martes, 16 de abril de 2013

“La hora violeta” de Sergio del Molino

Libros para escritores, para editores, para inútiles; libros para embarazadas, para amantes de la naturaleza, libros para indignados… Literatura para un público determinado. Literatura para la que no vale cualquiera. Si hubiera que etiquetar La hora violeta tendría que ser como Literatura de la Compasión. 

Me explico: estas memorias -(con)fusión de ensayo y novela- narran un hecho real: la muerte por leucemia de Pablo, el hijo del escritor, antes de cumplir los dos años. La terminé hace unos días y todavía hoy me parece indecente hacer lo que estoy haciendo, es decir, escribiendo esta reseña y llamando a Pablo por su nombre. Por más que no esté en mi ánimo molestar, no puedo evitar tener la falsa impresión de estar inmiscuyéndome en un asunto privado. Digo “falsa” porque desde el momento en que Sergio saca el libro a la calle, ya es asunto mío. Mío y de todos los demás, de los que lo leen y los que no. 

No acabo de entender las razones para escribir este tipo de libros. Creo saber por qué lo hace Sergio y me parece a la vez lógico e insensato. Se trata de algo tan simple como utilizar la escritura como una excusa para no perder el contacto con el objeto de la misma; como una carta que nunca llegará a su destino: “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir, pero al que tengo que poner punto y final. No sé qué haré sin estas páginas. Tras esta hora violeta no me espera ningún baile. No quiero ir a ningún lugar en el que no estés tú”. También como el grito agotado de un padre. 

A partir de aquí, ninguna certeza. Sergio tiene razón en el artículo que publica en su blog ("¿Por qué escribo lo que escribo?"): no me competen las razones que tiene para escribir su libro; me competen mis razones para leerlo. Ni siquiera las razones para editarlo son cuestionables: se edita para aquellos que, tal como he hecho yo, quieren leer este tipo de cosas. La pregunta, pues, es: ¿por qué abro, empiezo y termino un libro de estas características? Honestamente, no lo sé, pero lo hago. Lo abro, lo empiezo y no quiero dejarlo. No es que no pueda (nada más apetecible, en realidad) sino que no quiero; me resisto a ello, como si abandonarlo por la mitad fuese una falta de respeto hacia quien llora sobre mi hombro de lector anónimo. Soy una palmadita en la espalda de Sergio.

* * * * * * * * * * 

Advertencia: soy la reacción natural de una lectura. Mi sentido crítico campa a sus anchas hoy más que nunca. 

Mi experiencia personal con La hora violeta ha sido un completo desastre. Yo no soy objetivo, soy padre. Hay momentos, instantes, secuencias, que son, literalmente, intolerables. Prueben a imaginarse un niño pequeño; un niño muy pequeño. Pónganle un nombre. Llámenle Pablo. Pablo tiene diez o doce meses y una fiebre que sólo se puede bajar aplicando sobre su cuerpo desnudo gasas empapadas en agua fría: 

“Suena fácil, pero el contacto de la tela hiere a Pablo, que grita como si le clavásemos cuchillos. Llora sin consuelo posible. No hay brazos ni caricias que lo calmen, y a veces tiembla. De frío, de fiebre o ambos. Pasa una desesperada media hora hasta que conseguimos que la temperatura baje de treinta y ocho grados. Pablo descansa y se duerme, pero no tardaremos en torturarle de nuevo. El termómetro volverá a subir en un par de horas, la medicina no funcionará, y tendremos que recurrir otra vez a los medios físicos. Una y otra vez, una y otra vez cada pocas horas. Y Pablo no se va a acostumbrar. Cada nueva sesión va a ser tan extenuante como al primera. Los mismos llantos, la misma desesperación, el mismo ceño fruncido y la misma súplica que no atendemos. Y aunque, desde ese momento, Pablo aprenderá que no le vamos a rescatar de la tortura de los médicos, nunca perderá la esperanza y siempre reclamará nuestros brazos salvadores. Por más que se sepa que no a encontrar refugio en ellos hasta que los torturadores acaben su trabajo.” 

Esto así doscientas putas páginas no hay quien lo aguante si no es bajo el efecto de las drogas, las cosas como son. Afortunadamente (no sé para quién) hay oasis: los oasis de esperanza de unos padres entonces ignorantes de lo que vendrá. En cualquier caso da igual, esto no es un diario y nada de lo que ocurre puede ser compensado del mismo modo que nada de lo ocurrirá podrá ser evitado. No hay nada a lo que aferrarse. 

La hora violeta es un libro completamente inútil para todos los que no sean Sergio o su mujer o su familia, pero fundamentalmente sólo es útil para quien lo ha escrito, para quien necesita escribirlo. Es un libro inútil que sirve única y exclusivamente a los intereses particulares de Sergio. Para los que no somos él no nos sirve absolutamente para NADA, si acaso para lagrimear; para sentirnos afortunados; para tener una media más real de las cosas; para relativizar que tu hija amenace con romperse por la mitad haciendo el pino o se empeñe en frenar la bicicleta con los pies; para relativizar todo lo demás, también. Para no volver a olvidarte, en la puta vida, el beso de buenas noches a tu hija antes de meterte en tu cama de tío con suerte. Así de inútil es este puto libro de Sergio del Molino. Así, o más. 

Aquí no hay juicio que valga. No se puede juzgar lo que no se comprende. Aquí lo que hay es un padre que ha perdido un hijo y un lector que difícilmente conseguirá ponerse en su lugar. Y malditas las ganas. Este libro es el dolor de Sergio, un dolor común en la medida que puede ser común el dolor de todos los padres que se encuentren en la misma situación. En mi opinión, la decisión de publicarlo sólo puede ser entendida como la necesidad del escritor de compartir un grito de dolor. Pues bien, el grito de Sergio del Molino cuesta 16,90 euros, 12 en versión digital. Lo edita Mondadori. 



viernes, 12 de abril de 2013

Sobre “Moo Pak” de Gabriel Josipovici

Moo Pak* pasará a la historia (ese espacio en la historia que ocupan las grandes chorradas) como la novela en que servidor marcó, señaló o subrayó las citas más extensas. No hablo de las habituales citas de cuatro, cinco o seis líneas, sino de veinte, treinta o en algún caso concreto (y ateniéndonos exclusivamente a la versión digital en que fue leída) páginas enteras, esto es, quinientas, seiscientas palabras. Una locura. Una locura entre otras cosas porque a medida que iba leyendo y señalando me iba planteando también la reseña y me daba cuenta de que aquello se tornaba inviable y si ya por lo general soy reacio a meter citas en las reseñas, ni les cuento lo que pienso de meter eternidades como las planteadas. Resumiendo, que existe la tentación de llenar esto de citas. Voy a resistirme en la medida de lo posible, pero alguna (!) será inevitable. 


Moo Pak 

Moo Pak es un libro (en apariencia) muy sencillo. En él, dos hombres pasean mientras uno de ellos habla. Trepidante, ya ven. Pues así doscientas páginas. El más charlatán (por llamarlo de alguna manera) de los dos es un escritor suponemos que consagrado, por lo que la mitad de las cosas que cuenta tienen que ver con la literatura, que es en lo que piensan los escritores cuando no están escribiendo. Cosas que tienen que ver, por ejemplo, con ser escritor (¡tachán!), con las razones que mueven a los escritores a escribir ergo las razones que lo mueven a él, razones que voy a suponer, al menos en parte, universales. “Empecé a escribir, dijo, para poner orden en mi cabeza. No porque tuviera «algo que decir» o porque quisiera crear objetos bellos o contar historias bellas, sino simple y llanamente porque quería poner orden en mi cabeza y evitar volverme loco. […] Escribo para librarme de la imaginación, no para satisfacerla.” Razones, razones, razones. Y en la adicción (de la escritura, así planteada, sólo pueden nacer yonkis), la incomprensión: los críticos son esos señores tan feos que jamás podrán comprender lo que es escribir porque para ellos una novela expone ideas o revela lo que ellos llaman las honduras del sufrimiento humano o los transporta a territorios mágicos y Josipivici, perdón, el protagonista, no tiene el menor interés en poner su corazón al desnudo. Y blablablá, blablablá. 

Lo que me ha gustado de Moo Pak, por encima del tema de su discurso, es el tono. Es el mismo tono, o parecido, que encontré en “Stoner” de John Williams o en “Ciudad abierta” de Teju Cole. El tono sereno y reflexivo como invitación a la lectura sosegada de una reflexión sobre la importancia y vigencia de gente como Swift (y su genio apagándose en Moor Park, clave fundamental de la novela, que me niego a desvelar), Rabelais, Dante, Kafka, Proust, de todos esos hombres que, dice, necesitamos para que nos recuerden qué significa ser en verdad nosotros mismos, para que nos ayuden en nuestra flaqueza y fragilidad, para que les recuerden, a ellos, a los escritores (verdaderos destinatarios de esta novela), que existen posibilidades y que el trabajo duro y el despliegue de energías sí tienen su recompensa, aunque en el fondo sepamos (también él lo sabe) que no es del todo así, no siempre, al menos, (casi nunca, en realidad) pero tonto el que no se consuele: “La mayor parte de los artistas […] suponen un obstáculo, nos despistan, nos aporrean con su ruido y luego nos dejan [a los lectores] sin nada, sin menos que nada.” Sí: Moo Pak también es la última línea de defensa de la mediocridad: “No sé por qué empecé y no sé por qué sigo. Solo sé que me encuentro mucho peor cuando no escribo que cuando escribo. Y a veces creo, dijo, que mi cometido es demostrar qué sucede cuando se tiene la necesidad de escribir pero no el talento o los conocimientos o la experiencia, cuando uno carece de las aptitudes pero la necesidad no decae.” 

Muy bonito, todo. Precioso. Babosillo y pedante a ratos, falto de humor casi siempre pero con la ternura que dan escuchar a estos señores tan mayores y tan sabios y tan de haber sabido ajustar sus biorritmos a los de la madre naturaleza. 

Y a base de dar la paliza con que Swift esto, Swift lo otro, que si Dante, que si Kafka, que si los incorruptibles Bernhard, Beckett o Pinget, lo que el protagonista (esto es, Josipovici adaptado) pretende  es meternos en el cuerpo la necesidad de volver a los clásicos como a un refugio seguro, quizá para demostrar que no se puede matar lo que no se puede morir. 

“[…] es evidente que no deberíamos obsesionarnos con la confusión y el fracaso. Lo que he intentado hacer en toda mi obra y sobre todo en Moo Pak, dijo, es dramatizar la interrelación que existe entre el caos y el orden, entre la confusión y la claridad, entre el deseo de dejar que las cosas ocurran y la necesidad de controlarlas. Ceder al caos, dijo, significa renunciar por completo a la idea de arte y conocimiento; negar la confusión y el caos significa producir algo que no tiene la menor relación con lo que somos. Ahí, dijo, están la paradoja y el desafío.” 



La era de la sospecha 

Termino. No hace mucho hablábamos aquí de una novela de Lars Iyer –Magma- en la que se planteaban una serie de cuestiones literarias que años más tarde recogería y concentraría en un breve Manifiesto de libre adquisición en la red. Del mismo modo Josipovici publicará, cinco años después de Moo Pak, un libro llamado On Trust: art and Temptations of Suspicion, traducido y publicado por Turner Publicaciones como Confianza o sospecha: una pregunta sobre el oficio de escribir” (aquí un fragmento) en el que reflejará y desarrollará extensamente las inquietudes planteadas en Moo Pak

Josipovici empieza justificando el libro (del que sólo he leído fragmentos escogidos) como un intento de explicarse a sí mismo los problemas que lo han acompañado durante toda su vida de escritor. Problemas que tienen que ver con sentir, por una parte, la necesidad de escribir como algo físico, como la necesidad de respirar; y, por otra parte, con sentir que ya no es posible abordar la escritura como un oficio, por lo que se resigna a sentirla como una complacencia. Puede que la sociedad te pague por lo que produzcas, dice, pero las leyes del mercado no son las leyes de la academia de música: no existe un consenso, apoyado en un punto de vista común acerca de la tradición sobre qué es lo bueno

Cuestiona, Josipovici, la validez de todos los premios literarios o la inclusión de cursos de escritura creativa en los programas universitarios, porque considera que no son más que una forma de engañarse, de fingir que seguimos creyendo que el oficio de escritor es como era antaño, cuando eran llamados, los escritores, hacedores. Ahora ya nadie busca lo mismo, ergo el genio se oculta tras diferentes puertas, lo cual da, en cierto modo, validez a todos los discursos posibles. Cree que el problema de fondo es que los juicios sobre arte están siendo dictados por factores sociales y no artísticos (algo que vendría también a demostrar el que los ataques a la “mafia literaria de Londres” (también allí, sí) vengan siempre de aquellos que se sienten excluidos, algo perfectamente aplicable a nuestro particular mundillo literario). 

En este ensayo, en el que se plantea si es posible crear arte con total libertad y producir obras que trasciendan lo comercial y que, insisto, semeja una prolongación de Moo Pak (se habla con detalle de Beckett, de Proust, de Kafka, de Shakespeare, de Dante…) el autor defiende, tal como hace en la novela, la necesidad de retroceder, ir hacia los artistas de tiempos anteriores, hacia sus relaciones con el mundo y hacia sus propias tradiciones artesanales, para poder comprender qué se perdió cuando estas tradiciones dejaron de ser visibles. 



* "Moo Pak" de Gabriel Josipovici, Complices Editorial, 2012. Traducción: Juan de Sola


lunes, 8 de abril de 2013

Sobre “Genio de extrarradio” de Sergio C. Fanjul

No voy a engañarles: los relatos de Sergio Fanjul no me han interesado más allá de la segunda pieza a excepción, quizá, de la última. Y si he terminado el chisme este con forma de libro ha sido únicamente por dos razones: una, porque se lee en poco más de una hora y dos, porque me comprometí a ello. Esto que viene ahora es la versión un tanto cruel de lo que pasa cuando se publican y leen estas cosas. 

* * * * * 

Vamos a jugar. Suponiendo que Fanjulear sea “la práctica de matar el tiempo escribiendo un relato de escasa o nula importancia”, entonces Hacer un Fanjul debería ser escribir un cuento mortalmente inofensivo. Esto me lo acabo de inventar, claro. En realidad Fanjul es el apellido del escritor cuya cabeza he puesto hoy en la picota, pero me gusta la idea de darle un nombre a lo que ha hecho, a ese indefinible cruce entre microrrelato y relato corto (algo que viene siendo avisado por el formato un tanto ridículo del libro). Genio de extrarradio es, pues, un libro de fanjules de similar calidad y más que relativo interés y el resultado es alguien demostrando que sabe coger un lápiz pero no qué hacer con él. Entiéndase la exageración: que el oficio de prosista no le viene del todo grande pero quizá el de escritor un poco sí. 

Voy a confesarles algo: el primer relato me hizo gracia. La misma gracia -por buscar una comparación poco o nada gratuita- que me hacen las conversaciones que Manuel Vilas tiene con Dios en Facebook. [Nota para desinformados: Manuel Vilas, el escritor, habla con Dios en Facebook o más exactamente reproduce las conversaciones que tiene con Dios en la intimidad supongo que del hogar. En general resultan todas moderadamente simpáticas sobre todo si, tal como me ocurre a mí, Vilas les inspira una ternura casi infantil.] Pues exactamente la misma impresión que tengo al leer esas gracietas es la que tuve con el primer relato de Fanjul. En él, el protagonista, un empleado de comida rápida, es un tipo muy preocupado por la física que tiene por compañero a quien un día será un astro del fútbol, un individuo llamado Albert Einstein. Bien, muy ingenioso, que diría alguno, pero poco más. El resto (del recopilatorio) es la búsqueda infructuosa de repetir la experiencia.

Cierto es que cada uno hace con su tiempo libre lo que le sale de los realísimos y a Fanjul, como a otros doscientos mil seres humanos de este país, le ha dado por escribir. Lo que ya no me parece normal es esta querencia por la chorrada o ese rescatar viejos relatos, aquellos que el mismo autor confiesa juveniles en una entrevista, como si fueran una opción válida o como si uno fuese un Salinger de la vida y aquello mereciese el respeto del genio en su juventud: 

Genio de Extrarradio es una recopilación de relatos que he escrito a través de varios años, cosa que se nota en ciertos cambios en el tono y el estilo. Nunca pensé que formarían un libro, como muchas veces, al parecer, pasa, porque hay muchas cosas raras que acaban formando libros. En este hay relatos más, digamos, dramáticos, con una escritura más florida, porque de más jóvenes siempre vivimos las cosas con una vocación trágica y queremos ser Julio Cortázar. Tenemos, entonces, la vida en alta estima. Los más recientes son más irónicos, incluso humorísticos, porque según te haces mayor, al menos en mi caso, empiezas a verlo todo con una media sonrisa. (Dicho aquí)

Por contarles un poco de qué va la película les diré que son once relatos metidos en un librito de 17x10 y unas 120 páginas. Así de miserable. Son relatos que hablan de cosas, de amor, por ejemplo, de poetas millonarios, de niñas que se caen a un pantano. Se reproducen escenas, van sucediendo acontecimientos y no atienden a ninguna lógica común. Es una colección de relatos absolutamente prescindible que para hacer dedo está bien, pero como inversión no tanto. Es una colección que relatos que no sé exactamente que quiere demostrar. Quizá que el mundo editorial está como está porque se lo ha buscado él solito. 

En definitiva: creo que parte del problema radica en que la mayoría de los cuentos de este recopilatorio padecen lo que podríamos llamar Efecto twitter: son simpáticos pero duran en el recuerdo lo que tardan en leerse y dos semáforos más. Después de eso no queda nada a excepción de una o dos sonrisas, de uno o dos momentos moderadamente interesantes. Todo lo demás es AIRE. Todo lo demás es tiempo que uno pierde de follar.