jueves, 25 de abril de 2013

De Quimeras, Nocillas y otras plantas trepadoras

Hace aproximadamente un año -concretamente el seis de mayo de 2012- Iván Humanes publicó en su blog una entrevista a Juan Vico con motivo de la publicación de su primera novela, Hobo. Anunciaba también que el día 10 de ese mismo mes, el libro sería presentado en La Central del Raval por Fernando Clemot y Ginés S. Cutillas. Hasta aquí todo bastante mediocre, toda vez que los mencionados son unos seres humanos tirando a  desconocidos. Pero, he aquí que Fernando Clemot, Gines S. Cutillas, Juan Vico e Iván Humanes son, ahora, ya, en este momento, cuatro de los seis colaboradores de la nueva etapa de la revista QUIMERA que arranca en el mes de mayo. Haberemus (si no las habemus ya) amiguismos y mamadas a cascoporro, ya verán. 

Pero -¡orjanisasión!- vayamos por orden.  


La Nocilla herida por el rayo 

Pues resulta que a Jaime Rodríguez Z, que hasta ayer había sido director de la revista Quimera, le han dado dos señoras patadas: una en el culo (de patitas a la calle, lo han dejado) y otra en los huevos (fruto inmediato de una traición). Esto de ahora es un relato de los haceres y quereres de un par de seres humanos, a la sazón editores o escritores o arribistas culturales, pero en cualquier caso amigos y colaboradores, en las 24 horas siguientes al primero de los dos acontecimientos literarios del semestre: 

El miércoles 17, Jaime Rodriguez Z. anuncia en Facebook que ha sido fulminantemente destituido como director de Quimera. Dice que no sabía nada, angelito, aunque la cosa iba fatal; que el editor, Miguel Riera, le contó que estaba pensando cerrar la revista porque trabajaba a pérdida. Esto hace semanas. Hace días, Clemot, Fernando Clemot, anuncia que toma las riendas de la revista y hace pública la composición del nuevo equipo. (Ya llegaremos a eso.) Jaime, estupefacto, habla con Clemot pero Clemot no habla con Jaime y la cosa acaba en monólogo. Conclusión: todo el mundo pasa de Jaime, por lo que Jaime, herido, mete entre las piernas el rabo y se lanza al Facebook en busca consuelo, que para sentirse querido es un sitio ideal de la muerte. 

La respuesta es inmediata. Y masiva. ¡Todos quieren a Jaime! ¡Jordi Carrión (excodirector) quiere a Jaime, y Juan Trejo (excodirector) también, y Ernesto Castro y Luis Gámez y Vicente Luis Mora y Marc García (éste, muchísimo) y Manuel Vilas y…! bueno, en fin, media España quiere a Jaime. La media España de siempre, se entiende. Es una lástima que siendo tan majo, Jaime, no haya sido también mejor profesional. Me explico: hay en todo esto, un algo muy curioso: todos sus amigos, esos que lo apoyan incondicionalmente y le recuerdan lo grande que es, lo mucho que ha hecho, la increíble labor de estos últimos siete años (siete años, ya) no será olvidada, parecen no tener en cuenta que la revista pasa (o eso dicen, que habría que verlo) por una complicada situación económica. (Que ya tiene cojones, que una revista literaria que no paga por las colaboraciones no sea capaz de generar ingresos.) Si eso es así -vamos a suponer que sí- será porque hay alguien aquí que últimamente lo habrá estado haciendo como el culo, y el editor (un cobarde, un canalla y un impresentable, sí), que ha sido capaz de tener trabajando gratis durante años a un montón de gente con el cuento de hacerles el currículum, no puede ser el único culpable. 

Luego está Espigado, que es como un caso aparte. 


Espigado como caso aparte

Lo de Miguel Espigado no es normal. Ya lloró lo suyo cuando le dijeron no podía jugar en Diario Kafka y ahora vuelve a las andadas. Por el amor de Dios, que alguien abrace a este chico. 

Pero no hagamos sangre -bastante tiene con lo suyo-. Ahora bien, tampoco dejemos pasar un par de cosas interesantes que dice en un post de su blog. 

Lo primero es felicitarlo. Se ha hecho un hombre. Ha descubierto (un poco porque se lo han soplado, no se crean) que no se debe trabajar sin cobrar para un empresario, sobre todo si éste ha demostrado ser un canalla y un ladrón tanto en el pasado como en el presente. Aplauso. Cuesta creer que hubiese gente que todavía no lo sabía, pero así es. Lo bueno es que los tenemos localizados: trabaja(ba)n casi todos en Quimera. A Espigado, como a los demás, les hacía ilusión verse cada mes en la revista. “Qué coño, nos hacía ilusión ver nuestros textos en letra impresa; buscábamos méritos para el currículum profesional; queríamos visibilidad y promoción como escritores o críticos; sentíamos que el prestigio heredado de Quimera nos daba cierta pertenencia a la familia literaria española.” Ahora, si me perdonan un segundo, me voy a partir el culo de risa en la intimidad. 

Tiene gracia que todos estos se quejen ahora que ya no están ahí para seguir haciendo el memo, con perdón. Durante años el prestigio, la visibilidad, la promoción, los méritos y sobre todo el halo de estupidez consustancial que acompaña siempre al crítico literario y al colaborador ocasional, eran suficiente recompensa. Ahora que están en la calle, no. Ahora resulta que han sido engañados, como si fuesen críos durante una pataleta. Niños, niñas, colaboradores de Quimera, es mejor que lo sepáis: el Ratoncito Pérez no existe. 

La otra cosa interesante (y ya vamos llegando al fondo de la cuestión) que dice Espigado no la dice Espigado (esto es lo mejor) sino Clemot. Es un fragmento de la respuesta que da el segundo a las preguntas que le formula el primero: “[...] ¿qué hicieron los antiguos directores de la revista con los colaboradores de la otra etapa, la anterior a la anterior? ¿Les escribieron? ¿Les dijeron algo? Tengo testimonios si quieres y muchos. Te pueden interesar ya que buscas contrastar. Porque buscas eso, ¿no?” 

A Espigado esto le da igual, al fin y al cabo no le falta razón cuando dice que él no tiene la culpa de aquello, pero no hubiese estado de más, al ver las barbas de tus vecinos cortar y aun habiendo pasado más de seis años, poner las tuyas a remojar o haberlas puestos ya en su momento. Decía que a Espigado le da igual, pero a mí, no. 


Y a partir de aquí, todo suposiciones. 

Por el comentario anterior Clemot parece estar muy bien informado. Sí, ya sabemos que en este mundillo no hay secreto que valga, pero hay en su forma de hablar un deje, un asomo de rencor solidario que no parece encajar con la imagen de independencia que debería dar el gran jefe indio de la nueva directiva de Quimera. 

Hagamos un poco de historia. Antes de que Jordi Carrión, Juan Trejo y Jaime Rodriguez Z. se hiciesen con las riendas de Quimera, la revista estaba dirigida por Fernando Valls (en la foto). A mí todo esto me pilla de oídas, pero piensa mal y acertarás. Pues bien, aquello, dicen, fue un golpe de estado muy similar a este: se cortó (Miguel Riera, cortó) la cabeza de quien decían que había hecho grande la revista (Valls), se arrancó la raíz seca (colaboradores) e inmediatamente después se plantó el combinado de leche, cacao, avellanas y azúcar por todos conocido y se dejó al aire para que le diese el sol. Se quemó, claro. 

Y es más o menos por aquí cuando se me enciende la lucecita (que es como un diablillo que descansa sobre mi hombro y que me sopla indecencias al oído) y, bendito Google, voy haciendo sumas y restas y doy con lo que parece una buena relación entre Valls y Clemot que me da que pensar o cuando menos explica este silencio con pinta de Acto de Venganza Tardío. Un ejemplo: seguramente Valls anuncia en su blog el nuevo libro de Clemot porque le parece un joven prometedor y no porque lo conozca personalmente, trabaje con él y/o sea su amigo. He aquí un fragmento de una entrevista que Juan Luis Tapia le hace para el diario Ideal de Granada: “Nocilla fue una mera operación de medro a cargo de vendedores de humo disfrazados de vanguardistas... Sí hay, en cambio, otros narradores españoles nuevos de gran interés, como Andrés Neuman, Berta Vias Mahou, Ricardo Menéndez Salmón, Isaac Rosa, Pilar Adón, Elvira Navarro, Fernando Clemot o Ignacio Ferrando, por solo citar unos pocos nombres.” Estamos en lo de siempre: qué bueno es este chico y qué suerte que sea mi amigo. 

Respecto a la banda de Clemot, ¿qué decir? Los amigos están para las ocasiones. No parece el modo más profesional de trabajar pero la impresión es que, tal como decía cierto cuentista, esto va por manadas. Lo que aquí ha ocurrido es lo que ocurre siempre: la manada C ha expulsado a la manada Z de la charca del señor R, que es un señor que debe estar encantado con este permanente ir y venir de manadas y mamadas

Y es de esperar, Clemot querido, que a tu manada se la coma, de aquí a equis años, otra, quizá un grupúsculo literario a día de hoy demasiado joven y estúpido pero en vías de formación y posicionamiento. Y no miro para nadie. Yo, si fuese tú, iría preparando, ya, el discurso de despedida para cuando toque buscar consuelo en la red social de turno. En cualquier caso, mi más sincera enhorabuena.


martes, 23 de abril de 2013

Epitafio a Diario Kafka (breve nota de urgencia)

¿Qué ese silencio que pesa sobre Diario Kafka?, me preguntas mientras clavas en mi pupula tu pupila azul. ¿Qué secreto inconfesable -y a todas luces evidente- es ese del que nadie habla y por qué demonios parece anticipar un desastre de proporciones líricas? Yo te lo digo, amor: Diario Kafka echa el cierre. O eso creo. 

El 20 de noviembre de 2012 escribí, en este blog, lo siguiente: El 19 de noviembre [2012] nace Diario Kafka, el único suplemento cultural que depende de sí mismo y de sus circunstancias y en el que, para variar, no están los de siempre (no todos, al menos). Sé que cuesta imaginar un proyecto digital con esperanzas de futuro que no haya sido planeado tomando unos chupitos a la puerta de un colegio, pero aquí está. (Bueno, quizá esta frase no sea muy acertada en su totalidad.)” 

5 meses, nada más, hace de aquello. Era prometedor, ciertamente. Un suplemento cultural independiente, organizado por profesionales del medio y con capacidad para reírse de sí mismo. Lo tenía todo. O casi todo. Les falló, supongo, un plan de viabilidad algo más realista o quizá les sobró el habitual exceso de confianza. 

Hoy entro en DK y sólo veo el desierto de los centros comerciales abandonados. Los blogs ya no se actualizan, a excepción de Lector Mal-herido y quizá alguno más de todos los que no consulto (ni, confieso, he consultado); las grandes firmas brillan por su ausencia: ya ni Reig, ni Orejudo, ni Máximo Pradera. Ya ni El Tato. Las semanas temáticas son cosa del pasado. Ahora se lleva fingir, disimular, preparar la carta de ajuste; hacer mutis en el foro hasta que llegue el momento de hacer pública la noticia. 

Sí, o mucho me equivoco o Diario Kafka ha muerto. Lo de ahora son, pues, nada más que estertores. Ojalá no; ojalá sean imaginaciones mías, pero lo dudo, sinceramente. Hay señales en el cielo y cotilleos, sobre todo, cotilleos. 

Hablando en serio: se dice se cuenta se rumorea (se hace mucho más que esto, en realidad) que el día 29 será el último que Diario Kafka publique algo, lo que sea. Después de eso, nada; después de eso sólo quedará el recuerdo de un proyecto fracasado de un suplemento cultural que prometía cambiar el aburrido panorama actual. Lamento profundamente (todo lo profundamente que se puede lamentar este tipo de cosas, que tampoco es que me vaya la vida en ello) que esto tenga que acabar y sobre todo lamento que el esfuerzo y la ilusión –notables, qué duda cabe- y la valiente iniciativa de este pequeño grupo de escritores, acabe de este modo. Porque otra cosa puede que no, pero ganas y valor le echaron a paladas. Y buen gusto, eso por descontado.


Por lo demás, feliz Día del Libro. Y que siga la fiesta.


lunes, 22 de abril de 2013

“Stoner” de John Williams

Conozco cinco portadas de este libro: dos de la edición española, una de la versión digital y otras dos extranjeras. Me quedo con esta de la foto y me niego, en rotundo, a pegar en este mi blog la imagen de la traducción que leí, que fue precisamente la publicada por Baile del Sol (cuya primera edición es, con diferencia, una de las portadas más feas que yo he visto nunca). Algunos editores parece que se estén buscando la ruina. No puede ser que una novela como esta espante, por culpa de su grafismo, a tantos potenciales lectores.

Stoner es una de esas novelas en la se parece que no ocurre absolutamente nada seguramente porque la vida, y no un hecho concreto, es el tema central –y único- de la novela. El protagonista es un tipo aburrido, anodino, vulgar, probablemente feo, desarreglado y tímido llamado Stoner. Pero lo grande de Stoner -la novela, no el personaje- es el reto que supone para el crítico convencer a su querido publico acerca de lo conveniente de leerla. 

Digo esto porque leer Stoner es casi un acto de fe. Así de simple y así de complicado. No me siento capaz de decirles qué es lo que me gusta tanto de la novela porque me gusta todo. Me gusta lo simple de la historia (si acaso el relato de una vida puede considerarse simple); me gusta la idea de poder ser un héroe a pequeña escala; me gusta incluso algo tan tonto como la forma que tiene Stoner de trabajar; las razones que le llevan a hacer lo que hace, pero sobre todo me gusta, de la novela, la serenidad que da la lectura. Hacía mucho tiempo que no me sentaba en un sillón y me metía en una historia tanto como me metí en esta durante los dos o tres días que me llevó leerla.  

Les cuento de qué va, si quieren, por aquello de llenar este espacio de palabras y romper un poco con el tono new age que está tomando lo que debería ser una reseña. 

Stoner nace, crece y se desarrolla en una granja miserable cerca de un pueblo también miserable llamado Booneville, en Missouri. Trabaja el campo y un día sus padres hacen el típico esfuerzo de padres pobres y miserables y lo manda a estudiar a la universidad. Para ganarse el pan ha de trabajar para sus tíos que lo hospedan a cambio de sangre, sudor y lágrimas. Hasta aquí bastante normal, teniendo en cuenta el lugar y la época. Estudia agricultura, por aquello de sacarle partido a la tierra que ha de heredar. El sentido práctico de la cosas. Pero Stoner descubre la literatura y sin decir nada a sus papis se matricula en esa carrera mientras ruega a dios que no se enteren antes de que la termine. 

Entro en tanto detalle porque es importante que tengan en cuenta que este será uno de los gestos más atrevidos que Stoner lleve a cabo en su vida. O casi. A partir de aquí, lo habitual: teniéndolo siempre presente como un tipo aburrido véanlo estudiar, matricularse, dar clases, conseguir un puesto fijo, casarse con una histérica, odiar a la histérica, aguantarla a pesar de todo, mojar un día y tener la suerte de dejarla embarazada. La hija de Stoner hace evidente la faltita que tenía el buen hombre de amar, pero hete aquí que la bruja loca en que se ha convertido su mujer le hace la vida imposible, un poco por su culpa, otro poco no, porque nuestro héroe, como buen héroe, es de una imperfeción palpable: 
El había sido incapaz de aportarle ningún sentido a su historia en común, a su matrimonio. Así que ella tenía razón al aprovechar cualquier satisfacción que pudiera encontrar en intereses que no tenían nada que ver con él y tomar caminos que él no podía seguir. 
Mentí más arriba cuando dije que no sabría qué destacar de la novela. Lo cierto es que hay algo que me gusta especialmente. Se trata de la importancia que tienen aquí los detalles, porque lo cierto es que Stoner no es la aburrida historia de un hombre vulgar sino todos aquellos detalles insignificantes que hace que un hombre vulgar puede ser un héroe para quien sabe mirar con los ojos de mirar a las personas y no las piedras. El mérito de John Williams está, en mi humilde opinión, en esa capacidad para hacernos entender que una vida de mierda pueda ser apasionante en la medida que las vidas de mierda pueden ser apasionantes y de hacerlo mucho más que bonito: hacerlo casi perfecto. 

Ella era, él lo sabía —y lo había sabido muy pronto, suponía— una de aquellas personas extrañas y siempre encantadoras cuya naturaleza moral era tan delicada que debía alimentarse y cuidarse para que pudiera ser completa. Ajena al mundo, tenía que vivir donde no estuviera en casa; ávida de ternura y calma, tenía que alimentarse de indiferencia, insensibilidad y ruido. Era una naturaleza que, incluso en escenarios extraños y hostiles donde tuviera que vivir, no tenía la fiereza para repeler las fuerzas brutales que se le oponían y sólo podía retirarse a una quietud en la que sentirse desolada y pequeña y estar tranquilamente callada.