martes, 15 de noviembre de 2016

Breve nota de urgencia sobre “Caer” de Éric Chevillard (Trad. Lluís Maria Todó)

Me gustaría pensar que hay un antes y un después de Caer. No es así. No es un problema de exigencia. Nunca es un problema de exigencia. Pese a lo que dicen por ahí, no me considero una persona exigente. Es más: pocas personas conocerán más conformistas que un servidor. Lo único que le pido a una novela, LO ÚNICO (y es importante que entiendan que esto es realmente lo único que le pido a una novela, que todo lo demás es accesorio, prescindible, que forma parte del juego al que algunos no se han enterado todavía que estamos jugando), lo único que me importa, decía, o que le pido, es que no me deje indiferente. La indiferencia es lo peor. Leer y decir no está mal; leer y juzgarla ligeramente entretenida; leer y saber que la olvidarás mañana y que por ello es fundamental llevar un registro, porque dentro de un mes o un año o cinco ya no recordarás qué o quién perpetró aquello. Imagínense: escribir para ser inmediatamente olvidado. Dedicar uno o dos o tres o diez años de tu vida, dejarte las tripas en un proyecto que otros juzgarán fallido; que pocos apreciarán; si acaso alguno premiará. Sudar un libro, terminarlo, saltar al siguiente. Pasar tus días como Sísifo. No ser capaz de agitar ni el aire de una habitación. Que no pasa nada, ojo, que aquí uno no vive buscando la trascendencia, que hay niveles de placer. Se adapta, uno, a casi todo pero a lo que jamás se acostumbra, jamás, es al tedio. 

Y son tan pocos los libros que no nos dejan indiferentes, verdad.

CAER puede tener muchos defectos (seguro que los tiene), pero la indiferencia no es uno de ellos. Para empezar, y siempre a título personal, el atractivo o, más bien, la ausencia de tal. Me explico: es la clase de novela (francesa, abstracta) de la que yo siempre reniego; exactamente la clase de libro que nunca me animaría voluntariamente a leer (mi lectura tiene su origen en una recomendación, ya se lo adelanto) y sin embargo… que no me lo quite de la cabeza, tantos días después. Que siga ahí, runrún, runrún… Runrún. Que no me deje Indiferente. ESO ES CAER.

«Esto es Caer. Diríase que la tierra se retira alrededor del espantajo clavado en el corazón de la isla, allí no hay musgo ni liquen que trepe por la cruz, el polvo fluye hacia su base, la hierba retrocede, un fuerte reflujo se lleva todas las cosas. Nosotros instalamos el campamento en la periferia. Esto también es Caer. Todo cuanto poseemos, excepto la esperanza, lo daríamos por contemplar una vez un lugar, un objeto que no fuera Caer. Instintivamente, viejo reflejo, levantamos los ojos al cielo, pero la visión de las nubes o de las estrellas indiferentes nos crucifica en nuestro promontorio. Entonces cerramos los párpados; pero jamás con la suficiente velocidad: toda la oscuridad de Caer nos ha penetrado en el cráneo».

Quisiera resumirla. Pero no puedo. Quisiera darles un argumento, sugerir una trama, hacer con ella una bolita de humor. Pero No Puedo. Ni resumen, ni argumento, ni trama. Casi ni humor. Casi. 

«Nuestro sistema político descansa sobre la abstención generalizada. Nosotros no nos desplazamos para votar y así pues, conforme a la voluntad del pueblo, sus representantes se abstienen de gobernar. Cuando el vaso está ya realmente lleno y nuestra paciencia agotada, jadeamos; entonces nuestra protesta no se conforma con vociferaciones, clamores y puños levantados. Les cortamos la cabeza a los caballos, por ejemplo».

Caer es inasible, como el lector, solo que éste lo es al desaliento en tanto que aquella lo es a nivel argumental. Avanzar por CAER es una tarea que se supone tan imposible como inevitable de puro atractiva. Y eso que CAER es una isla, nada más y nada menos; una isla pequeña, minúscula a la vez que inabarcable. E hipnótica. Y estimulante. Y divertida. 

CAER, y por extensión Chevillard, es mi Gran Descubrimiento del Año pero que me cuelguen si lo entiendo.

«Vivimos rodeados de enigmas. Como una niebla corrosiva, el misterio roe todas las cosas en Caer. Aquí no hay esquinas, ni contornos, ni aristas incluso las realidades más macizas son devoradas por la sombra y la duda».

CAER es un lugar, un espacio, en el que todas las posibilidades se dan y se niegan. Ubicada en un lugar indeterminado, Caer se demuestra un infierno del que no se puede huir por mar, si acaso por aire. Ejemplos, los justos: cuenta con su propio mesías, un joven que un día logró escapar y prometió volver a salvar de Caer a tantas y tantas almas atormentadas que habitan en él. El narrador, habitante de la isla, nos habla de Caer, de sus habitantes, de sus imposibilidades y sus contradicciones, de sus costumbres, de sus miedos y sus esperanzas vanas, de la manifiesta incapacidad que demuestra tener el ser humano para adaptarse y ser feliz. Caer es también la historia de su única huida, un relato que hace tiempo ya que ha cobrado categoría de leyenda.

«Todas nuestras iniciativas las llevamos hasta el final, hasta el fracaso, hasta el desastre».

Lo mejor que te puede pasar en caer, es que te mate un vecino. Todo lo demás es una herida abierta en permanente estado de supuración. 

No insisto. Sé positivamente que a muy pocos (si acaso dos, tres) de ustedes les interesará realmente esta mención que no llega ni a reseña. Tampoco está en ánimo invitarles a su lectura. Lo único que puede animar a la lectura de este libro es la propia lectura de este libro. Les dejo, pues, con un fragmento (la traducción corre a cargo de Lluís María Todó) y ya deciden ustedes si persisten en su error o me hacen un poco de caso.


«¡Han de ocurrir tantas cosas! En Caer, siempre ocurren por derrumbe, hundimiento, desplome. Pero ocurren. El caso es que ocurren y que todas las promesas, como se preveía, acaban infaliblemente por no cumplirse. Lo sabemos todo de todo, salvo por qué, cómo. Estos dos últimos puntos permanecen oscuros: por qué, cómo; hasta el presente nos hemos preocupado poco de ello, no nos ha parecido muy interesante hurgar en esos detalles. De todos modos, si lo supiéramos, por qué y cómo, tampoco cambiaría nada de aquello que nos importa. Son motivos para ensueños, ensoñaciones y sueños enrevesados. Los que se entregan a ellos se ganan la reprobación general. Sus conclusiones son delirantes, contradictorias, y lo más fuerte es que siempre se les puede replicar al término de esta explicación, por qué, cómo, como la víspera de su primera meditación.
Así nos gusta ir, sin agobiarnos demasiado con el porqué o el cómo, sin pensar jamás en el porqué ni el cómo, hasta el punto de no reconocer como tales y esclarecedoras las respuestas a esas preguntas cuando se nos revelan fortuitamente, o también, por distracción o indiferencia, emparejar a despecho de toda razón y coherencia éstas con aquéllas y explicar el cómo con el porqué y el porqué con el cómo, siendo forzoso reconocer que luego, a pesar de esos garrafales errores y esas aproximaciones, no por ello quedamos más cojos. Es decir, que cojeamos igual. La cadera derecha ha asumido el mal de la cadera izquierda».

martes, 8 de noviembre de 2016

“El problema de los tres cuerpos” de Cixin Liu (Trad. Javier Altayó)

No soy lector de ciencia ficción. No, al menos, lo que se entiende como lector habitual por lo tanto estoy muy lejos de ser nada ni remotamente parecido a un experto en el tema. Aclaro esto para que entiendan dos cosas de la reseña que están por leer: primero, la ausencia casi total de referencias y segundo su condición de advertencia más que de análisis. 

La advertencia es la siguiente: la novela que nos ocupa es la primera parte de una trilogía que trata ese tema clásico que es la invasión extraterrestre. 

Convendrán conmigo en que eso está muy bien. Nada como unos extraterrestres y un buen puñado de naves espaciales para la noche del viernes. 

Ocurre que ese es el tema de la trilogía, no de esta novela. No completamente, al menos. Esta primera parte es una introducción. Una larga, larga introducción. Larga y a ratos pesada. Pesadísima. A ratos, insisto. Qué demonios: una cosa infame que estuve a un tris de tirar tres veces por el balcón. Suerte que no tengo tal. PERO (ya verán qué gracioso) pese a los inconvenientes y las quejas y las manifestaciones públicas de indignación, el resultado, esto es, la valoración final es positiva. 

Ya, yo tampoco lo entiendo. 

He leído por ahí que su condición china juega en su contra, que no estamos acostumbrados, que es otra cosa, otro estilo, otra cadencia. Qué sé yo. Bobadas. Qué tendrá que ver el aburrimiento con la nacionalidad. Lo peleón del asunto es, por un lado, su condición de novela hard, esto es, mucha física, mucha teoría, mucha puesta en escena, pese a ocultarla tras muchas líneas de diálogo y una especie de búsqueda del tesoro mal desarrollada. Todo cansa y en esta novela acaba uno las más de las veces un poco harto de tanta explicación: 

«No es nada complicado: como solo necesita una precisión del uno por ciento, bastará con que usemos datos del explorador del fondo cósmico COBE. —La doctora Sha empezó a teclear furiosamente ante el terminal correspondiente. De repente, apareció en él una línea verde—. Esta curva es una medición en tiempo real del fondo cósmico de microondas. En realidad, es más apropiado hablar de línea más que de curva... La temperatura es de 2.726±0,010K. El margen de error se debe al efecto Doppler del movimiento de la Vía Láctea, que ya ha sido filtrado. Si el tipo de fluctuación que usted espera observar (superior al uno por ciento) se da realmente, esta línea se volverá roja y pasará a ser un gráfico de ondas. Personalmente, apuesto a que seguirá siendo una línea verde hasta el fin de los tiempos; si espera una fluctuación observable a simple vista, me temo que tendrá que esperar hasta la extinción del Sol...» 

Y luego está lo de ser ceremonia de la confusión. Personajes, tramas, subtramas, ires y venires, la vida de este, del otro, y un videojuego que obliga a aceptar pulpo como animal de compañía y que aburre a los muertos. Ya lo he dicho. 

Mejor les cuento de qué va y así también me hago entender. 

Hubo un tiempo en el que en China corrían malos tiempos para la física. Mataron a un señor que era físico y listo, que es una cosa que no siempre se da en la naturaleza. Su hija, marcada de por vida por tan triste acontecimiento, decide dedicar su vida un poco a lo mismo pero no hay modo: etiquetada como sospechosa habitual no logra prosperar en el mundillo de los gafapastas. Eso hasta que la meten voluntariamente y de por vida en una casita en el bosque, justo debajo de una enorme antena. Entonces demuestra ser más lista que el ajo: un día toca un botón. 

Por otro lado, un hombre sigue una pista que le llevará a la mujer anterior por un camino sembrado de señales varias. La primera de ellas tiene un trágico origen: los científicos del planeta se están suicidando: la física no existe, dicen ellos, existencialistas perdidos. Eso es un drama, se ve, de ahí la investigación que llevará a nuestro héroe a descubrir un videojuego de realidad virtual. En el juego viajará a un planeta acosado por tres soles con trayectorias que, de puro irregulares, condenan a la humanidad a prácticamente extinguirse una y otra vez mientras tratan de encontrar la fórmula matemática que desvele los misterios del universo, o, cuando menos, les diga porque lado se pondrá el sol esa semana. Son los Trisolarianos. Los trisolarianos son unos señores que lo mismo se desecan que se esponjan y que están un poco bastante hartos de su planeta de mierda, que si unos días calor que si otros frío, que si esto no hay aire acondicionado que lo aguante. 

La novela es confusa, irregular, aburrida unas veces, apasionante otras, pero en general es de ley reconocer que cuenta una historia interesante, imaginativa y prometedora, razón por la cual no dejaremos pasar su continuación. Cierto: lo hace tomándose un tiempo que sin duda hubiésemos agradecido más breve en según qué momentos, pero que no deja de ganarse el respeto precisamente por ese voluntario alejamiento de lo fácil, por ese sentar unas bases sólidas que, espero, se justifiquen en próximas entregas. 

Mención especial para Javier Altayó, que ha tenido que vérselas con un chino de mucho cuidado. Desde aquí nuestros respetos y reconocimiento a una valía que, toda vez que de chino no tenemos ni pajolera idea, vamos a suponer ejemplar. He visto que tiene web y que comenta cosas de la novela: por si les interesa profundizar en el asunto: http://altayo.tumblr.com/


jueves, 3 de noviembre de 2016

“Preparación para la próxima vida” de Atticus Lish

Hace tiempo que no hablamos de Sexto Piso. Con lo que hemos sido en este blog, verdad… Hay una razón para ello pero no se la voy a contar. Lo que sí les voy a contar es de qué va esta novela para que puedan ustedes decidir si, como yo, siguen confiando (algo más, incluso, que eso) en esta editorial o si definitivamente nos mandan a los dos a la mierda.

Una vez más, exagero porque Preparación para la próxima vida no es para tanto. O sí, según se mire. Pero aquí eso nos da igual. Hablaremos igualmente bien de ella. Defecto del animal.

Lo que quiero decir es que NO SE TRATA DE ESO. Vaya por delante que Preparación para la próxima vida es bastante mejor que mucho de lo que se van a encontrar por ahí, pero también es diferente y lo es de un modo que, más allá de calidades excelsas o medianías, esto es, más allá de lo mejor o peor que a uno le parezca la novela en sí, más allá también de originalidades no pretendidas, se trata de la clásica lectura a la que uno puede −debe, incluso− recurrir si quiere presumir de dedicarle el tiempo a algo que no sea la mierda de siempre, pero no tanto, insisto, per se como por la trayectoria o la política o las propuestas, en general, de la editorial en cuestión. 

Con Sexto Piso tengo siempre la sensación de ir por fuera del carril. Y eso me gusta. Los carriles, no. Los carriles son para las ovejas. Sexto Piso, no.

Avisados quedan.

Por lo demás, ya lo he dicho, Preparación para la próxima vida, no es para tanto. 

La escribe Atticus Lish, esto es, el hijo de Gordon Lish, esto es, el señor que, dicen, hizo posible que Raymond Carver llegase a ser el Raymond Carver que conocemos y no un Eloy Tizón de la vida, esto es, uno de esos escritores de influencia mínima y trayectoria decadente descendente. 

Ya sabemos que el genio no es hereditario, pero uno siempre espera que algo se pegue. Al mismo tiempo está la pesada losa de ese padre al que hay que matar siempre, pero es que hay padres y padres y Gordon Lish es de los duros de pelar ergo su sombra no es fácil de ocultar.

Es por ello por lo que Atticus Lish escribió el libro como de tapadillo. Se metía debajo del nórdico y, provisto de linternita y un portaminas, iba perfilando personalidades y dibujando escenarios varios. A papá ni mu. Una vez terminado hizo pellas y lo llevó a una editorial de mierda para que le dieran el visto bueno o un sopapo, lo que ellos vieran. Fue visto bueno. Su señor editor cuenta −ahora, a toro pasado, que es como mejor cuentan las cosas los editores− que fue todo uno recibir, empezar y no ser capaz de dejar el dichoso manuscrito. Que fue tal la impresión, tan desmedido todo, que silenció todos sus grupos de whatsapp nada más que para poder ventilarse las 500 páginas del susodicho sin tener a los cuatro botarates de siempre reclamando royalties. 

Que levanten la mano todos aquellos escritores cuyo editor cuente la misma milonga en cada presentación (lo de los royalties, no; la parte de embeleso). 

Pues eso.

El caso es que se dio por bueno que Atticus Lish era la hostia como escritor además de una bellísima y excepcionalmente humilde persona. Y por eso le dieron un premio. Por eso y por el libro, claro.

Claro.

Superada la tentación de hablar de su padre (imagínense el material) siquiera figuradamente, Atticus Lish se aventuró en una historia de amor que nunca ocupará las estanterías rosa chicle de los grandes almacenes. Sus protagonistas son un excombatiente de la guerra de Irak (ya tenemos otra sombra: la del 11S) con síndrome postraumático y una china musulmana que ha malvive en Nueva York previa detención, retención, amedrentación.

«Pero había más; se enteró después. Aquello era sólo el principio. Cualquier agente podía llevarla del codo a dar un largo paseo hasta el otro lado de la prisión, enseñarle una lavandería llena de reclusos, decir: Aquí está vuestra nueva ayudante, ¿os la dejo un rato?, y esperar lo bastante para que se le helara la sangre. Después decir: Era broma, ¿te has cagado encima? ¿Quieres comprobarlo? Y mientras la acompañaba de vuelta al ala de las mujeres, diría: Seguro que ahora te mostrarás más simpática conmigo, y la encerraría en el baño para volver más tarde. Si la reclusa se resistía, estaba autorizado a cargar contra ella como si fuera un hombre, derribarla, golpearle la cabeza contra el suelo, darle una descarga eléctrica en la espalda y arrastrarla de una pierna mientras ella gritaba y las cámaras lo grababan todo en blanco y negro; atarla a la silla, meterle una bolsa por la cabeza y dejarla allí doce horas hasta que suplicase un poco de agua. Y él podía contar hasta doce tan despacio como le viniera en gana. Luego la asistente social, al verle los ojos amoratados como ciruelas, preguntaría: ¿Por qué peleas con el personal? Y pondría «Antisocial» en su expediente. Eso añadiría tiempo a la condena, fuese cual fuese, cuando por fin tuviera una condena, y así se agenciarían un trozo más de su vida. Bastaba con que les diese un motivo. Iban a violarla a menos que se comportara y se moviera de una forma determinada y, aun así, podían pillarla en cualquier momento y perderla en la lavandería. Se lo hacían a las chiquitas medio indias de las bandas mexicanas. Si después lloraba demasiado, le darían trazodona. Luego la llevarían arriba, amarrada a una camilla, y la abandonarían en un pasillo».

Una vez fuera, libre cual pajarillo enjaulado, la china conoce al chico loco, se hacen amigos, se aparean, tienen algo parecido a una relación. 

La novela son ellos en Nueva York, unas veces juntos, otras no. La novela es una historia de amor sin una triste concesión a las lectoras de pasiones inconfesas por los torsos desnudos. Aquí se vive en un zulo, se trabaja a destajo, se huye continuamente. Se teme al futuro casi más que al presente. Se busca una salida digna: ella quiere la nacionalidad y lo quiere a él; él la quiere a ella y salir de su locura. En ningún caso necesariamente por el orden descrito.

«Todos habían cambiado, la guerra había cambiado y las rarezas de Skinner apenas se notaban. Estaban incrustadas en la guerra, eran su consecuencia lógica. La misma guerra era cada vez más extraña. Dentro de su unidad, se identificó con un grupo de soldados que se hacían llamar «los sacos de mierda». Los soldados llamaban «sacos de mierda» a las bolsas de plástico facilitadas por el ejército a modo de cagaderos portátiles. Cuando coreaban su nombre y entrechocaban los puños, equivalía a decir: Seguimos vivos. Tenían sus supersticiones y rituales, que se volvieron cada vez más complejos. Iniciaron una vida tribal. Algunas de las bandas dentro de la infantería se vieron involucradas en asesinatos. Dejaban cables o armas encima de los cadáveres. Un sargento de artillería de Akro, Ohio, se convirtió en capo de un escuadrón de la muerte. Skinner era un enfermo mental que día tras día transitaba por la zona de combate agravando sus daños: cortes que no cicatrizaban, dolor de espalda, diarrea, pérdida auditiva, visión borrosa, cefaleas, calambres en las manos, insomnio, apatía, ira, tristeza, desprecio, depresión, desesperación».

Mediada la novela surge el conflicto. No todo va a ser drogas, alcohol, trabajo y ansiedad. Un tercer personaje es presentado como el chico malo que viene a traer el miedo y la violencia. Cuando este personaje aparece, la novela tiembla. Aquí mi sombrero, señor Lish: magnífica la gestión del miedo; un diez al crescendo de la tensión.

«Ella se creía muy lista. Cuando la descubrieron, dijo: Vale, me habéis pillado. Tenía un culo bonito. Tuvo que ofrecérselo. Me habéis descubierto, así que tengo que seguir las reglas. Pues muy bien, dijeron, si lo ves así. Y se la follaron. Hasta aquí, todo bien. Todo legal. La habían pillado, sin trampas. Y ella, como mujer en su posición, supo lo que le tocaba hacer. Pero era una intrigante. No llamaré a la policía, dijo. Dejadme ir. Fue a buscar su bolso y no estaba. ¿Por qué no está la ropa? Porque no irás a ninguna parte. Estaban en un sótano, lejos de todo. Es entonces cuando ella se pone en guardia. Ahí es cuando sabe que se ha metido en un buen lío y quiere librarse dando palique, como ha hecho siempre para salirse de los marrones. Pero ahora no le sirve de nada. Ese tío no se traga nada de lo que le cuenta sobre su triste vida. Y le dice, esto es lo que voy a hacer: Por cada mentira que hayas dicho, te daré una paliza. La golpea como nadie la ha golpeado en la vida. Ella grita y llora durante, veamos, dos días. Al final, él le da un espejo. Está destrozada. Nunca podrá volver a andar, ni podrá tener hijos. Llama a su mamá. Mamá mamá mamá por favor no me mates. Él le da la buena noticia. Nunca saldrás de aquí. Y a ella se le ponen los ojos como platos. Le suplica, dice que le hará una mamada. No. ¿Quieres esto? No. ¿Quieres aquello? No. Nunca saldrás de aquí. Morirás aquí, y no será divertido. Llora cuanto quieras. Jimmy levantó los dedos, adornados de nuevo con anillos de calaveras, y se apretó las comisuras de los ojos, allá donde caerían las lágrimas. A nadie le importan tus tristes ojos castaños. Era su fin y ella no acababa de creérselo».

Termino.

Bien por el pequeño Lish: por la historia; por el estilo. Y bien por Sexto Piso: por el hallazgo, por la traducción (a cargo de Magdalena Palmer, dicho sea de paso); por traernos tantos regalos de los dioses en forma de buena literatura.

Una vez más: he aquí mi sombrero, señores.