miércoles, 16 de febrero de 2011

Carta abierta a Rubén Martín G.



A Coruña, 10 de Enero de 2011 


Estimado Rubén (Martín G.): 

Dentro de exactamente 37 días, el 16 de febrero de este mismo año, recibiré un email de un amigo en el que despachará una venganza a fuerza de relatar una serie de guarradas que tendrán lugar entre escritores, editores y distribuidores que escandalizarían al mismísimo Sade y de las que no podré sacar provecho por falta de pruebas pero que prometo detallarte en cuanto tengan lugar. Lo que realmente importa es que en ese mismo correo me contará otras cosas: unas inconfesables y otras no tanto, entre las que se encuentra ciertas experiencias vitales como lector que te afectarán a ti directamente: “Me pasan cosas raras con Pynchon: no puedo leer “V”, no quiero leer “Vinelad”, no me atrevo con “El arco iris…”, muero por leer “Mason &Dixon” casi tanto como por leer “Contraluz” y seré el primero en comprar y el último en leer "la nueva": "Inherent Vice". Quiero lo que no puedo y puedo lo que no quiero. Pynchon me cabrea tanto o más que a Rodolfo Martín G.” 

Esto último será definitivo para llamar mi atención porque yo a ti, Rodrigo querido (aunque mi amigo insistirá en llamarte Recaredo) te veneraré -ya lo descubrirás- desde que hiciste tuya mi fantasía eroticoliteraria favorita: vender un libro, antes de escribirlo, que hablase de algo que no soy capaz de hacer. Me consta que tu fortuna, Roberto, –aquella que te hará mundialmente famoso e inmensamente rico- vino de la mano de una editorial un tanto hiperactiva (ya supongo que la habrás visto en facebook repartiendo novedades cómo octavillas) aficionada a perpetrar -sí, esa es la palabra- las mejores portadas del panorama literario español actual. (1)

Si me fuese a dar –cosa que no creo (aunque no me atrevo a descartarlo)– por abrir un grupo en Facebook llamado “yo también quiero que Alpha Decay me encargue una novela”, me juego un huevo y parte del otro a que en una semana sumaría más agregados que si Pola Oloixarac abriese al mismo tiempo otro al que diese por llamar “deja que te cure la disfunción eréctil con una foto y un poema de Luna Miguel” porque en este país, lo sabe todo el mundo, hay muchísimos más escritores aficionados adictos al Facebook -de esos que se empalman cada vez que Alpha Decay les pone un “me gusta” en sus comentarios- que sinceros amantes de la filosofía que crean posible poder verle otra cosa que no sea la sintaxis a nuestra común amiga Pola. Tantos (escritores aficionados… etcétera) como el resultado de restarle al total de blogs literarios todos aquellos que le hayan colado algún manuscrito a Seix Barral, Anagrama, Tusquets o Mondadori. No soy optimista: la cifra resultante sería el equivalente al producto interior bruto de alguna pequeña dictadura bananera. 

Lo que quiero decir con todo esto, amigo Rogelio, es que eres un tipo con suerte y de que independientemente de que te la merezcas o no, seguirás siendo un tipo con suerte. Confía en mí: lo he visto.

Dentro de exactamente 38 días (el 17 de febrero) recogeré tu libro; lo dejaré respirar y después lo leeré y una vez leído me voy a poner a parir elogios o tempestades según lo que merezca. Sabrás de mí por los gritos o los suspiros: veremos qué. 

Un abrazo y hasta pronto.


Con cariño,

La Medicina de Tongoy





(1) (Dile a Ana, si la ves, que el peloteo es gratis). 








Próximamente:

La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad sobre el libro Ricardo Martín G.: "Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios".







Mi relación con los implicados (para no dejar sombra de duda): con Thomas Pynchon y Rubén Martín (G.) tomo café un día sí y otro también. Con Alpha Decay tengo un acuerdo no verbal ni escrito de no publicar nada de lo que no escriba hasta que lo haga sin faltas de ortografía y tenga algo interesante que contar en menos de 60 páginas. Pero yo con 60 páginas no tengo ni para el índice y por eso me llevo mucho mejor con Jorge Herralde que con Ana S. Pareja porque Herralde tiene el corrector ortográfico y gramatical actualizado y no le importa publicar libros en los que no ocurra absolutamente nada digno de mención.

lunes, 14 de febrero de 2011

“The Wallace Touch”



Hace unos días, durante la lectura del primer relato (“Animalitos Inexpresivos”) incluido en el recopilatorio llamado “La niña de pelo raro” de David Foster Wallace, descubrí una escena absolutamente deliciosa -que me pasó desapercibida la primera vez que lo leí, hace ya demasiados años - y que ahora no quiero dejar de comentar. Tiene lugar en una playa. Las protagonistas son dos jóvenes mujeres que sabemos –o suponemos- enamoradas: 

Faye se ríe. Se moja un dedo y hace una señal en el aire como si hubiera un marcador. Las dos se ríen. Una ola más grande de lo normal rompe de una manera estrepitosa sobre la espuma. El dedo de Faye sabe a humo y a sal. 

Al leerlo me vino a la memoria la escena de una película de Ernst Lubitsch (que no logro identificar) en la que el director mostraba el primer plano de una rosa que depositaba el amante de la protagonista sobre la almohada de su cama antes de marchar por la mañana. Era la forma que tenía el director de insinuar la relación sexual que había tenido lugar esa noche evitando la censura habitual de la época. Ese peculiar uso del montaje y la ironía de que hacía gala Lubitsch provocó que el medio cinematográfico popularizase la expresión “Lubitsch touch” (el “toque Lubitsch”) para definir ese estilo en el que predominan la insinuación y la sugerencia. En sus películas los objetos comunes cobraban funciones simbólicas o evocadoras: calcetines, camisas, cajones, espejos, ramos de flores, pares de copas o las inolvidables puertas abiertas en “Lady Windermere's Fan”. 

El dedo de Faye sabe a humo y a sal.

viernes, 4 de febrero de 2011

Resumen de Lecturas: Enero de 2011


Porque me gustan más las listas que a Luna Miguel (y por no estar callado) referiré, de aquí a que me harte y siempre a toro pasado, un resumen de las que fueron las lecturas del último mes: mis impresiones, mis sensaciones o lo que surja, independientemente de aquellas, que por unos u otros motivos, tengan su propio espacio en el futuro.




Acaba un mes un tanto irregular en lo que a lecturas se refiere; un mes que se ha ido salvando gracias a un autoimpuesto ejercicio de voluntad. El único culpable soy yo: mi falta de planificación; la mala costumbre de ir 
saltando de flor en flor cambiando de opinión respecto a la siguiente lectura a cada momento. Así no hay manera. Si me hubiese hecho caso (si hubiese cumplido las promesas que me hice) a día de hoy podría ser el orgulloso propietario del recuerdo de la lectura de “Vinelad” o “V” de Pynchon, de “Cut and Doll” de Oscar Gual  (de éste he estado a punto: lo he llegado a empezar) o del “Bestiario” de Cortázar. De todos modos me siento afortunado: no he elegido tan mal. La cosa ha resultado como ahora les voy a contar.


[La parte alta: Zona Cálida]

(En esta zona está ese número indeterminado de novelas que, mejores o peores, me han dicho algo o han rozado algo o me han tocado alguna fibra por el motivo que sea: argumental, estilístico, ambos, etc. También valen cariños o manías o razones que no vengan al caso. )

Este mes lo inauguró y encumbró Thomas Bernhard (arriba, en la foto); esto es: fue el primero y el mejor. “Maestros antiguos”, ya me lo parecía a mí, no sólo ha resultado ser la experiencia del mes sino del año (entendiendo como “año” los últimos doce meses) y no tengo la menor duda de que ocupará en su momento un espacio en el ranking de "Lo mejor de 2011". Porque Bernhard es, desde ya, uno de mis escritores fetiche y le perdonaría hasta las faltas de ortografía si las tuviera. También es de ley incluir en este lista un librito desconocido al que no tengo la más remota idea de cómo llegué. Se trata de “El papel de mi familia en la revolución mundial de Bora Cosic, un tipo con un sentido del humor absolutamente genial que hace de los recuerdos de un niño durante la guerra algo a partes iguales triste y divertido. La prosa, su estilo; es inimitable. Peculiar, como el de Bernhard; lo cual confirma algo que hace tiempo sé: que me apasiona la escritura experimental y quizá por eso Ricardo Piglia, de profesión argentino, ocupe el tercer puesto. Lo consigue haciendo trampa porque el estilo de Piglia en “Respiración Artificial” (al menos en su segunda parte), es puro Bernhard llevado al extremo, aunque no fue eso lo que sedujo sino su erudición (la misma que espanta a otros) y la pasmosa facilidad que tiene para hacer atractivo cualquier cosa de la que hable. Lo mismo que Vila-Matas pero en gaucho donde el otro es quijotesco.





[La parte baja: Zona Templada] 

(Yo no hablo de los libros que no me gustan porque los libros que no me gustan no los leo. Los empiezo, les doy un tercio de oportunidad y si por entonces la cosa está de no, pues a otra cosa mariposa. Por eso, aquellos libros que están en la parte baja no son los libros malos sino los que aún gustándome no gozan de mis favores y lo más probable es que alguno de ellos a final de año ni lo recuerde. Quizá por eso los refiero).

Me tengo que morder los muñones para no incluir en la parte superior de la lista, en la Zona Cálida, los “Trenes hacia Tokio” de Alberto Olmos, un relato sencillo pero magníficamente escrito. El don de Olmos es hacernos creer que escribir es tan fácil como respirar aún sabiendo que no es así. “Carta de una desconocida”, de Stefan Zweig merecería el mismo honor por las mismas razones que el anterior. Este pequeño libro fue recomendación de otra lectura de este mes: “Vida y opiniones de Juan Mal-herido” escrito (ya se imaginarán) por Juan Mal-herido: un viaje hilarante por las mejores y peores lecturas del escritor durante los últimos años. “Tres ataúdes blancos” de Antonio Ungar es un libro muy bueno. Buenísimo. A VLM le pareció de lo mejor del 2010. A mí no, pero casi. O sí. Estoy pensando que quizá sí. Mi lista del año pasado sólo tenía 7 ganadores pero de tener 10 uno de ellos hubiese sido sin lugar a dudas éste, por lo tanto supongo que sí, definitivamente sí. “El cojo y el loco” de Jaime Bayly fue también una recomendación de Mal-herido; merece una entrada y puede que la tenga, pero no por los motivos que ustedes suponen. De Bayly esto es lo que más me ha gustado desde que tengo el disgusto de conocerle, pero es que yo a Bayly no lo podía ver delante desde “No se lo digas a nadie”, y aún hoy y a pesar de esto me costará repetir la experiencia. El punto clásico del mes lo pusieron dos novelas mínimas: “Los últimos días de Kant” de Thomas de Quincey, recomendación de un amigo, y “Los dos húsares” de Tolstoi, una cuenta que tenía pendiente con el ruso desde hacía meses. Ambas correctas y muy entretenidas. Para no eternizarme voy a precipitar el resto: “La literatura como bluff” de Julien Grac me pareció precisamente eso: un bluff. Un peñazo del diez. Todo lo irónico o sarcástico que uno quiera pero muy aburrido. Si por algo se libro de la quema fue gracias a su extensión: 60 miserables páginas. No es el caso de “Rosas, restos de alas”, un correcto libro de un magnífico Pablo Gutiérrez; una novela que apuntaba lo que luego sería (“Nada es crucial”). “Formas Breves” de Ricardo Piglia es fruto de la emoción y el entusiasmo surgidos durante la lectura de “Respiración Artificial” y no me defraudó en absoluto. Los dos últimos libros leídos fueron algo bélicos: “Matadero cinco” de Kurt Vonnegut me gustó menos de lo esperado; pero es que en cuando escucho las palabras “guerra”, “batalla” y "conflicto armado" me predispongo inmediatamente en su contra. Afortunadamente el siguiente, “Plop” de Rafael Pinedo, ofrece un espectáculo post bélico más cercano a un Mad Max amoral que a una batalla común.  El de Pinedo viene a ser algo así como la versión salvaje de “La Carretera” de Cormac McCarthy, una novela con la que tiene mucho en común. Pero esto se lo cuento en un par de días.




[La parte baja: Zona Fría: Abandonos]

Este mes sólo tuvo lugar un abandono. El angel caído fue “El Dorado” de Robert Juan-Cantavella. No me parece en absoluto una mala novela pero que no era lo que yo esperaba ni lo que me pedía el cuerpo en aquel momento y únicamente por eso lo dejé: para evitar disgustos y cogerle manía. La intención (noble) es la de retomarlo en un futuro indeterminado. Ja.