miércoles, 14 de diciembre de 2016

De la inconveniente legitimidad: Una introducción

Me van a permitir el rescate de un artículo que un servidor publicó hace la friolera de cuatro años en aquel experimento fallido que fue Diario Kafka, concretamente el 10/12/2012 (ténganlo en cuenta cuando lo lean). El artículo nos servirá para hablar (cuestión de días) de las tan populares listas de “lo mejor del 2016” y muy especialmente sobre la que uno de los aquí mentados se ha marcado esta Navidad.


UNO

30 de noviembre. Llueve. Ignacio Echevarría: “Basta de monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas, sobre su ignorancia, sobre su mansedumbre y sus anteojeras”. A ver, un momentito, orden en la sala: las monsergas sobre la corruptibilidad de los reseñistas son la sal de vida. Como ex-reseñista Ignacio debería saber que no podemos renunciar a ellas, porque si renunciamos a ellas corremos el riesgo de dormirnos en los laureles y entonces puede llegar el lobo y comernos todito todito lo que no nos tiene que comer. Que los reseñistas son unos vendidos hay que decirlo siempre y dudar de ellos o directamente no creerse ni una palabra, también, siempre. Hemos llegado a un punto en que es una obviedad decir que los malos críticos son los culpables del bajísimo nivel de la crítica de los suplementos culturales de este país y que ya todos sabemos poco menos que, en el mejor de los casos y salvo honrosas excepciones, la crítica es decepcionante.

Pero no nos equivoquemos, esa crítica vaga, perezosa, poco o nada profesional; esa crítica que se prostituye por cuatro euros o que sólo atiende a intereses comerciales, esa crítica, digo, no es la peor crítica ni su perpetrador el peor de los críticos ya que, al fin y al cabo, es consciente de las “limitaciones” (entre comillas esto) de un público que sólo busca orientación y estar un poco al corriente de las novedades. Somos corderitos asustados. Pero hay otra crítica (otras, en realidad) que resulta mucho más despreciable que esa que, al fin y al cabo, hace lo que hace porque tiene una familia que mantener. Estoy hablando de la crítica que hacen los AMIGOS, esa banda de impresentables mentirosos y oportunistas, vagos y maleantes la mitad de las veces. Hoy hablaremos de un grupo de amigos muy concreto, porque en la concreción está el gusto. Pónganse cómodos; nos llevará un rato. 


DOS

Miguel Espigado es escritor y, hasta donde yo sé (que tampoco es que sea mucho) ejerce de crítico literario en revistas como Quimera. Pues bien, Miguel Espigado publicó hace unos meses un artículo en su blog llamado ‘10 Consejos para ser un buen crítico literario’ en el que se incluía el siguiente punto: “No te hagas amigo de los escritores. Acabarás apoyando sus carreras con las laudatio más bochornosas, pelotas y cursis. Luego, cuando tu amistad no sea justamente correspondida, pondrás sus libros a caer de un burro en justo desagravio”.

Exacto. Aunque Miguel Espigado tenga algunos días malos, de vez en cuando también tiene momentos de extrema sensatez, es capaz de ver más allá de sí mismo y entender que la amistad está bien para según qué cosas pero fatal para según qué otras.

Además de estos arrebatos de sentido común, Espigado tiene un blog o dos o tres. El actual se llama “elespigado”. Antes de eso, mucho antes, abrió uno al que llamó Generación Nocilla cuya primera entrada, escrita en julio de 2007, servía para definir qué es y quién integraba La Generación Nocilla. [1] Sin querer hacer demasiada historia de un hecho sobradamente conocido, la generación Nocilla surge a raíz de la repercusión que tiene la novela de Agustín Fernandez Mallo [2], Nocilla Dream, de la que no hablaré si no es en presencia de mi abogado. Vicente Luis Mora [3] prefería llamar a esta generación “La luz nueva”, porque Vicente tiene estas cosas de buscarle nombres raros a todo. En cambio a Eloy Fernández Porta [4], socio de Spoken Words con Agustín Fernández Mallo, le gustaba mucho más la etiqueta de “Afterpop”, que por algo escribió un libro con ese nombre. Los Fernández siempre en la vanguardia.

Nota de interés: el tercer blog de Espigado al que hacía referencia más arriba se llamaba “Afterpost” y prestaba especial atención a la obra de los integrantes de la Generación Nocilla. Qué cosas, ¿eh? Esto no ayuda a entender a qué viene incluir en el segundo punto de los ‘10 consejos para ser buen crítico literario’ lo inconveniente o sospechoso de criticar libros de tus amigos si luego vas y casi no haces otra cosa en tu vida. 


TRES

Por otro lado, hace unos días, el jueves 29 de noviembre, Antonio J. Gil daba la réplica a mi artículo de Autopsia Crítica de hace un par de semanas que versaba sobre el trato que recibe Agustín Fernández Mallo de parte de cierto sector de la crítica. Venía a ser algo así como la crítica al crítico que critica la crítica y ciertamente era una crítica ejemplar, al menos en términos absolutos, es decir, obviando el contenido que realmente escondía y que no era otro que meterse conmigo. Pero, ¿por qué iba este señor, a quien no tenía hasta entonces el placer, a hacer semejante cosa? Entonces no tenía yo la más remota idea. En cambio Jordi Carrión, sí. Solo dos horas después de publicarse el artículo, Carrión [5] sube a su muro de Facebook un comentario en el que me etiqueta y que viene a decir algo así como que Antonio Gil disecciona brillantemente mi post. A Daniel Arjona, joven periodista de El Cultural (el mismo suplemento que en su momento, de la mano de Nuria Azancot, dio el pistoletazo de salida a la Generación Nocilla) también le parece excelente. A mucha gente le parece excelente. ¡A mí me parece excelente! Tanto le había gustado a Jordi, tanto tantísimo, que dijo muchas más cosas, todas ellas muy interesantes: decía que el artículo de Gil era útil para demostrar para qué servía estudiar literatura, retórica y semiótica y destacaba un tema de fondo que le parecía muy interesante: la LEGITIMIDAD. Legitimidad que, en el caso de los críticos y del propio Agustín Fernández Mallo, se sustentaba en libros en tanto que el del autor del post original (esto es, yo) lo hacía en posts. Tanto Antonio J. Gil como Túa Blesa eran catedráticos de literatura comparada y, atención, decía que sus currículums, sus publicaciones y sus libros tenían un sentido sobre el que merecía la pena reflexionar. También hacía una llamada a la reflexión sobre las formas de autoridad actuales. No puedo estar más de acuerdo con él y por eso, para reflexionar, es por lo que hoy escribo esto. Terminaba, Carrión, pidiendo serenidad y argumentos para hablar de estos temas que estaban afectando significativamente al sistema literario español. Todo un discurso, ya ven. 


CUATRO

La cosa quedó con todos más contentos que unas castañuelas de saberse tan listos y tan fuertes y tan preeminentes y tan influyentes y tan llenos de razón que era cada poro de su piel una verdad incontestable. Hasta que al día siguiente las chicas de La Patrulla de Salvación, el conocido blog de denuncia del mundo editorial, llamaron la atención sobre un curso que en otoño impartió Vicente Luis Mora en la Universidad de Brown (EEUU) –la misma en la que imparte clases Juan Francisco Ferré [6]—. El nombre del curso era “Postmodern Spain: New narratives and New Technologies” y trabajaba sobre los siguientes libros: Los muertos [7], de Jordi Carrión, Intente usar otras palabras, de Germán Sierra [8] y Nocilla Experience, de Agustín Fernández Mallo. Entre las Lecturas Críticas Obligatorias se encontraba el texto ‘Facebook y la circulación de la literatura’, también de Jordi Carrión y ‘Hacia una postnovela postnacional’, de Antonio J. Gil González [9]. Por otro lado entre las Lecturas Críticas Recomendadas estaban: El lectoespectador, el último ensayo del propio Vicente Luis Mora y La Luz Nueva, también del mismo autor. Por último Afterpop, de Eloy Fernández Porta y, supongo que por nivelar, ‘E Unibus Pluram ’ de David Foster Wallace. [10]

Uno o dos días después de la publicación de este post en el blog de La patrulla de salvación, la conversación que Jordi Carrión había tenido en su muro sobre lo absolutamente maravillosa que había sido la contracrítica de Antonio J. Gil desapareció. Se esfumó. Se volatilizó. Literalmente: Jordi Carrión hizo algo así como tragarse sus palabras (y por extensión las de todos los demás). En la teoría y en la práctica: donde dije digo, mejor no digo nada. 


CINCO
LEGITIMIDAD

Convendría ahora recordar uno de los comentarios borrados de Carrión, concretamente en el que decía que habría que reflexionar en torno a la LEGITIMIDAD (supongo que entendida como la “capacidad y derecho para ejercer una labor o una función”). Legitimidad de autores, que se sustentan en libros, y legitimidad de los no-autores que lo hacen blogs. Convendría recordar, también, la recomendación nada gratuita de Espigado acerca de lo conveniente de no tener amigos escritores que puedan hacernos sentir obligados a corresponder a esa amistad con recomendaciones bochornosas y laudatorias.

No seré yo quien cuestione la valía de gente como Vicente Luis Mora o Antonio J. Gil a la hora de emitir juicios críticos sobre literatura. Ni seré yo quien diga NO a la crítica académica. Lo que sí cuestiono es la capacidad de todos los críticos y escritores antes mencionados (y otros de los que ya hablaremos en otra ocasión) a la hora de emitir juicios sobre la obra de los diferentes miembros de esa Generación Nocilla a la que muchos se adscribieron fingiendo incomodidad pero que tan buenos resultados les ha dado y, en algunos casos, sigue dando. Que una novela de la categoría de Los muertos de Carrión o Intente usar otras palabras de Germán Sierra —que cuando las leí me parecieron de una mediocridad palpable— sean de lectura obligatoria en la universidad de Brown, es cuando menos preocupante —por no decir vergonzoso, que también— pero sobre todo sospechoso. Altamente sospechoso.

La crítica y por extensión el crítico, además de contar con un aparato teórico, estudios de literatura, conocimientos de retórica y dominio de la semiótica (Carrión dixit) necesitaría, en mi opinión, de un poco —un poco solamente— de independencia. La independencia suficiente, al menos, para dotarle de un mínimo de credibilidad a su argumentación porque de otro modo todo ese discurso y esa verborrea pueden parecer una forma un tanto rastrera de mantener un estatus que de otro modo estaría permanentemente amenazado por la duda razonable. Existe otra posibilidad que me lleva a terminar como empecé, con una cita de Ignacio Echevarría: “Lo que justifica no solo la incompetencia manifiesta y el estilo pésimo de tantos reseñistas, sino también, mucho más frecuentemente, su desconcertante mal gusto, sería la incesante rebaja de su listón que entraña el trato constante con textos de escasa calidad. […] la lectura continuada de libros mediocres […] tiene en no pocos casos efectos narcóticos sobre el gusto e incluso sobre la inteligencia […]”. ( El Cultural 30/11/2012). 









NOTAS

1. [Cita textual:] La lista total (y provisional) de la (provisionalmente) llamada Generación Nocilla es la siguiente: Vicente Luis Mora, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta, Javier Fernández, Milo Krmpotic, Mario Cuenca Sandoval, Lolita Bosch, Javier Calvo, Domenico Chiappe, Gabi Martínez, Álvaro Colomer, Harkaitz Cano, Juan Francisco Ferré, Germán Sierra, Fernández Mallo, Diego Doncel, Mercedes Cebrián, Salvador Gutiérrez Solís, Manuel Vilas, Robert Juan-Cantavella y Vicente Muñoz Álvarez. [Confeccionada con los datos ofrecidos por Nuria Azancot en su artículo de 2007 para El Cultural y otros incorporados por Vicente Luis Mora y Eloy Fernández Porta].

2. V. supra. n. 1

3. V. supra. n. 1

4. V. supra. n. 1

5. V. supra. n. 1

6. V. supra. n. 1

7. Los muertos (Mondadori, 2010) es la primera parte de una trilogía cuya continuación parece haber caído en el olvido.

8. V. supra. n. 1

9. También autor de ‘Microrrelatos para una exposición... Analogías para pensar Nocilla Dream’.

10. Observaciones: Eloy Fernández Porta es un viejo conocido de la universidad Brown: la visitó en primavera en una gira del Dúo Afterpop Fernández & Fernández (con la perfomance ‘Personificación’) y que les llevó también al Instituto Cervantes de Chicago. Cabría señalar, a modo de anécdota y aunque seguramente no tenga nada que ver una cosa con la otra, que Vicente Luis Mora compagina su labor como crítico con un trabajo en el Instituto Cervantes.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Lectura interrumpida #1 (Ada o el Ardor)

Interrumpo la lectura de Ada o el Ardor para comentar una cosilla.

El 28 de octubre de 2015, en el post de Mientras agonizo de Faulkner, dije lo siguiente. 

«Nos hemos vuelto conformistas, los lectores, los escritores. Nos hemos vuelto conformistas. Y mediocres. Nadamos, buceamos en mediocridad y conformismo y lo único que va a librarnos de esto, lo único que podrá salvarnos, es Faulkner y los que son como Faulkner: escritores de verdad, no mecanógrafos. Mecanógrafos, caca. Aquí ya no queremos maquinistas, ni queremos pianolas. Aquí queremos sogas para colgarnos si no cambian las cosas pero sobre todo queremos faulkners. Ya sólo queremos faulkners. Ya sólo aceptamos faulkners, ahora.
Todo lo demás, a la hoguera. Tú el primero».

Lo hice para provocar, claro, al final todo es provocación, que si no vas por ahí provocando parece que no haces nada, pero también con leve asomo de esperanza de convencerme a mí mismo de que tal cosa era posible. No pudo ser. O sí pudo, pero no fue. El caso es que hace nada terminé de leer Los hermanos Karamázov, la última y supongo que para muchos sobrevalorada novela de Dostoievski y volví a acordarme de Faulker —digo “volví” porque este año ya lo hice con Tolstoi, Bernhard y hasta con Philip Roth— y más concretamente de aquello que dije de Faulker hace tiempo, ya saben, la cita inmediatamente anterior a este párrafo.

Y es verdad. Me jode, pero al final pero tengo que darme la razón una vez más: ya sólo queremos faulkners. Que, bueno, quien dice faulkners, dice tolstois, dice gaddiss, dice bernhards, dice roths, dice nabokovs. Dice dostoievskis. Y pocos más, dice. Pero nos sabemos animales de costumbres (nos sabíamos ya en 2015, conste) y tememos caer en lo mismo de siempre: esto es, la mierda de siempre. Si uno es de bueno lo que tarda en ser olvidado, en este país, como en mucho otros, el noventa y nueve como nueve por ciento de los escritores no merecen ni una décima parte de los bits que ocupa su nombre en la red. Yo no sé si escriben para caer directamente en el olvido o qué pero el caso es que no se puede, o cuando menos no se debería, ir por la vida con esa pinta de no ser nada más que MEDIOCRIDAD y DESPOJO. 

Jamás entenderé cómo puede tanta gente que se dice escritora soportarse a sí misma. Cómo puede uno vivir con la certeza absoluta de ser una aberración y no morirse de asco al leer sus propias excreciones. Cómo se puede siquiera perpetrar el atentado de escribir dos palabras seguidas habiendo leído, en algún momento de tu vida, algo como esto (claro que, bien mirado, igual el problema es no haber leído nunca antes algo como esto, sin ser esta ni remotamente la mejor de las citas posibles):

«Ada tendía a considerar la fase inicial de su amor como un desarrollo difuso e imperceptible, tal vez anormal, probablemente único, pero puramente delicioso, gracias a su evolución uniforme, que hacía imposible toda impulsión bestial, todo estigma vergonzoso. Van, por el contrario, no podía evitar que sus recuerdos amorosos evocasen episodios precisos, decisivamente marcados por seísmos carnales súbitos, intensos, a veces lamentables. Ada se imaginaba que los goces inagotables a que había accedido —por sorpresa, y sin haberlos llamado— no se habían revelado a Van hasta el momento en que ella misma los había descubierto, al cabo de varias semanas de caricias acumulativas. En cuanto a sus primeras reacciones fisiológicas, estimaba conveniente apartarlas de su pensamiento, y las creía más o menos equiparables a las maniobras infantiles que en otro tiempo se había complacido en practicar, y que tenían muy escasa relación con el esplendor y el sabor de la felicidad individual. Van por el contrario, conocía el repertorio de todos los espasmos marginales que le había disimulado antes de convertirse en su amante, y distinguía categóricamente, desde un doble punto de vista filosófico y moral, entre el frenesí del onanismo y la dulzura irresistible de un amor confesado y compartido».

O lo que es lo mismo: si esto existe, ¿para qué te queremos a ti?

Pues eso.

Y ahora, si me disculpan, retomo.

«El año 1880 (todavía vivía Aqua, Dios sabe cómo, Dios sabe dónde) resultaría el más genial, el más fértil en recuerdos de la larga, demasiado larga, nunca demasiado larga vida de Van.»

viernes, 2 de diciembre de 2016

“El fin de la infancia” de Arthur C. Clarke (Trad.Luis Domenech)

Más que reseña, pildorita (y ligera, además, como la propia novela): la dosis semanal de este santo blog que no sabe estar más de días con la boca cerrada, como si tuviera realmente algo que decir, no digamos ya aportar, no digamos ya descubrir. Hoy, un grande: Arthur C. Clarke. Porque yo lo valgo. Y porque no me ha gustado gran cosa, la verdad, y aquí bien saben ustedes que se nos da fatal aquello de la crítica constructiva pero cuando se trata de apedrear nos quedamos solos.

Me recomendaron muy vivamente El fin de la infancia. Alguien lo tenía reciente y yo, que no llegué al estreno de La llegada pensé que no sería mala idea verme una del estilo pero en formato libro y felizmente tirado en el sillón.

Premio.

Extraterrestres sí que hay, y hasta nos invaden y nos dominan que a mí es una cosa que me ha puesto siempre mucho; la dominación, digo, como esa facilidad que ha tenido siempre lo extraterrestre para hacerse con el control del planeta en quince minutos cuando a mí me lleva dos horas conseguir que los niños se metan solos en el coche. Por lo tanto: muy fan.

Ahora bien, la novela en sí es una soplapollez como un piano, se pongan como se pongan los carlsaganes de la vida.

Esto va de unos marcianos, venidos de una estrella distante, que llegan un lunes a la tierra a bordo de naves mastodónticas que sitúan estratégicamente a lo largo de todo el planeta, para acojonar más que otra cosa, al más puro estilo Independence Day. Nos lo prohíben todo: las guerras, las hambrunas, las epidemias. Incluso trabajar. ¿Y qué consiguen con esto? Pues los muy cabrones consiguen, sin mover un dedo, mejorar la economía que es una de las grandes aspiraciones de nuestro amado e inanimado presidente. 

En un principio los invasores del espacio exterior se ocultan tras un tupido velo: le dicen a su portavoz, un señor muy americano —no podía ser de otro modo— que son feos en demasía y que la población, toda ella, no está preparada para tal visión de conjunto: a saber: alas, cuernos y estética demoníaca incluyendo ligeros restos de azufre en las deposiciones. Básicamente piden 50 años para dejar de creer en Dios y el diablo, para así evitar empezar unas relaciones basadas bajo el prejuicio tonto de lo físico.

Pues es en ese plan toda la novela. Hay uno incluso que decide, una tarde de domingo, colarse en una nave alienígena aprovechando el contrabando de marsupiales que se está llevando a cabo para viajar a su mundo. Que sí, que ya sabe que está años luz del nuestro pero gracias a unas cuentas que ha ido echando en los descansos del trabajo ha descubierto que en años terrestres no serán más de cuarenta y que si se lleva unos chaskis, una coca cola y seiscientos blisters de diazepan malo será que no llegue en unas condiciones físicas aceptables. Que lo peor que le puede pasar, piensa, es que revisen la ballena en la que se oculta y lo manden de vuelta a la tierra previa reprimenda. Que habrá perdido cuarenta años, sí, pero habrá salido de casa.

A mi hija de diez le encantará, espero, dentro de cinco. Ya mucho más no sé si será mucho arriesgar. Desde luego a los cuarenta esto no hay quien lo aguante. A los treinta y nueve igual sí, ya sabemos que hay gente para todo, incluso simpática, pero mucho más allá la trama se vuelve trillada, infantil y de una ingenuidad que supera con mucho lo que uno espera de una novela de ciencia ficción.

Quisiera jurarla curiosa en la medida que decepcionante pero no, qué va, es decepcionante en grado sumo y curiosa, lo justo.