lunes, 12 de marzo de 2012

La literatura es un Arte efímero (Cita)

Asegurar que nuestra época es enteramente inculta y está privada de escritores de todo orden, parece ser una afirmación tan osada y falsa, que he pasado algún tiempo pensando que se podría demostrar lo contrario con pruebas irrefutables. Sin duda, es cierto que a pesar de la abundancia de autores y de su fecundidad, proporcional al número, desaparecen tan fugazmente de escena que nuestra memoria no los puede retener y engañan a nuestros ojos. La primera vez que pensé en esta dedicatoria, tenía preparada una larga lista de títulos para presentarlos a Vuestra Alteza como prueba indiscutible de lo que afirmo. Los títulos estaban recién pegados en avisos por todas las puertas y esquinas de las calles, pero cuando volví horas después a echarles otro vistazo los encontré todos rasgados y sustituidos por otros nuevos. Pregunté a lectores y libreros por los desaparecidos, pero en vano, pues su recuerdo se había perdido en la mente de los hombres y ya no había lugar donde buscarlo. Se rieron y burlaron de mí como si yo fuera un payaso o un menesteroso sin gusto ni refinamiento de ninguna clase, poco versado en las cosas de actualidad e ignorante de cuanto había pasado en los mejores círculos de la Corte y de la ciudad. Así pues, lo único que puedo declarar a Vuestra Alteza es que tenemos ingenio y cultura en abundancia, pero pisaría un camino muy resbaladizo para mis facultades si me metiera en pormenores. Un día de viento, acaso asegurara a Vuestra Alteza que hay una nube junto al horizonte con forma de oso, otra en el zenit como la cabeza de un asno y una tercera al Oeste con garras de dragón y si Vuestra Alteza se dignara, unos minutos después, comprobar la verdad, es seguro que todas habrían cambiado ya de figura y posición y que habrían aparecido otras nuevas y sólo podríamos estar de acuerdo en que había habido nubes, pero que yo me había equivocado en cuanto a su descripción zoológica y topográfica.

Jonathan Swift, "Cuento de una barrica"

miércoles, 7 de marzo de 2012

“Gótico Carpintero” de William Gaddis


- ¿Crees que por eso la gente escribe esas cosas? Novelas, digo.

- Por rabia… - relajó la pierna y la acercó a ella.

- No o quizá sólo por aburrimiento, o sea yo creo que por eso mi padre se inventaba todas esas cosas, porque estaba aburrido, leyéndole a una niña pequeña sentada sobre su regazo se aburría y por eso siempre estaban cerca de él… - su mano siguió adelante, se detuvo acariciando unos pelos en su perezoso avance-. Por lo que acabas de decir, sobre ser prisionero de las esperanzas de otro. Y sobre la decepción. O sea yo creo que la gente escribe porque esas cosas no salen como se supone que tienen que salir.
- O porque nosotros no salimos como suponíamos. No… -abrió las piernas para la yema de un dedo de ella que le rizaba los pelos-. No, todos quieren ser escritores. Crees que algo les ha sucedido es interesante porque les ha sucedido a ellos, oyen hablar del dinero que se gana escribiendo algo barato, cualquier cosa sentimental y vulgar sea un libro o una canción y están deseando convertirse en superventas.
- Ah. ¿Crees que es por eso? –su mano ahora había subido hasta la ingle de él, abierta, como para pesar lo que encontró allí-. Porque o sea yo no lo creo, o no creo que se conviertan en superventas –dijo, pesando la idea con la voz como si lo hiciera por primera vez-. O sea toda esa pobre gente que escribe libros malísimos y canciones horribles, y las canta. Creo que lo hacen lo mejor que pueden –su mano se cerró allí suavemente-. Por eso es tan triste.
- Sí –cambió de postura casi a hurtadillas, intentando librarse de los pantalones-. Tienes razón, ¿no?
- Y después cuando no les sale bien… -agarró con más fuerza ante la repentina hinchazón-. Cuando lo intentan y no les sale bien…
- Sí ese es el, cuando lo, eso es pero sí… -con el pulgar empujó la trabilla del cinturón hacia abajo con tanta prisa como había metido la pierna en la pernera-. Eso es, ¿no? Eso es lo peor sí, hacer mal algo que para empezar no valía la pena hacer, eso es… (1)

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Mi problema con "Gótico Carpintero" -y más concretamente con Gaddis- es muy semejante al que tengo con Thomas Bernhard y pocos más: me cuesta horrores reflejar adecuadamente las buenas (buenísimas) impresiones que me producen las lecturas de cualquiera de sus obras. Esto ya quedó claro en la reseña que hace tiempo hice de “Agape se paga” (aquí), cuando me obligué a montarla a golpe de citas porque no me sentía capaz de hacerle justicia. Pues bien, puesto que ya he devuelto "Gótico...", no he tomado notas y tengo el día especialmente vago, voy a ser ejemplarmente breve y lo voy a dejar tan clarito a la primera que va a parecer mentira en mí: “Gótico carpintero” no sólo es una de las mejores novelas que he leído este año o el pasado o el anterior: "Gótico Carpintero" es una de las mejores novelas que he leído en mi puta vida. Grosso modo, esto. 

Lo único que había leído de Gaddis hasta el momento había sido el antes mencionado “Agape se paga”, un artefacto absolutamente genial que hasta hace unos días consideraba poco menos que insuperable. Quizá en mi “canon” particular lo siga siendo pero hoy estoy de noviazgo y sólo tengo ojos para mi Gótico. Puede que en unos meses, cuando se nos agote el amor, convenga hacer otra reflexión en torno a las pasiones desmedidas, el autocontrol y aquello de correrse antes de tiempo, pero ahora mismo todo esto da igual, porque ahora, insisto, mientras escribo estas palabras, todo son mariposas en el estómago y un henchirse de orgullo o felicidad o una mezcla de ambas o un no sé qué qué se yo. 

Sin saber qué razones dar para convencerles y sin tener citas que ofrecer no quiero dejar de comentarles alguna menudencia de la novela. Verán, Gótico Carpintero es absolutamente fascinante por muchas razones la primera de las cuales tiene que ver con el lenguaje y la asombrosa capacidad de transmitir sensaciones a través de él. Imagínense que alguien (Gaddis) les cubre los ojos con una gasa que les permita ver sombras difuminadas; les ata de pies y manos y les deja en el centro de una habitación que huele a miedo, a viejo, a humedad, a odio, a desesperación y a locura. Recuerden: no pueden moverse, no pueden hablar, apenas ven y nadie les ha explicado nada, no les han puesto sobre aviso de aquello a lo que se van a enfrentar. Escucharán sollozar a una mujer que vive en evasión permanentemente; los gritos de un hombre en continuo frenesí; les oirán hablar de traiciones, fraudes y engaños, también de hermanos ladrones, de políticos corruptos, de predicadores oportunistas y asesinos, de abogados hijos de puta. Tengan presente que despertarán (la novela nunca empieza: ya está ahí cuando llegamos) en el centro de un huracán y tendrán que montar el puzle ustedes solitos sin más ayuda que una atenta lectura. 

No voy a engañarles, pero tampoco quiero asustarles: no es tan complicado como estoy dando a entender aunque desde luego está lejos de ser una lectura fácil (siendo “fácil” un algo indefinible que tiene que ver con leer visitando a ratos el Facebook o con la televisión de fondo). Las piezas están ahí y las claves se las dará el propio libro a medida que vayan adentrándose en él como recompensa por el esfuerzo. Y prepárense: entrar en el libro es fácil, salir es casi imposible; se queda ahí, puede que a perpetuidad. 

Soy consciente de que con esto que he dicho no queda ni remotamente claro el argumento de la novela pero, honestamente, ¿importa? Es decir, ¿cambiaría algo el hecho de saberlo? ¿Les animaría saber que trata sobre el desmoronamiento; sobre las casas que se empiezan por el tejado? No, yo creo que no. Al menos a mí, personalmente -y al igual que me ocurre con Bernhard- me importa un rábano que Gaddis me cuente una historia de amor entre un hongo y una ameba porque hay ocasiones, y esta es una de ellas, en que la fuerza del lenguaje y los personajes y especialmente los diálogos (tendrían que ver qué pedazo de diálogos) valen más que la mejor historia que puedan imaginar. Quizá me está pasando. Puede ser. Pero... imaginen que no.  






(No quiero dejar de mencionar al traductor, Mariano Peyrou, que se ha tenido que dar una señora paliza y ante quien me quito el sombrero por el excelente resultado de su trabajo.) 



(1) La cita pertenece a “Gótico Carpintero”. La transcribí durante su lectura, hace un par de semanas, mientras preparaba otro post. Se me ocurrió que esta cita sería una buena forma de comenzarlo ya que el contenido sexual de la escena me permitía empezar con algún chiste soez -que es algo que suele gustar mucho- sin dejar de lado la calidad literaria que siempre acompaña a Gaddis. Por el bien de este otro post sacrifico esa genial (ya lo digo yo) “introducción” (valga la redundancia) y la dejo dónde siempre debió estar, esto es, aquí, en su propia entrada, aunque no venga, en realidad, a cuento de nada en particular. 

viernes, 2 de marzo de 2012

“La Fábrica del Lenguaje, S.A.”, de Pablo Raphael

“La Fábrica del Lenguaje” parece el quiero y no puedo del Quienes Somos, A Dónde Vamos, De Dónde Venimos de la narrativa actual; pero no una narrativa actual cualquiera sino la de nuestros ya-no-tan-jóvenes escritores, aquellos que parecen más dispuestos a utilizar todas la armas que la tecnología pone a su (nuestra) disposición. Es por ello que todo el ensayo está plagado -pero plagado no se imaginan cuánto- de citas de esos mismos escritores a los que a estas alturas creo que ya deberíamos ir pensando en marcar igual que a las ovejas. Estoy hablando de (VL) Mora, Carrión, Zambra, Herbert, (AF) Mallo, y el habitual largo etcétera que incluye una cantidad ingente de completos desconocidos. Exacto: hay mucho, sí, de la Generación Quimera (aka Nocilleros Mutantes Sin Fronteras). Esta “limitación” autoimpuesta por Raphael no es en absoluto gratuita. El autor aunque mexicano es (o ha sido) colaborador de la mencionada revista y es de suponerle X relación, mejor o peor (probablemente esto último), con otros colaboracionistas. Esto es una suposición no especialmente malintencionada; si me pongo cabrón se me ocurren maldades que pudieran tener que ver con el amor y el sexo oral fuera del matrimonio. No es el caso, como verán a continuación, porque en realidad Pablo Raphael es un cordero reconvertido en lobo que se los quiere comer a toditos todos a dentelladas. 

Voy a serles sincero: no estoy seguro de cuál es exactamente el centro de este libro. Sé que tiene que ver con la literatura, con el pasado y con el futuro pero sobre todo con el presente y especialmente con México, lo cual me desubica párrafo sí párrafo también. En principio parece que el objetivo es explicar las razones por las que en España se escribe actualmente tan mala literatura mientras que al otro lado del charco es tan rematadamente buena (o viceversa). Si es eso, ha fracasado; si no, también. Dice la sinopsis en Anagrama que “éste es un ensayo sobre el lenguaje, la idea de generaciones y las estéticas de la literatura contemporánea; pero también es una denuncia que señala los mecanismos que han provocado el distanciamiento entre la creación y la acción, la ética y la estética, la literatura y el espacio público.” Pues será. 

Mi gran problema con este ensayo no está tanto en una temática que no me interesa la mitad de las veces sino en la sensación de no pisar nunca en firme de lo que puede tener parte de culpa la construcción a modo de extensos artículos que han sido preparados del siguiente modo: 

La forma dialogada de este ensayo se debe a una serie de entrevistas, tuits, posteos en Facebook, correos electrónicos con preguntas de ida y vuelta, libros de contraste, conversaciones distendidas y algunas lecturas de las primeras versiones que muchos de ustedes tuvieron la gentileza de soportar. 

Sin querer pecar de xenófobo debo confesar que lo más pesado del ensayo es la excesiva “mexicanización” del discurso. Lo menos, las patadas en la boca a nuestros notables fabricantes del lenguaje. Raphael no escribe un ensayo, en realidad declara una guerra, ¿a quién?: a los nocillos (o aproximaciones), a quienes acusa de ser en el fondo demasiado individualistas, de negarse a aceptar su condición generacional, de escribir basura que no incide en el cambio social, de darle más importancia al escritor que al texto... Para muestra un botón: 

En Nocilla Lab hay una breve escena donde al personaje le ocurre algo muy importante: alguien le anuncia que su gata ha muerto. Asunto impostergable, existencial y demoledor, muy lejos de los cuarenta mil muertos caídos por el narco mexicano, de la pobreza en ruinas del país que fue Haití, de la desolación palestina. Lo publicado por Nocilla es un reflejo de su preocupación más primordial: la identidad. Ya será la crisis económica la encargada de obligar a esta generación a poner los ojos en cosas más necesarias que los productos que se venden en Carrefour y los fenómenos que suceden en YouTube, la crítica a los centros vacacionales, el elogio de la ignorancia, los juegos electrónicos como material literario o los zombis del pulp; ya deshonrarán el nombre de una generación tipo yogur que en el apellido lleva una fecha de caducidad; ya abandonarán el elogio del exhibicionismo y la imitación de cosas como el spoken word (verlo en España es como estar ante la presencia de un cantaor de flamenco que intenta rapear) o las jam sessions de escritura que por la incapacidad cuadrada de improvisar acaban convirtiéndose en lentísimas tormentas de tormento. Ya llegará el momento de abandonar la silla que los escritores de esta estirpe ocupan en la habitación de un hotel con vistas a la televisión. Cuando eso suceda, quedará atrás la sociología mínima que confunde la condición humana con el estado del grupo y a Benidorm con el mundo. Si Nocilla abandona los ecualizadores y las pantallas con que mediatiza su relación con el espacio público y se reconoce como la versión ibérica de los punks de boutique, la literatura española habrá logrado pasar de la picaresca quijotesca al idealismo polifónico, esa segunda vena del Quijote que la literatura española decidió no transitar desde el principio de los tiempos. 

No se engañen; que disfrutemos zurrando a los mismos o que estemos puntualmente de acuerdo en ciertas obviedades no quiere decir que apruebe el conjunto de la obra, por llamarla de alguna manera. Porque Raphael, en un intento de abarcar demasiado no aprieta nada y la sensación que va dejando la lectura es que en el fondo del enrevesado discurso laten unas ideas bastante... bobas: “La diferencia entre literatura y videojuegos está en la cantidad de esfuerzo que puede requerir la primera contra la satisfacción inmediata que proporcionan los segundos. Compárese lo que se necesita para leer las 1.500 páginas de El señor de los anillos, mientras que el videojuego permite ser Aragorn y atravesar orcos con su espada de inmediato.” Que no le falta razón, pero, ¿a dónde quiere llegar con este encadenamiento de chorradas? Cuando parece que quiere criticar la excesiva “digitalización” de los escritores españoles nos sorprende con una sucesión ininterrumpida de twittitonterías que lo sitúan al mismo o peor nivel: 

“1. Se puede abrir cuenta en Twitter y escribir sin seguir a nadie ni tener seguidores. Antes que red social esto es un espacio de escritura. 2. Se puede estar en Twitter sin escribir, leyendo a otros, o escribiendo, sin leer a otros. En cualquier caso debe haber escritura, 3. Toda escritura supone un lector: el autor u otro. Pero no es lo mismo dar a leer a otro que publicar. El público debe ser desconocido. 4. Publicar es poner un texto a disposición de otros, más allá del espacio privado. Las ediciones limitadas no son del todo publicaciones. 5. Salvo que mantenga uno su cuenta privada, y acepte y siga sólo a amigos y conocidos, quien escribe en Twitter publica. 6. Publicar es dar a leer. No es esperar diálogo, ni interacción. Quien publica aquí, como en cualquier otro lado, no tiene por qué leerte.” 

Y así hasta 59. Sí, 59. “59. Ya hablar de «los tuiteros» crea la ilusión de homogeneidad: lo que hay es un cruce de múltiples comunidades en metamorfosis incesante.” Vale, ¿y? 


Por otro lado -abriendo un punto y aparte para la anécdota del día- es la primera persona que conozco que elogia la obra de Andrés Neuman del modo que él lo hace. Que conste que no tengo nada contra Neuman, no busco criticarlo; no he leído nada suyo ni cruzado en la vida una palabra con él, pero me extraña lo salvaje del cumplido que pueden juzgar ustedes mismos: “[…] frente a los detractores editoriales del género que funda toda la literatura, habrá que decir que en el cuento hay un maestro indiscutible. Con libros como Alumbramiento, la brevedad alcanza niveles de concentración capaces de inventar algo parecido a lo que sucedió al universo unos segundos antes del big bang.” Ahí es nada y que se joda el dinosaurio de Monterroso. El caso es que esto me extraña tanto, tanto, tanto, que dedico cinco minutos a investigar en google cuál puede ser el origen del aparente despropósito, si acaso lo hay. Encuentro una página que me da la respuesta. Tiene cosillas escritas por Pablo Raphael que pueden darnos la clave de su apasionamiento. Lean: “Un fantasma recorre la isla. A la orilla de la playa llega una botella; parece vacía. Adentro, un barco fantasma se estrella invisible.” No se vayan todavía, aún hay más. “Al entrar en el velatorio, ahí estaban los ataúdes del chelo, las flautas, los violines, el arpa. Desnudos, los músicos se aprestaban a tocarse.” Maravilloso. Como amante del microrrelato no es de extrañar que Andres Neuman le parezca el genio que le parece (para los que no lo sepan Neuman tiene un blog especializado en microrrelatos.) 

En definitiva, “La fábrica del lenguaje” es algo así como un inmenso especial mexicano de Quimera que trata los temas de siempre: la obsesión del quiénes somos, qué hacemos y qué buenos estamos. Con todos ustedes, el futuro.