lunes, 10 de octubre de 2011

"TANiA CON i 56ª. Edición" de Enrique Rubio



Esto va de una niña que deja el campo por la ciudad para vivir la gran aventura de la modernidad. La muchacha se llama Antonia y al ser un poco paleta se deja influenciar fácilmente por todo -por la lírica, la ética, la estética- lo que la lleva a ir cubriendo las etapas más temidas de la paternidad: neohippy, indie, mística, comunista, artista bisexual, radikal, solidaria, gótica y misionera. Pues bien, la cosa va de esta niña que se muere no sabremos cómo hasta el final y de un biógrafo de encargo que se ocupa de documentar el acontecimiento que fue su vida y en cuyas redes cae a pesar de ser consciente de la imbecilidad que destila la niña y del poco peso de sus pasiones. Esto así contado no tiene mucho interés y lo cierto es que escrito tampoco es para revolcarse en el barro pero en conjunto tiene su aquel. Hasta le dieron un premio y todo. 

Lo llamativo/divertido -llamémosle x- radica en la forma que tiene el biógrafo de llevar a cabo su labor: desatiende continuamente las directrices editoriales e inserta aquí y allá acontecimientos personales de su presente inmediato que lo abocarían al desastre si no fuese por un providencial giro final de lo más cinematográfico. Lo "divertido" incluye la técnica de Palahniuk en “Rant” consistente en meter las voces de sus conocidos para dinamizar la historia y hacer un libro "collage" con otros subterfugios narrativos. Esto me gustó unas veces sí y otras veces no. Sí por la parte de innovación que pretende, por el tono a veces salvaje, la fina ironía, el citado dinamismo y No porque lo de la niña y el escritor por más vueltas que le den a la tortilla no tienen interés para 430 páginas de paciencia infinita.

En general la novela es irregular, pero no necesariamente mala (aunque sí prescindible, olvidable y el tan temido largo etcétera.) Tiene ese punto de cierta originalidad que se acompaña por algún momento especialmente interesante como pueda ser, por ejemplo, el dedicado a la Tania Comunista. Mención aparte merece también la paliza que le da al Nocilla Dream -el único libro que Tania se ha leído “gracias a la brevedad de los capítulos y las pocas letras con las que su mente disléxica ha tenido que pelearse”. El caso es que le dedica un buen montón de páginas (demasiadas, otra vez) y no todas ellas bonitas en el sentido de elogiosas aunque por el camino acabe quedando más o menos clara la idea de que sí es un libro que ha marcado un antes y un después en la literatura asiática, por ejemplo. El reverso oscuro del asunto es que por culpa de cosas como esta, tan de concreción espacio/temporal, el pobre libro tendrá que pagarlo caro cuando de aquí a veinte años ya nadie sepa de qué cuernos está hablando este señor, qué problema tiene con la nocilla y cómo se me pudo ocurrir leer esto. 

Por ir terminando... Ya he dicho que la historia no está mal, también que detrás hay un escritor que trata de hacerlo diferente (fin del elogio) pero el libro dichoso se va haciendo poquito a poco pelín pesado ya que las etapas que va quemando la niña por más que se consideren importantes para demostrar una evolución que se consolida con el paso del tiempo (y que dará que hablar en el ya mencionado capítulo final) resultan bastante repetitivas (por no decir "de sobra conocidas") y que la diferencia entre la Tania “solidaria” y la Tania “misionera”, por ejemplo, esté nada más que en ir a ayudar a los negritos y regalarnos otro par de risas con la evidencia de su ignorancia supina. Una última cosa que no me quiero dejar en el tintero: no me ha disgustado nada cómo escribe este Enrique Rubio, la forma que tiene de retratar la actualidad con una prosa ágil y divertida. Tiene momentos realmente buenos y no sólo uno o dos por lo que deduzco que no son fruto de la casualidad sino del saber hacer, lo cual me ha animado a buscar (infructuosamente, pero es que acabo de empezar) su anterior novela que ya supongo no será fácil de encontrar.





jueves, 6 de octubre de 2011

“Mi madre es un pez” (VV.AA.)


He estado dándole vueltas y he llegado a la siguiente conclusión:  tiene que ser imposible reseñar un libro de 33 relatos escritos por 33 escritores diferentes -por más que versen sobre el mismo tema- sin pecar de algo. Hacerlo globalmente sería injusto con ellos mientras que hacerlo individualmente lo sería con los demás (ustedes, por ejemplo, y yo mismo). Creo que voy a inclinarme por la opción intermedia de comentar los que más me han gustado. Advierto que no he tomado notas ni pintarrajeado el libro y que todo lo que diga será fruto de mi deficiente y traicionera memoria. Disculpen de antemano los errores en que supongo incurriré.
* * * * * * 

De la primera parte, “Mortal y Rosa”, destacaría los siguientes cuentos: “La sustitución de los cuerpos”, de Rodrigo Fresán que me gustó bastante porque al igual que el protagonista yo también siento una particular debilidad por “La invasión de los ladrones de cuerpos” (como lo demuestra haberme tragado "El año de la plaga") y tuve también mi momento de locura por la ciencia ficción americana de los años cincuenta. “Todos mis hijos” de Alberto Olmos, un relato absorbente con un peculiar y un tanto cabrón padre de familia. El inquietante “La posesión” de Jordi Soler, un magnífico cuento de terror. “Soy el hijo de Sue” de Juan Terranova es sencillamente genial: presenta a los Richards (los de Los 4 Fantásticos) como una típica familia moderna, esto es: con sus cuernos, sus divorcios y sus abandonos del hogar. 

Segunda parte: “La metamorfosis”: “Alas de murciélago” de Javier Calvo es fácil de recordar porque tiene mucha violencia y mucho sexo y mucho sexo con violencia y drogas, alcohol, cuerpos esculturales y muchachas fuera de control. Muy bestia, como me gustan a mí. “Piel de escamas” de Paula Lapido es un  “fantástico” en el amplio sentido del término. Un relato terrible sobre el miedo y la vergüenza llevada al extremo. Desolador. Esto sí que es sentirse diferente en el colegio y no lo de otros. “Chuchos” de Oscar Gual me recordó mucho a uno de los relatos de Antonio Orejudo incluido en “Ventajas de viajar en tren” (un libro genial que no deberían perderse ahora que va a ser reeditado por Tusquets). Un cuento muy desagradable que al igual que el de Javier Calvo destaco por su facilidad para fijarse en la retina. 

Tercera parte: “La Geometría del Amor”: “Prueba de amor” de Jon Bilbao está entre mis favoritos. La aparente normalidad de un acto puede ser interpretado de muchos modos diferentes pero no será hasta el final del cuento, cuando ya creíamos saberlo todo, que Bilbao nos descubre que también aquí las apariencias engañan. “Omnívoros” de Mercedes Cebrian es un cuento muy divertido que se centra, atención, en una nevera. Es una historia de amor filial, por si no ha quedado claro. “La Hostería” de Mariana Enriquez es de fantasmas pero no lo parecerá hasta que ya los tengamos encima. Más que la historia en sí me ha gustado el estilo de la escritora. Y por último y no por ello menos importante sino más bien todo lo contrario, “la situación” de Celso Castro, que ha sido todo un descubrimiento. No conocía la existencia de este escritor (y eso que es de mi tierra) pero ha sido un amor a primera vista. Me gustó mucho su forma de escribir, me gustó su cuento y me gustó sobre todo que ponga el estilo al servicio de la historia y no la historia al servicio y para lucimiento del estilo. Espero leer pronto alguna novela suya. 

Mención aparte para Eduardo Mendoza que pone el colofón con un retrato de familia ideal de muerte. Hay otros que no quiero dejar de nombrar. El primero es Camilo de Ori a quien tenía nada más que por poeta y que me ha sorprendido positivamente por la formalidad con que ha escrito su cuento y el segundo Gabriel Sofer por un poco más de lo mismo: su cuento, una ficción documental, está entre lo mejor del libro aunque me temo que el final no esté a la altura de lo esperado. 

El resto de los relatos están escritos por los siguientes seres humanos y aunque hay algunos que no me han gustado absolutamente nada (recuerdo nada más que un abandono y dos lecturas diagonales pero no me pregunten cuales porque alguno ya lo he borrado de la memoria) la calidad media no es en absoluto despreciable: Katya Adaui · Manuel Astur · Javier Avilés · Matías Candeira · Fernando Cañero · Paula Cifuentes · Fernando Clemot · Aixa de la Cruz · Alfonso Fernández Burgos · Esther García Llovet · Manuel Jabois · Andrea Jeftanovic · Sergio Lifante · Berta Marsé · Ricardo Menéndez Salmón · Javier Moreno · Antonio Ortuño · Carlo Padial · David Ventura 

* * * * * * 

En general -y a pesar de que al colocar en una balanza los pros y los contras parezcan salir ganando los segundos- creo que merece algo merece algo más que un simple aprobado, siendo este el cumplido menos bueno que puedo hacerle y teniendo en cuenta que no estoy valorando la calidad "literaria" sino el interés de los muchos argumentos. No es que me haya partido en dos de gozo pero sí fue un libro que leí con interés creciente desde el primer minuto y al que me gustó ir volviendo a ratos durante la semana larga que fui demorando voluntariamente su lectura por aquello de alargar lo que tenía de placentero.



lunes, 3 de octubre de 2011

Sobre el artículo de Qué Leer “Internet, la crítica y la mujer del César”


Este mes de septiembre en la sección “El tema del mes” de la revista Qué leer se trata es espinoso asunto de la “crítica literaria”. El artículo, firmado por Milo Krmpotic, lleva el titular “Internet, la crítica y la mujer de César” en clara referencia a la famosa frase que Plutarco dice que Cesar la espetó a su mujer después de que un patricio hubiese tratado infructuosamente de seducirla: "No basta que la mujer del César sea honesta; también tiene que parecerlo". La pobre infeliz no había hecho nada digno de reprobación pero la frase de César se refiere precisamente a eso: ser fiel no es suficiente por más que la sumisión sea ejemplar. No me quiero imaginar la tesitura en que de la noche a la mañana se encontró la buena de la mujer. Ya supongo que nada de salir sola, adiós a las cenas con amigas en los bares del puerto y “si vas de compras que te acompañe mi madre”. 

Pues la crítica igual. De un tiempo a esta parte -y siendo el comprador el único exento de culpa- la crítica literaria de revistas y suplementos culturales varios (amén de ciertas bitácoras literarias) es sospechosa de -por decirlo de un modo que todo el mundo lo entienda- mentir, adornar, embellecer. Extraigo de ese artículo una primera cita que habla por sí misma: 

“Por un lado, ante al tono académico de algunas voces "oficiales", blogs como el citado Tongoy reaccionan clamando contra el elitismo y reivindicando las opiniones del sujeto a pie de calle. Y, por otro, uno de los grandes caballos de batalla es el ya clásico apartado de la endogamia, donde las relaciones de conocimiento o amistad que con toda lógica tienden a establecer los miembros de un mismo gremio son interpretadas como una prueba flagrante del amiguismo o nepotismo que preside el ámbito de la reseña (de forma inversa, curiosamente, la industria suele adjudicar los juicios negativos a una supuesta antipatía del crítico hacia el autor o el sello que han sido objeto de su diatriba).” 

Puntualizo: “las relaciones de conocimiento o amistad que con toda lógica tienden a establecer los miembros de un mismo gremio” no “son interpretadas” [por quien esto escribe] “como una prueba flagrante del amiguismo o nepotismo que preside el ámbito de la reseña” sino como un motivo más que suficiente para sospechar de que dicho amiguismo tenga las consecuencias que todos estamos pensando. 

El artículo continúa haciendo referencia a las reseñas ofrecidas por Vicente Luis Mora en su blog que suelen culminar especificando la relación personal de éste con los escritores o editoriales protagonistas. Milo, consciente de que su revista (y no sólo ella, cómo veremos después) es también sospechosa por motivos harto evidentes propone a sus críticos hacer lo propio “a modo de post mensual en la bitácora de la revista”. La respuesta es NO. Las razones esgrimidas fueron las siguientes: 

[Razón número 1] "Es inevitable que el crítico mantenga relaciones de algún tipo con autores, editores o jefas de prensa, pero la simpatía personal no tiene por qué traducirse en un aumento del número de tinteros: los futbolistas de distintos equipos también salen de copas juntos y luego cada uno defiende sus intereses" 

A Milo debe gustarle mucho el fútbol porque este símil ya se lo había escuchado alguna que otra vez. Le digo lo mismo que le dije o debí decirle entonces: los intereses que defiende un futbolista no me parece que sean los mismos “intereses” que defiende un crítico por la sencilla razón de que no estamos hablando de contrincantes sino de "jugadores vs. árbitro". El error está en considerar al crítico un jugador más. Es más: cuando eso ocurre -cuando el árbitro se cansa a mitad del partido de ser un simple “espectador” y se quita el traje negro y se pone el de luces y se echa al campo a jugar del bando que sea- es cuando yo me quejo de que los propios escritores ejerzan también de críticos y reseñen novelas de compañeros de profesión, especialmente cuando éstos puedan ser habituales de saraos y firmas en casetas varias. Quiero decir con esto que lo que Vicente Luis Mora -por seguir con la referencia de Milo- pueda decir de Pynchon o Roth me parecerá siempre de agradecer, no así cuando reseñe a Muñoz Molina (por ejemplo) si sé (no es el caso) que han estado firmado libros juntos y luego se han ido de copas y a cenar. Que sólo se reseñen buenas novelas puede ser verdad, el pago de un favor o una simple caricia. 

[Razón número 2] "Aun así, pase lo que pase, siempre habrá quien dude del buen hacer del crítico." 

Claro. De esto el refranero y lo que tiene de cultura popular es en parte culpable: lo de piensa mal y acertarás. Pero esto no justifica nada. Yo también he recibido libros de los denominados "promocionales". En ocasiones me llegan desde la propia editorial y en otras es un ejercicio de insensatez por parte de los escritores que piden mi opinión y corren con los gastos a título personal. Siempre hago la misma advertencia que tiene que ver con la fea costumbre que tengo de poner a parir lo que sea pero algunos no se acojonan a tiempo y me lo envían igualmente. Mi compromiso de honestidad (así como el sentimiento de culpa) es sincero -por más que no me haya traído más que disgustos- fundamentalmente porque no es imposible leer los mismos libros que me han enviado de un modo completamente gratuito a través de bibliotecas estatales. Porque mi posición como usuario de lo público no debe ser en modo alguno diferente a la de los demás reseñistas es por lo que creo que todo aquel que caiga en el ejercicio de "cumplido por compensación" no merece demasiado respeto. Quiero decir con esto que entiendo que no se escriban ciertas reseñas de ciertos libros pero que de hacerlo, si realmente va a hacerse, ha de hacerse bien; ha de hacerse con sinceridad. Y las editoriales han de saberlo y aceptar las consecuencias.

[Razón número 3] "En cualquier caso, es responsabilidad del crítico en particular, y no de Qué Leer en general, asegurar la honorabilidad de cada reseña. […] Asimismo, contribución a contribución, fueron surgiendo una serie de posicionamientos éticos quizá evidentes (no incurrir en posibles conflictos de intereses reseñando títulos de una editorial que por ejemplo esté evaluando la posibilidad de editar uno de tus libros) pero también destinados a facilitar la conclusión final: un pacto entre coordinador y colaboradores para evitar situaciones que puedan ser percibidas como corruptas. Uno y otros deseamos ser la mejor mujer del César posible." 

En definitiva, básicamente me alegra haber sido en parte culpable de la reflexión que ha hecho la Qué Leer pero también me da un poco de pena que al final todo quede como estaba y vayamos a seguir viendo más de lo mismo donde sea que miremos. Allá cada cual. Si ellos no cambian de actitud, yo tampoco cambiaré de opinión. Sí es verdad que haber perdido esta batalla invita al desánimo y está por ver si no será mejor perder el tiempo leyendo cosas que valgan realmente la pena y no escribiendo sobre otras que no sirven ni para regalar al enemigo y que a la larga, tienen razón algunos, acaban por hacer la misma publicidad.


Y TERMINO CON UN EJEMPLO 

Este mes de septiembre la revista Quimera dedica cinco columnas a la reseña del libro de Ernesto Castro llamado “Contra la posmodernidad” que Alpha Decay publica en formato Alpha-mini por aquello de no tener nada más que cien páginas. Aclaro antes de seguir que todavía no he leído el ensayo y no puedo opinar sobre él. Lo mismo con Castro, a quién no tengo el placer. La nota discordante es la siguiente: ¿cuál puede ser la razón para una reseña elogiosa de cinco columnas sobre un mini-libro? Espero que sea porque es cojonudo porque la otra opción (en la que yo pienso porque soy malo por naturaleza y veo conspiraciones por todas partes) sería sospechar que las cinco columnas y el elogio desmedido tienen algo que ver con el hecho de que el escritor (Ernesto Castro) sea también colaborador habitual de la revista Quimera. “Nosotros nos lo guisamos, nosotros nos los comemos”: no somos grandes porque estemos juntos sino que estamos juntos porque somos inmensos. Quimera va camino de convertirse en la revista de unos pocos para sí mismos. 

Mención aparte merece la crítica en sí. No sólo por querer colocar a Castro como el Zizek español sino porque adolece de lo mismo por lo que yo he sido criticado tantas y tantas veces lo cual debo confesar que viniendo de Quimera y más concretamente de esta crítica supone un triste consuelo. Dejo una cita para que juzguen ustedes mismos: 

"El ejercicio de la crítica literaria obliga a eludir la presencia del hermeneuta para simular que la crítica emerge de una observación desapasionada, sin implicación personal por parte de quien la escribe. Así es en muchos casos, y así debería ser en la mayoría. Pero hay otros en que hacerse presente en la crítica, más que un acto de arrogancia, pasa a ser un acto de honestidad. Contra la postmodernidad entra dentro de esos casos. Quizás porque los argumentos para explicar la importancia de este libro no se entenderían si no explicara porque es importante para mí. En contadas ocasiones, vivimos experiencias colectivas, actos que nos transforman íntimamente en la misma dirección. Leyendo este libro, siento la misma empatía que con las manifestaciones de miles de personas que estos días desempolvan o se inventan su conciencia política, y la proclaman por todos los medios que tienen a su alcance; la misma complicidad que ha encendido las calles de medio mundo durante los últimos meses, llevándose por delante décadas de pasividad política por parte de los jóvenes."