoros, ojos avizores. Ya nos iremos enterando. Supongo.

Me estoy liando con chorradas. Al libro.

En el distrito de Bow, el barrio de Bow, en Londres, hay una linda casita y en la linda casita una dulce viuda y en la dulce viuda un tierno corazón de casera que alberga dos inquilinos:

«La señora Drabdump era viuda. Las viudas no nacen, sino que se hacen; de otro modo uno habría imaginado que la señora Drabdump siempre lo había sido. La naturaleza le había dado esa figura alta y enjuta y ese rostro pálido y alargado, de labios estrechos, mirada dura y peinado dolorosamente tieso que se asocian siempre a la viudez en la clase baja. Solo en los círculos sociales más altos las mujeres pueden perder a sus maridos y seguir siendo encantadoras».

Digamos que los inquilinos son, imaginando que los nombres les traerán si cuidado, Uno y Otro. Por ejemplo. Un día, muy temprano, Otro se va a trabajar mientras Uno sigue durmiendo porque es de mejor cuna y no necesita darse los madrugones de Otro. Con todo, la viudita, que se ha quedado dormida toda ella, intenta despertarlo a base de golpes en las puertas. Uno no responde. Ella hace el té. Espera. Insiste. Uno, ni caso. Asustada (miedos de viudas) va corriendo a avisar a su vecino, un viejo y lauredado detective ahora retirado y recien despertado. Venga, venga. Voy, voy. Llegan, llaman, son ignorados. Echan la puerta, que está cerrada por dentro, abajo. Sobre la cama, Uno. El cadáver de Uno. Gritos y tal. Fin del capítulo. Del capítulo uno.

Esto se publicó por entregas. Fue un éxito arrollador, dicen. El autor, un tipo la mar de simpático, cuenta, al final del libro, que estuvo recibiendo cartas durante todo el tiempo que duró la publicación del libro (son trece capítulos, si no recuerdo mal); cartas en las que los lectores hacían cábalas sobre la identidad del asesino: puede ser este, otro, Otro o el de más allá. Cuenta el autor que no acertó ni el gato. Nada, cero. Igualito que en Twin Peaks, que si no lo ves no lo crees. Y hete aquí la razón del éxito, supongo.

Es decir: habitación cerrada por dentro, a cal y canto todita ella y señor en cama degollado. Misterio de “cuarto cerrado”, pues, eso tan teatral que tanto nos gusta y que hace siempre nuestras delicias. Tiene de especial también que Borges la mencionó nosécuándo, que es mucho más de los nos va a pasar a muchos.

La novela es fundamentalmente humor y togas; humor elegante, inglés, del que se desliza sin querer queriendo entre la líneas del texto. La novela está plagada de personajes que tantos años de plagios y teleseries condenan ahora a caer en el tópico: que si el detective retirado, el sospechoso de irritantes muecas culpables que ya suponemos en el fondo inocente, la novia del sospechoso, el poeta sin capital y su permanente búsqueda de la belleza, la novia del poeta, la otra novia del poeta, el zapatero, la mujer del zapatero, el policía, el juez, los abogados, el jurado… 

«Sin duda, el humor abunda demasiado. Las novelas de misterio deben ser sobrias y formales. Debería predominar en ellas una atmósfera de terror y asombro, como la que Poe consigue crear. El humor es una salida de tono; resultaría más artístico mantener una nota sombría en su lugar. Pero en aquella época yo era realista, y en la vida real los misterios ocurren a personas reales, con sus peculiares sentidos del humor, y las circunstancias más intrigantes son susceptibles de mezclarse con otras más cómicas». (Nota del autor)

La novela es la investigación, también. En realidad es más una a-ratos-interminable exposición de hechos, ya que no hay pruebas ni pistas ni nada que invite a creer que el asesino no ha sido una aparición, un ángel del señor hecho carne que, guillette en mano, ha venido a dibujarle una sonrisa carmesí al lindo cadáver. La novela son las ganas de saber qué demonios pasó, cómo fue aquello, cómo pudo ser. Es un encadenar un sospechoso tras otro. La novela es entretenimiento (fundamental, esto) pero también es demasiado corta para ser mucho más y su encanto tiene su origen -más que en lo original del planteamiento o la fuerza de sus argumentos- en la nostalgia de tiempos pasados y cierto sabor a clásico injustamente olvidado que todo arrojado lector salvador de causas perdidas no dudará en rescatar.


lunes, 20 de abril de 2015

“Técnicas de iluminación” de Eloy Tizón [o esa espinita]

Dejen que les hable de una espinita. Pero no ahora. Tengan paciencia; denme unos minutos. Lo primero es lo primero.

De todos los relatos incluidos en este recopilatorio hay uno que me gusta especialmente. Entiéndanme: lo que quiero decir cuando digo que me gusta especialmente es que “me gusta” especialmente. Me gusta, ¿lo pillán?: me gusta. Es un matiz sutil.

Las cartas sobre la mesa: les habla un lector lleno de prejuicios. Pero también un lector que está, por lo general, más que dispuesto a enfrentarse a un libro que no las tiene todas consigo o que no las quiere todas conmigo. Y esto pese a que se supone que uno se pone los calzoncillos que le gustan, los calcetines que le gustan y el jersey que le regaló su madre en Navidad. Es de cajón que uno tiende a elegir, también, los libros que cree que le van a gustar. Se supone, digo. El objetivo no otro que leerlos, disfrutarlos, terminarlos; decir: gran libro. Decirlo así, sí: gran libro. O CALLAR. Marcharse a casa, hacer la cena a los niños y dormir como un lirón mientras la crítica salvaje (¡gran libro!) se hace sedimento en la red (o, si hemos optado por el silencio administrativo, cae al suelo alfombrado del salón). 

Hablo de esa crítica. La de decir ¡bien! y orgasmar en público inmediatamente después. O decir pichí-pichí con gran respeto y solemnidad. Reconocer que, bueno, tal vez, tal vez, TAAAL VEEEZ, el autor no esté pasando por su mejor momento. O nosotros, que no tenemos el día, que es una disculpa que también se da mucho.

Asquísimo.

Yo no sé a qué imbécil se le ha ocurrido que de algo así no se puede hacer mofa. 

Aquí no nos importa decir NO. Esm ás, lo confesamos sin asomo de rubor: nos pone un poquito bastante decir NO toda vez que no buscamos prosperar: no queremos escribir, publicar, conocer agentes, recoger firmas, interactuar con letrados, robar lápices en el ikea, asistir a presentaciones literarias. Aquí solo queremos pasarlo bien y de vez en cuando buscar alguna excusa para sacar la mala hostia.

Y Eloy Tizón es, para esto, simplemente PERFECTO.

Vayamos al libro. Decía más arriba que de todos los relatos hay uno que me llama especialmente la atención. Se trata de Alrededor de la boda. Voy a centrar la reseña en ese cuento por motivos harto evidentes: porque sí y porque también (lo de la mala hostia y tal) y para compensar tanta crítica vaga, entusiasta o directamente complaciente. Les voy a contar, con cierto lujo de detalle, a qué he dedicado diez miserables minutos de mi vida, minutos que nunca podré recuperar, dicho sea de paso. 

No pierdan de vista la bolita.

En Alrededor de una boda, una joven invita a su boda a tres sorprendidos amigos con los que apenas sí ha cruzado media palabra en tantos y tantos años de estudios universitarios. Ellos dicen sí. Total qué más da. «¿Asistir a la boda de una desconocida?, pensó Rodrigo. ¿Y por qué no?, pensó Mario. Aquel fin de semana quedaba todavía lejos y no teníamos nada mejor que hacer, pensó Samuel».

Con tanto pensamiento, el relato promete. No me digan, menudas cargas de profundidad. De hecho es lo único que hace: prometer. Todo el relato es uno esperando que ocurra algo. Me refiero a algo que no sea lo que todos sabemos de las bodas, porque otra cosa no, pero tópicos… todos y más. Ahora, ideas: cero.

«Como no conocemos a nadie y nadie nos conoce a nosotros, nos colocan en la mesa de los solteros, rodeados de solteros y solteras.»
«Y los dos estaban enamorados y se alejaban flotando hacia el futuro y la vida en común envueltos en el aroma desfalleciente de las flores, los centros de mesa, las botellas de champán, el humo de las velas y la marihuana fumada y toda la música tristísima de los altavoces, esa música de boda, ni buena ni mala, pero con algo hueco y horrible, capaz de arañarte el corazón y hacerte sangrar al menor descuido».
«Un niño en forma de pera, muerto de sueño, se quedó dormido en su silla, desmadejado contra el respaldo, y una anciana leñosa, como hecha toda ella de arpillera y varillas de paraguas, lo señaló con el índice y exclamó: Inocente».
«El champán seguía corriendo alegremente, los músicos continuaban tocando igual que si peleasen» 

Podría poner doscientas citas más, una por párrafo y serían toditas igual de interesantes. Las citas de Eloy Tizón tienen algo especial, algo que las hace inconfundibles: demuestran un extraordinario conocimiento del alma humana y tienen un maravilloso efecto narcótico.

El relato sigue. Eloy se demuestra incansable. El lector, inconsolable, se retuerce (alguno incluso de placer, que hay gente para todo). Los chicos, la boda, los bailes, las lágrimas de despedida, los aplausos, los borrachos. TODO. Las chicas, etiquetadas solteras de boda y sus atardeceres, también:

«Y las chicas protestaron y tenían tanto frío debajo de sus vestidos escasos sujetos con tirantes que sin ponemos de acuerdo los tres amigos nos quitamos las chaquetas al unísono y se las pusimos como galanes anticuados sobre los hombros desnudos, así las arropamos».
«Así termina la boda de nuestra amiga Sofía en Múdela, cuando los seis permanecemos un rato inmóviles saboreando el instante, la respiración del mundo, el silencio sin fisuras, tan solo un grillo a lo lejos». 

Y ya está. Eso es todo. No me dejo nada. No he descubierto nada. No hay NADA.


MODO PUBLICIDAD ON

Desde el martes y hasta finales de junio Eloy Tizón impartirá un curso de relato breve en Hotel Kafka. 30 horas, 450 euros. Vayan ustedes. Aprendan del maestro. Escriban su propio relato sobre el bautizo de su sobrino o el cumpleaños de tu hermanito en el parque de bolas de la esquina. Revienten la taquilla. 

MODO PUBLICIDAD OFF


El recopilatorio se compone de diez relatos. Este es casi el mejor. El menos forzado, seguro (el resto es Tizón haciendo posturitas y sobre él cabría hacer otra reseña pero malditas las ganas). Es un relato que les costará olvidar. Ustedes terminarán el libro y el cuento sobre la boda de Sofía seguirá ahí, imperturbable, cual monolito. Ustedes cenarán y dormirán doce mil veces, conocerán a su futura pareja, se casarán, tendrán hijos, nietos, serán testigos de huracanes, tifones, crisis económicas, hambrunas, seis cambios de papa, conocerán y olvidarán el nombre de ochocientos cuarenta y tres ministros, comerán bizcochitos a escondidas, enterrarán cuatro gatos y dos perros… harán, en definitiva, todo lo que hay que hacer (alguno incluso sin perder la compostura) pero todos sus esfuerzos serán en vano porque el cuento de la boda de Sofía seguirá ahí, recordándoles que, a día de hoy y probablemente mañana también, Eloy Tizón es y seguirá siendo considerado por la crítica, por sus colegas, por sus lectores por completos desconocidos y por su prima de Teruel, que lo ha visto crecer, como uno de los mejores escritores de su generación. 

Y ustedes no.

Esa espinita.