jueves, 9 de febrero de 2017

Resumen de lecturas ENERO 2017


La falta de tiempo (problema puntual, espero) no me permite dedicarle al blog ni una tercera parte del tiempo que quisiera. Tampoco el número de páginas leídas es el mismo que el año pasado (nada más y nada menos que otra tercera parte). De ahí mi silencio. Pido disculpas a todos aquellos a quienes tal ausencia cause desvelo, esto es, medio país.

Dicho lo cual, he aquí un pequeño resumen de aquellas novelas leídas en enero, una excusa como cualquier otra para abandonar el incómodo silencio en el que nos hemos instalado.

Enero empezó flojo, muy flojo. Flojísimo. Y todo por culpa de El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle, una novela corta de la que hablamos hace no demasiado por aquí, una novela que se suponía (fuente: comentarios ajenos) deliciosa, maravillosa, intensa… una cosa absolutamente increíble que nadie debía dejar de leer. Y no, claro. O sea, ni por asomo. La novela no vale ni el papel en que está impresa y desde luego no merece ni cinco minutos del tiempo que se le ha dedicado. Puede que exagere, pero también puede que no. Léanla y después déjenla reposar, digamos, un mes. Y ya después vuelven y me dan la razón en todo. De nada.

Enero siguió con Tardía fama de Schnitzler, un nombre que sólo consigo escribir a la tercera, y que también se suponía genial aunque, y esto es impresión mía, en menor medida que el anterior. Bueno, quitando lo jugoso del tema (reseña un poco más abajo) la cosa era bastante normalita tirando a simple, esto es, como de provocar pero sin enfurecer, que ya me dirás tú qué sentido tiene. Mero entretenimiento pero no necesariamente una mala inversión.

La siguiente elección, siguiendo el procedimiento establecido por El Señor del Caos, fue Carpe Diem, de Saul Bellow. Me equivoqué. La de Bellow no es una mala novela, pero teniendo Herzog o El legado de Humboldt pendientes de leer no tenía maldito sentido embarcarse en semejante, ahora lo sé, nimiedad. Novela menor, vaya, ideal, si quieren, para hacer boca, abrir el apetito a obras de calado mayor o para quitarse el gusanillo de leer un Bellow de vez en cuando.

Y para espinitas, El gran Gatsby. La novela peca un poco de lo mismo que peca la de Bellow: es floja, floja. No dudo que habrá tenido su momento, pero no tuvo la suerte de coincidir en el tiempo con el mío. Supongo (no, no supongo; sé) que esperaba mucho más pero también puede ser que la falta total de empatía con los personajes o lo plano de la historia me haya pasado factura. LE haya pasado factura, quiero decir.

Entra en lo posible que estas novela hayan sufrido, injustamente, las consecuencias de haber leído, en diciembre, una detrás de otra, Los hermanos Karamázov de Dostoievsky y Middlemarch de Eliot, novelas del todo insuperables a su manera. Claro, yo no digo nada, pero las comparaciones son siempre odiosas y esto no ha debido ser fácil para las niñas bobas de enero. Pero también puede ser que no; es decir, también puede ser que si no han aguantado la comparación es porque no merecían aguantar la comparación. Digo esto porque inmediatamente después de leer a Scott Fitzgerald (quien, a pesar de lo que insinúo, me hizo disfrutar lo suyo) cayó Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, una novela de quitarse el sombrero, la cartuchera y hasta los calzones largos; una novela que mantiene perfectamente el tipo frente a los dos monstruos antes citados. Al igual que Harold Bloom (y hablando de comparaciones desafortunadas) también en mi caso la empecé tres veces. No sé qué pensar de esto, pero así de entrada me resisto a sacar conclusiones en cien palabras, que es para lo que están pensados estos resúmenes. De modo que, con su permiso, lo vamos a dejar aquí en la esperanza de poder dedicarle media horita al bueno de Cormac.

Y enero terminó (y febrero comenzó) con un servidor de ustedes leyendo El ángel que nos mira de Thomas Wolfe. Llama la atención que una novela de la importancia de esta (demonios, tiene hasta película), escrita por un escritor de la talla de Wolfe y editado con todo lujo de detalles por Valdermar (hay una versión digital de la que deben huir pese a que la traducción es la misma) que es como para volver loco de envidia a cualquier editor que se tache de tal… llama la atención, decía, encontrarse con tan poca gente que la haya leído o/y con tan poca gente con intención de hacerlo. No voy a tratar de convencerles de nada, me limitaré a recordarles que se supone que están ustedes aquí porque les gusta la literatura (no todos, los hay que simplemente vienen a llorar) y que si no han leído esto o no han demostrado hasta la fecha la menor intención de hacerlo, entonces tal vez deberían plantearse quedar en otra parte, tipo salón recreativo o similar. El ángel que nos mira es LITERATURA y tiene, además, uno de los mejores arranques que se pueden encontrar en un libro. Las primeras líneas se las regalo yo; el resto lo buscan ustedes.

«Un destino que conduce a un inglés hacia los holandeses es bastante extraño; pero el que lleva de Epsom a Pennsylvania, y de aquí a los montes que se cierran en Altamont sobre el soberbio grito de coral del gallo, y a la dulce sonrisa de piedra de un ángel, tiene algo de ese oscuro milagro del azar que constituye la nueva magia en un mundo polvoriento.
Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas.
La semilla de nuestra destrucción florece en el desierto, la flor que ha de curarnos crece junto a una roca, y una arpía de Georgia hostiga nuestras vidas, porque un ladrón de Londres se libró de la horca. Cada momento es fruto de cuarenta mil años. Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que vuelan de nuevo hacia la muerte; cada momento es una ventana sobre el tiempo.
He aquí un momento:»

Y ya, a partir de aquí, FEBRERO, esto es, otra historia.



jueves, 19 de enero de 2017

“Tardía fama” de Arthur Schnitzler (Trad. Adan Kovacsics)

«Es la historia de siempre». 

Así es. He aquí LA CITA:

«Es la historia de siempre. Al principio nos basta y sobra la propia alegría de crear y el interés de los que pocos que nos entienden. Pero después, cuando comprobamos lo que prospera a nuestro alrededor, todo lo que cobra cierto renombre y hasta fama, terminamos deseando que también se nos escuche y aprecie. ¡Y entonces llegan las desilusiones! La envidia de los que carecen de talento, la frivolidad y malevolencia de los críticos y la terrible indiferencia de la multitud. Y uno acaba cansado, cansado, cansado. Tendría muchas cosas que decir, pero nadie quiere prestar atención, y al final olvida que ha sido uno de esos que aspiraban a algo grande y quizá incluso llegaron a crear algo grande».

O no. En esta novela un hombre de avanzada edad recibe la visita de un joven poeta que quiere presentarle sus respetos: ha leído un poemario que el vejete escribió en sus años mozos; poemario que pasó en su momento desapercibido y que ahora es visto por los ojos de este simpático muchacho como una obra absolutamente genial que debe ser rescatada al precio que sea.

Por favor, levanten la mano aquellos de ustedes que en algún momento han escrito y publicado algún libro que, pasado el tiempo (o no), ha caído en el olvido y ya nunca más. Déjenme contar… uno, dos, tres… doscientos trece mil quinientos doce. Bien, ahora dejen levantada la mano aquellos que crean que su libro (ya sea novela, ya sea poemario, ya sea un algo experimental o simplemente una inclasificable fusión de géneros), no ha sido valorado en su justa medida, esto es, ha sido injustamente menospreciado y llantos y lamentos. Veamos: uno, dos, tres… ¡doscientos trece mil quinientos once! 

Vaya, un único honrado entre tanto ladrón.

Bueno, como introducción ya está bien.

En la novela se habla de esto y más cosas. Se habla de un hombre que un día escribió una obra que hoy alguien considera magistral. Este hombre, ahora taciturno funcionario de bares de tapas y cafés de dos horas, se ve de pronto reconocido e inmerso en un círculo literario de jóvenes poetas, narradores y dramaturgos que se creen audaces y se creen brillantes y se creen el futuro como natural relevo generacional. Este grupo diverso devuelve la nuestro héroe —a golpe del mismo elogio desmedido que para sí quisieran y que un día reclamarán, también, a otros más jóvenes que ellos— la fantasía que en su momento sucumbió a la realidad: la de que su obra merecía la inmortalidad.

«Había creado una obra y aspiraba al reconocimiento que hasta entonces le había sido negado. Y en ese momento lo recibido al menos en parte, cuando casi había olvidado que lo merecía. Sin embargo, ya no podía dudar de ello, y ahora, al hojear sus poesías, como hacía a veces, se fijaba con cierta emoción en algún que otro poema y comenzaba a extrañarse de que el mundo hubiera pasado por alto esos versos».

La novela enfrenta la vejez y la desilusión a la juventud y el arrojo como una forma de recordarnos lo que un día fuimos y en qué nos convertiremos o en que se convertirá la gran mayoría de la población escribiente: fantasmas que un día soñaron con un éxito y un reconocimiento que pusiese en evidencia su innegable talento.

«La gente tiene que enterarse de nuestra existencia, tiene que saber algo de nosotros. Nadie sabe nada, ni un alma se interesa por nosotros. Los periódicos no toman en nota lo que hacemos. ¿Quién conoce a Christian? Nadie. ¿Quién conoce a Meier? Nadie. ¿Quén conoce a Blink? Nadie».

La lucha, diaria, por ese reconocimiento, les lleva a organizar un evento en el que salten a la vista sus virtudes pero todo se queda en luchas intestinas e intereses particulares que no van mucho más allá de verse publicitados un día y elogiados otro por esa prensa que es al final la única forma que tienen de hacerse escuchar. Como en la vida misma —porque tan novela de ficción no es, si lo piensas bien— el resultado es catastrófico: al silencio casi total de unos medios se suman los desprecios de otros y la constatación brutal de su soledad cuando el único artículo que habla mediamente bien de ellos tiene su origen en la amistad o el compañerismo toda vez que uno de ellos es o será colaborador del medio en cuestión.

Para que nos entendemos:

La novela, de rabiosa y permanente actualidad, es el ejemplo perfecto de la triste historia de cuatro o cuatrocientos infelices que a día de hoy publican la misma mierda y se retroalimentan en un medio cerrado más o menos grande —compuesto por un indeterminado número de grupúsculos especializados— conocido como mundillo literario. El fin último del mundillo es hablar bien de ti cuando publiques una novela, amigo, o acompañar una nota de prensa elogiosa cuando la revista de turno, dirigida por el primo del cuñado del vecino de tu editor, publique la caquita con la que te llevas peleando semanas total para no ser leída ni haciéndola viral en la red social.

Con este argumento y conociéndome mínimamente, a estas alturas ya tendría que haber llegado la sangre al río, y sin embargo, será que estoy madurando, sólo siento lástima, sincera lástima, por tanto esfuerzo inútil, por tanta gente sin talento y sin amigos que les digan la verdad: que están malgastando su vida y perdiendo de hacer muchas otras cosas para las que sin duda tienen mucho más talento, tipo follar o visitar ancianos o ambas cosas a la vez.

Desde aquí, mi más sincero afecto y compasión.


jueves, 12 de enero de 2017

“El nadador en el mar secreto” de William Kotzwinkle (Trad. Enrique de Hériz)

Harto (HARTO) de no escuchar más que buenos comentarios de esta [digamos, de momento] “novela” y sabiendo como sabemos la facilidad tiene la gente, alguna gente, ocasionalmente lectores, para caer en el elogio desmedido y ser víctimas de sus propias pasiones y sensibilidades, hipersensibilidades, a según qué lenguaje poético («Decir exactamente lo que pasa —dicen que dice The New York Times Review of Books— sería como parafrasear un poema») y siendo conscientes, como lo somos, de nuestra función social, nuestra portavocía en este Ministerio de La Gran y Única Verdad, nos hemos puesto manos a la obra y nos hemos leído el susodicho aprovechando que sus noventa miserables páginas mal aprovechadas no dan ni para robarle el tiempo al café de la mañana (no así esta reseña que ya veo que tiende al infinito).

Y sí, se confirman las sospechas: una vez más, ¡sobrevaloración!

La cosa va de lo siguiente:

Un mal parto lo tiene cualquiera; un mal día, también. Pues bien, uno de esos malos días una mujer, medio ermitaña medio artista, rompe aguas. Su marido la lleva al hospital, corre que te corre y tal. Una tercera parte de la novela son ellos camino de allí con los nervios propios de los primerizos —que a ver si me arranca el coche y no sé qué— y los derrapes propios del invierno en la montaña. Les dicen que el niño viene de culo y entran un poco en pánico. La segunda tercera parte de la novela es ella empujando y un médico tratando de reanimar el cadáver del niño que ha parido. El resto es shock, cajitas de pino y entierro en bosque con testigo.

Claro, con semejante tema, o te gusta o dices que te gusta o eres un grandísimo hijo de puta. Yo me pido lo último.

Sinceramente: yo no lo veo. Me puede valer como relato si me lo cuelas en una revista o lo metes con otros veinte en una antología de la penita pena y me lo vendes como UNO MÁS. Ahora bien, si me lo vendes como nouvelle o como pequeña obra maestra o simplemente como un algo magistral del tipo te dejo con la boca abierta, TE LO COMES. No me vale aunque me lo pongas para regalo, que es para lo que se ha diseñado esta edición. Porque, se pongan algunos (ustedes mismos) como se pongan, esto no es un relato sobre la vida y la muerte, por más que en él se viva y se muera, que ya ves tú que novedad, sino sobre la desgracia de perder un hijo y tener que enterrarlo y ser escritor y querer contarlo. Que sí, que horrible, de verdad, que qué pena, pero eso sólo no hace buena una novela. La hace, como mucho, lacrimógena, que es al final lo que parece que andamos buscando, que ya no se puede escribir sobre niños sin te menten para el Nobel.

El nadador en el mar secreto es el relato de una experiencia terrible, sí, qué duda cabe, (basada en hechos reales, nada menos, uhh) narrada cierto oficio y mucha sobriedad, que evita caer, en la medida de lo posible, en el mismo sentimentalismo barato en el que se empeñan en sumergirse, cual nadadores poco experimentados, sus lectores y sus lectoras que, transidos de dolor, rompen aguas y dan a luz reseñas infames llenas de lágrimas, almas, corazones, sentimientos, emociones, lectores agradecidos de su brevedad, lectores que la tienen por bella a pesar de intensa y dura (sic) y soplapolleces por el estilo.