martes, 13 de diciembre de 2011

Despedida


Sí, esto es exactamente lo que parece pero a fin de que lo entiendan quisiera aclarar un par de puntos. 

Verán, hace cosa de un año, al poco de haber empezado con el blog, al poco, en realidad, de habérmelo tomado mínimamente en serio (todo lo “en serio” que se puede tomar un blog como este) me encontré con otro ya caído cuya última entrada era un mensaje de despedida muy parecido a este. En él, el autor explicaba las razones del abandono. Afirmaba dejarlo por motivos (hablo de memoria) de sentido común. Desde hacía tiempo –decía- estaba eligiendo las lecturas condicionado por el blog y no al contrario, que sería lo más normal. Recuerdo haberme reído al leerlo y también recuerdo haberme jurado en silencio que nunca me ocurriría algo así y si me ocurría nunca sería a un nivel tal que tuviese que echar el cerrojo. Obviamente me equivoqué o no estaría hoy contándoles la historia que empieza en el siguiente párrafo. 

Hace unos días fui a la biblioteca. Tengo libros en casa pendientes de leer para aburrir, algunos de ellos compromisos con editoriales y escritores, pero aún así fui a la biblioteca porque tenía unas desideratas que recoger amén de otro libro al que quería echarle un vistazo. Total, que me traje para casa lo siguiente: “El rey pálido” de David Foster Wallace, “La conjetura de Perelman” de Juan Soto Ivars, “Canción de Tumba” de Julián Hervert (Premio Jaén de Novela), “El desguace de la tradición” de Javier Aparicio Maydeu y “Los reconocimientos” de Gaddis. Para que se hagan una idea les diré que sobre la mesa tenía mucho Dostoievski, también a Gogol, Turgueniev, Bernhard, Nabokov, Walser, Roger Martin du Gard, Pushkin, Torrente Ballester, Cortázar, Beckett, Hesse, Joseph Frank, Pynchon, Celine, Faulkner, Russell, Flaubert, Ellroy, Gombrowicz, Montaigne y un larguísimo etcétera. Esto, repito, sobre la mesa; todos ellos en propiedad, unos en papel y otros no, pero todos míos y esperando desde hacía mucho a ser leídos. Cuando de todas las lecturas posibles elegí el de Juan Soto Ivars supe que lo que ya antes no iba bien ahora estaba peor que nunca. 

No quiero DRAMAtizar. Soy consciente de que no es tan grave. Leer a Soto Ivars no lo mismo que pegarle a un ciego y todo el mundo merece una oportunidad. Quiero decir que nunca presupuse que “La conjetura de Perelman” fuese una mala novela. Tampoco he empezado a leerla por oportunismo, ni para hacerle una crítica salvaje, ni mucho menos para repetir la malsana experiencia del post de Nuevo Drama. Lo cierto es que jamás tuve intención de reseñarlo, ni para bien ni para mal. De hecho, para evitar el "desmadre", ni siquiera iba a contarles que lo había leído. Simplemente sentía curiosidad, como la he sentido por tantos otros que seguramente lo merecían mucho menos que Juan. Pero no me estoy explicando bien. Lo que quiero decir es que esta novela en concreto no ha sido el motivo del "malestar" ni ha sido lo que me ha llevado a tomar la decisión que les cuento un poco más abajo. Simplemente lo que ha ocurrido es que se ha colmado el vaso. Pero hay más:

Yo no soy amigo de comprar libros. Me gustan claro, me gusta tenerlos y saber que están ahí y me gusta que me los regalen o nunca hubiese aceptado las ediciones de cortesía de las editoriales pero cuando compro un libro -cuando el bolsillo del que sale el dinero es mío- lo hago siempre tras haberlo meditarlo mucho, sin arriesgar demasiado, tratando de no fallar y de ahí que la mayoría de mis compras acostumbren a ser libros que sólo consigo previo pedido, rastreando en la red. Soy consciente de que a mí es realmente difícil hacerme este tipo de regalo y acertar (pero no dejen ustedes de intentarlo.) El caso es que los libros como los de Ivars, Márquez, Hervert, Olmos, Zambra, Pron, Espinosa, Mora, Carrión, Navarro y un largo etcétera son el tipo de libro que nunca me compraría (ni me compraré) y sin embargo siempre los antepongo a los que sí un poco por curiosidad y otro poco por maldad, porque las reseñas más divertidas surgen siempre de las peores lecturas. Y esto es lo lamentable del asunto: que vaya pasando el tiempo y yo siga eligiendo este tipo de novelas que por otro lado no me parecen siempre tan despreciables como estoy insinuando. 

Luego está lo de leer demasiado rápido. La novela que más consumo actualmente es un tipo de novela corta e intrascendente a la que parece que cada vez le cueste más pasar de las doscientas páginas cuando hasta hace unos años yo era más amigo de aquellas macronovelas de seiscientas o mil páginas que ahora me provocan un rechazo muy poco natural del que únicamente tienen la culpa el blog y mi costumbre, que ha tomado ya forma de adicción, de escribir dos reseñas semanales y no leer menos de diez libros al mes. Esto no sólo no tiene ningún sentido sino que es a todas luces una de las mayores estupideces que he cometido desde que tengo uso de razón (tampoco hace mucho de esto, no se crean). Me obliga a leer mal y me obliga a leer rápido y lo que es peor, me obliga a sustituir calidad por cantidad. Eso no está tan mal. Quiero decir que en la vida uno no tiene porqué limitarse a leer supuestas obras maestras o recurrir a los clásicos de siempre. En la novela actual hay también grandes historias contadas por buenos narradores y si uno quiere estar al día de lo que se cuece en el presente ha de estar a las duras y a las maduras y arriesgar, sobre todo arriesgar y yo, leyendo diez libros al mes, me la juego, leyendo dos, no. Con esto lo que quiero decir es que el problema no está tanto en las lecturas que elijo como en las que descarto.

Estos dos últimos meses he cambiado el ritmo: he pausado la lectura, he profundizado en ella, he leído cosillas que tenía por casa, he escrito menos, he publicado menos y sin embargo he disfrutado más y he pensado que por fuerza este ha de ser el momento perfecto para cambiar de hábito y sobre todo para cambiar de lectura, lo cual implica necesariamente, abandonar el blog. Creo sinceramente que dejando el blog de lado durante, digamos, uno o dos años, podré dedicarme por entero y sin presiones autoimpuestas a todas aquellas lecturas que llevo demorando demasiado tiempo y que parecen haber sido condenadas sin merecerlo. Pero sobre todo y por encima de todo lo que quiero es evitar pensar en el blog mientras leo un libro; no quiero tomar notas para una futura reseña; no quiero pasear y tener una idea “genial” para comentar un asunto equis. Al mismo tiempo tampoco quiero dejar de escribir; soy consciente de que en ocasiones publicar una reseña en el blog ha sido la mejor manera de corregir errores de comprensión o interpretación fruto de malas lecturas. Que esto no le sirva a nadie para darle la vuelta a la tortilla, que nos conocemos. También hay un proyecto en marcha que tiene que ver con Dostoievski; un proyecto que me tiene entusiasmado y que espero poder trasladar al "papel" y ya veremos si compartirlo también. Quiero pensar que sí. 

Hay dos razones más por las que no me verán desaparecer inmediatamente (manejamos, en cualquier caso, plazos muy cortos). La primera son todos aquellos libros que he recibido cortesía de las editoriales y/o escritores -a excepción de aquellos que he recibido sin quererlo y que sé que no me gustarán- y a las que debo como mínimo una reseña. La segunda excepción son una serie de entradas que ya tengo escritas o están en "proceso de". Serán diez, más o menos, seguramente menos. Unas tienen una semana, otras un mes y otras mucho más. Esto incluye el habitual resumen de lecturas del mes -que tampoco es plan de abandonar precisamente ahora- y el de lo mejor y (quizá) peor de 2011. En cualquier caso “La medicina de Tongoy” dejará de ser, durante un tiempo todavía por determinar, lo que ha venido siendo hasta el momento para convertirse directamente en nada. Lamento parecer tan extremista pero me conozco lo suficiente para saber que no serviría de nada hacerlo de otro modo y de hecho la razón por la que no he esperado hasta el último minuto para contarles esto es para asegurarme que no cambiaré de opinión en los veinte días que faltan para acabar el año. Suena a decisión precipitada pero créanme si les digo que le he dado más vueltas de las necesarias y la conclusión ha sido siempre la misma. 

Eso es todo. No me queda más que agradecerles a todos sus visitas y sus comentarios. Yo me he divertido mucho; espero que ustedes también. Sepan que les echaré de menos. A todos gracias y besos en la boca. Nos vemos, seguramente.


viernes, 9 de diciembre de 2011

"Frío" de Rafael Pinedo

Pues decepción, contenida, sí, pero decepción al fin y al cabo, y no porque sea mala sino porque la esperaba mejor que Plop y no lo es. Por ahí le anda, pero no. 

Pero vayamos por partes. Rafael Pinedo es, era, argentino. Murió en 2006. Al cumplir dieciocho años quemó todo lo que había escrito hasta entonces -dice la editorial en su perfil- y sólo a los cuarenta retomó su producción literaria. Lo de quemar su primera producción es muy argentino; (dicen que) también lo hizo en su momento Sábato, si no recuerdo mal, y miren que bien le fue. Que cunda, pues, el ejemplo. Hasta los veinte uno que escriba lo que le salga de los reales alcázares, lo mismo en cantidad que en calidad, pero que sepa que después ha de quemarlo todito todo en la más absoluta de las intimidades (que no nos enteremos hasta pasado un decenio; nada de ir presumiendo por ahí) incluyendo diarios íntimos y correspondencia privada. De los veinte a los cuarenta vivir, así sin más, que ya no está mal, pero saliendo de casa, nada de hacerlo en el Facebook que luego se nota la falta de experiencias vitales. Después, en la serenidad de la madurez, escribir, entonces sí, para publicar. Con esta fórmula no sólo ahorraríamos papel, ayudando con ello a salvar el Amazonas, sino que nos libraríamos de leer las estupideces que unos cuantos creen que merecen ser leídas. No miro para nadie en concreto pero sí para todo el mundo. 

El caso es que Pinedo murió como mueren los escritores de verdad del otro lado del charco: dejando  inéditas un puñado de obras. Yo no sé qué pasa en Latinoamérica que si no es por Herralde y Mondadori allí no se publica ni el Hola. Angelitos, deben andar todos como locos por morirse para alcanzar la gloria merecida. Pues lo mismo Pinedo. Cuando leí Plop creí que no iba a volver a leer nada más (ver reseña aquí) de este señor -yo soy mucho de meter la pata menos por ingenuo que por desinformado- y ahora resulta que tiene otro libro, Frío, que además quedó finalista en no sé qué premio. Bueno sí que lo sé, era el Premio Planeta Argentina y esto ocurrió en 2004, que digo yo que da igual porque al final el puto libro quedó sin publicar ya no sé si por desinterés o falta de presupuesto. Pero aquí estamos los españoles, valientes como cosacos, que lo mismo conquistamos sus tierras, que tomamos sus mujeres, que editamos sus libros. El caso es no dejar piedra sin remover ni libro sin publicar, ni mujer sin tomar, sí. Pero esto no queda aquí, ya verán. Dice Elvira Navarro, insigne escritora nacional y prologuista del libro en cuestión, que hay otro más porque aquello que parecía algo casual era en realidad una trilogía de armas tomar de bien planificada, que se lo dijo un pajarito porque ella el manuscrito no ha llegado a catarlo. Más o menos esto, con un poco de libre interpretación por mi parte, pero sin salirme de la idea principal.

Pero hablábamos de “Frío”. Esto va del apocalipsis, again. Si en la primera parte (Plop) lo peor era ver el maltrato infantil, la amoralidad general y cómo se follaban todos a todos sin miramientos ahora la cosa va de pasarlo peor que mal con el cambio climático que después de una revisión a la baja de la prima de riesgo es lo peor que le puede pasar al ser humano. Pudiera ser perfectamente un paso atrás ya que aquí, en Frío, parece que esté a punto de ocurrir lo que ocurre en Plop. Un poco rollito precuela, pues, y está por ver si en la tercera parte no se nos contará qué tiene la culpa de todo o si realmente no se habrá equivocado el becario de Salto de Página y las habrá ido pasando a edición en el orden equivocado. Retomando: la cosa va de una niña de unos veinte años que se queda solita sola en una suerte de colegio privado para jovencitas, abandonadita toda ella con su devoción por el santoral y el despertar sexual, que es acordarse de la polla del portero y darle un sofoco de tener que refrescarse con agua bendita. Al poco llegan las ratas que se lo van comiendo todo menos a ella que parece haber hecho un pacto con el demonio y no con dios como se cree. Las historias que cuenta el libro, compartimentado en minúsculos episodios tipo Plop o El Gran Cuaderno (de Agota Kristof) (esto es, dos o tres páginas cada uno) son de una economía de lenguaje ejemplar y van desde la organización diaria, a la caza de ave picuda (único sustento de la muchacha), o a las misas autoinfligidas. Y no les cuento más que les dejo sin libro tan pequeñito que es. En general la cosa va de pasar mucho frío y tenerle un miedo atroz a todos los rabos que no sean de rata. (No me juzguen precipitadamente: este chiste tan fácil tiene más enjundia de lo que aparenta pero si se lo cuento no les iba a hacer maldita la gracia y prefiero quedar yo de gilipollas antes que dejarles a ustedes sin sorpresa.) 

Lo dicho, más de lo mismo: apocalipsis y religión, no poder follar por culpa de ambos y hacerlo mal cuando se intenta por ser ya demasiado tarde y estar demasiado loco. Pero por más bonito que lo haga Pinedo y por más bien que me lo pasé yo con las desdichas ajenas no deja de ser la eterna revisión de los mecanismos de supervivencia de seres débiles que van perdiendo kilos y cordura a partes iguales. El antes y el después y el durante de un infeliz ser humano en el fin de los tiempos y lo mal que se lleva todo si hay exceso de fe porque todo el mundo sabe que para combatir el frío nada mejor juntar dos cuerpos desnudos sean estos de novicia o no pero mejor que sí. El final, que no parece querer otra cosa que provocar rechazo con una imagen efectista, me ha decepcionado bastante precisamente por eso y por otro lado el componente ligeramente sobrenatural de ciertas partes me sacaron pronto de una historia que de otro modo me hubiera podido creer a pies juntillas. A pesar de todo, un buen entretenimiento. Y ya.



lunes, 5 de diciembre de 2011

Una aproximación a “Memorias del subsuelo” de Fiodor M. Dostoievski a través de DFW y Joseph Frank


Hace un par de meses, mientras reorganizaba una estantería, me senté a ojear un recopilatorio de ensayos de David Foster Wallace llamado “Hablemos de langostas” (Mondadori, 2007). Quiso el azar que lo abriese exactamente en uno llamado “El Dostoievski de Joseph Frank” cuya lectura obvié en su momento y que más o menos empieza del siguiente modo: 

«Tal como puede confirmar cualquiera que la haya leído, Memorias (1864) es una novelita impresionante pero considerablemente extraña, y estas dos cualidades tienen que ver con el hecho de que el libro resulta al mismo tiempo universal y particular. […] Notas del subsuelo y su Hombre del Subsuelo son en realidad imposibles de entender sin conocer el clima intelectual de Rusia en la década de 1860, sobre todo el momento álgido del socialismo utópico y el utilitarismo estético que estaban de moda por entonces entre la intelectualidad radical, unas ideologías que Dostoievski odiaba con esa pasión con que solamente podía odiar Dostoievski.» 

Para ponerse al corriente del clima intelectual ruso, entender la importancia del socialismo utópico y el utilitarismo estético de entonces no es suficiente con visitar dos o tres enlaces de la wikipedia o enciclopedia similar. Se lo digo por experiencia. Tampoco es suficiente repasar el contexto histórico y los apuntes biográficos de los prólogos que se incluyen en algunas ediciones (pienso en Cátedra) de según qué novelas de Dostoievski (pienso en Crimen y Castigo). No es suficiente. En un principio, en mi bendita ignorancia, creí que sí pero resultó ser que no. No fui consciente de ello hasta hace unos días cuando leyendo el ensayo de Frank al que hace referencia Wallace, di con la parte en que se trata este asunto con detalle al tratar de explicar las razones del relativo éxito de la primera novela de Dostoievski. Con esto no quiero decir que no se pueda leer esta novela sin tener esa información, pero sí es verdad que cuesta más entender lo que Dostoievski quería decir si no es así. Pero sigamos con Wallace:

«Lo que pretende [Joseph] Frank es mostrar que es imposible hacer una lectura exhaustiva de la narrativa de Dostoievski sin una comprensión detallada de las circunstancias culturales en que se concibieron los libros y a las que estos querían contribuir. Esto, explica Frank, se debe a que las obras de madurez de Dostoievski son fundamentalmente ideológicas, y no se pueden apreciar plenamente a menos que uno entienda las intenciones polemistas que las animan. En otras palabras, la mezcla de universal y particular que caracteriza Memorias del subsuelo (*) marca en realidad la mejor obra de FMD, un escritor cuyo «deseo evidente», dice Frank, es «dramatizar sus temas morales y espirituales usando como telón de fondo la historia de Rusia.» 

Si sigo por este camino les acabaré pegando el ensayo íntegro y los de Mondadori se van a enfadar conmigo, pero hay que hacer lo que hay que hacer y yo no conozco mejor manera de contarles esta película y por eso les voy a poner uno más, el penúltimo: el pie de página que hace referencia directa a la novela en cuestión y que acabo de señalar con un asterisco en el párrafo anterior. 

(*) «El volumen tercero [de la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank], La conmoción de la liberación (2), incluye una muy buena lectura explicativa de Memorias [del subsuelo], que localiza la génesis del libro en una réplica al «egoísmo racional» que puso de moda el libro ¿Qué hacer? de N. G. Chernishevski e identifica al Hombre del Subsuelo como básicamente una caricatura paródica. La explicación que da Frank de la mala lectura generalizada que se hace de Memorias (mucha gente no lee el libro como un conte philosophique, y da por sentado que Dostoievski ideó al Hombre del Subsuelo como un arquetipo serio al nivel de Hamlet (3)) también contribuye a aclarar por qué las novelas más famosas de FMD a menudo se leen y se admiran sin apreciar en absoluto sus premisas ideológicas: «La función paródica del personaje [del Hombre del Subsuelo] siempre ha quedado encubierta por la inmensa vitalidad de su encarnación artística». Es decir, que en cierto sentido Dostoievski era demasiado bueno para lo que le convenía.» 

(Las frases lapidarias con las que Wallace termina algunos párrafos son impagables.) Busqué sin éxito -y sin especial interés- la novela de Chernishevski, aunque sí descubrí que guarda una estrecha relación con otra novela de Dostoievski, “Humillados y ofendidos”, de inminente lectura, como tantas otras. En cambio sí localicé en diferentes bibliotecas cuatro de los cinco tomos de la edición completa del “Dostoievski" de Joseph Frank (4), el primero de los cuales me traje para casa hace un par de meses y devolví a medio leer convencido de la necesidad de hacerme con él. (5) Del prefacio de ese primer tomo extraigo la siguiente cita del propio Frank: 

«En aquel tiempo estaba yo muy interesado en la nueva literatura existencialista […] así que elegí como tema para mi disertación “Los temas existencialistas en la literatura moderna”. Con el fin de establecer un marco histórico, inicié mi exposición con un análisis de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, obra considerada precursora de las teorías y de los temas que encontramos en el existencialismo francés. Mi interpretación de esa obra se deriva de los escritos de Leo Shestov y de Nikolái Berdyaev: subrayaba yo la irracionalidad y la amoralidad del hombre marginado y lanzado a la clandestinidad, en tanto que éste, trágica y retadoramente, conserva la libertad de su personalidad frente a las leyes de la naturaleza, sin importarle el costo que esto signifique para él y para los demás.» 

Leer las historias que cuentan cómo nacen algunos libros es una actividad francamente adictiva, en ocasiones mucho mejor que la lectura de la propia novela. No es el caso. "Memorias del Subsuelo" es un relato excelente, una novela que empieza cómo ya no empiezan las novelas (6)

«Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.» 


(En esta reseña -no así en las siguientes que había proyectado dedicar al escritor- voy a obviar casi completamente (la excepción está en la tercera nota a pie de página) los comentarios de Vladimir (“estoy deseoso de desmitificar a Dostoievski”) Nabokov en “Curso de literatura rusa” en el que afirma que “Dostoievski no es un gran escritor, sino un escritor bastante mediocre; con destellos de excelente humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria" ya que lo que hoy realmente me interesaba, más que hablar de “Memorias del subsuelo,” era contarles los motivos que me llevaron a leerla. Ya habrá tiempo para lo otro. Tampoco quiero dar la impresión de haber tomado ya partido por uno de los bandos. No es eso, simplemente me reservo el derecho de apasionarme con Dostoievski antes de odiarlo.) 


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(1) Esto es medio verdad, medio mentira. Este post es también la doble excusa de no saber cómo hablar de un clásico como este y la de la certeza de estar lejos de poder interpretarlo correctamente. 

(2) Editado, en castellano como “Dostoievski. La secuela de la liberación 1860-1865” editado por el Fondo de Cultura Económica en 1993, reeditado en 2010 y realmente difícil de conseguir no digamos ya de encontrar disponible en librerías. 

(3) Es probable que esta frase sea una maldad de Wallace refiriéndose al abiertamente crítico con Dostoievski Vladimir Nabokov, que en “Curso de literatura rusa” dice lo siguiente (y perdonen la extensión de la cita): “Cuando un artista se pone a trabajar en una obra de arte, se ha propuesto un problema artístico concreto que pretende resolver. Escoge sus personajes, su tiempo y su lugar, y busca después aquellas circunstancias particulares y especiales que permitan que esos sucesos que a él le interesan ocurran de forma natural, desplegándose, por así decirlo, sin violencia alguna por parte del artista para forzar la consecuencia deseada, desprendiéndose de forma lógica y natural de la combinación e interacción de las fuerzas que el artista ha puesto en juego. El mundo que el artista crea con esa finalidad puede ser totalmente irreal —como lo es, por ejemplo, el mundo de Kafka, o de Gógol—, pero hay una exigencia absoluta que tenemos derecho a plantear: ese mundo, en sí y mientras dure, tiene que ser verosímil para el lector o espectador. Carece totalmente de importancia, por ejemplo, que Shakespeare introduzca en Hamlet al espectro del padre de Hamlet. Tanto si coincidimos con esos críticos que dicen que los contemporáneos de Shakespeare creían en la realidad de los fantasmas, y por lo tanto Shakespeare hacía bien en meterlos en sus obras como realidades, como si damos por sentado que esos fantasmas son algo así como unas propiedades del escenario, es lo mismo: desde el momento en que el espectro del rey asesinado entra en la obra, le aceptamos y no ponemos en duda que Shakespeare estaba en su derecho al introducirle en la obra. De hecho, la verdadera medida del genio está en la medida en que el mundo que ha creado es suyo propio, un mundo que no existía antes de él (al menos aquí en la literatura), y, lo que es más importante, en que haya conseguido hacerlo más o menos verosímil. Quisiera que considerasen ustedes el mundo de Dostoievski desde este punto de vista. […] En segundo lugar, ante una obra de arte hemos de tener siempre presente que el arte es un juego divino. Ambos elementos, el de lo divino y el del juego, son igualmente importantes. Es divino porque éste es el elemento en que el hombre se acerca más a Dios, conviniéndose en auténtico creador por derecho propio. Y es juego porque seguirá siendo arte sólo en tanto se nos permita recordar que, en el fondo, todo es ficción, que la gente del escenario, por ejemplo, no es asesinada de verdad; dicho en otras palabras, sólo en tanto que nuestros sentimientos de horror o de repugnancia no oscurezcan nuestra comprensión de estar participando, como lectores o espectadores, en un juego complicado y delectable. En el momento en que ese equilibrio se rompe tenemos, sobre la escena, un melodrama ridículo, y en un libro una descripción truculenta de pongamos, un caso de asesinato que estaría mejor en las páginas de un periódico. Y dejamos de experimentar esa sensación de placer y satisfacción y vibración espiritual, ese sentimiento combinado que es nuestra reacción al arte auténtico. Por ejemplo, no sentimos repugnancia ni horror ante el sangriento final de los tres mejores dramas de todos los tiempos: el ahorcamiento de Cordelia, la muerte de Hamlet, el suicidio de Otelo nos dan escalofríos, pero escalofríos que llevan en sí un elemento intenso de deleite. Ese deleite no procede de que nos alegremos de ver perecer a esas personas, sino simplemente de que gozamos con el genio abrumador de Shakespeare. Quisiera que estudiasen ustedes Crimen y castigo y las Memorias de una ratonera, que también se conocen con el título de Apuntes del subsuelo (1864), desde este segundo punto de vista: el placer artístico que encuentran en acompañar a Dostoyevski en sus incursiones en las almas enfermas de sus personajes, ¿es constantemente mayor que cualesquiera otras emociones, los repeluznos de repugnancia, el interés mórbido que produce una historia de crímenes? En las otras novelas de Dostoievski hay todavía menos proporción entre el logro estético y el elemento de crónica de sucesos." 


(4) La que falta me vi obligado a pedirla porque (vean que mala suerte) es precisamente esa la que contiene la lectura explicativa que hace Frank de “Memorias del subsuelo”. Me rechazaron la desiderata días después alegando que era de 1993, como si 18 años fuesen toda una vida. Finalmente la conseguí, por si les interesa, y si omito lo que aprendí de ella es simplemente porque este post habla de un momento muy concreto y no viene a cuento de nada alargarlo más o me quedaré sin argumentos cuando reseñe el libro en cuestión. 


(5) Ese mismo tomo -y el siguiente- volví a rescatarlo hace apenas quince días para acompañar la inminente lectura de las dos primeras novelas de Dostoievski (“Pobre gente”(*) y “El doble”) por lo que es de suponer que no tardaré en volver a escribir sobre el asunto. 
(*) Tengo que publicar este post de una santa vez. Cuando escribo estas palabras ya he terminado “Pobre Gente”, leo "El Doble" y he hecho bastante más que superar el ecuador del primer tomo de Joseph Frank.
(6) Lamento no poder señalar cuál fue exactamente la edición que leí ni dar el nombre del traductor ya que este libro fue un préstamo que devolví hace mucho tiempo y no tengo forma de consultarlo.