lunes, 10 de octubre de 2016

“Hermano de hielo” de Alicia Kopf

MIEDO A UN CLUB FEMINISTA

Me van a perdonar la introducción, pero no quiero evitarla. Verán, me metieron el otro día en un berenjenal. Un berenjenal pequeñito, no se crean. Carmen G. de la Cueva, militante profesional y tutoranda de talleres feministas de lectura, se indignaba con motivo de algunos comentarios que servidor había dejado caer en la reseña de Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout. «El machismo sale a borbotones de este post de Tongoy», decía, ella, soliviantada. En aquel post, yo, es verdad, insinué, medio en broma medio en serio o, dicho de otro modo, con todo el humor que me permiten temas de semejante transcendencia, que había un tendencia, por parte de algunas mujeres, a hacer buenos según qué libros (muchos libros, casi todos los libros) por la única razón de haber sido escritos por otras mujeres. Esto sería un poco lo de dar por bueno, en un bar de carretera, todo lo que escriba, no sé, Dan Brown, únicamente tener pene.

«Pensé que podrían criticarme por muchísimas cosas, pero nunca por hacer que la gente lea. [Ingenuidad máxima] Y sí, que lea libros escritos por mujeres ya que al señor Tongoy le cuesta tanto terminar cualquiera que haya escrito una mujer. Por poner dos ejemplos según sus últimas reseñas/ posts en el FB: "Las chicas" de Emma Cline o "Hermano de hielo" de Alicia Kopf al que compara con Marie Claire.
Yo no sé qué quieres que te diga, amigo, creo que soy bastante libre como para decir si un libro me gusta o no en mi muro de FB [todavía no lo había leído] y los demás son igualmente libres para que el libro no les guste, pero no me parece bien que ridiculices los libros que escriben las mujeres y a las mujeres que los leen. Al final, estás haciendo lo mismo que se lleva haciendo durante siglos: llamarnos histéricas, fanáticas, chillonas porque, en este caso, recomendamos con entusiasmo un libro, ¿no es esa una forma de silenciarnos? ¿de quitarnos autoridad?»

Y no, claro que no le quito autoridad. No hace falta; ya solita ella se la quita cuando asegura que no le parece bien ridiculizar los libros que escriben otras mujeres, como si las mujeres no pudiesen escribir basura. O cuando afirma que al señor Tongoy, servidor, le cuesta mucho (tanto) terminar cualquier libro escrito por una mujer cuando aquí lo que nos gusta es defenestrar, cuantos más géneros mejor. ¿Cuándo le hemos hecho ascos a nadie? Ya lo que nos faltaba era ponernos tiquismiquis con la cuestión sexual. Un poquito de por favor.

Y termina el discurso viniéndose arriba, a grito pelado y con el puño en alto, creyendo que lo suyo es el no va más: «¿POR QUÉ LE TEMES TANTO A UN CLUB DE LECTURA FEMINISTA?»

Angelito.

RESEÑA

El caso es que hoy quiero hablarles, desde el machismo más recalcitrante, inevitablemente, de un libro escrito, que ya es casualidad también, por otra mujer. Concretamente uno de los que nombra Carmen en su diatriba. Se trata de Hermano de hielo de Alicia Kopf, que se me acusa de comparar con Marie Claire. Dejen que se lo aclare: lo que yo dije, en su momento, fue lo siguiente: «El instante exacto en el que una novela se convierte en un artículo de Marie Claire y a uno le pierde el poco respeto que le quedaba». Se acompañaba la sentencia de la fotografía de página en la que Kopf hace una relación de todas las variantes negativas de regalo que se le ocurrían: regalo-envenenado, regalo-pongo, regalo-traición, y algunos más. Y esto sí es Marie Claire total, se pongan como se pongan la liga de la justicia y sus secuazas.

Todo el libro (y cuando digo todo quiero decir todo) es un poco Wikipedia y otro poco yo y mis circunstancias: el diario de una niña que se hace mayor y nos lo viene a contar. El libro se estructura en tres partes bien diferenciadas: 

Primera parte: a Alicia Kopf le fascina el hielo y por extensión los polos (norte, sur, de naranja y de limón). Esto se traduce en una suerte de breves artículos sobre exploradores árticos, sus relaciones, sus aventuras, sus odios, sus errores, sus aciertos. Se acompaña de fotografías, extractos de periódicos, se citan fuentes. Algunos a esto lo llaman ensayo pero está claro que hay gente para todo. Esta primera parte es, sin lugar a dudas, la mejor y más entretenida, no sólo porque parece que la novela sí conduce a alguna parte (a ratos incluye fragmentos, aunque pocos, autobiográficos) sino porque toda aventura, a poco que el narrador sea medianamente solvente, crea adicción y suscita interés. 

La segunda parte se olvida prácticamente por completo de todo esto (en la página 139 repite lo que había contado en la 51 y siguientes) y se centra única y exclusivamente en el pasado de Alicia Kopf, su pasado más reciente. Ires y devenires en formato blog (breves episodios autoconclusivos) de una niña que quiere ser artista. Lo es. El arte es su vida y a él se consagra en la medida de sus posibilidades. Vende cosillas, la exponen, la premian. Se va al extranjero. Se vende bien, esta chica, así, en general. Se acompaña, es parte, de reflexiones varias sobre temas variados tipo la familia, el amor, la soledad, las redes sociales: me gusta ese chico, le agrego en face, le doy me gustas compulsivamente, él a mí no, no le gusto, ay, ay. Y así. 

Leyendo a esta chica se alcanzas nuevas cotas de aburrición. 

Vaya por delante que yo a Alicia Kopf no la conocía de nada. Me dicen que por Barcelona es lolastdelolast. Yo no sé, cualquiera se fía. Cuando saqué el libro de la biblioteca lo hice creyendo (creencia que se basaba en el nombre, la foto de la solapa y esa referencia al frío) que se trataba de una noruega de ascendencia judía. No me digan que no hubiera sido mucho mejor que darse de bruces con la cruda autoficción de patetismo más absoluto. Sirva como ejemplo que en un momento equis, durante un enfrentamiento generacional, a la madre se le escapa la palabra superdotada. Así, como sin querer: ups, llevaba treinta años ocultándolo y mira tú que me va a escapar hoy. Alicia no duda ni un segundo: esto va para la novela: sinceridad máxima: para lo bueno y para lo malo: si la gente ha de saberme genial, sea. Lo llevaré con dignidad.

«Ah, y M [su hermano, de hielo] es discapacitado, por si no lo recuerdas, y eso lo sufro cada día desde hace cuarenta años y no me quejo. Y a ti a los seis te dijeron que eras superdotada. —Estupefacción, eso es nuevo—. ¿Y te parece poco para esta vida? ¿Te parece poco? Y unos padres que te quieren pero no son perfectos».

Esto, claro, explica muchas cosas. Explica, por ejemplo, que una escritora que no tiene absolutamente nada que aportar y que, de hecho, no aporta absolutamente nada a la literatura toda vez que su libro es puro tedio y engreimiento, encadene fragmentos de un pasado que sólo destaca (que sólo es destacado por ella, eso sí, desde esa humildad ejemplarizante) por la consecución de no sé qué premio y una supuesta arrolladora personalidad que no acaba de creerse nadie.

Me gustaría, de verdad que me gustaría, que alguien me explicase cuál exactamente el valor de esta segunda parte, la única que puede ser tenida en cuenta toda vez que la primera es la novela de aventuras que otros escribieron y la tercera un viaje turístico a Islandia que más tarde, en la presentación de los libros, se venderá como un ejemplo del arrebatado espíritu documental de la escritora. 

Por ego que no quede.

Conste que puedo entenderlo. Su mera existencia, digo. En su momento, Alicia Kopf, autoconsiderada «Artista y escritora. Trabajo especialmente en formatos híbridos entre lo literario y lo expositivo» se hizo un Verkami a medida para publicar una colección de relatos que, se ve, va camino de ser la única manera de vender libros de relatos en este país. Pidió 2.500 euros. Recogió 2.668. A esto ahora se le llama tener éxito. Y encima le sobró pasta para cenar. Sabido es que a poco que te apoyes en las redes y pongas cara de artista conceptual, ya tienes alphadecay para rato. Pues tal cual. Tras su publicación en catalán y viendo que aquello rompía la pana, a la editorial de Ana S. Pareja le faltó tiempo para hacerse con los derechos de esto que hoy nos ocupa y que no es otra que cosa que otra de esas vacuas moderneces a las que nos tiene acostumbrados.

Pero volvamos a la novela o no acabaremos nunca.

La tercera parte es la más breve y trata, ya lo he dicho, sobre Alicia en el país de las estalactitas, esto es, la Kopf viajando a Islandia. Que qué bonita y tal y yo qué atrevida que voy a lugares desaconsejados y prácticamente secretos porque tengo un hermano autista y además esto me va a venir genial para el cutis. Y que si la piedra no vale para hacer museos, que si es casi todo glaciar y no sé qué manía de dejarlo todo perdido de wikidatos y reflexiones de Perogrullo:

«Excursión organizada. Salimos a las ocho de la mañana en bus. La guía, una señora islandesa, seca y vivaz de unos sesenta años, toma el altavoz, se presente y después de un par de bromas sarcásticas para calentar el ambiente empieza a informarnos: «Islandia está situada entre dos placas tectónicas, la del continente americano y la del continente europeo. Las placas se mueven a causa de la deriva continental y provocan una separación anual de la falla central de dos centímetros y medio aproximadamente… El volcán Snaefells, la entrada al centro de la tierra según Verne, está activo, y se espera que vuelva a entrar en erupción dentro de doscientos cincuenta años… La energía geotérmica que abastece la isla…». Eso me hace pensar que se puede extraer energía de estar instalado en una zona de inestabilidad. Como la perpetua necesidad de construir sentido de los que se encuentran en situaciones de fricción continua con el mundo. Sigo tomando nota: «El tipo de roca que abunda en la isla se forma cuando la tierra entra en contacto con el hielo. Es una roca blanda, joven, con la que no se puede construir. Entre las dos placas tectónica de los continentes visitamos la falla que los separa en el valle de Thingvallavatn. El nombre de este valle surge de la yuxtaposición de los términos thing (‘asamblea’) y vellir (‘valle’ o ‘llano’), y en él los habitantes islandeses instituyeron uno de los primeros parlamentos del mundo».

Y así todo hasta el final. No bromeo. Muchos a esto lo llaman LITERATURA y a Kopf, joven promesa. Promesa de qué, me pregunto, si se puede saber. ¿De lo que ya hemos visto QUE NO? Pues vaya.

Pero hacia esto vamos, no les quepa duda. Este es el nivel y no tiene pinta de mejorar. Por eso, cuando ya todo sea un páramo desolado y nada más que podamos recurrir a los clásicos en busca de consuelo, recuerden que fueron ustedes, con sus clubs de lecturas feministas y sus apoyos incondicionales a la nueva narrativa de arte y ensayo, quienes lo hicieron posible. 

Pena de país.

lunes, 3 de octubre de 2016

“Los últimos días de Adelaida García Morales” de Elvira Navarro

No quisiera perder mucho tiempo con esta reseña porque en lo que hace esta mujer, contra la que, dicho sea de paso, no tengo absolutamente nada (por más que la pasión que pongo en denostarla lleve a pensar lo contrario); en lo que hace esta mujer, decía, no vale la pena perder mucho el tiempo. Por experiencia, lo digo. Y lo digo, también, obviando la polémica de estos días, polémica protagonizada por Victor Erice y Elvira Navarro, polémica que nos hace un flaco favor a los que recomendamos encarecidamente hacer el menos caso posible a este libro.

Dicho lo cual…

Me juego un huevo y parte del otro a que todo esto empezó como una idea genial en la barra de un bar tomando una tapa de oreja o morro de cerdo. O, mejor, con Elvira haciendo contorsiones sobre la alfombra del salón. Nuestra heroína, eterna joven promesa, cavilaba mientras deshacía un nudo gordiano: ya habían transcurrido casi dos años desde la publicación de su última novela, uno de los cuales, desde su posición de editora invitada en Caballo de Troya, lo había dedicado a certificar la decadencia artística literaria de su santa patria. Había llegado, pues, el momento de hacer algo para poner fin a tanto tiempo perdido; a dejar clara la pauta de los dos años, no fuera a ser que en el ínterin se olvidaran de una. El prestigio no se mantiene con bocatas de calamares por mucha mayonesa que les pongas.

Pero Elvira es una mujer de pocos recursos y escasa imaginación. Carece de ideas propias, tal como ha demostrado ya tantas veces en sus tan breves y tediosas novelas. De ahí el silencio y tal vez, también, las contorsiones, fruto inevitable de la desazón. Estaba precisamente saliendo de un cubo de Rubik cuando se le ocurrió la genial idea de sacar una novela de investigación de una vulgar anécdota, un poco como quien saca un conejo de una chistera. Que, para carecer de imaginación, ya no está mal. Pero ni tan sorprendente. Si le tuviesen un mínimo de cariño ya sabrían que La trabajadora, su novela inmediatamente anterior, nació de un relato de seis páginas que había quedado olvidado en un cajón (su particular almacén de ideas) no sabemos si por vergonzante o qué. Si entonces hice aquello, piensa Elvira mientras disloca por tercera vez su hombro, no debería ser muy difícil arrancarle 120 páginas a alguna anécdota por muy tonta que sea. La anécdota, se entiende.

Y he aquí la anécdota:

Adelaida García Morales fue una escritora que se hizo famosa (de la forma que tienen de hacerse famosas algunas escritoras, que es no pasando de meras conocidas fuera de su hábitat natural) gracias a una película que su marido rodó inspirándose en uno de sus relatos. El marido era Victor Erice. El relato, El sur. Dicen que después de aquello escribió una buena novela más (Premio Herralde, nada menos, cuando aquello todavía significaba algo). Y ya. El resto fue una sucesión de literatura prescindible que terminó con Adelaida poco menos que haciendo macramé. 

Pasan los años, cae el olvido, llegan las canas y el recuerdo de tiempos mejores. Entonces un buen día, Adelaida, ya defenestrada y malviviendo de una pensión miserable, se acerca a la concejalía de cultura del pueblo en el que reside para pedir cincuenta euros que asegura necesitar para ir a ver a su hijo a Madrid. Cincuenta euros no es mucho pero aquello es la concejalía de cultura, no la cocina económica, y en lo que se ha vendido como un alarde de incompetencia la derivan a servicios sociales. A quién se le ocurre. ¡A una escritora! Hijos de puta.

En el mismo momento que nos enteramos de que a alguien le niegan 50 miserables euros para ver a su hijo, por la razón que sea, incluso aunque sea por puro sentido común, ya nos hemos forjado una opinión: las instituciones están dirigidas por subnormales y botarates ergo el sistema no funciona, la literatura vive de miserias. Y llega el llanto amargo: dónde están los derechos de autor, dónde ese hogar para escritor, dónde el refugio para la desdicha. Y así sucesivamente hasta llegar al permanentemente anunciado fin de la cultura.

Se ve que uno es antes escritor que persona y que las concejalías están para anticipar derechos de autor a fondo perdido o de otro modo no se explica el NO de Adelaida que vuelve a su casa por donde ha venido. Unos días después, muere. Y menos mal, que si no es por eso aún es hoy que nos importa un carajo la buena de la mujer.

Eso es una anécdota. Como todos ustedes saben, una anécdota es una cosa que mejor o peor contada despachas en diez/quince líneas. Todo lo demás es… relleno, efectivamente. 

Pues bien, este libro es exactamente eso: un vacío infinito. Palabrería. Blablabla. O lo que es lo mismo: el libro que una escritora necesita publicar para cubrir su cuota anual.

Y, con todo, Elvira sigue siendo, para muchos, sino la mejor, la más intensa, la más exacta, la más precisa, austera y afilada escritora de su generación y parte de la siguiente (con permiso de Mercedes Cebrian). No me creen. Aquí Ernesto Ayala-Dip para El País (un diario que está como para ir hablando de “credibilidad”):

«La lengua literaria que emplea Navarro, austera y afilada, es la única posible para que lo que leemos tenga credibilidad narrativa. Ya que la credibilidad institucional, y parece que también la individual, no está en sus mejores momentos, nos queda la de las palabras exactas».

Y termina: «Si no pones luz sobre algunos hechos oscuros, para qué escribir».

Hay que tener mucho valor para hacer una afirmación semejante en un párrafo que es claramente elogioso y no porque Navarro no escriba medianamente bien sino porque falta absolutamente a la verdad absoluta. Ni hechos oscuros ni luz sobre ellos. Aquí sólo hay una total ausencia de ideas, de personajes, de línea argumental. Aquí hay un moleskine plagado de notas que no conducen a nada y sobre las que se ha entretejido una gramática funcional.

Un 10% del libro es una vergonzante transcripción literal del podcast «La necrológica de Adelaida García Morales» oído en A vivir, en la cadena ser, un programa en el que salían Javier del Pino, Luis Alegre y Alfonso Guerra. Así como se lo cuento: un 10% son señores hablando de la pobrecita Adelaida que se había muerto y tal. El clásico y profundo homenaje de la Ser que líbreme Dios de uno.

Otro 25% se nos va en páginas en blanco; una sucesión de créditos y referencias que tienen por objeto única y exclusivamente demostrar lo mucho y bien que se ha documentado la escritora (Elvira Navarro en algún momento tendrá que tomar conciencia de que haber escrito este libro sin levantar el culo del asiento ha sido un error mayúsculo); los agradecimientos de rigor; rozando el patetismo, un par de emails que quieren dar a entender que hubo cierta implicación por parte de la autora cuando a estas alturas de la película ya todos sabemos que no llegó a ponerse en contacto con nadie; y tres citas absolutamente gratuitas tipo esta:

«Post «Adelaida García Morales», por Hortensia Hernández (blog Hablamos de Mujeres, La Opinión de Zamora, 24 de marzo de 2015): «Conocí su casa cuando ella vivía en Madrid y quedé fascinada por un cuadro clásico bellísimo, semejante a La joven de la perla de Vermeer. Hablamos de historias de mujeres».

Así de apasionante y así de autista, todo.

El resto del libro, esto es, unas 60 páginas, se lo reparten, por un lado, la historia de una realizadora que prepara una especie de docu-homenaje o no sé qué memez en el que dos marujas y psiquiatra hablan de la depresión que sufría la mujer, lo loca que estaba, las voces que veía ocupar sus habitaciones y otras cosas que no tienen maldita importancia toda vez que guardan una relación poco menos que tangencial con esos “últimos días de Adelaida” que, pese a lo que se promete en el título, brillan por su ausencia; por otro lado, la historieta de la concejala cabrona que le negó los cincuenta euros y con ello el derecho a ver su hijo y que acabó siendo poco menos que la culpable del holocausto judío. La concejala −y aquí Elvira apura el vaso y finge hacer del libro una crítica despiadada a las imperfecciones del sistema− es una completa ignorante que ni lee ni ve películas ni visita museos ni nada que se le parezca porque como todo el mundo sabe las concejalías de cultura están ocupadas por imbéciles que no saben de literatura y carecen de la sensibilidad necesaria para entender que a un escritor hay que tratarlo como a un niño en el patio de un colegio: hay que protegerlo, porque es frágil; hay que quererlo, porque es cultura. 

No, este libro no son "los últimos días de Adelaida García Morales", pero no sería de extrañar (o, cuando menos, sería deseable) que sí fuesen los de Elvira Navarro. 

Sé que no lo parece, pero de verdad que lo siento por Adelaida. Ahora bien, más lo siento por Elvira. 


martes, 27 de septiembre de 2016

“Asamblea ordinaria” de Julio Fajardo Herrero

No sé ni por dónde empezar.

Vaya esto por delante: Asamblea ordinaria es lo peor que leído en mucho tiempo; cuánto, no sabría decirles, pero mucho. Mucho. Y de no ser por Daniel Gascón, autor de aquella cosa infame prácticamente constitutiva de delito que publicó Mondadori hace unos años, lo hubiera sido desde el principio de los tiempos. 

Pero exageraciones al margen y aún a riesgo de matarles de aburrimiento (y por aquello de no andarnos con vaguedades) déjenme inventar un contexto plausible a la existencia de esta novela. 

A Julio Fajardo Herrero se le desata la conciencia social un día de abril de un año por determinar cuando empieza a preguntarse qué demonios está haciendo con su vida, que no le saca partido ni sirve al bien general. Azuzado por los remordimientos de un pasado sin provecho se apunta a las filas podemitas desde donde, encaramado a una de sus ejecutivas regionales, va dejando caer sus virtudes intelectuales, esto es, se dedica a comentar, como quien no quiere la cosa, que unos años antes, cuando ser escritor todavía significaba algo, había publicado una novela de autoagravio, como así le gustaba etiquetarla, sabedor de que con ello despertaba la risa e invitaba a la aceptación general entre todos aquellos que no la habían leído, esto es, absolutamente todos. Los principios activos (451 editores), que así se llamaba la bicha, dejaba claras un par de cosas: uno, la tendencia a divagar de Julio, y dos, su incapacidad para manejarse con el castellano: 

«Olvidarse de lo malo no arregla nada. La desmemoria no es la clave de la felicidad, es todo lo contrario. En realidad es el problema al que se pueden reducir todos los demás. La fuente. El desencadenante. Basta con pensar cómo mejorarían las cosas si siempre recordásemos lo que nos propusimos no olvidar. Si valorásemos siempre todo lo que una vez juramos valorar toda la vida. Si no olvidásemos nunca la conveniencia que vimos tan clara de no hacer lo que de vez en cuando hacemos y luego lamentamos. ¿Cuántos disgustos nos ahorraríamos? ¿Cuántas horas más dormiríamos?».

451 editores, lo sabemos ahora y lo sabemos, entre otras cosas, por esto de Julio, no echó el cierre por casualidad. Y es porque ser editor es algo más que publicar libros. Es leerlos, corregirlos, criticarlos… El corrector ortográfico de Word está muy bien, pero no es suficiente. Hay que dedicarles un tiempo y aplicar algún tipo de criterio. 

En circunstancias normales a Julio Fajardo le hubiesen caído dos collejas y le hubiesen dicho, sus editores, cuatro cosas; lo hubiesen puesto en su sitio y ahora sería un magnífico enmadejador de hilaturas gruesas, por ejemplo. Pero no; los doce ejemplares que se vendieron los compraron su madre y su hermana y unos isleños que tampoco es que tuviesen mucha idea de literatura. El resultado: creyó ser escritor y se veía, en tres años, premio Herralde. Y todo porque alguien le dijo que SABÍA ESCRIBIR, una mala costumbre que a día de hoy todavía no se ha perdido. Si es que no se puede. Nos tomamos todo a la ligera y luego pasa lo que pasa. 

¿Que qué pasa?

Pues que unos años más tarde ya podemizado y muy de vuelta y media en todo lo relativo a tiendas de campaña, concentraciones urbanas y dramas humanos, al bueno de Julio le da por dejar por escrito el Drama Nacional Consecuencia de la Gran Crisis Económica en Núcleos Urbanos Periféricos. Se imagina tres situaciones a cual más mundana lo bastante genéricas como para ser suscritas por un amplio sector de la población y con ellas de fondo escribe tres relatos ni largos ni cortos sino todo lo contrario con los que baraja las siguientes posibilidades: hacerse una antología de la depresión o estructurar una novela corta. No hace falta ser un lince ni de letras para saber que los relatos sólo los leen quienes los escriben, de ahí que erigiese este monumento a la mediocridad, esta cosa infame y triste llamada Asamblea ordinaria.

Tenemos, por un lado, a un jovencísimo chaval que empieza a trabajar en una empresa dirigida por uno de esos modernetes y proactivos empresarios, un ser medio fascinante de ideas geniales y polos Lacoste con querencia a demorar los pagos a los proveedores. Por otro, tenemos a un sobrino que ha perdido el empleo y se tiene que ir a vivir con tía, una mujer que ha perdido los ahorros por culpa de las dichosas preferentes y malvive fregando suelos ajenos. Por último, una pareja en crisis económica y sentimental desde que el muchacho se quedó en el paro y, en vez de buscar trabajo, se dedica a visitar páginas guarras y a organizar movilizaciones sociales mientras fantasea con independizarse y vivir de la política y las tarjetas black.

Ponga una x en la que sea o haya sido alguna vez su situación. No descarten aproximaciones.

La novela, que alterna las tres historias sin llegar nunca a cruzarlas, suena a ladrillito porque es un ladrillito. Y un ladrillito muy pesado. Pero más allá del argumento, que ya en la contra no prometía otra cosa que bostezos mil, y de la intención (otra puta novela sobre la crisis económica), está el arte o, como en este caso, la ausencia total del mismo. Porque descartada la función poética en favor de la función panfletaria, la novela no se queda más que en realismo cutre, globalidad y una asfixiante falda de ideas. 

La novela o concatenación o alternación de relatos o cómo quieran ustedes llamar a este engendro, es una permanente revisitación de todos cuantos lugares comunes puedan ustedes imaginar, desde la mirada asombrada del joven sin experiencia laboral pasando por la diferencia generacional y los problemas de entendimiento de una pareja un poco harta de aguantarse. 

«Lo que también entiendo es que la gente más predispuesta a acoger a alguien así de pánfilo en su grupo de amigos del trabajo, o la que cree que acogerlo le puede servir de algo, luego tampoco suele ser la gente con la que a uno le apetece juntarse cuando por fin se comporta como es, o cuando digamos que ya se expresa libremente y ha revelado su verdadera forma de ser».
[…]
«De hecho, seguramente, una tiende a pensar que si no se lo ha callado, o si ha acabado diciendo eso de lo que después va a ser muy complicado retractarse, no es por un error de juicio momentáneo sino porque el problema venía de largo y lo importante no es ya esa gota, por supuesto, sino el vaso que se ha ido llenando con todas las demás y que se colma. […] Porque lo cierto es que lo único que no habías hecho hasta ese momento era decidirte a decirlo, pero las razones sí que existían desde antes».

Si esto es SABER ESCRIBIR, tenemos un serio problema.

Que ya les digo yo que sí, que lo tenemos. Y Julio Fajardo es parte de él. Ahora de ustedes depende que siga o no adelante con el despropósito. Que no les tiemble el pulso. Será por escritores…