viernes, 8 de marzo de 2013

“Glaciares” de Alexis M. Smith

Estimado Sr. Tongoy: es usted un impresentable, además de un perfecto imbécil.” 

Así se presenta Alexiana, una fan de esta indigesta Medicina. Su email, que me llegó hace unos días, no tiene desperdicio:

Perdone que sea tan directa; quería llamar su atención y asegurarme de no acabar en su papelera de reciclaje. Deje que me presente: no soy nadie, pero puede llamarme Alexiana. No tengo blog; no soy escritora, ni editora, ni tengo absolutamente nada que ver con el mundo de la literatura. Sí soy, en cambio, seguidora suya, que no admiradora. Eso, ni remotamente.” 

En este punto Alexiana me larga un rollo macabeo sobre cómo me descubrió, sus primeras impresiones, sus segundas impresiones, sus terceras impresiones, sus cuartas impresiones y un largo etcétera de impresiones. El infierno es Alexiana hablando de mí. Me salto esta parte y voy directamente a lo que interesa. 

[…] Déjeme ir ahora al verdadero motivo de este correo. Como le decía, quiero replicar el siguiente mensaje que puso usted en Facebook esta noche: Algunas novelas parecen escritas para recibir palizas. Por mí que no quede.”  [El mensaje hacía referencia a Glaciares].

No entiendo esa manía suya por Alpha Decay (y esto lo dice alguien que no disfruta especialmente con sus libros, a excepción de "Setenta Acrílico...") ¿Sabe lo que creo? Sospecho que ha leído usted Glaciares para resarcirse del comentario que los editores le hicieron en twitter. Ya sabe: que no se molestase usted en leer nada más de ellos; que no lo entendería. Lo que sí está claro es que no ha entendido usted la novela. Deje que se la explique. 

Glaciares, es una novela absolutamente maravillosa que trata de una mujer enamorada que no sabe cómo enfrentarse a ese amor que la supera. La autora consigue atrapar la esencia de las cosas pequeñas y vislumbrar el alma de la vida de dos jóvenes que cruzan un mundo frenético y despiadado cual dos satélites perdidos en el tiempo y el espacio. (1) Es una novela aparentemente sin pretensiones que al terminar se parece mucho a esas tormentas de verano que parecen dispuestas a acabar con la futura sed del mundo. (2) La infancia, los recuerdos, el amor, el discurrir del tiempo como un enorme glaciar desgajándose y una historia de deseos que empieza con una imagen, con un deseo de colores flotando en una postal de Amsterdam, a pesar de que ella nunca ha estado en Amsterdam. (3) Cada capítulo de Glaciares es una fotografía de un recuerdo, un anhelo, un sueño o un árbol. La voz de Smith se detiene en los detalles que pasamos por alto en una primera mirada, compone un mundo donde la protagonista intenta descubrir su lugar en el mundo, las emociones que le habitan, la verdad de un amor, las decisiones a tomar cuando nos encontramos en una encrucijada de caminos. (4) Se suele abusar mucho de la expresión "una pequeña joya" aplicándolo a diestro y siniestro. Y a mí, como expresión no me gusta. Pero en este caso no puedo evitar utilizarla. (5) ¿Cómo no puede estremecerle algo como esto: 

"Ella escucha. Ambos leen. Se oye el ruido del periódico entre los dos cuando vuelven páginas y las pliegan y evitan con cuidado tocarse. Entonces, se oye el trasiego de los compañeros que llegan; los pestillos que descorren y pisadas. Su mañana ha terminado. 
Es hora de despertar, piensa Isabel. Cierra los ojos y respira hasta lo más profundo de sus pulmones. 
Quiere que él quiera mirarla." 

* * * * * * * * 

Ya me cansé de la broma. ¿Quieren saber qué es realmente Glaciares? Dejen que se lo explique. 

Hay un ser humano en Goodreads que dice que esta novela le gusta por varias razones. A saber: 1. Es una historia de amor centrada en empleados de la biblioteca. 2. Está situado en un lugar donde ha vivido. 3. Hay un hombre con barba. 4. Contiene la mención de postales y cartas de amor. 5. Contiene un buen vestido de fiesta. 6. Es corto. 

Sí, ya supongo que no todo el mundo es así, pero también que esta buena mujer no es la única que utiliza semejante vara de medir a la hora de valorar. Cuatro de cinco estrellas, le da. Cuando alguien trate de convencerles de lo acertado de su lectura alegando la buena puntuación que esta novela tiene entre el público en general, acuérdense de esta individua. 

Glaciares narra, en primera persona, un día concreto de una joven bibliotecaria llamada Isabel que vivió en Alaska en su infancia y ahora lo hace en Portland, en compañía de un gato. La autora de la novela, Alexis, también: también tiene gato, también creció en Alaska, también vive en Portland, también es bibliotecaria. Muy Alpha Decay, todo. 

Glaciares es una tonta historia de amor, y punto pelota. Lo es. Cuenta la historia de una joven que vive enamorada hasta las trancas de un compañero de trabajo, relativamente nuevo, que viene de hacer la guerra en Irak, como otros venían de hacer las Américas. La cosa es ella queriendo invitar a una fiesta al muchacho para tener tema con él, pero en plan guay, porque nuestra heroína es una joven dulce e inteligente, no una vulgar chupapollas. 

La novedad, de haberla, estaría en darle a esta historia una perspectiva hipster: joven moderna e independiente y muy amiga de comprar en tiendas de ropa de segunda mano (Viola de Grado revisited) ama amorosamente a soldadito. La cosa tiene tela porque acaba siendo ella llorando por él que se embarca otra vez, ahora que, al fin, le había robado un beso. No-me-jodas. ¿Y esto es moderno? ¿En serio? ¿Es moderno la niña esta comprándose un vestido precioso de morirte y mirado hermosas postales de amor de Amsterdan, la tierra prometida? Europa en el horizonte y un hombre besando a una mujer antes de irse a la guerra es absolutamente postmoderno, sin duda, casi tanto como una película porno en la que los actores no se quiten las gafas de pasta.

Tengo que reconocer que me alegra comprobar que lo de escribir y publicar chorradas y hacerlas pasar por supuestas maravillas no es exclusivo de esta nuestra patria; que también se da, por ejemplo, en Italia o en  Portland.

Tiene su mérito dar con esta gente; eso lo concedo. Todo lo demás, no.




martes, 5 de marzo de 2013

“Correspondencia” de Bernhard y Unseld

Para los que no sepan de qué va la película: este libro es una cuidada selección de la correspondencia entre Thomas Bernhard y Siegfried Unseld, su editor. Es un libro que habla de editores y escritores, de cómo trabajan juntos y qué hacen en su tiempo libre. Habla de la creación. Del genio, habla. Es un libro que demuestra muchas cosas. Es un libro que desenmascara, también. Pienso, por ejemplo, en casi cualquier escritor actual, nacional o no, especialmente

Este libro es de lectura imprescindible para todos aquellos escritores que crean realmente ser alguien, que crean ser algo o simplemente que crean ser. A ellos, y a sus madres y a sus padres y sus hermanos y a sus hijos y a sus amigos y a sus editores, a todos aquellos, en definitiva, que les han hecho creer lo que no son, que no contentos con darles esperanzas también les han puesto alas, a todos ellos les dedico esta reseña.


* * * * * * * 

Sigo mi propio camino” es una gran frase. Se la dice Bernhard a Unseld al final de la primera carta que le envía, aquella en que le dice que quiere trabajar con él. Es una frase que, a medida que avanzamos en la lectura de esta correspondencia, va ganando en importancia pasando de ser una declaración de intenciones un tanto chulesca a una actitud frente al mundo y sus pobladores. “Sigo mi propio camino” no es una frase que pueda decir cualquiera. De hecho es una frase que no puede decir casi nadie. “Sigo mi propio camino” es el acto de valor que muy pocos escritores tienen, merecen o del que pueden presumir, porque para que uno siga su propio camino -y alcance el reconocimiento que alcanzó Bernhard- tiene que ser muy bueno. Tiene que ser jodidamente bueno. Tan bueno como para ser capaz de decir algo como esto y tener razón: “La gente no debe sentirse impresionada por mi obra, sino que esta, de forma totalmente injustificada, debe ser reconocida como obra de arte.” Y así hasta la muerte. 


ESTUPIDIFICACIÓN 

En este libro, además de aburridos pormenores económicos del tipo tú me prometiste, tú nada me diste, todo eran palabras, dejo de quererte, devuelveme la pasta, etc, además de todo esto, decía, hay una lucha constante de Bernhard contra todo, básicamente. El mundo es su enemigo y todo su objetivo se centra en conseguir el reconocimiento y es prestigio que merece (o cree merecer) y el dinero que debe acompañar tamaña virtud. Para que quede cristalino repite hasta la saciedad dos cosas: primero, lo bueno que es él; segundo, lo malos que son los demás (y a ver a santo de qué viene hacerle tanto caso a tanto inútil). 

Estoy ahora en una montaña, no en Ohlsdorf, porque la concentración es para mí importante y el cartero me ataca los nervios, ya que no me trae a casa más que ridiculeces que me indigna, un montón de papel estúpidamente impreso como si el destinatario fuera idiota. ¿Podría responderme la pregunta de por qué los editores publican rápidamente lo que gente muy joven escribe en muy poco tiempo, sin ningún esfuerzo, sin ningún genio y de forma muy estúpida? (Thomas Bernhard, pág.117) 

Ridiculeces. Juventud. Estupidez. La vida misma. Cierto es que Bernhard nunca ha pecado de morderse la lengua pero en la intimidad (una intimidad relativa, como veremos ahora) tiene arrebatos absolutamente geniales de puro crueles. Algunos de sus peores momentos (o mejores, según se mire) los pasa durante la escritura de Corrección, un libro que por haches o por bes tarda una eternidad en ser editado, que si no es que no le gusta la luz de septiembre es porque no le gusta la de marzo y todo es estar disconforme y reclamar sus derechos y exigir lo mejor a cambio de lo mejor y entre tanto Corrección se dilata, se genializa y según avanza soporta cada vez peor las imposibles comparaciones a las que lo somete Bernhard. 

“Por lo que se refiere a Corrección, es un trabajo de cuatro años y habría que acometerlo realmente con cabeza, pero me temo que usted deje pasar este libro como cualquier otro, ¡y todos esos libros que se hacen ahora no son más que un montón de basura de estupideces! ¡Contra eso me rebelo y no quiero tener nada que ver con ese proceso actualmente evidente de estupidificación!” 

Se mantiene durante la lectura la sensación de que las cosas no acaban de cambiar. Que siempre más de lo mismo. Que hace cuarenta años, como hace diez, como ayer y está entre su lucha diaria recordarle una y otra vez a su editor, que como él, como Bernhard, no hay otro. 

“Esa broma me permite también decir que la producción literaria de hoy, en conjunto, ha llegado a su punto más bajo y alcanzado su peor gusto desde hace años. Confío en que usted lo considere también así. No se publican más que cursiladas y basura sin pies ni cabeza, lo que después de tantos años resulta deprimente. Los escritores son estúpidos sin arte y los críticos charlatanes sentimentales. Yo mismo me mantengo vivo en un ambiente de envidia y odio mediante un trabajo ininterrumpido. Esta vida me resulta realmente el mayor de los placeres.” 

Voy terminando. La intimidad de la que hablaba antes la califiqué de relativa porque hay, durante la redacción de esta correspondencia, una intención clara de llevarla a ser algo más que un conversación privada entre un escritor y su editor. Está esa creencia en la grandeza de uno (Bernhard) y otro (Unseld) lo que permite al primero fantasear con la idea de llegar a ser algún día objeto de estudio: “Me imagino lo que los futuros adeptos del estudio de la historia de la literatura y de la edición dirán al leer nuestra correspondencia.” Me quedo con las ganas de saber si hoy en día, en este momento, habrá algún escritor de la talla de Bernhard y algún editor con la paciencia cuasinfinita de Unseld, cruzando correos de este tipo. Sospecho que no (por eso me compré el libro). Si ya cuesta creer que haya por ahí sueltos un Unseld y un Bernhard, cualquiera aspira además a tener un rastro escrito.




P.D. Selección y traducción de Miguel Saenz. No podía ser de otra manera.

viernes, 1 de marzo de 2013

“Artefactos” de Carlos Gámez

Odio las reseñas de relatos casi tanto como los propios relatos. O más. Las mías, especialmente. En este odiar infinito también creo que más de la mitad de los cuentistas son un grupo demasiado numeroso de gente a quienes disfruto suponiendo un importante déficit de atención toda vez que demuestran, una y otra vez, una manifiesta incapacidad para desarrollar una trama que vaya más allá de la página treinta y uno. Mi odio por la reseñas no es gratuito, atiende a mis propias limitaciones: nunca sé si debo resumir los argumentos o si acaso es mejor obviarlos y buscar aquello que tienen en común. Quizá simplemente debería evaluar su trascendencia; si su lectura desencadena algo o no aportada absolutamente nada. O qué. 

Pero bueno, bien, aquí estamos una vez más. Artefactos, de Carlos Gámez, es otro puto libro de relatos que gana un premio. Hubo un tiempo (tuvo que haberlo) en que ganar un premio tenía su aquel. Uno le decía a su madre: mamá, me han dado un premio; me van a publicar; ¡hoy escritor, pronto leyenda! Y todo eran besos y abrazos y la esperanza de llevar el apellido a las enciclopedias se ponía enterita en la infeliz criatura. Se valoraba incluso la posibilidad de tener sexo gratis. Entonces uno ahorraba y se marchaba a San Petersburgo, por ejemplo, y habilitaba algún rincón en el que dejarse los muñones en la estilográfica. Hoy ya no es tanto así; sí la alegría, que es la mismita, no la esperanza. El país está lleno de genios prepubescentes que no han llegado a nada en la vida y de imbéciles que a demasiado. 

Artefactos es el resultado de vivir intensamente la profesión y no perder la afición por la cosa impresa. Le pasó a Agustín Fernández Mallo y algo parecido le ocurre a Gámez, también físico, pero al menos a éste no le da por el Spoken Word (que sepamos). En cambio sí por los cuentos, malditos cuentos. Escribió algunos y los presentó a concurso. Y ganó. Qué tío, el Gámez. 

El concurso (en algún momento de esta reseña hablaré de los cuentos, lo juro por Dios) se llama Café Mon y el premio, si no me equivoco, consiste en ser editado por la editorial Sloper llegando así a oídos de cuatrocientas o quinientas personas. Orgasmar no orgasma, el premio, pero es mejor eso que comprarle a Amazon tu propio libro cuatrocientas veces y además incluye la cláusula de que ningún autor ya publicado de Sloper puede presentarse al premio, lo cual descarta la participación de, por lo menos, ciertos poetas por todos conocidos. 

* * * * * * * * * * 

En breve segundos Lester, mi actual dealer, se incorporará de su asiento.” Así empieza el primero de esos artefactos de Gámez, el llamado Yonki como Burroughs, que es, de todos los artefactos, mi favorito. El relato, un tanto metaliterario (cosas de la putafísica), plantea la voz monologante de un personaje en un momento muy concreto de su vida: el que tarda en desenchufar un cable, para ser exactos, y que, al cambio, viene a ser toda una vida. El cuento, que hace un repaso al presente, pasado y futuro de dos personajes, plantea la narración como un ejercicio en sí mismo. Algo así: 

[…] ni recordaré que analizo las relaciones entre lingüística y neurociencias. Tampoco explicaré que el orden temporal de las secuencias es una ilusión de nuestra mente, ni hablaré de lo que he descubierto después de repasar la técnica del flujo de conciencia y su recuperación en la literatura actual. Mi tesis tras estudiar a autores influenciados por los últimos descubrimientos neurológicos (como David Lodge en Thinks…., o George Saunders a través de sus narradores en primera persona, o Dave Eggers en algunos pasajes de sus libros, o Lolita Bosch en Elisa Kiseljak, o el gran Foster Wallace): que es la mente la que necesita construir esa fantasía de la secuenciación temporal para entender los relatos. (28-29) 

Esta misma (o parecida) referencia a los estudios entre neurología y literatura (igual estoy diciendo una barbaridad, pero es que para mí la educación física siempre fue otra cosa) es una constante en todos los cuentos. En realidad ES La Constante. Quiero decir que si son ustedes mucho de letras igual no pillan todos los chistes de Gámez. En general todo el cuento es un desbarre, pero un desbarre gracioso una vez que se acaba y comprendes que ese ir y venir por la conciencia desarticulada del protagonista desemboca en una construcción lineal, que llega a cabo solito el lector y que el truco del almendruco se ocultaba entre las líneas del propio cuento. Por el camino hay que aguantar que la continuidad es una construcción mental, que el flujo de conciencia (dice el prota que dice Susan Blakmore) no existe (que operaría de modo fragmentario y no como un río continuo de palabras sin signos que la puntúen). Cada uno se justifica como buenamente puede y este cuento sólo se sostiene sobre los pilares teóricos de la paja mental. Será por eso que me ha gustado. 

El resto el más o menos lo mismo con tendencia a lo irregular (el último cuento es muy útil para dormir a las cebras, por ejemplo). Pero no se vayan todavía, aún hay más. Cuatro más. Y todos de la misma cu(e)rda. 

Tres de ellos, los inmediatamente siguientes, se supone que forman parte de un todo, pero es un todo un tanto indefinido. Por utilizar un lenguaje que entienda todo el mundo: tienen que ver unos con otros sólo porque el escritor lo dice, sólo porque la física existe y sólo por Gámez la ejerce. Que ya no está mal. Sin entrar en aburridos resúmenes les diré que todos tienen algo en común: la tecnología. Una lámpara de Ikea o un televisor que nos pone en contacto con nuestros antepasados o un diario que recoge el día a día de un hombre des-enamorado pero incapaz de iniciar otra relación por culpa de la mencionada cosa cuántica, un secreto este que el propio Gámez va revelando progresivamente al protagonista a través de unos más que oportunos correos electrónicos. Supermetaliterario. O un asomarse al futuro de las aplicaciones neurobiológicas y ver cómo esto afectará a las relaciones humanas cuando todo el mundo sabe que menos follar, que nos quiten lo que quieran. Si lo piensan bien parecen esos artículos que German Sierra escribe para Quimera. Supongo que no es del todo casual que uno de esos cuentos -no recuerdo cuál- se lo haya dedicado a él. Por algún lado tenía que hacer agua el amigo Gámez y es que cuando uno mezcla leche, cacao, avellanas y azúcar lo más probable es que salga algo con sabor a Nocilla. No es el caso, no se apuren; simplemente lo parece (unas veces más que otras) y es que, así como el roce hace el cariño, también lo empaña de física cuántica existencial, que es un poco el género con el que me gusta etiquetar estos relatos.