La falta de tiempo (problema puntual, espero) no me permite dedicarle al blog ni una tercera parte del tiempo que quisiera. Tampoco el número de páginas leídas es el mismo que el año pasado (nada más y nada menos que otra tercera parte). De ahí mi silencio. Pido disculpas a todos aquellos a quienes tal ausencia cause desvelo, esto es, medio país.
Dicho lo cual, he aquí un pequeño resumen de aquellas novelas leídas en enero, una excusa como cualquier otra para abandonar el incómodo silencio en el que nos hemos instalado.
Enero empezó flojo, muy flojo. Flojísimo. Y todo por culpa de El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle, una novela corta de la que hablamos hace no demasiado por aquí, una novela que se suponía (fuente: comentarios ajenos) deliciosa, maravillosa, intensa… una cosa absolutamente increíble que nadie debía dejar de leer. Y no, claro. O sea, ni por asomo. La novela no vale ni el papel en que está impresa y desde luego no merece ni cinco minutos del tiempo que se le ha dedicado. Puede que exagere, pero también puede que no. Léanla y después déjenla reposar, digamos, un mes. Y ya después vuelven y me dan la razón en todo. De nada.
Enero siguió con Tardía fama de Schnitzler, un nombre que sólo consigo escribir a la tercera, y que también se suponía genial aunque, y esto es impresión mía, en menor medida que el anterior. Bueno, quitando lo jugoso del tema (reseña un poco más abajo) la cosa era bastante normalita tirando a simple, esto es, como de provocar pero sin enfurecer, que ya me dirás tú qué sentido tiene. Mero entretenimiento pero no necesariamente una mala inversión.
La siguiente elección, siguiendo el procedimiento establecido por El Señor del Caos, fue Carpe Diem, de Saul Bellow. Me equivoqué. La de Bellow no es una mala novela, pero teniendo Herzog o El legado de Humboldt pendientes de leer no tenía maldito sentido embarcarse en semejante, ahora lo sé, nimiedad. Novela menor, vaya, ideal, si quieren, para hacer boca, abrir el apetito a obras de calado mayor o para quitarse el gusanillo de leer un Bellow de vez en cuando.
Y para espinitas, El gran Gatsby. La novela peca un poco de lo mismo que peca la de Bellow: es floja, floja. No dudo que habrá tenido su momento, pero no tuvo la suerte de coincidir en el tiempo con el mío. Supongo (no, no supongo; sé) que esperaba mucho más pero también puede ser que la falta total de empatía con los personajes o lo plano de la historia me haya pasado factura. LE haya pasado factura, quiero decir.
Entra en lo posible que estas novela hayan sufrido, injustamente, las consecuencias de haber leído, en diciembre, una detrás de otra, Los hermanos Karamázov de Dostoievsky y Middlemarch de Eliot, novelas del todo insuperables a su manera. Claro, yo no digo nada, pero las comparaciones son siempre odiosas y esto no ha debido ser fácil para las niñas bobas de enero. Pero también puede ser que no; es decir, también puede ser que si no han aguantado la comparación es porque no merecían aguantar la comparación. Digo esto porque inmediatamente después de leer a Scott Fitzgerald (quien, a pesar de lo que insinúo, me hizo disfrutar lo suyo) cayó Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, una novela de quitarse el sombrero, la cartuchera y hasta los calzones largos; una novela que mantiene perfectamente el tipo frente a los dos monstruos antes citados. Al igual que Harold Bloom (y hablando de comparaciones desafortunadas) también en mi caso la empecé tres veces. No sé qué pensar de esto, pero así de entrada me resisto a sacar conclusiones en cien palabras, que es para lo que están pensados estos resúmenes. De modo que, con su permiso, lo vamos a dejar aquí en la esperanza de poder dedicarle media horita al bueno de Cormac.
Y enero terminó (y febrero comenzó) con un servidor de ustedes leyendo El ángel que nos mira de Thomas Wolfe. Llama la atención que una novela de la importancia de esta (demonios, tiene hasta película), escrita por un escritor de la talla de Wolfe y editado con todo lujo de detalles por Valdermar (hay una versión digital de la que deben huir pese a que la traducción es la misma) que es como para volver loco de envidia a cualquier editor que se tache de tal… llama la atención, decía, encontrarse con tan poca gente que la haya leído o/y con tan poca gente con intención de hacerlo. No voy a tratar de convencerles de nada, me limitaré a recordarles que se supone que están ustedes aquí porque les gusta la literatura (no todos, los hay que simplemente vienen a llorar) y que si no han leído esto o no han demostrado hasta la fecha la menor intención de hacerlo, entonces tal vez deberían plantearse quedar en otra parte, tipo salón recreativo o similar. El ángel que nos mira es LITERATURA y tiene, además, uno de los mejores arranques que se pueden encontrar en un libro. Las primeras líneas se las regalo yo; el resto lo buscan ustedes.
«Un destino que conduce a un inglés hacia los holandeses es bastante extraño; pero el que lleva de Epsom a Pennsylvania, y de aquí a los montes que se cierran en Altamont sobre el soberbio grito de coral del gallo, y a la dulce sonrisa de piedra de un ángel, tiene algo de ese oscuro milagro del azar que constituye la nueva magia en un mundo polvoriento.
Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas.
La semilla de nuestra destrucción florece en el desierto, la flor que ha de curarnos crece junto a una roca, y una arpía de Georgia hostiga nuestras vidas, porque un ladrón de Londres se libró de la horca. Cada momento es fruto de cuarenta mil años. Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que vuelan de nuevo hacia la muerte; cada momento es una ventana sobre el tiempo.
He aquí un momento:»
Y ya, a partir de aquí, FEBRERO, esto es, otra historia.


