martes, 6 de octubre de 2015

‘Polaris’ de Fernando Clemot

Solaris, no. Po-la-ris. Solaris es una obra maestra. Polaris, no. El parecido, razonable, es sólo eso, razonable. Razonable por el nombre y razonable por pequeños detalles, matices, cosillas sin importancia tipo los recuerdos o los fantasmas, esos fantasmas del pasado de los que no acabamos de librarnos, que juegan con nosotros a su antojo («Los barcos no cambian a nadie, señor Christian, ¿no será usted otro?, ¿ha pensado en ello?») o la tensión creciente que parece tener mucho que ver con la geografía y más concretamente con el exceso de humedad en el ambiente

Pero empecemos por el final.

Lo peor que se puede decir de Polaris es que no deja poso. Si no tenemos cuidado esto podría llevarnos a otra reflexión (reflexión que nada o poco tendría que ver con la novela; reflexión que intento evitar sin mucho éxito) que vendría a poner en evidencia la poca ambición que demuestra tener la literatura (quisiera decir “de este país”, pero presumo que es un mal general) y más concretamente los seres humanos que juegan a ser escritores. No puedo entender (sin ánimo de desmerecer, todavía, este trabajo) que la gente, empeñada en dar salida a una vocación que nace en lo privado y en lo privado debería morir —preferiblemente colgado de una soga—, dedique horas, días o semanas (segundos, inapreciables instantes, tiempos relativos en el caso de la poesía) a perpetrar obras destinadas a permanecer en la memoria no más de dos paradas de autobús. 

La novela de Clemot (y ya nos vamos centrando) padece de tal. Te puede gustar o no (al final todo es subjetivo), pero lo que es innegable —y lo es porque salta a la vista y porque la experiencia es un grado— es que Polaris no perdurará fuera de la biografía que habitualmente se oculta en la solapa de futuros libros o presentaciones curriculares porque Polaris, diluye la fuerza de su “discurso” en un exceso de información. Que le pierde la boca, vaya.

No todo el mundo opinará lo mismo. De hecho, no todo el mundo opina lo mismo.

Fernando Valls, por ejemplo, no opina lo mismo. 



Abrimos paréntesis: LOS FERNANDOS

En este blog siempre nos ha gustado mucho poner en evidencia las miserias ajenas y, por extensión, a los miserables

Hace ya tiempo que hablamos de Fernando Valls y Fernando Clemot (desde ahora Los Fernandos). Hablamos (en este post) de cómo su estrecha amistad hizo posible que Clemot llegase a dirigir la revista Quimera (esa cosa que ya no leen ni los cuatro que la compran). En pago, Menoscuarto, (en la que Valls ejerce de algo, tipo editor o así) y por extensión el microrrelato, cobraron protagonismo en la revista, como si esto, a la larga, fuese a tener maldita repercusión. A día de hoy probablemente Quimera, revista marginal, es la única que recomienda los libros de esa editorial de tercera. De ahí lo de miserables; no por otra cosa, eh.

Pues bien: suma y sigue. En El viejo Topo 333, publicado este mes de octubre de 2015, Fernando Valls publica una “extensa y profunda” (en palabras del agradecido autor) reseña de Polaris un poco porque pasaba por allí y otro poco porque te quiero. Aquí, que estamos hasta las mollejas de tanto amor y tanta leche y tanto trato de favor y tanta reseña de diseño, ya no nos creemos nada pero tampoco podemos dejar de hacernos eco de lo que aquellos ojitos lindos ven en los suyos. 

«Diría, por tanto, que estamos ante una novela existencial, cuya trama se sustenta en la intriga, pero que compone una alegoría sobre el poder, y más en concreto sobre la crueldad humana (“el lugar más solitario del mundo se llena de muerte si desembarca el hombre”; “apenas hace falta la presencia del hombre para que el horror llegue con él”, pp, 68 y 73), y por tanto sobre el perdón, el castigo y la necesaria expiación. Y aunque la acción transcurra en el pasado, creo que apela al presente y nos alerta sobre el futuro (“Nos dirijimos hacia un mundo sin ideología —le espeta Vatne al doctor—, un mundo herramienta, pequeños engranajes que forman parte de un engranaje mayor. Todo debe estar sincronizado, ser previsible…”, p. 155), de ahí que nos atreviéramos a calificarla de cacotopía o distopía». Fernando Valls para El viejo Topo 333, octubre 2015.
(La errata no es mía, ni de Clemot, sino del propio Valls, el editor, y si la destaco, cosa que nunca hago porque un error lo comete cualquiera, es única y exclusivamente porque sé que uno de Los Fernandos (el más alto) disfruta mucho echando en cara estas cosas y yo quiero que, ya que de esta reseña nadie va a sacar gran cosa, al menos él pase un buen rato). 
(De nada). 

Cacatopías al margen me quedo con dos ideas que comparto: que la trama se sustenta en la intriga y… bueno, esa mención a lo existencial. El resto de la reseña es un discurso interminable (a modo de extenso resumen, tampoco crean que se le va al amigo la mano con los elogios) que me niego a reproducir, en el que Valls ve sólo lo que quiere ver. (Creo que tengo una viga en el ojo, por cierto). 
  
Cerramos paréntesis



El problema estriba en que Polaris no es, como alguno parece creer, especial ni… diferente. Ni siquiera tiene un estilo que pueda ser considerado “personal” más allá de la tan veces vista inclusión de las líneas de diálogo en el “grueso” del texto por razones que no acabo de entender, razones que en otras novelas o en otros autores sí tienen una razón de ser (razones que, como en el caso de Thomas Bernhard o celso castro, por poner dos ejemplos de prosas, digamos, extremas, recientes y no exclusivamente extranjeras, tienen mucho que ver con la música y los biorritmos y las dietas ricas en hierro). Lo que quiero decir con esto es que ese arrebato de falsa originalidad que hay en Polaris juega claramente en su contra desde el momento en que distrae de lo que realmente debería llamar nuestra atención. Es una forma muy poco elegante y desde luego muy poco sutil de llamar la atención.

«Me hubiera gustado hablar de aquello con Mutter aunque él era demasiado joven. Tal vez me hubiera gustado estar un rato mirando aquel mapa, disfrutando de un silencio que rescataba otros tiempos mejores. Me hubiera gustado quedarme allí pero debía ir al despacho de Farrard, empezaba a demorarme más de la cuenta y al capitán no le gustaba esperar. Guardé el mapa en el primer cajón y le comenté a Mutter que iba al puente y que si tardaba más de media hora pasara a ver al herido malayo. Es curiosa la relación que mantenía con su ayudante, doctor. ¿Confiaba en él realmente? No me lo había planteado, en un principio sí, creo, aunque luego nuestra relación fue a peor, me es difícil ahora hablar de esto con lo que ha pasado. Tenemos que hacerlo, señor Christian. Conoce la gravedad de la situación y como puede entender es importante. Volveremos, siga ahora, doctor. Está bien. En el pasillo que lleva a los comedores oí el ruido de los cabestrantes, chirriaba el arganeo al rozar con la obra muerta».

Y así todo, quitando algún desvanecimiento lírico….

«Pensé en las canciones de la radio, en las ondas sobrevolando la cubierta y alejándose de las bordas y perdiéndose por encima de las olas, cruzando los mares helados, hasta Terranova, hasta tierras llenas de árboles y animales, más feraces que las que nos rodeaban. Las ondas saltarían, mojándose como gaviotas o cormoranes, cada vez más lejos, eran ondas concéntricas de estanque».

…algún desafortunado párrafo…

«Como pude, le hice entender que por la tarde estaría también allí y que quería verla más tarde. Ella sonreía y se dejaba querer pero al fin conseguí que me dijera que sí y aquella tarde volvimos a encontrarnos».

…algún diálogo en exceso freudiano y muy poco creíble en boca de quién está puesto…

«¿De qué huye, doctor Christian? Crea relaciones inmediatas de memoria y vuelve una y otra vez a los lugares que le obsesionan. Se diría que alberga un dolor en su interior que se inflama como si lo estuviera reviviendo de nuevo. Está ahí, ¿cierto? Es una herida infectada, siempre tirante, a punto de estallar. Tendremos que llegar hasta el fondo y desenterrar todo lo que le hace daño. ¿Hasta dónde llegaría, doctor, para poder aliviarlo?»

Lo que sí hay, en Polaris, (toda vez que, insisto, carece de estilo propio y ambición suficiente) es una tendencia a la evasión a golpe de subtramas narrativas que en algún momento deberían confluir y no lo hacen. Tramas que se abren y no se cierran (una permanente referencia a un violento caos que tendrá lugar, secuencia que no llega (supongo) ante el temor de no estar a la altura de las expectativas creadas), tramas que son recuerdos que ocultan horrores (horrores que no se ven acompañados por una atmósfera suficientemente asfixiante), y misteriosas organizaciones con misteriosos planes («La Central es así, a veces cuesta comprender sus designios. Es como un niño que juega, a veces se equivoca, pero siempre aprende. Es un ente que está por encima de nosotros, no alcanzamos a entender sus decisiones. No tenemos su punto de mira, no les entendemos porque ellos observan por encima de nosotros»). Todo el ejercicio es un juego que tiene mucho que ver con los recuerdos (los recuerdos inmediatos y los recuerdos lejanos) y uno espera que todo o algo nos explote en la cara pero no de modo que lo hace, no con un vulgar crimen. No, así no. Así no se mata un hombre. Así se mata una novela. 

Si me lo preguntan, y ya terminamos esta reseña infinita, creo que la novela acierta al inclinarse hacia lo existencial al utilizar como excusa un vulgar interrogatorio (sin ánimo de dar a “vulgar” un tono peyorativo); al tratar asuntos que tienen mucho que ver con el miedo como motor universal y como medio de control, ya sea individual o de masas («La nueva civilización se basa en el miedo, en lo colectivo, en lo universal, y no hay nada más humano y universal que el miedo. Nuestras han de ser las herramientas para homogeneizarlo, para convertirlo en dialéctica. Todo ha cambiado y algunas organizaciones como la nuestra sí que han llegado a la esencia de estos cambios») y al situar la acción en un paraíso tan lovecraftiano (pese al poco partido que se le acaba por sacar) como el elegido. (Aciertos que me han recordado a los de una ya clásica —y muy recomendable— película de ciencia ficción llamada ‘Even Horizon’ (Horizonte Final) en el que una nave especial viaja en modo rescate al quinto infierno (valga la redundancia), todo para darse de bruces con el horror más horroroso).

Pese a lo ambiguo, por momentos, y en exceso crítico, a ratos, de mi discurso, creo que Polaris es una propuesta interesante (y mal resuelta) que falla (amén de lo ya mencionado) cuando se empeña en colar en la narración demasiados recuerdos del protagonista, recuerdos que se demuestran prescindibles demasiado tarde, cuando ya ha dilatado en exceso la novela y uno ha terminado por aburrirse, y que suenan a una innecesaria necesidad de dar contenido a un relato que hubiese funcionado mejor como una pieza más breve (concentrada, si quieres), especialmente cuando, para colar ese relleno —todas esas páginas que a la postre no aportan gran cosa— se recurre a una bastante forzada exigencia por parte de uno de los investigadores existenciales más desaprovechados de la historia de la literatura.

«Es importante que sea riguroso a partir de ahora, doctor Christian. Creo que lo estaba siendo. Quizá en lo que le ha interesado sí y en lo que nos concierne no tanto. Ahora explíquelo todo, doctor, como un forense que inspecciona un cuerpo: el cadáver ha de ser ese día cuatro, con sus extremidades y heridas, con sus humores y dudas, con su bilis y su sudor, con sus miedos. Relátelo todo como si realizara una autopsia. Narre lo que vio, pero también lo que sintió, lo que pasó por su cabeza en cada momento: señálelo por insignificante que parezca. Un forense no informa de lo que piensa, señor Vatne. Tiene razón, doctor Christian, pero tampoco un día es un cadáver, no sea cínico. Deténgase donde quiera y profundice. Es un asunto grave y cualquier aclaración nos puede ayudar y creo que también le podría ayudar a usted. Al señor Dodt y a mí nos han mandado del otro lado del océano para escucharle. Estamos aquí por usted. Nos explicará la jornada, pero también pararemos a preguntarle sobre lo que nos interese o no quede claro».
Y ya.

viernes, 2 de octubre de 2015

Una aproximación al ‘Polaris’ de Salto de Página

Polaris, de Fernando Clemot, se publica en Salto de Página. Antes de entrar en materia, tengamos unas palabras sobre esta editorial. Nada personal, simplemente me gustan las introducciones casi tanto como las peleas y hoy me he levantado charlatán.

Hace nada, en un muro de Facebook, alguien se preguntaba si era yo masoquista o si era que, tal vez y dando por hecho un particular desprecio por la literatura que se hacía en este país, sentía en el fondo placer leyendo lo que Salto publicaba (placer que ocultaba por, no sé, vergüenza, oportunismo o una misteriosa inquina). Hasta donde le alcanzaba el entendimiento, el susodicho consideraba que yo siempre ponía a parir sus libros. Siempre. En fin, tal vez la gente debería dejar la lectura diagonal para los recibos de la luz. De SdP hay muchos libros que no me han gustado, pero hay muchos otros que sí. Tal vez es la mía una inquina que viene y va. Hagamos un resumen: he defendido a muerte la trilogía de Pinedo (Subte, Plop, Frío). Todas mis simpatías, también, para aquella estupenda novela de Jon Bilbao llamada Padres, hijos y primates o la colección de relatos del viejo amigo Juan Carlos Márquez, Norteamérica profunda. Me he confesado en numerosas ocasiones seguidor de Emilio Bueso, y eso, digo yo, será por algo (inquina inversa, probablemente). Que no sea necesario sentir devoción por un autor para seguirle la trayectoria es algo que no todo el mundo llega a comprender. Me hago cargo. También Sacrificio, de Román Piña (lo mejor, en mi opinión, que ha escrito este señor), llevó su dosis de elogios y me robó un merecido par de carcajadas. Es más, si tiro de archivo encuentro que no son tantos los libros que catalogaría como “malos” o “aburridos” o “insuficientemente buenos”. Estarían el de Nere Basabe (probablemente, de todos, el que menos me ha gustado o, si lo prefieren, el peor), del que hablaremos en breve; los relatos de Bárcena, que no me parecieron ni remotamente para tanto como se nos prometían (tal vez porque no los leí en alemán); los de Luisgé Martín, de calidad desigual pero siempre muy por debajo de la que se encuentra uno en sus novelas; Todo irá bien, de un Candeira con una prosa en exceso afectada o El año del desierto (Mairal), novela que arranca bien pero a la que pierde su intención… Y algunos más que quedan en el limbo de la indiferencia.

Leo Salto de Página porque, más allá de la calidad de sus productos (que se supone, como en toda editorial, irregular), ofrece un interesante catálogo de novedades y sobre todo de escritores; un catálogo que considero imprescindible para entender y conocer (no es lo mismo) el panorama literario de este país. Si quieres saber qué se cuece en España, tienes que leer Salto de Página. Esto es así, no sólo porque sí, sino también porque lo digo yo. Y a callar.

Quedarse con la idea de que al puto Tongoy no le gusta lo que publica Salto de Página (ya sea por inquina o capricho de malote) sólo porque ha puesto a parir algunos libros, es de un simplismo tal que no puede despertar otra cosa que sincera compasión por ese tardío despertar intelectual del comentarista. 

Vaya por delante que mientras las bibliotecas (la mía, al menos) provea, Salto de página será, junto con otras (no muchas, Sexto Piso o Pálido Fuego, por ejemplo), una de mis editoriales de cabecera. Y ya lo siento por ellos y sus niños, pero es lo que hay.

Lo que nos lleva a lo último (creo que es lo último, no podría jurarlo porque había por ahí planes de resucitar a Roberto de Paz) que se ha publicado en Salto: Polaris, de Clemot, Fernando. Veamos si podemos alimentar la leyenda y ya de paso damos a unos cuantos un par de argumentos más para seguir diciendo chorradas.

* * * * *

Fantaseemos. Vamos a pensar que Fernando Clemot contrajo, en un momento X, una deuda con el editor de SdP, Pablo Mazo, a quien a partir de ahora deberíamos referiremos, por ser ya hecho consumado, como Su Editor. Vamos a pensar que Su Editor consideraba que tal deuda podía ser saldada con un libro. Vamos a pensar, pues, en un entregado Clemot que escribe Polaris para librarse de esa losa en su vida que es Pablo Mazo. Tal vez estoy llevando las cosas a un punto que supera con mucho lo razonable. Seguramente no. Esto no lo digo, en cualquier caso, por la deuda contraída, lo digo porque no sé en qué cabeza cabe que un libro, tal como están el panorama, pueda ir en pago de algo. No parece un trueque muy justo. Será que Su Editor es un hombre generoso, amigo de sus amigos, profesional entregado (y algo cegado, también), dispuesto a aceptar Lo Que Sea con tal de acabar con esa pesadilla.

Esto, bondades aparte, explicaría por qué está teniendo Polaris tan poca repercusión en los medios humanos o virtuales o por qué no hay reseñas o por qué las que hay son tan complacientes. (Hay otras razones que explicarían tal complacencia pero hoy no me apetece insultar a nadie). Digo explicaría porque lo cierto es que Salto de Página no se caracteriza precisamente por hacer gala de una efusiva defensa de sus autores, a quienes parece tener en nómina sólo como publicistas programados. 

Los libros del Salto de Página se leen o no se leen, pero desde luego no se descubren. 

Ahora, olvidándonos de estas coñas marineras deberíamos entrar a analizar qué le ha vendido exactamente Clemot a Mazo y qué nos quiere vender Mazo (si en algún momento éste llega a poner de su parte) a los lectores, pero he superado con mucho el límite autoimpuesto para una introducción y me voy a ver obligado a partir esto en dos. Lo dejamos, pues, de momento, en aproximación, y ya la semana que viene, probablemente el lunes, hablamos de lo que importa y no tanto de los inevitables percances de ser librero o sucedáneo de tal.


jueves, 1 de octubre de 2015

Resumen de lecturas SEPTIEMBRE 2015

Con todos ustedes, el habitual resumen de lecturas de este mes. No han sido muchas, pero han sido buenas. La mayoría. Otras han sido… bueno, no tan buenas. O, qué coño, directamente malas. Mala.


Los amantes’ de John Connolly

A ver, lo de John Connolly ya no es ni comentable. Novela de intriga y/o terror con tintes sobrenaturales. Leí varios seguidos y todo se mezcla pero no guardo un mal recuerdo. Curiosa. Para fans.



Primer amor y otros pesares’ de Harold Brodkey

Colección de relatos de corte, digamos, clásico, es decir, relatos que tratan sobre relaciones humanas en situaciones en las que nunca ocurre nada y demasiadas cosas al mismo tiempo. No he escrito reseña porque, honestamente, no tengo muy claro cómo hacerlo ni que decir y porque tengo pendiente una obligada segunda lectura, muy necesaria toda vez que me encuentro frente a una de esas escasas (escasísimas) colecciones de relatos que rozan la perfección o así me lo ha parecido. Brodkey, hasta ahora escritor desconocido para un servidor, ha sido todo un descubrimiento. Si pueden (el libro esta está más que descatalogado) échenle un vistazo. En cualquier caso prometo plantear algo más serio (o, si esto no es posible, “diferente” en la medida de mis posibilidades) que esto en un par de meses. Mis disculpas.



Franny y Zooey’ de Salinger

Obra maestra. Imperdonable: era el único libro de Salinger que tenía sin leer (aunque de Levantad, carpinteros, la viga del tejado queda un recuerdo en exceso vago, algo que tendremos que corregir en breve). Si tuviese un mínimo de decencia escribiría una reseña. Otra vez será. Sólo diré una cosa: hay que leer Franny y Zooey. Todos los escritores deberían leer, antes de coger un lápiz, este libro, e inmediatamente después, conscientes ya de su mediocridad, volver a dejarlo en su sitio (el lápiz, no el libro) y meterse las manos donde nadie pueda verlas. Yo no regalo estrellas, pero este libro se las lleva todas. Los diálogos, esos diálogos, esos gestos, la luz de la habitaciones… tan visual, todo, tan íntimo… Los personajes, simplemente perfectos. Esa madre en el baño, ese hijo en la ducha… Nada se deja al azar, en Franny y Zooey y sin embargo es todo tan… azaroso. Absolutamente genial.



Cuentos completos’ de E.L. Doctorow

Recién comentado. No gastemos más saliva. Esto se dijo y esto se mantiene. Somos gente de palabra. 

«A Doctorow hay que leerlo porque hay que leer a Doctorow. Punto. Es lectura obligatoria para todo aquel que aprecie la buena literatura. De lo poco que he leído de Doctorow esto es lo que menos me ha gustado pero teniendo en cuenta que se trata de relatos (genero que, como norma, odio) creo que estoy en disposición de afirmar sin temor a exagerar que sale, en líneas generales, muy bien librado. Mejor que bien, diría. No son muchos los libros de relatos que he completado/terminado a lo largo de mi vida (generalmente son miserablemente abandonados en algún momento, recuperados, reducidos); este es , pese a la antes mencionada irregularidad, uno de ellos».



Pájaros en la boca’ de Samantha Schweblin

Idem. Ya comentada. Acaban de leer sobre ella. Me niego a ser más pesado de lo que ya soy. ¿Y qué dijimos? Esto, dijimos: «[…] relatos de extensión adecuada (a excepción de La pesada maleta… en el que a la amiga Schweblin se le va la mano innecesariamente) que destacan por una correcta dosificación de la intriga. Su forma de combinar el fantástico, con el terror, con lo social, con el humor (negro, casi siempre) -y pese a que muchos finales no están a la altura de las expectativas creadas- es probablemente la receta de su éxito y el motivo del exceso de salivación de tanto crítico amateur y tanto delincuente reconvertido en pirata digital. Eso y el nivelón que nos gastamos de un tiempo (s. XIX) a esta parte (s.XXI). Bueno, lo que sea: entretenido».



Zeroville’ de Steve Erikson

En nada saldrá la película. De momento tendremos que conformarnos con el libro. Saldremos ganando, supongo. Esto no acabo de verlo en pantalla pero si alguien está por la labor, fenómeno. No he tenido todavía tiempo de sentarme a pensar un poco en serio en lo que he leído pero eso es algo que se arregla fácilmente (o sea, “fácilmente”), no tengo más que ponerme con la reseña. El caso es que Zeroville parece una novela fácil de leer (imagínense: algo así como 450 breves escenas). Bueno, de hecho, es una novela fácil de leer. Ocurre que a veces las cosas que parecen fáciles no lo son tanto. Es un poco esquiva, esta novela, si lo pienso. Trata muchas cuestiones: la locura, el rencor, la infancia, la religión. El cine. Sobre todo, el cine. Esto es, sin duda, lo mejor. Leyendo Zeroville uno arde en deseos de mandar el libro a la mierda para sentarse a ver todo aquello de lo que tanto se habla él: que si Liz Taylor, que si Montgomery Cliff, de primero; Rio Rojo, Centauros del desierto, Casablanca y tantas otras, después. Para los que crecimos con cine clásico de fondo (qué de especiales, de cine negro, de western… qué maravilla de ayer y qué pena de hoy) Zeroville es una excusa perfecta para sumergirnos en la nostalgia de aquellos reveladores ochenta. Para todos los demás, no lo sé. Prueben. En breve, reseña.



Polaris’ de Fernando Clemot

Polaris no empieza nada mal, sin que llegue a desatarse la locura. Hay un barco con un destino incierto, una organización secreta que lo controla todo, unas cartas con extrañas instrucciones. La novela es un interrogatorio. Así, de entrada, uno encuentra cierto parecido razonable con Distancia de rescate, de Schweblin, por aquello de un interrogador en busca de una falla en el relato del interrogado, un hombre la que poco a poco iremos suponiendo sospechoso de algo que el escritor se resiste a desvelar. Es decir: el escaso valor de esta novela reside en el tensión sostenida. El eterno problema es el siguiente: si está a la altura o no está a la altura, ese misterio, de la expectativa creada y si realmente la novela se sostiene una vez desvelado. En ambos casos la respuesta es un NO rotundo. 

Polaris es un libro que se desinfla frente a uno y en el que todo lo que era tensión termina en relajación. El título, eso se lo concedo, es bueno. No muy original (Lovecraft tiene un relato llamado igual) pero bueno. 

En algún momento (cuando tenga tiempo, básicamente), reseña.


* * * * *


Y esto ha sido todo. Ahora mismo estoy leyendo “La ley de la ferocidad” de Pablo Ramos. Después no sé. Salinger, supongo. Lars Iyer (Dogma), seguro. Larry Brown (Trabajo sucio). Y lo que surja.

Nos vemos en un par de días. Cuídense.