jueves, 10 de noviembre de 2011

"Últimos días en el Puesto del Este" de Cristina Fallarás

Admito ser incapaz de evitar ver en las protagonistas de sus novelas a la propia Cristina (o de la imagen que me gusta hacerme de ella a cada momento). Esto tiene una razón de ser que es al mismo tiempo un cumplido a la escritora: personajes fuertes y duros a la vez que más sensibles que la nuca de un recién nacido; madres amantísimas, esposas ejemplares… Personajes cuyo único defecto reside en el exceso de celo de sus pasiones casi siempre contenidas en silencios de un lirismo –lo siento- agotador. 

Yo no sabía que en esta novela había tanto, tanto amor. Quizá de saberlo no me hubiese metido con el mismo entusiasmo porque yo para estas cosas soy de minidosis aunque esto no quiere decir que me arrepienta (al fin y al cabo no es caminar sobre cristales) porque no deja de ser una novelita que se lee en poco menos de dos horas. Esto lo digo porque me estoy dando cuenta de que la crítica se va hacia dónde no quiero. Decía que hay mucho amor, sí, y mucha pasión, mucho sexo, mucho sentimiento “a flor de piel”, que diría aquel. Demasiado de todo. Pero demasiado de todo aquello que a mí más me espanta en una novela, pero eso no quita que no sepa apreciar su belleza y buen hacer (voluntariamente ambiguo, esto) porque si hay algo cierto es que Cristina sabe escribir y si nuestras almas no acaban de fundirse es simplemente porque no toca donde más me duele. 

Lo peor que puedo de decir de la novela es lo que insinué un poco más arriba y es que parece que se infiltre demasiado de la propia Cristina en la historia de otra (siendo “otra” la protagonista) y ese indefinido transitar entre el género apocalíptico y de amor, pulsión sexual incluida. Entiendo que Cristina habla de los sentimientos, de la pasión amorosa en todas sus formas, como la mejor manera de luchar contra nuestro yo más salvaje, el que habita y nos define (no siempre) en las situaciones extremas pero para ser una novela tan corta pasa que se me cuentan demasiadas cosas (o pocas  demasiadas veces) como para que no acabe por sobrarme una mínima cantidad de ellas. Y es de cajón que no puede ser bueno que me sobren páginas en algo así de pequeño. 

Y ahora la parte de los besos. 

Como amante de la cosa apocalíptica no puedo evitar el entusiasmo al leer sobre el fin de los tiempos again. En esta enésima revisión del Mad Max de turno que en esta ocasión viene, oh felicidad, de la mano de la santa madre iglesia, aquí la madre más ramera de todas, una grandísima hija de puta que le da a la novela un punto entre premonición, falso documental o ficción política (no lo tengo claro). El apocalipsis cristiano a pesar de todo y por encima de todo. La última guerra santa. Y no estoy hablando de las elecciones sino del argumento: en una casona convive un grupo de gente que espera a su capitán que no acaba de volver de una incursión en el campo enemigo en que se ha convertido el mundo entero por culpa de la fe de unos pocos. Cuando la desesperación campa a sus anchas entre los escasos habitantes del Puesto del Este, la mujer del capitán trata de mantener el tipo y la vida de sus hijos mientras lo que se oculta tras las murallas se siente como un precipicio. 

Luego está lo de los niños. Joder, los niños. Qué puta manía con los niños. “Plop” (de Rafael Pinedo) es soportable porque los niños son como tojos pero aquí hay una madre y mucho amor y un abandono y soledad y un cerco dentro de un cerco y sólo un modo de librarse de él que es el mismo modo de librarse de todos los cercos y claro, así no hay manera porque te imaginas a los niños y el dolor de sus miradas y el frio de sus cuerpecitos y el no tener qué llevarse a la boca, que a mí todo esto me toca mucho la moral y no digamos ya la fibra. El final, que se veía venir -porque el fin del mundo conocido es lo que tiene- no es el final y ahí Cristina la caga un poco, con perdón, porque el final finalísimo es una coda -lo que viene siendo el epílogo de toda la vida de dios- que a mí personalmente me sobra por dos razones: porque cambia radicalmente de estilo (no sé a qué viene tratar el asunto como un artículo periodístico) y porque no aporta nada a la historia salirse de la primera persona para saber lo que ocurrió en un momento muy concreto fuera de las murallas cuando ya suponemos que aquello está plagado de hijos de puta y de qué cuerda son. 

En general, y sin tratar de salvarle la vida a nadie (es un decir) es una novela que se deja leer y se lee con cierto placer; que está bien escrita (aquello del sentimiento desatado) pero que peca de contar más cosas de las que yo personalmente necesito o me interesa conocer. A mí me gusta la escritura más directa, menos afectada -esto es defecto del animal- y hubiese preferido unos diálogos que no fuesen como versos encadenados máxime cuando ya sea follando o matando lo que pide el cuerpo es nada más que gemir.



martes, 8 de noviembre de 2011

“Sobre el teatro: artículos y cartas” de Antón P. Chéjov



“Se ha descubierto el remedio contra los críticos molestos. Si un crítico le elogia, preséntese e invítelo a cenar en Casa Velde; por el contrario, si le increpa, rómpale la cara. En definitiva, retribuya sus méritos y castigue sus vicios, sin desestimar inocentes recursos como el cogotazo o el rodillazo”. (Anton Chéjov) 



Antes de empezar les prevengo: esto va a ser un poco aburrido. Va de Chéjov, de teatro… esas cosas. Lo digo por si prefieren saltársela y evitarse la innecesaria agonía. Ustedes verán. 

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El cuerpo me pide contarles con todo lujo de detalles cómo llegué a este libro pero soy consciente de que los relatos de este tipo que a uno le parecen tan apasionantes (es un decir) a los demás les resultan por lo general bastante tediosos cuando no directamente insufribles y de ahí que no vaya a ser más que un mero apunte dentro de la reseña. Si es que tampoco tiene nada de especial. Lo descubrí por casualidad en el catálogo de Libros del Silencio. Mi única experiencia con el teatro de Chéjov había sido un completo desastre. Animado por la amistad había leído sin demasiado entusiasmo y muchas prisas “El jardín de los cerezos” que directamente debo confesar que no sólo no me dijo nada sino que me espantó de mi propósito inicial de hacerme un recorrido mayor por este tipo de teatro o por el teatro de este tipo. El caso es que como era de esperar hubo quien me llamó la atención; me vino a decir que debía leer más despacio: aprender a leer teatro (grosso modo esto): educarme. Por el bien de ustedes me saltaré ahora las escenas gratuitas de sexo para seguir en el momento en que creí que este libro podía ser una buena manera de acercarme a la obra de Chéjov sin tener que volver a pasar por el mal trago de regresar a los cerezos de marras. Y efectivamente, así fue; no sólo me reconcilió con Chéjov (definitivamente, además) sino me ha permitido disfrutar de una de las mejores y más gratificantes lecturas del año (y estoy haciendo la comparación con un volumen considerable de ellas.) 

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Sobre el teatro: artículos y cartas” es exactamente lo que parece: una cuidada y en apariencia (me tengo que fiar de la intuición) más que acertada selección de artículos y cartas -o extractos de cartas- de aquello que él escribió y tenía que ver única y exclusivamente con el teatro. Eso no quiere decir que no mencione de vez en cuando y muy de pasada cosas que tienen más que ver con los relatos aunque esto en realidad  ocurra para explicar el mejor modo de crear un personaje, resaltar los defectos o proponer trucos narrativos que puedan tener utilidad dentro y  fuera del escenario.

Ahora podría aburrirles con el casi medio centenar de párrafos que fui destacando durante la lectura y disertar sobre ellos hasta la extenuación -me encantaría- pero saldría un texto más largo que el propio libro y ninguno queremos eso. Para evitar hacernos daño mutuamente lo vamos a dejar en un par de apuntes que sirvan para dar una idea general del contenido. El primero tuvo lugar al comienzo, durante el prólogo de Lluis Pascual, cuando éste confiesa que había en sus primeras lecturas del teatro de Chéjov algo que se le escapaba. “Me parecía no entenderlo”, confiesa, “y por supuesto no lo entendía. En realidad no me di cuenta de su grandeza hasta que estuve dentro, hasta que en el Teatre Lliure, prácticamente al empezar, nos atrevimos con una obra maestra como Las tres hermanas”. Por lo que se ve esto de no sólo nos ocurre a mí (lo cual es un consuelo) o al amigo Pascual sino también -agárrense- al propio Chéjov. Vean lo que dice en un momento determinado: “Por lo general no entiendo las obras que no veo representadas y por eso no me gustan, pero leeré “El judío” con atención, supliré el escenario con la imaginación y quizás saque algo en claro de la lectura” (Pág.359). Y es que no se lo creerán, pero Chéjov odiaba (o eso decía) el teatro.

El libro gira un poco en torno a esa idea: que el teatro teatro es y que la correcta interpretación del texto pasa por su representación lo cual no quiere decir ni remotamente que podamos arreglarlo con un par de sesiones. Lo cierto es que si algo me ha quedado claro es que debe ser dificilísimo (por no decir imposible) dar con una obra que recoja exactamente lo que el escritor quería transmitir. Sus cartas (impagables todas ellas) recogen multitud de quejas, protestas y aclaraciones acerca de cómo deben o deberían ser los personajes, los actores, sus matices, las inflexiones de su voz… todo, hasta el menor de los detalles. No le servía cualquier actor para cualquier papel ya que había muchos que por los vicios adquiridos en su trayectoria artística no daban el perfil adecuado. Chéjov no parece contentarse nunca con nada y resulta más divertido cuanto más crítico se vuelve (“El señor Ivánov-Kozelski se pasa el primer acto gimoteando. Hamlet no sabía gimotear. Las lágrimas de los hombres son caras, y las de Hamlet no digamos.” (Pág.43)) aunque para darse una idea de hasta dónde es capaz de llegar nada mejor que repasar la primera parte, aquella que recoge algunas (pocas, en mi opinión) críticas a las obras de otros y en las que además de despiadado resulta tremendamente divertido. 

“Los actores no lo entienden, dicen tonterías, no escogen el papel que les conviene, y me peleo porque creo que, si la obra no se monta con la distribución de papeles que yo he hecho, será un fracaso total. Si no la hacen tal como yo quiero, habrá que retirarla para evitar la vergüenza. En general, la situación es molesta y muy desagradable. De haberlo sabido, no me habría metido en esto.” 



La traducción de todo esto es que no sé hasta qué punto es acertado (entendiendo esto como “suficiente") LEER a Chéjov. Y lo que es peor: tampoco puedo (sabiendo ahora lo que sé) conformarme con su representación. Es decir, que no tengo la más remota idea de sí algún día seré capaz de interpretar correctamente sus obras de teatro pero lo que sí tengo claro es que de volver a intentarlo tendrá que ser utilizando este libro como manual de lectura (lo cual es todo un cumplido porque yo no me compro cualquier libro y este encabeza la lista).


jueves, 3 de noviembre de 2011

"Caribou Island" de David Vann


David Vann se hizo famoso con un libro fenomenal llamado Sukkwan Island (Ediciones Alfabia, 2010) del que no hablé en su momento aunque sí recomendé un par de veces, todas ellas con éxito (es decir, que sigo siendo amigo de quienes siguieron mi consejo, que tampoco es algo que me ocurra todos los días.) El caso es que para hablar de Caribou Island, y sin que sirva de precedente, también necesito hablar de Sukkaw Island. Pero acabo enseguida, se lo prometo.

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Sukkaw Island iba de un padre que quería pasar un año entero de la custodia compartida con su hijo en una isla miserable de Alaska a la que sólo se podía llegar en avión. La idea era estrechar lazos y otros derivados del divorcio pero estaba claro que el tipo estaba como un cencerro porque eso de recuperar el tiempo perdido con tu hijo en un páramo helado es de de hijo de puta integral. La única razón por la que el chaval acepta es porque Vann (el autor) lo necesita para expiar un pecado de su propio pasado: a los 13 años su padre le pidió que realizasen ese mismo viaje y él le dijo que no porque prefería quedarse en California junto a su madre y hermanas y es que uno tiene que querer mucho a su padre para cambiar un sitio por el otro. Dos o tres semanas después su padre su suicidó pegándose un tiro. Este dato biográfico es importante tenerlo en cuenta porque se vendió junto con la novela. Esto le dio una doble lectura que probablemente, y sin desmerecer el resto, ayudó a mejorar el resultado. Sukkaw Island es una novela corta, absorbente, intensa, desquiciante, demoledora (especialmente la primera parte). Un viaje al infierno de ser un niño. Muy recomendable, en definitiva. 

Hasta donde yo sé Caribou Island es la segunda novela de Vann. El argumento es más o menos el siguiente: una mujer se ve obligada a acompañar al gilipollas de su marido (que pasa por la enésima crisis de identidad) en otro viaje infernal: se trasladarán a vivir a un pequeño islote situado en el centro del frío lago a orillas del que viven en el que construirán con sus propias manos, y sin tener las más remota idea de cómo hacerlo, una cabaña de madera en la que pasar el invierno. Esto es: la experiencia salvaje del retorno a los orígenes de la humanidad y tú vienes conmigo porque lo digo yo. Al igual que en Sukkaw Island partimos de la premisa de una imposición del “cabeza de familia” y una aceptación del eslabón débil de la cadena aunque en este caso por diferentes pero justificados argumentos: ella trata de evitar que la abandone su marido,  teme quedarse sola y acabar suicidándose tal como hizo su madre. El suicido otra vez, sí. 

A diferencia de la anterior novela en la que sólo importaban dos personajes (padre e hijo aunque quizá habría que incluir el entorno como tal) en esta ocasión Vann incluye otros miembros de la familia a quienes otorga demasiado protagonismo: sus dos hijos y las parejas de estos. Que a todos les pase algo y no siempre sea igual de interesante es, a mi entender, el punto más flaco de la novela. Esto lo digo porque no acabo de entender qué relación tiene (o qué mensaje quiere transmitir Vann con) lo que le ocurre al marido de su hija con lo que ellos (siendo "ellos" los verdaderos protagonistas) están llevando a cabo en el islote. Lo mismo con el trabajo de Mark, su otro hijo, que apenas sí comparte cinco minutos de escenario con el resto y vive de la pesca del salmón, un procedimiento que Vann explica con el mismo lujo de detalles con que lo explica casi todo. Da la sensación de que su intención al crear esas historias paralelas no es tanto la de enriquecer el drama familiar como la de adornar una trama principal que sin ellas sería excesivamente breve y demasiado parecida a Sukkaw Island. Pero esto (y es importante tenerlo en cuenta) únicamente por lo odioso de comparar ambas novelas. Seguramente enfrentar la lectura sin el lastre de esa obra anterior sería mucho más agradable, pero hay demasiados paralelismos como para obviarlos o al menos yo no pude hacerlo.

En cualquier caso y por ir acabando, Caribou Island, aún pareciéndome inferior a la anterior, es una novela que en general se deja leer con notable interés si uno es capaz de perdonarle las escenas eroticofestivas que no aportan absolutamente nada a lo que realmente importa que es eso tan horrible que le ocurre a un matrimonio en crisis en un islote miserable de un lago perdido de Alaska.