Admito ser incapaz de evitar ver en las protagonistas de sus novelas a la propia Cristina (o de la imagen que me gusta hacerme de ella a cada momento). Esto tiene una razón de ser que es al mismo tiempo un cumplido a la escritora: personajes fuertes y duros a la vez que más sensibles que la nuca de un recién nacido; madres amantísimas, esposas ejemplares… Personajes cuyo único defecto reside en el exceso de celo de sus pasiones casi siempre contenidas en silencios de un lirismo –lo siento- agotador.
Yo no sabía que en esta novela había tanto, tanto amor. Quizá de saberlo no me hubiese metido con el mismo entusiasmo porque yo para estas cosas soy de minidosis aunque esto no quiere decir que me arrepienta (al fin y al cabo no es caminar sobre cristales) porque no deja de ser una novelita que se lee en poco menos de dos horas. Esto lo digo porque me estoy dando cuenta de que la crítica se va hacia dónde no quiero. Decía que hay mucho amor, sí, y mucha pasión, mucho sexo, mucho sentimiento “a flor de piel”, que diría aquel. Demasiado de todo. Pero demasiado de todo aquello que a mí más me espanta en una novela, pero eso no quita que no sepa apreciar su belleza y buen hacer (voluntariamente ambiguo, esto) porque si hay algo cierto es que Cristina sabe escribir y si nuestras almas no acaban de fundirse es simplemente porque no toca donde más me duele.
Lo peor que puedo de decir de la novela es lo que insinué un poco más arriba y es que parece que se infiltre demasiado de la propia Cristina en la historia de otra (siendo “otra” la protagonista) y ese indefinido transitar entre el género apocalíptico y de amor, pulsión sexual incluida. Entiendo que Cristina habla de los sentimientos, de la pasión amorosa en todas sus formas, como la mejor manera de luchar contra nuestro yo más salvaje, el que habita y nos define (no siempre) en las situaciones extremas pero para ser una novela tan corta pasa que se me cuentan demasiadas cosas (o pocas demasiadas veces) como para que no acabe por sobrarme una mínima cantidad de ellas. Y es de cajón que no puede ser bueno que me sobren páginas en algo así de pequeño.
Y ahora la parte de los besos.
Como amante de la cosa apocalíptica no puedo evitar el entusiasmo al leer sobre el fin de los tiempos again. En esta enésima revisión del Mad Max de turno que en esta ocasión viene, oh felicidad, de la mano de la santa madre iglesia, aquí la madre más ramera de todas, una grandísima hija de puta que le da a la novela un punto entre premonición, falso documental o ficción política (no lo tengo claro). El apocalipsis cristiano a pesar de todo y por encima de todo. La última guerra santa. Y no estoy hablando de las elecciones sino del argumento: en una casona convive un grupo de gente que espera a su capitán que no acaba de volver de una incursión en el campo enemigo en que se ha convertido el mundo entero por culpa de la fe de unos pocos. Cuando la desesperación campa a sus anchas entre los escasos habitantes del Puesto del Este, la mujer del capitán trata de mantener el tipo y la vida de sus hijos mientras lo que se oculta tras las murallas se siente como un precipicio.
Luego está lo de los niños. Joder, los niños. Qué puta manía con los niños. “Plop” (de Rafael Pinedo) es soportable porque los niños son como tojos pero aquí hay una madre y mucho amor y un abandono y soledad y un cerco dentro de un cerco y sólo un modo de librarse de él que es el mismo modo de librarse de todos los cercos y claro, así no hay manera porque te imaginas a los niños y el dolor de sus miradas y el frio de sus cuerpecitos y el no tener qué llevarse a la boca, que a mí todo esto me toca mucho la moral y no digamos ya la fibra. El final, que se veía venir -porque el fin del mundo conocido es lo que tiene- no es el final y ahí Cristina la caga un poco, con perdón, porque el final finalísimo es una coda -lo que viene siendo el epílogo de toda la vida de dios- que a mí personalmente me sobra por dos razones: porque cambia radicalmente de estilo (no sé a qué viene tratar el asunto como un artículo periodístico) y porque no aporta nada a la historia salirse de la primera persona para saber lo que ocurrió en un momento muy concreto fuera de las murallas cuando ya suponemos que aquello está plagado de hijos de puta y de qué cuerda son.
En general, y sin tratar de salvarle la vida a nadie (es un decir) es una novela que se deja leer y se lee con cierto placer; que está bien escrita (aquello del sentimiento desatado) pero que peca de contar más cosas de las que yo personalmente necesito o me interesa conocer. A mí me gusta la escritura más directa, menos afectada -esto es defecto del animal- y hubiese preferido unos diálogos que no fuesen como versos encadenados máxime cuando ya sea follando o matando lo que pide el cuerpo es nada más que gemir.





