lunes, 11 de noviembre de 2013

“Dostoievski: los años de prueba, 1850-1859” de Joseph Frank

Este es el segundo tomo de la extensa biografía que Joseph Frank dedica a investigar la vida, obra y milagros de Dostoievski. Hablamos de cinco tomos que suman un total aproximado de 3000 páginas. Obviamente no espero convencer a nadie de su lectura máxime cuando la broma sale por casi 200 euros pero aquí uno se ha propuesto leerlo y se niega a dejar de comentarlo.

Resumidísimamente este volumen se ocupa de los 10 años que Dostoievsky pasa en Siberia, primero en una prisión de trabajos forzados y más tarde, cuatro años más tarde, ocupando el más bajo escalafón del ejército. 

En prisión acabó por algo, claro. A principios de los años cuarenta el clima sociocultural ruso pasó del romanticismo al realismo social y, tal como Herzen escribió cinco años después de la publicación de la primera novela de Dostoievski (que recordemos [enlace] que había sido considerada por Belinski, el crítico literario más importante de la época, como “la primera tentativa de novela social”), las obras se vieron “imbuidas por inspiraciones y tendencias socialistas”. Estas tendencias, dice Frank, “habían requerido bastante tiempo para surgir en Rusia, y tal vez puede afirmarse que fueron inicialmente estimuladas por las escandalosas injusticias cometidas con la servidumbre, institución que durante largo tiempo perturbó las conciencias de los mejores miembros de la sociedad rusa culta, y suministró uno de los motivos para la abortada sublevación de los decembristas, en noviembre de 1825”. (1) Es decir, que la cosa venía de lejos y Dostoievski, que además de haber tenido contacto personal con las brutalidades infligidas a los campesinos estaba también muy afectado por la lectura progresista, humanitaria y vagamente utópica literatura socialista de autores como Victor Hugo, George Sand o Eugene Sue, entre otros, hizo algo más que limitarse a escribir novelas sociales de inspiración socialista o participar en un movimiento exclusivamente literario: “a partir del invierno de 1848 empezó a asistir regularmente a las reuniones del círculo de Petrashevski, formado por un grupo de hombres jóvenes que se reunían en la casa de Mijail Butashevich-Petrashevski para discutir todos los grandes temas del día que la amordazada prensa rusa tenía prohibido mencionar.”

El zar Nicolás I ordenó la detención de círculo Petrashevski y con él al joven Dostoievski. Todos fueron juzgados y condenados a muerte, una pena de muerte que sería conmutada enseguida aunque igualmente, a modo de escarmiento, se organizó el fusilamiento. Sólo antes de apretar el gatillo, cuando los presos estaban frente al paredón, se les informó de que sus penas habían sido rebajadas en diferentes grados. Dostoievski, condenado inicialmente a ocho años de trabajos forzados, vio reducido este período a cuatro años, después de los cuales tendría que servir en el ejército ruso durante tiempo indeterminado. Así fue como acabó en Siberia. Dostoievski, en una la carta que escribió a su hermano Mijail el 22 de febrero de 1854, apenas una semana después de haber sido liberado del campamento de condenados, le cuenta, entre otras muchas cosas, detalles del lugar:

"Vivíamos apretujados, todos juntos en una sola barraca. Imagínate una construcción de madera, vieja y ruinosa, que se suponía debía haber sido derribada mucho tiempo atrás, que ya no era adecuada para usarse. En verano había una intolerable proximidad; en invierno, un frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La mugre en los pisos tenía casi tres centímetros de espesor. Uno podía resbalarse y caer. Las ventanitas estaban tan cubiertas de escarcha que era imposible leer en ningún momento del día. Casi tres centímetros de hielo en los cristales. Goteras en el techo, corrientes de aire por todas partes. Nos hallábamos apiñados como sardinas en lata. En la estufa cabían seis leños, pero no había tibieza (el hielo dentro de la barraca casi no se derretía), sino sólo insufrible humo. Y esto duraba todo el invierno. Los reos lavaban en la barraca su ropa, y todo el lugar estaba salpicado con agua. No había espacio para darse la vuelta. Desde el anochecer hasta el amanecer era imposible no comportarse como cerdos porque, después de todo; 'somos seres humanos vivientes.' Dormíamos sobre tablas desnudas y se nos permitía únicamente una almohada. Extendíamos sobre nuestros cuerpos el abrigo de piel de oveja, durante la noche permanecían descubiertos nuestros pies. Temblábamos toda la noche. Pulgas, piojos, cucarachas, a montones. En invierno usábamos abrigos cortos de piel de oveja, con frecuencia de la peor calidad, que casi no proporcionaban ningún calor; y en nuestros pies, botas de media caña."

Gran parte del resto del tomo lo dedica Joseph Frank a relatar todo aquello que tuvo lugar en prisión y que perfectamente nos podemos imaginar. Podía ser un buen momento para hablar de “Apuntes de la casa muerta”, la novela donde Dostoievski pone en boca de una tercera sus propias experiencias, pero el autor del ensayo prefiere dejar para el tomo siguiente el análisis literario de la obra, ya que esta fue escrita algún tiempo después. Esto es debido a que otro de los castigos sufridos fue la prohibición de escribir ni una coma, por lo que producción fue casi nula, a excepción de un pequeño relato bastante mediocre y una comedia con muy poca gracia que escribió al final de este ciclo un poco de mala gana y tras haberse comprometido con la que sería su dinámica habitual: pedir un anticipo: “No se puede escribir lo que se quiere escribir, y se escribe algo sobre lo que ni siquiera se desea pensar, si no se necesitara dinero. Y debido al dinero me veo obligado a inventar relatos intencionalmente. Ser un escritor necesitado en un oficio asqueroso." Es importante destacar que lo que ocurre durante esos años es de una importancia vital, ya que es aquí dónde Dostoievski cambia de actitud -no podemos decir que radicalmente, ya que venía apuntando maneras- y sienta las bases del pensamiento que más adelante se reflejará en su obra. 

También tiene lugar su famosa conversión religiosa, un tema al que Frank dedica muchas páginas y que insisten en relacionar con los ataques epilépticos que desde su encierro se multiplicaron alarmantemente. Frank no cuestiona la verdad o falsedad de las creencias que intervienen en la conversión pero sí sostiene la teoría de que las “penalidades de la vida carcelaria, a pesar de lo bien que pudo haberse adaptado a ellas con el tiempo, lo sometieron precisamente al tipo de tensión que conduce a la desorganización de las funciones cerebrales” lo que unido a las teorías neuropsiquiatricas que analizan los mecanismos piscofísicos de los cuales se obtienen las conversiones, da una idea de qué es lo que el autor cree que le llevó al cambio a esa religiosidad, una religiosidad que, según Wrangel (compañero de armas) “parece haber sido muy personal, vagamente deísta y con una pincelada de panteísmo, pero al mismo tiempo centrada en Cristo”. (2)

En cualquier caso y cuestiones de fe al margen, Dostoievski sale de prisión convertido en otro hombre. Son demasiados temas y demasiado complejos como para poder resumirlos en mil palabras, que era la intención inicial de este post, pero quédense con la idea de un Dostoievski que pasa de occidentalista a eslavófilo por culpa de un contacto directo con los siervos, en los que encuentra a la verdadera madre patria:

“Pueden ustedes haber tenido contacto durante toda su vida con los siervos—dice el narrador de “La casa de los muertos”—, pueden haberse asociado con ellos día tras día durante cuarenta años, de manera oficial, por ejemplo, de acuerdo con las regulaciones administrativas, o, simplemente, en forma amistosa, como benefactores, o en cierto sentido, como padres; pero, a pesar de todo, jamás los conocerán realmente. Será una ilusión óptica y nada más. Sé que todos los lectores pensarán que exagero. Pero estoy cabalmente convencido de esta verdad. He llegado a esta convicción, no mediante libros, no mediante teoría abstracta, sino mediante la realidad, y he tenido abundante tiempo para comprobarla"

* * * * * * * * 

Este segundo tomo es, tal como ocurría en el anterior, un exceso de información imposible de resumir, ya que además de profundizar en la psique del escritor en busca de todo aquellos que de un modo u otro pudiese llevarlo a pensar de esta u otra manera, da muchísima importancia al contexto histórico. Esto se traduce en ciento de páginas de información sobre lo que ocurría dentro del marco social y político ruso. Así es como llega, en la última parte del libro, al conflicto surgido por culpa de Chernishevski con la publicación de su tesis doctoral –después de otros muchos artículos periodísticos— llamado “La relación estética entre el arte y la realidad” donde atacaba la llamada “religión del arte”: 

“Los idealistas estéticos (Hegel y F. T. Vischer) consideraban el arte como una función del deseo humano de enmendar las imperfecciones de la naturaleza en nombre del ideal. Chernishevski, aportando el punto de vista opuesto, afirmaba categóricamente que "belleza es vida", y que la naturaleza, lejos de ser menos perfecta que el arte, constituía la única fuente de placer verdadero, y era infinitamente superior al arte en todo sentido. De hecho, el arte existe únicamente porque le es imposible al hombre satisfacer siempre sus requerimientos reales. Por consiguiente, el arte es útil, pero sólo como un substituto mientras lo genuino se obtiene.”

Esta encendida polémica, este “reto a la hegemonía moral-espiritual de los intelectuales liberales de la pequeña nobleza”, mantuvo entretenido al mundillo literario durante toda la década de 1860-1869, y dando a luz una serie de obras de los escritores más notorios de la literatura rusa. “La víspera” y “Padres e hijos”, de Turguenev; “Los hombres superfinos y el bilioso”, de Herzen; “¿Qué hacer?”, de Chernishevski; y “Memorias del subsuelo”, de Dostoievski fueron el resultado de este combate. Al finalizar la década, el debate fue finiquitado por “Los demonios”. Pero de todo esto ya hablaremos más adelante, durante los tomos tres y cuatro de esta biografía.

* * * * * *

Resumiendo: independientemente del cariño que uno le tenga a Dostoievski y de lo más o menos que interesen sus obras, este volumen mantiene el nivel de calidad del anterior, que ya no es poco, y a pesar de lo aparentemente aburrido de la premisa de la que arranca (el pormenorizado relato de los diez años más improductivos del escritor) el resultado es un texto apasionante unas veces, repetitivo otras pero siempre interesante.

El tercer volumen se ocupará del regreso de Dostoievski a primera línea con obras como “Humillados y ofendidos”, “La casa de los muertos”, “Memorias del Subsuelo” o “Crimen y castigo”, novelas estás que habrá que ir leyendo unas y releyendo otras y comentando con la calma que merecen.


(3)



(1) Salvo que se indique lo contrario, todas las citas pertenecen a Joseph Frank.

(2) “Las memorias de Wrangel son más bien prosaicas. La mayor parte de lo que relata de Dostoievski se relaciona con los incidentes rutinarios que les acontecían en la vida diaria, lo cual ofrece un vislumbre de un Dostoievski ordinario que raramente encontramos en otras fuentes, y es útil para que ocasionalmente recordemos que él también se comportaba como cualquier mortal común.”

(3) La imagen es robada. Está dibujada por Jorge González y será incluida en la edición de Memorias del Subsuelo que editará Sexto Piso en 2013.


jueves, 7 de noviembre de 2013

“El libro de los pequeños milagros” de Juan Jacinto Muñoz Rengel

Estoy leyendo, a ratos, con la calma que merecen, que dicen que merecen, los microrrelatos de Thomas Bernhard publicados en “El imitador de voces”. 

Del mismo modo, no hace mucho, apenas nada, también a ratos, también con calma que dicen que merecen, leí esta colección de piezas de Muñoz Rengel. ¿Saben qué quería? Quería que me explotasen en la cabeza (estos, los otros, todos), que es una cosa que está muy de moda últimamente: lectores/escritores a los que les explota un texto en la cabeza y tienen inmediatamente que dejar de leer para disfrutar el momento, que no quieren pasar a otra cosa mariposa simplemente porque sí. Pues bien, imagínenme leyendo con sincero interés, con el mismo sincero interés con el que leo a Thomas Bernhard, este libro de Muñoz Rengel. Créanme. Prejuicios, todos, sí, pero voluntad, también.

Me hablaron de su prosa bruñida. Me dijeron: el libro de Rengel tiene una prosa bruñida. Eso dijeron: bruñida. Una y otra vez. Bruñida, bruñida. Ese era el elogio, el mantra. Esa era su virtud. 

Esa era la trampa.

No lo podemos negar: la prosa, bruñida, si es(tá). También es verdad que eso es lo único que tiene, porque el resto, lo que viene siendo el fondo de la cuestión, aquello que, es de suponer, ha de explotar en la cabeza, de eso no hay. ¿Qué hay? Jajás, muchos; ays, también. Ohs, no, ni el primero. Humms, tampoco.

Lo de Muñoz Rengel es, otra vez (ya lo fue, también, “El asesino hipocondríaco”) un bluff de tomo y lomo. Un fraude. Y nuevamente, como siempre, la cohorte habitual, el club de lo bueno es breve, dando palmaditas y pegando saltitos y ohs y ahs y como gorrioncitos piando y haciendo cabriolas y hablando de maravillas y de pequeños milagros (jaja) y todo son felaciones y todo son orgasmos (y no necesariamente por ese orden).

Y todo es mentira y todo es verdad. A mí no me gusta hablar, pero a algunos parece que no les dé para más.

Aquí un ejemplo, elegido, como siempre, con la peor de las intenciones posibles, pero escrito, corregido, revisado, editado y publicado. Vendido. Comprado. 

CONVENCIONES
El último en bajar fue el conductor del autobús. Junto al vehículo todavía lo esperaban las pasajeras más jóvenes, deshaciéndose en sonrisas, cautivadas por el brillo de su uniforme y la prestancia arrobadora del responsable de tantas vidas. Al otro lado de la cola que formaban los viajeros con sus maletas, sobre la pista, aguardaba el avión. Y bajo la cabina del aparato, desaliñados y barrigudos, fumaban y mascaban chicle un par de pilotos, esos cerdos babosos.

Aquí otro (ejemplo):

FUERZA CENTRÍPETA
Por fin, después de años y de años girando consigue alcanzar su rabo. Lo muerde con fuerza, no puede dejarlo escapar. Cada vez hunde más la dentellada, recordando quizá viejos picores. Va engullendo más y más hasta que, en medio del sopor y la quietud de la tarde, en el salón solitario, desaparece.

Y el último pero no por ello el peor:

HISTORIAS CRUZADAS III/A
Las tripulaciones de la Pinta, la Niña y la Santa María se encuentran bajo cubierta, bailando y bebiendo, en el momento en el que los cascos de las tres naves impactan contra el enorme iceberg.

Se incluyen cositas de marcianitos (otros mundos, otras especies), vacas inteligentes y fauna similar. Lo que viene siendo ir a lo fácil: elija un tema llamativo, pinte un perro de verde, póngale alas: venda originalidad. Mienta. Hágase el interesante. Reinvente a Grandville. Qué feo, todo. (Ver comentario número 1).

Grandville


Hay también una querencia hacia el final sorpresa, que es casi lo peor que se puede decir de un microrrelatista. La búsqueda del oh, que decíamos antes. La puta risita final: (a) “Sin duda el obstetra se equivoca, esta mujer está a punto de nacer aquí mismo, en cualquier momento.” (b) “Ya casi no me quedan dudas: el doble soy yo.” (c) “tú, como quien dice, acabas de morirte.” (d) “Luego, con la ayuda del médico, y entre terribles alaridos de dolor, consiguieron introducirle el recién nacido hasta alojarlo en el interior de su vientre.” (e) “Y dicen que nunca ninguno de ellos ha existido.” Y un asquerosamente largo etcétera.

El resultado es un exceso de mediocridad disimulado con una máscara de fantasía y ciencia ficción sobre fondo de prosa bruñida y confianza ciega en el corporativismo literario. Es un juego malabar. Un artificio. Un montaje al que se le ven, sí o sí, las costuras. Son, estos relatos, las más de las veces, una soplapollez. Saben de mi animadversión y por eso sospecho que no me creen. Error. Deberían creerme. Me van a creer. Ahora: 

SEÑALES
Los gansos, desorientados, habían dejado de volar en forma de uve para hacerlo en forma de ese, una gran ese mayúscula como si serpentearan en el aire. Los patos avanzaban en círculos, dibujando oes perfectas. A veces, cuando veíamos una bandada de gansos, seguida de otra de patos, seguida de otra de gansos, llegábamos a intuir que querían decirnos algo.

Todavía estoy esperando que me explote la cabeza. De momento la cosa no ha pasado de pequeña migraña. Los patitos y los gansitos volando y dibujando mensajes están muy bien, pero para un cuento infantil.

Yo no sé a qué público van dirigidos estos cuentitos, pero un relato como este último que acabo de poner es como para cerrar el libro y prenderle fuego. Al libro, también. Que Muñoz Rengel sea considerado, por semejante cosa, “maestro del microrrelato” (y van…) única y exclusivamente porque ha sabido decorarlo como si de un árbol de Navidad se tratara, es injustificable. Imperdonable. Tamaña afirmación debería ser constitutiva de delito. La solución al despropósito en que unos cuantos han convertido este, digamos, género debería pasar por ejecutar en alguna plaza pública, cada viernes, un microrrelatista. Yo pongo la soga.

Ahora podemos hacer dos cosas con esta reseña: podemos continuar poniendo citas y dejar que hablen por sí solas o podemos dejar de perder más tiempo del estrictamente necesario. Voto por la segunda.


lunes, 4 de noviembre de 2013

“La habitación oscura” de Isaac Rosa

La novela arranca con la cuestión del folleteo que tanto se publicita: un grupo relativamente numeroso de amigos inventa (les voy a ahorrar los detalles) un cuarto oscuro para usarlo a discreción en lo que plazca, fundamentalmente sexo. Todo vale. Peras con manzanas o manzanas con manzanas o plátanos con papayas; lo que te encuentres, da igual. Bien, pues la primera parte de novela de Rosa va de agotar combinaciones y poco más. Plantea al lector casi todo lo que puede pasar en esa habitación. Casi. Todo. No lo voy a resumir, para eso tienen ustedes la imaginación.

Esto como truco publicitario es ideal para ganar seguidores nostálgicos de algún movimiento de liberación sexual pero la cosa tiende al alargamiento, y no de pene precisamente. Por suerte, aquellos que lleguen al capítulo tres serán recompensados con el cansancio de los protagonistas. 

«En qué momento la comedia dejó de tener gracia. Podríamos discutirlo ahora y cada uno tendría una respuesta, un día en que, al decir su frase del guión, notó que la sonrisa se le cementaba en la cara y le costaba seguir el diálogo hasta el final. Cada uno elegiría un momento, aunque no hay una fecha, un día que podamos señalar como último capítulo: fue algo progresivo, una descomposición lenta, con el paso de las temporadas fue pesando cada vez más el cansancio, y las risas enlatadas perdieron fuerza hasta que un día dejamos de oírlas.»

Un día la gente empieza a buscar otra cosa y el cuarto oscuro deja de ser sólo una folloteca para convertirse en un refugio de silencio. Con esto dará comienzo la razón de ser de una novela, que plantea nuestro particular qué se esperaba de nosotros, qué va a ser de nosotros, con lo que hemos sido, en el contexto social actual, crisis económica en vena, de la generación del mismo Rosa y aproximaciones. De ahí la elección de la voz (nosotros) como truco para involucrar al lector; exactamente el mismo truco que utilizó Bruno Galindo no hace mucho en “El Público” (Lengua de trapo), novela con la que “La habitación oscura” guarda un parecido más que razonable (diría uno que incluso demasiado). También allí era todo describir para, con la descripción, dibujar el nosotros, sujetos de consumo.


«[..] para no perder velocidad, para completar el itinerario señalado, hubo también que conquistar ascensos laborales y ganar oposiciones y aumentar ventas y repartir muchas tarjetas de visita, y salir de noche del trabajo y tomar copas y llevarnos carpetas a casa y aceptar la llave para ir un rato los sábados, y hacer méritos ante los superiores y competir con nuestros iguales y frenar el ascenso de los inferiores, y tomar analgésicos y tranquilizantes y somníferos y anfetaminas y cocaína, y levantarnos rápidamente en caso de caída y no llorar y enviar currículum y mentir en entrevistas de trabajo y empezar de cero una y otra vez para de nuevo ascender, vencer la resistencia de los superiores que nos frenaban y […]»


Y. Los he contado; hay más de dos mil. En serio.

Si el plan era plantar una idea, dejarla crecer sobre un fondo de mamadas y masturbaciones y trabajar sobre ella para demostrarnos lo gilipollas que somos, la solución no tenía necesariamente que pasar por llenar páginas y páginas de la misma información ni de caer continuamente en los mismos tópicos. Somos egoístas, no gilipollas. La novela tiene una prosa machacona y un tufillo pretencioso difícil de perdonar que seguramente acabará siendo la razón de que mucha gente abandone pronto su lectura. 

Aquí un ejemplo de tres momentos diferentes en los que se plantea exactamente lo mismo. Hay muchos más, no les costará dar con ellos: bastará con que abran el libro equis veces al azar. No falla.

«[…] era otra forma de refugiarnos, de llegar aún más al fondo, de acurrucarnos bajo la tierra y desaparecer para después resurgir más fuertes, con un blindaje en la piel que nos duraría el día entero ahí afuera, […]»
«[…] para ella la habitación oscura era todo lo contrario: un escondrijo, una forma de cobardía, de ponerte a salvo unas horas,[..]» 
«[…] La habitación oscura se había convertido en un agujero donde escondernos, un lugar donde estar a salvo unas horas.»

La idea de fondo, aquello con lo que justifica la inclusión del cuarto oscuro, se resume fácilmente en la siguiente frase: «El mundo se desmoronaba mientras nosotros follábamos felices» (frase que se entiende perfectamente así, solita, pero que Rosa, en su afán detallista, se empeña en desarrollar hasta el agotamiento como hace con cada puta cosa que tiene lugar en la novela: «… la gente desgraciada era lanzada por los balcones con todos sus muebles y recuerdos mientras nosotros follábamos felices, los enfermos se morían en los pasillos de los hospitales esperando una prueba diagnóstica mientras nosotros follábamos felices, los padres de familia hacían cola con sus hijos en los comedores sociales mientras nosotros follábamos felices, los banqueros y sus políticos robaban a manos llenas mientras nosotros follábamos felices…»)

El problema, insisto, es que el mensaje, por más cargado de razón que esté, no da para mucho (desde luengo no para tanto) y comete Isaac el mismo error que en su momento cometió Bruno Galindo de incluir una supuesta trama de intriga, supongo que para rebajar un poquito la cosa social, tan cargante a veces, y justificar un libro de casi trescientas páginas que se las hubiese arreglado perfectamente con la mitad o un par de páginas en EPS.

Esa puta manía de meter relleno total para dejarlo todo perdido de obviedades.

«Tenéis demasiado miedo, nos reprochaba Silvia; y mientras vosotros tengáis más miedo que ellos, todo seguirá igual. En el fondo no queréis cambiar nada, vuestra aspiración es que todo vuelva a ser como antes. Aunque uséis grandes palabras y votéis en las asambleas por un cambio de sistema económico, en realidad seguís queriendo lo de siempre: una buena casa, un buen sueldo, un buen coche, unas buenas vacaciones. Protestáis, sí, pero con cuidado de no romper nada.»