viernes, 22 de marzo de 2013

“Tierra” de David Vann

Hagamos un repaso a la traumagrafía de David Vann.

(Uno) El tipo escribió Sukkawn Island para hacer algo con los demonios que lo atormentaban desde la infancia. De chaval su padre lo invitó a pasar un año en Alaska, él no quiso y el viejo se suicidó. En la novela un niño de más o menos la misma edad viaja a Alaska para pasar un año con su padre en una cabaña que hay en una de las muchas islas de la zona. También aquí hay tiros. La novela fue publicada en 2010 por Alfabia. 

(Dos) Mondadori, viendo el filón, debió comprar los derechos del siguiente parto y en 2011 publicó Caribou Island, una novela a la que en 2011 nos tiramos de cabeza (sin protección) todos aquellos que habíamos disfrutado de la anterior. Caribú Island también está basado en hechos reales. En ella un imbécil de cierta edad se lleva a su abnegada esposa a un islote miserable en el centro de un lago en Alaska para construir una mierda-cabaña. Tienen dos hijos más tontos que calabazas que vagan por la novela con sus miserias a cuestas, quizá para dar un poco más argumento a una cuestión que de otro modo se quedaría en nouvelle. Pena de exceso. La novela dedicaba demasiado tiempo a narrar un calentón del yerno cuando lo realmente interesante estaba en la parte de la historia que se centraba en los dos viejos. 

(Y tres) Y ahora, sólo un año después, Tierra (*) a la vista. Y otra vez Mondadori. Nos dejamos de islas, nos dejamos de lagos, de islotes, de glaciares; abandonamos Alaska en patas de los caribús y nos vamos, con Vann, al sur, ¡a la soleada California!, a una granja igualita igualita a la que tenía su familia y en la que su abuelo se entregaba al maltrato antes de pegarse un tiro o lo que sea que hagan en esa parte del mundo para acabarse la vida. 

Galen, el protagonista, es otro perfecto capullo (si a Vann hay que reconocerle algo es la capacidad de crear personajes odiosos). A través de él asistimos a la pelea que libran su madre y su tía por la herencia de la abuela, una vieja que no tiene todavía mucha pinta de cascar. Una cuarta parte de la novela es la habitual lucha a muerte por hacerse con un fideicomiso. En su mayor parte, prescindible. Otra cuarta parte es Galen masturbándose o follándose a su prima. El resto es David Vann en Modo Stephen King: una madre, un garaje y una ida de olla total. En general, demasiadas páginas (otra vez). De hecho, la primera parte de la novela existe únicamente para llevar al lector al error, hacerle creer que sabe quiénes tienen la razón y quiénes la han perdido, porque llegado un momento, casi todo lo que hemos visto, absolutamente (casi) todo deja de tener importancia.

Novelar cada puta rama de tu árbol genealógico da para mucho si la mitad está como una cabra. Esto lo digo porque esta nueva novela se vende como el análisis que el propio Vann hace de sus recuerdos y de la rabia que siente hacia su madre. También como homenaje a un abuelo que se le suicidó (y Vann...) y, bueno, todas esas cosas tan terribles que le han pasado al escritor y que supongo iremos descubriendo poco a poco.  

Resumo el resultado: media novela es un peñazo de historia que no conduce a ninguna parte, que sólo sirve para llevar al lector a engaño y ganarlo para la causa a golpe de efecto sorpresa. El resto es la locura desatada de uno de los personajes; el relato de su obsesión y el subsiguiente maltratamiento de la cosa materna. Mucha carpintería, también, como viene siendo habitual en Vann: un continuo transportar tablones bajo de un brazo, clavarlos con puntas enormes, encajarlos en el suelo y también cavar, cavar, cavar, que por algo se llama Tierra.

Una pena este chico, Vann; con lo que prometía, y que prontito nos lo han desgraciado.




(*) Mondadori, 2013. Traducción Luis Murillo Fort

lunes, 18 de marzo de 2013

“La mujer de sombra” de Luisgé Martín

Se ve que la palabra sombra debe ser ahora sinónimo de folleteo. La prueba: “50 sombras de Grey” (y segundas partes y terceras partes y lo que te rondaré morena) y “La mujer de sombra” van de lo mismo sin ser ni remotamente lo mismo. Todo son diferencias, en realidad. La fundamental -al menos la diferencia fundamental a la que yo puedo hacer referencia sin pecar de nada- es que leyendo una te lloran de pena de los ojos mientras que con la otra, no. 

Luisgé Martín, en una charleta que tuvo con Jordi Costa y Aixa de la Cruz en el primer número de Diario Kafka (uno que trataba sobre la Pornografía), dijo lo siguiente: “Cuando estuve escribiendo la novela me producía una cierta hipnosis, más allá de los componentes estrictamente eróticos, el ser consciente de que había personas en la otra punta del mundo o en Madrid mismo que estaban follando con su chica o manteniendo relaciones sadomasoquistas, lo que fuera, sabiendo que 500 o 2.000 personas estaban mirándolos. A mí con todo este tipo de cosas se me dispara la imaginación literaria.” Yo, que soy de natural avispado, me quedé con la copla y le abrí expediente por si un día tocaba la flauta, me leía la novela y quería sacarlo a colación de algo. Bueno, pues aquí está, aunque sea a colación de nada. El chiste sería que la imaginación literaria de Luisgé Martín tiene un extraño proceder. Utilizar el porno para escribir tiene su mérito, no hay duda, y es que en según qué circunstancias resulta digno de elogio no llevar a la bragueta la mano que tiene que ir al ratón.

Les resumo la película: un amigo le confiesa a otro que tiene una amante, que le va el sado, que él hace de esclavo y le parece maravilloso, que le mete cosillas por el culo, le pone collares de perro, lo tiene lamiendo intersticios. Los quehaceres propios de un sujeto sufriente aplicado a la dinámica del coito sin consumación. En lo mejor de la cuestión el muchacho se muere de accidente natural. El amigo, el confesor, un acomodado liberado laboral que trabaja por afición (gran trampa de la novela), siente curiosidad por aquello y se dedica a ir tirando de un hilo que termina en matrimonio con la susodicha sin saber ésta cómo ha podido tener la suerte de dar con este hombre tan amable, guapo, inteligente y atractivo que la vuelve tan loquísima que le quita las ganas de fustigar. Ahora son caricias lo que antes eran hostias. Él se quiere subyugar sin levantar la perdiz pero ella no hace amagos de retomar viejos hábitos y toda la novela es él dando por culo figuradamente por no acabar de tener lo que había ido a buscar. Y de ahí al infierno de la perversión hay un paso tan pequeñísimo que da hasta vergüenza tender un puente. 

Más allá del argumento está la apasionante cuestión de documentar el asunto: entrar y salir de web, chats, y sex shops. Ante todo, profesionalidad. Duchas de agua fría si a uno aquello le va y si no le va, terapia de choque. De ahí que la novela se recree en el asunto del amor carnal en sus muchas variantes tratando quizá de demostrar no sé bien qué. El protagonista, enfermo de una tontería la mitad de las veces muy poco creíble, mata el exceso de ocio a golpe de pornowebs: que hay quien lo hace con animales, con la familia o con los hijos adolescentes de los demás. No es pólvora, lo que descubre. Y este absurdo descenso a los infiernos del placer entiendo que ha de ocultar alguna enseñanza más allá de la advertencia de que la práctica engancha, algo que, por otro lado, ya traíamos sabido de casa. La trama es la excusa para que no suene a documental.

La novela es un visto y no visto, todo hay que decirlo, y la tensión es un crescendo insoportable de puro repugnante, que es llegar al final con la arcada en la boca. Valor no le falta, a Luisgé, con registrar el detalle de ciertas cuestiones y el mérito de no hacer insufrible la novela con tanto follar es todo suyo. Ahora bien, el exceso está ahí, es evidente, salta a los ojos, y todo para qué. Todo para nada, me temo. O sí, quizá sí, quizá para demostrar que se puede hablar de sexo con un poco de gracia y calzando un asomo de intriga sin caer en la tontería moralista de ciertas noveluchas. Lo digo como cumplido, pero cumplido de lo inmediato; que nadie espere llevarse esto a la cama durante un mes si no es para recrearse con ciertos  pasajes. Es, en cualquier caso, un soplo de esperanza para aquellos que dábamos por vendida a Madame Aburrición la cuestión sexual en la literatura.


martes, 12 de marzo de 2013

Una reflexión en torno al Buenismo

Adoro que me hagan preguntas para las que no tengo respuesta. La última la formuló un anónimo en el post: ¿Por qué no hay más blogs de “simples aficionados” que escapen de esos dos males, el buenismo y la ausencia de criterio? 

Esto venía a cuento de lo siguiente: en la misma reseña en la que se formuló la pregunta (Glaciares” de Alexis Smith) se planteaba, indirectamente, en los comentarios, la cuestión acerca del buenismo en la crítica literaria que se lleva a cabo desde la blogosfera. Alguien (Amelia Noguera) planteaba que quizá fuese hora de que las editoriales dejasen de regalar sus libros, esto es, que creía que una parte importante del buenismo tenía su razón de ser en el agradecimiento. Intolerable. E innecesario puesto que, al igual que la mentira, la honradez se puede pactar (en el buen sentido de la expresión). Desde mi corta experiencia personal puedo asegurar que los libros no dejan de llegar a pesar de las malas críticas que se les puedan hacer. Lo digo por si interesa. De todos modos: joder, será por libros. 

En cualquier caso lo planteado por Amelia sólo da respuesta a un parte de la cuestión. Me pregunto qué pasa con los otros. (Vaya por delante que no trato de cuestionar la generosidad de las editoriales, que al fin y al cabo no hacen otra cosa que su trabajo). Barajo, y me ayudan a barajar, en público y privado, aportando varias posibilidades no excluyentes, las siguientes razones: 

1. Que hay “todo un mercado y sistema literario montado detrás que se basa en la apariencia y el engaño de un grupo de notables que apenas si se inmuta ante nada porque no está pensando hacia los lectores, de hecho, más bien, ese grupo desprecia a los lectores de a pie.” (Anónimo dixit). Y sí, es cierto: hay un desprecio hacia el lector de a pie que es palpable desde el minuto cero. No estar dentro equivale a estar fuera. No hay medias tintas. Por otro lado, es de agradecer. 

2. La práctica de reseñar únicamente libros buenos, algo que cae por su propio peso cuando uno ve cómo se reseñan algunos. (El post anterior vuelve a ser un ejemplo perfecto de esto). Pero ahí está. Pasa mucho eso de preguntarse “por qué hablar de un libro que no te ha gustado (o te ha gustado poco)”. En mi opinión la respuesta debería ser la misma que a la pregunta contraria “por qué hablar de un libro que sí te gustado”. ¿Para ejercer una crítica crítica, quizá? Resulta sorprendente lo poco que cuesta decir que determinada película es una mierda y en cambio cueste tanto hacer lo propio con la literatura, como si el esfuerzo de tres personas mereciese mucho más respeto que el esfuerzo de doscientas. 

3. Existe la idea absurda (nótese la fina ironía de la cursiva) -que comparto al 100%- de que hay un grupo numeroso de blogs cuyos reseñadores son aspirantes a publicar. En Facebook esto se ve mucho y en algunos casos da auténtica vergüenza ajena leer según que cosas. Ejemplo: pienso en una persona que acostumbra al elogio desmedido de cierta editorial (editoriales, si me apuran y si no me apuran, también). Esa personita, tras muchas felaciones, compartió no hace mucho en Facebook la felicidad de acabar la novela y enviarla a ya suponemos todos quién esperando seguramente nada o un poco de sinceridad (je). Ya supongo que no es la excepción. Yo tengo poca gente agregada en Facebook porque soy más de leer los posos del café pero no me quiero imaginar todo lo que me pasa ante las narices y no veo o sí veo y no me entero (que también se me da bastante bien). 

4. Corporativismo. No iba a ser el mundillo literario la excepción de esta práctica tan extendida. Supongamos que soy escritor (supongan también mi arcada queriendo salir) con blog que un día publica un libro, lo promociona, lo vende… En fin, la mecánica habitual. Supongamos ahora que en la próxima feria del libro de Teruel me toca sentarme a la derecho del pollo que ha escrito ese libro tan malo que puse a parir hace poco. Y puestos a suponer, supongamos también que la semana que viene tengo un congreso de blogs literarios donde me toca departir con Fulano, Mengano y Zutano, que me tienen ganas porque también a ellos les di cerita en su momento. Ahora supongan a toda esa gente detrás de un blog esperando que caiga mi puto libro en sus manos. Y yo en Babia creyendo que mi próxima novela se la coloco a Mondadori de puro promotable. Que igual sí, oye, pero igual no. 

5. Es un tanto simplista recurrir a la frustración (temazo) como razón para las malas reseñas pero aquí nos ha gustado siempre mucho simplificarlo todo. Enrique Rubio, con su habitual visceralidad, arremete contra todos: los buenos, los malos y los peores reseñistas. Aquí no se salva ni el tato (no digamos ya Patricio Pron). “[..] una reseña responde al prejuicio del lugar de origen, la nacionalidad o la edad del autor. También existen blogueros que llevan dentro un escritor frustrado y que sistemáticamente ponen a caldo todo aquello que sea escrito por un autor nacional más o menos de su edad y glorifican los clásicos porque ya no suponen ningún peligro. Y en el peor de los casos, una mala reseña responde solamente a que el autor te cae como el culo, a su físico mediocre o simplemente a cómo te suena su nombre. Y cuando son buenas, un 67,9 % responden a un interés personal del crítico con el autor, cuando no por pura amistad (la amistad en literatura se reduce a intereses editoriales y enemigos compartidos) y un 32,1% responden a una moneda de cambio por la publicidad de la editorial en el medio (cuando no porque medio y editorial son del mismo grupo y todo responde a una mamada a su propia polla).” (Link)
Enrique tiene la solución; extrema, según su costumbre: “Yo propongo airear el odio, el prejuicio y el instinto depredador por aquello de desenmascarar la realidad [y] por aquello de salir de la rutina biempensante y mentirosa.” Lo dicho: un hombre de extremos. 


Volviendo a la pregunta inicial: ¿Por qué no hay más blogs de “simples aficionados” que escapen de esos dos males, el buenismo y la ausencia de criterio? 

Ni puta idea. Supongo que porque a los que no escriben, editan o traducen (o fantasean con hacerlo) todo esto de la crítica y el mundo literario se la trae floja y pendulona o les parece tal soberana estupidez que ni cinco minutos le dedican. Quizá, si acaso, comentan de vez en cuando en algún blog tipo este. 

Se deduce, por exclusión, que el resto sí tiene intereses por lo sospeche que deben cuidarse muy mucho de decir según qué cosas o caer en según qué verdades como templos. Yo mismo, por ejemplo, dejé de criticar algo criticable, condenable, ajusticiable, sólo porque una de las partes afectadas era o había sido un viejo amigo y también porque algunas cosas no se pagan con cincuenta euros (la idea era publicarlo en Diario Kafka). Quiero decir que si yo, que vivo en la periferia más periférica y presumo de ejercer la independencia más independiente, si yo, insisto, que voy del rollo “a mí no me importa nada”, acabo cayendo en esto, ¿en que no caerá uno que tiene que verse la cara, día sí, día no, en directo o en diferido, con este, con el otro, con el de más allá? Que nadie se equivoque: no hablar de los libros malos no es una política crítica sino una vulgar excusa.

Creo sinceramente que el escritor (o el editor) debería dejar de ejercer la crítica, al menos mientras no sea capaz de romper la actual dinámica casposa e interesada. Y creo también que el lector de a pie -el único que parece tener la capacidad suficiente de abstraerse de los intereses empresariales- debería dejarse de hostias y de pamplinas y baboseos y peloteos y mamoneos, y si va a ejercer y practicar la crítica crítica literaria que se asegure de que ésta resulte, como poco, creíble. Todo lo demás es basura, luces de neón y publicidad barata (léase twitter) y a sus artífices, los críticos amateurs, toda vez que se demuestran inútiles como tales, más les valdría reciclarse en escritores inéditos y perder así el tiempo en sí mismos, evitando al menos que nosotros lo perdamos con ellos.